3 de abril de 2012

ENSOÑACIONES EN LAS MORADAS DE ERKS (I)




I.
PLEGARIA
POR 
EL FIN
DE UN MUNDO


                                                 

... Nos olvidaron ya los hombres y el vacío,
ese impostor sin rostro que les infunde espanto.
De otras masacres hablan sus diarios y su llanto,
y a otros muertos olvidan sus cruces y el rocío.

Sangre comechingona[1] que redimió la luna
honrada en los secretos morteros de Ongamira.
Grietas del Uritorco donde la Luz respira,
donde el chamán provoca a sus duendes y su Runa…

Somos los Guardadores de Erks[2], nuestra morada.
Siete templos nos unen bajo la etérea esfera,                                     
y una danza de enaguas anima sus Espejos.

Dios aprieta en su puño semillas de la nada.
Tu mundo ya no existe: su falso tiempo espera
otra penosa mátrix, otro planeta, lejos…


Gustavo Aritto
©2012 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina



[1] Los comechingones son un pueblo aborigen asentado en la zona central del territorio argentino (sobre las sierras de Córdoba y San Luis). El poema evoca hechos y lugares caros a su trágica historia, marcada por el sometimiento, el exterminio y el suicidio masivo (de sus mujeres encinta) durante la saga conquistadora europea. El Valle de Ongamira y, fundamentalmente, el cerro Uritorco, que circundan la ciudad cordobesa de Capilla del Monte, son mundialmente conocidos por cubrir físicamente la antiquísima morada intraterrestre de Erks. Poseedores de asombrosos conocimientos iniciáticos, los comechingones parecen tener misteriosas relaciones con culturas europeas e incluso de Oriente Medio. Se ha defendido su relación con los vikingos y los celtas, además de inferirse un posible exilio del legendario héroe artúrico Parsifal a su tierra, contándose el famoso “bastón de mando” de los Caballeros Templarios y el mismísimo Grial entre sus secretos más celosamente guardados hasta hoy.

[2] El topónimo ERKS es, presuntamente, una sigla a partir del distintivo infraterreno Encuentro de Remanentes Cósmicos Siderales. Según Trigueirinho, esa denominación responde, sin embargo, también al influjo del irdin, la lengua intergaláctica: erk es un morfema sufijal que encierra los matices de reverencia, receptividad y devoción trascendentes. La morada suprafísica así conocida conoce una historia planetaria de casi 26.000 años. Lemures, atlantes, esenios y humanoides y entidades extraterrestres han venido llevando a cabo en sus siete templos menores la más profunda y misteriosa tarea inciática de la Tierra. Se expande en unos 80 km cuadrados, bajo la superficie geográfica de la villa de Capilla del Monte, Córdoba, Argentina. Es una ciudad de luz, que abunda en construcciones etéreas en lapislázuli y mantiene un aura de constante elevación espiritual. En su templo mayor la estructura de la materia y la fenomenología electromagnética son sometidas a transmutaciones de niveles ultra sutiles. Tres Espejos cósmicos permiten su interacción con la galaxia, estando los mismos bajo la custodia de seres femeninos con función cuasi sacerdotal. Y una esfera total de radiaciones doradas la contagia de energía crística. La Hermandad Blanca y los agentes destinados al trabajo de protección y guía sobre el planeta, conocidos como “Jardineros del Espacio”, tienen en Erks su base fundamental de sustentación. Naves nodrizas franquean asiduamente desde sus explanadas la frontera con la tercera dimensión, haciéndose (cuando fuere propicio) visibles al ojo humano terrícola. La “producción” y utilización de antimateria es una de sus prácticas más prodigiosas. Macro y microcosmos son allí devueltos a su origen común. Erks supone un inconcebible viaje de regreso a inicio del proceso de formación del Universo (material, etéreo, mental, espiritual).

Imagen de portada: Lyonel Feininger, fotografía (1928)

2 de abril de 2012

EL HUECO DE TU AUSENCIA: MI ÚNICA PATRIA





“KRISHNAMURTI: Because I don't want to achieve nirvana or heaven or anything… (Porque yo no quiero alcanzar el nirvana ni el cielo ni nada de eso…)
JHIDLEY: Well, I think it's interesting why it looks so deep when in fact it isn't. (Bueno, que es interesante el por qué presentándose como algo profundo, de hecho no lo es.)
K: No, sir, we are all so very superficial. Right? And that seems to satisfy us. That's our - good house, good wife, good job, good relationship, don't disturb anything. I'll go to church, you go to the mosque, I'll go to the temple, keep things as they are. (No, señor, todos nosotros somos tan superficiales por cierto. Y eso parece satisfacernos. Eso es nuestra digna casa, nuestra buena esposa, nuestro buen trabajo, nuestro buen mundo de relaciones: no se meta con nada. Yo iré a la iglesia, usted, a la mezquita, yo iré al templo… deje todo como está.)
JH: Well then you're saying we don't even want to look at it. (Bueno, entonces usted está diciendo que ni siquiera queremos mirar eso.)
K: Of course not. (Por supuesto que no.)
[…]
K: If Mrs Thatcher and the gentleman in Argentina looked at it - how tribalistic they are - they would stop it. But they don't because the public doesn't want it. British - you follow? We are educated to be cruel to each other...” (Si la Sra. Thacher y el señor  ese de Argentina se detuvieran en eso - cuán tribales son-, lo detendrían. Sin embargo, no lo hacen, porque el ‘público’ no quiere: los británicos, ¿me sigue?. Hemos sido educados para ser crueles uno con el otro…)

Juddi Krishnamurti, en diálogo – Ojai, California, 18 de abril de 1982











NO SOY el mismo. No sé quién era antes, no me acuerdo. Sólo sé que vengo siendo apenas lo que quedó de mí entonces. Sigo siendo el centro espeluznado del tímpano donde resuenan el vozarrón cobarde de un dios borracho y la borrachera aturdida de una devota multitud. Hoy flamea el mismo trapo del engaño en la misma plaza. Otros ruidos y otras borracheras entretienen a nuestro pueblo del vacío y la náusea que no puede extinguir el soborno de su fin de semana largo en busca de algún lugar donde tranquilizar a su Sombra por un ratito más. La fanfarria inútil de un himno que debería avergonzar a cualquiera custodiará las honras de otro marchito 2 de abril. 


El centro soy de un remolino de encías rojas, y vos, hermano perdido, sos hoy el centro de mi centro acalambrado y rabioso... ¿Por qué fue sólo tuyo el trueno de esa noche? ¿Por qué no me ha raptado también a mí con tus congéneres, todavía despiertos en la pesadilla, la misteriosa locura, ese exilio sin visado ni billete de regreso...?


No hay nadie más conmigo donde arde la herida, escribí una vez y puedo escribirlo de nuevo en este momento inmune a los falsos relojes, a los embaucadores calendarios de este mundo. Empero, hoy no traigo palabras, hoy la plegaria soy yo...


No sé por qué soy yo el que está aquí ni para qué; yo, este pobre imbécil vulnerable y frágil que humillan tu silencio y las cosas que no llegaste a pronunciar, el que nunca quiso una patria, el que siempre reclamará a su Destino el no estar hecho ahora de la perla genuina de tus ojos muertos...


... Hace frío, o tal vez el frío es nada más que mío, y el trapo sigue siendo el de los piratas allá. El mar... el mar... nada le costaría disolverme como sal en su sal donde otra noche se aboveda indiferente... Sin embargo, en la fácil impunidad de los pronombres, mañana, cuando despierte, volveré a ser irremediablemente yo y a ser argentino, de nuevo irremediablemente la misma mentira. No sé. En el fondo, no importa: vos y yo juntos lo entendimos. A salvo estamos ambos por fin: a nada pertenecemos ya, nada nos pertenece. El hueco interminable y absurdo de tu ausencia, ésa es mi patria, la única que siento mía, la única que lloro.




Gustavo Aritto

2 de abril (de cualquier año)


29 de marzo de 2012

SOBRE UN CIPRÉS EN SILOS





Sucedía el triste invierno de mil setenta y cuatro, cuando la abadía lloraba aún a su numen.[1] Nada hacía suponer que nevaría en Silos aquella noche, pero Fray Eleuterio abandonó el cenobio después de Maitines con una extraña premonición. Dejó que la luz de su cuarto se extinguiera en el chorro de cera, y desempañó entonces un panel del vitral. Contempló largamente los fondos confabulados con la luna. Nunca recordó cuándo cayó vencido en su cama. Sumergido en las marismas del sueño, el cándido espectro de un ciprés nevado en el centro de un jardín imaginario, afuera, buscó la morada de su corazón dormido. Alto y agudo emergió de la nada donde se escondía Dios. Como atravesado por una flecha, abrió de pronto a las tantas sus ojos hundidos en la almohada. Un oscuro río de palabras arrastraba consigo las últimas imágenes de su ilusión nocturna. Sólo pudo juntar unas pocas con su lengua y las repitió como para no olvidarlas: “… peregrina al azar… mi alma sin dueño…” [2] Algo en lo recóndito de su pecho oprimido le dijo que eran terribles; que soñar en romance estaba prohibido y era señal de depravación; que ofendían la labor de los de San Millán, cuyas glosas glorificaban a Cristo como “nuestro dueno” y “dueno Salbadore” [3]; que el azar encubría un conjuro del pueblo hereje [4]… “Hoy llegó a ti… - susurró casi con obstinación - … peregrina al azar, mi alma sin dueño…”.  Seguro de que un día el sermo plebeyo nacido en esos valles viviría en el viento y su memoria, se prometió salvarlas de la hoguera. Tranquilo, respirando hondo, manoteó su salterio en la penumbra y rayó el dorso con unas frases sueltas que nadie condenaría: “Ad te advenit… peregrina… anima sine domine mea…” [5]. Afuera, sobre los viejos setos de siempre, nevaba. Ya estaban llamando a Laudes.[6]



Gustavo Aritto
   ©2011 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina



[1] Santo Domingo de Silos, que, procedente del ámbito del Monasterio de San Millán de Cogolla, falleció, a los 72 años, el 20 de diciembre de 1073.
[2] Verso de Gerardo Diego perteneciente a su soneto “El ciprés de Silos”, que también dice (como más abajo)  “Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza…”.
[3] Frases extraídas de las Glosas Emilianenses. Fuente: R. Cano Aguilar, Análisis filológico de textos, 1991, p. 33 (sobre el material rescatado por R. Menéndez Pidal en Orígenes del español).
[4] La palabra azar, de origen árabe, significó, hasta al menos fines del siglo XIII, “cara desfavorable de los dados”, en alusión a la flor (zahr = azahar) pintada en ella.
[5] “A ti llegó… peregrina… mi alma [o alma mía] sin dueño…”.
[6] El famoso ciprés cantado, entre otros, por Diego fue plantado en 1882 por los monjes franceses restauradores del cenobio del Monasterio cuando ajardinaron el claustro.

23 de marzo de 2012

EL BACIYELMO




“Lo que veo, y columbro… no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra…”

Quijote, I, 21




Sancho se ha puesto viejo. El alba y los ladridos
que inventa el viento afuera no lo quieren creer.
La puerta del corral quedó entreabierta ayer:
uno lo oyó roncar, otro vació los nidos.

Su calcetín rotoso, cansado de esperar
a Juana, que se fue, calla otro agujero.
Le han visto mala cara el cura y el barbero.
No hay agua en la bacía: Dios lo va a perdonar…

A la aldea le duelen rezongos de aspas rotas.
Todo vuelve a su huella, al trillado camino.
El mundo hoy se ha salvado también de la locura.

Pero en la oscuridad que hechizan las bellotas,
Sancho retornará, por fin, al gran Mambrino,
el yelmo que ahí, a solas con él, vibra y fulgura. (1)



Gustavo Aritto
©2009 
/ Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina

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(1) “Baciyelmo” es, como se sabe, el neologismo creado por Sancho Panza (Quijote, I, cap. 44) para resolver su disputa con Don Quijote sobre una bacía de barbero que el caballero creyó porfiadamente el yelmo encantado del moro Mambrino (I, cap. 21). La imagen de portada (sin título registrado) proviene de la página digital www.fotolog.com.ar/qkypepito/15145916/.

Este poema forma parte del tríptico LA CENIZA Y LA LÁMPARA [Tres meditaciones sobre el paso del tiempo]. El conjunto fue dedicado (en vida) a mi amiga Susana Raimondo.

8 de marzo de 2012

DE LA CRÓNICA LOCAL DE UFFINGTON, INGLATERRA, 1984



Lucy, la viuda reciente de Mervyn, granjero amigo si los hubo en Uffington, entendió que su yegua Zaira no volvería sola de la colina, y, rezongando como siempre, se calzó la enfática capa y la capucha, manoteó el cayado de roble familiar y se enroscó la soga en un puño. Tu partida me ha puesto vieja… – le dijo a él, que seguramente la contemplaba ahora desde alguna otra colina más verde - … Tanto segar a solas, tanto guardarle granos al próximo invierno, para dejar todo así, sin tranca, e irte sin siquiera avisar… Pero cosas menos perdonables que la muerte le secaban a Lucy el corazón. Porque más que haberle gruñido sin razón, más que haber probado su paciencia de santo galés melancólico hasta cansarse de sí misma y callar, más que todos sus crueles “esta noche, no…” en la cama de los dos, le duele hoy no haberle creído, o, lo que es peor, no haberle hecho creer que le creía. ¿Qué le hubiese costado fingir que también ella había visto en sueños una esfera de luz anaranjada sobrevolando los campos? ¿Qué, alegrarle un día de duro doblar el lomo en la cosecha (uno, no más) con la nueva de que, por fin, se había topado, rumbo a la capilla, con una de esas extrañas espirales cavadas en las espigas? ¿Y haberle dado el gusto de acompañarlo siquiera una vuelta en la avioneta de los Norton, a ver si desde el espacio su fábula semblanteaba menos inverosímil, qué? [1] Era tarde. Ya nadie encendía en el granero la lámpara eléctrica al ponerse el sol que precedía la siega. Mervyn, además del anhelo frustrado de un hijo, se había llevado consigo la ilusión de que su granja de bordes cambiantes y tatuajes inexplicables le hablase a su mujer igual que a él.
Lucy trepó sin premura por el declive en medio de los remolinos azules que enrollaban la impalpable llovizna en la resolana. Sabía que no sería bienvenida en la cima. En efecto, su yegua en celo hacía caso omiso de la forzada labor final de su ama. No había para ella, áspera silueta engreída, nada más real que su tierno Caballo Blanco [2], siempre dispuesto allí a remontar desenfrenado vuelo, a deshacerse en interminables arrumacos. Pero la ruda granjera sureña de rojo pelo ensortijado y mirada tenaz no estaba hecha para esas condescendencias banales, esos caprichos obscenos. Fue enredada en pensamientos oscuros como ganó despacio la loma a fin de enfrentar a aquella otra hembra célibe y sin culpas. El mismo ademán que levantó en el aire el óvalo del lazo, lo arrojó. Zaira, irritada, sacudió su bella crin de azabache y le advirtió con un relincho inequívoco que no siguiera acercándose. Cansada de luchar inútilmente por cada cosa, de tener que preguntarle a la vida por qué tampoco eso, por qué también lo otro, Lucy se dejó caer rendida sobre una rodilla sobre el pasto frío, soltó la soga y, quitándose la capucha de un tirón, se puso a llorar ofrendándole a la lluvia los surcos salvajes de su cara. Quiero irme… -musitó en un largo gemido al golpearla un rayo de sol- … Tengo derecho… Tuvieron que pasar muchas lunas llenas desde la última vez para que se animara a observar el valle desde lo alto. Por fin venció ese vértigo, aunque algo que no logró explicarse la llenó de un gozo aterrorizado. Zaira…, continuó revolviendo la hierba con los dedos, ¿estás ahí?... Pero su amada yegua pareció no oírla. Y no era extraño, siendo que de pronto pudo divisarla a lo lejos, altanereándose entre las ovejas libradas al albur del arroyo. ¿Zaira…?, repitió para sí. Y enseguida la cabaña de pizarra gris batió con el viento los postigos de la cocina: ¿no los había cerrado al salir? Sin embargo, como despierta en la morada de un antiguo sueño, su propia imagen, Lucy con la bata floreada que usaba de muy joven, le demostró desde allá que no, que había que echarle aún el pasador. Quizás recién casada. Quizás encinta del niño que jamás llegó. Cautiva de sus vahídos, y con el reuma ensañándose con ella más y más, Lucile se enderezó sin ayuda del roble. Vio, así, a la distancia, el cono truncado del antiguo silo rotar como un tornado añil, desvaneciéndose luego igual que un espejismo cruzado por la estela incandescente un pájaro. La lluvia que le mojaba el pelo no mojaba el valle. Entonces, para su porfiada perplejidad, el lamparón amarillento que acosaba al granero y había estado siempre ahí, ya no le ocultó su secreto. Tuvo que admitir la armoniosa figura que, desde ese centro imperceptible, desde ese origen clandestino, dilataba su curva en espiral sobre los sembradíos dorados. Cierra tus ojos y la curva crecerá dentro de ti hecha música… –recordó ella la voz de Mervyn - No hay hombre en la Tierra que pueda hacer eso…. No. Era cierto. Y no volvió a dudarlo. Porque alguien se había adelantado a la siega rutinaria para trazar su hélice resonante y perfecta en las espigas. Tal vez adivinó que la faena sería mañana mismo, pues la noche amagaba ya en alguna estrella y la lámpara estaba encendida en el granero. Muy despacito, Lucy tentó el vacío con el cayado del abuelo. Su sombra deforme la acompaña tranquilamente rumbo a casa.



Gustavo Aritto
©2009 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina

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[1] Todo esto se conecta con los famosos “agrogramas” (“crop-circles” o “círculos de los cultivos”) asociados a la fenomenología interdimensional y extraterrestre.
[2] El Caballo Blanco de Uffington (Uffington White Horse, que muestra la toma aérea de la portada): uno de los más antiguos pictogramas hollados por manos desconocidas en el sur de Inglaterra. Ubicado en Berkshire, en el mismo valle donde se alza la adyacente Colina del Dragón (Dragon Hill), su vecindad al castillo de Uffington le da nombre. Enmarcada en el culto de la tribu Belga de Britania, su edad se calcula en 3.000 años aproximadamente. El grabado de cal ha sido atribuido asimismo a Hengist, el jefe de las hordas de anglos y sajones del siglo V d. C. David Icke, en alguna página de su tan fascinante como aterrador libro The Biggest Secret (El mayor secreto), asegura que las raíces del símbolo, atávicamente vinculadas a los poderes oscuros que han controlado el planeta desde tiempos babilónicos, se hunden en el antiguo Oriente Medio...

19 de febrero de 2012

ENCUENTRO EN CHARING CROSS















[De extrañas visiones:
London 2012]









Nos crucé en Charing Cross un lunes muy temprano.
“Pasa.”… “No, por favor…”, me dijimos (1) esquivos.
“No tengo prisa”, oí, “…la prisa es de los vivos…”
Y en la arcada del vértigo me aferré al pasamano.

Abajo la escalera mecánica medía
con precisión de Anubis el sudor de la frente.
Uno tras otro vi, los vi entre diente y diente,
el grito triturado, el reloj que aún latía…

Giran de sol a sol las ruedas del engaño:
No pierdas tiempo, el tiempo es oro: corre,
toma por las cloacas, la ruta más ligera …

En medio del tumulto pasó como un extraño;
era aquel que cambiamos por miedo y por alhorre,
el que debimos ser y, sin saberlo, espera.

Una sombra se ahogó donde se curva el río (2):
nadie rastreó el cadáver ni reparó en tu frío…



Gustavo Aritto
©2008 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


(1) “Me dijimos esquivos”, y antes “nos crucé” (sic).
(2) Al pasar por el distrito londinense en que se levanta la antigua estación de Charing Cross, el Támesis presenta una pronunciada curva. Una de las presuntas etimologías del topónimo lo vincula con este hecho.

Ilustración: Graffiti de Banksy, en Regents Canal, Camden, Londres (copyright artofthestate 2009 / 2011, editado como "Fishing Boy" - Muchacho que pesca)

HACIA LA ISLA DE PENGLAI SHAN







A bordo de ocho sencillas barcas de pesca, anudados bajo sus humildes chozas de paja, los monjes se alejan en la niebla. Los puertos de montaña los aguardarán abiertos de nuevo cuando el equinoccio. [1] En la Isla de Penglai Shan[2], que no conciente aparecer en ningún mapa, pasarán el verano en trato asiduo con sus íntimos, los Inmortales. Ellos, obreros de la Luz de la secreta alquimia, renovarán el prodigio de prolongar sus días para el bien del pueblo, ávido de desterrar la mentira. El polen sagrado de sus jardines y el oro impalpable que descansa en el fondo de sus ríos irrigarán el reino desahuciado al regreso. Ocho cánticos que no se confunden y que las vulgares lenguas del mundo no podrían entonar sin depravarlos, resuenan en la oscuridad abovedada encima del mar. El cosmos todo es evocado en sus versos.[3] El mar no los reconoce…
Al clarear, la niebla ha levantado. No hay rastros de la costa del Huang Hai[4] que los vio zarpar en lo secreto. Sí lo hay de la luna llena y translúcida. El viento sopla a favor. Todo es silencio, un silencio grávido de incertidumbres. El buen escanciador de cada barca ha repartido el vino de arroz y panecillos de trigo. El hambre no es un pensamiento en ellos. Llegar, sí. No están habituados a escalar las laderas de las altas olas, a mirar cara a cara al abismo de las aguas. A uno que entró en pánico lo han arrojado sin soga por la borda: así aprenderá que el miedo (y no el odio) es el peor enemigo del amor. Como portar brújula consigo o burdos portulanos ofendería a los Espíritus, no han reparado en que el sol parezca salir del Oeste. El fantasma del opio que envuelve la flota mística suele hacer cosas así. La señal venturosa es que, al abrasarlos el fuego del meridiano, el pasado ha quedado afortunadamente atrás: todo es anhelo de recalar por fin en la cándida arena sin huellas. “Mirar allá…” – vociferó el maestro del templo clandestino de Xi’an, al frente del penúltimo contingente, señalando un punto en el horizonte. Los discípulos a bordo ya estaban de rodillas. “… Gracias a los Eremitas eternamente iluminados hemos recibido la visión… Están esperándonos…” Con el octavo eco de la profecía, las barcas se entregan a al imán sagrado que se abulta verdoso en los confines del mar. De una a otra cubierta los cánticos se replican como espejos enfrentados en el espacio. Muchos de ellos son, quizá, vírgenes, aunque lo disimulen, en la experiencia inefable de un gozo tal. Antes de lo esperado, cuando en las nubes está ya el ocaso, la Isla los atrae a su seno de nieves eternas y valles siempre verdes. Ninguno quiere distraerse discutiéndole el tiempo a su clepsidra, a exigiéndole explicaciones al cielo donde ya parecen palpitar las estrellas. Todos callan o cantan.
Dos de las barcazas se adelantan rumbo a la línea blanca de la espuma, ahora mucho más nítida. Una se vuelve un reflejo a la distancia, como copiando en su cubierta de brillante paja y de bambú el guiño inexplicable de los primeros astros. La otra se detiene de golpe en un cono de sombra. “¿Han visto a esas dos gaviotas estrellarse en el aire…?” Tampoco eso importa. Lo único verdadero es el silencio, es que la Isla de los Espíritus les ha abierto las puertas de su grandioso Templo, invisible a los comunes. Y los elegidos no pueden con su solapada ansiedad. “¿Qué cráter es ése? ¿Qué precipicio se empina ahí, hermano…?” Preguntándose cosas (incorregible sombra humana que no amansa sabiduría alguna) así avanzan los monjes a la deriva: la tercera, la cuarta… Girando sin saberlo con las hélices de la luna menguante, mintiéndose el abundante paraíso que se les aleja, se les aleja a fin de que lo crean más real. Así acuden los monjes entusiastas, anudados a su frágil bajel por el amor, al llamado de las playas de las que nadie vuelve igual ni diferente. (… La séptima… la octava…) De ahí que no haya mapa que localice el gran Vacío, sobre el cual el Supremo sustentador del universo prefiere no pensar. De ahí que le sea preciso arrojarlo a algún otro lado, afuera, adentro, al antes o al después… Ya a la incógnita morada de Alción, ombligo de la galaxia. Ya al abismo del mar de encías negras, bajo los cimientos de las aguas terribles , donde la Isla de sus Eremitas eternos hunde su embudo de follajes y murmullos indecibles con la velocidad de un vórtice de luz. Allá van a parar los vientos favorables y las nubes, la memoria y el terrón caliente de quienes se han acercado demasiado.



Gustavo Aritto
©2009 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


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[1] Según el I Ching o Libro de las Mutaciones, los puertos montañeses eran cerrados al aproximarse el solsticio. Así lo indica, por caso, el texto del hexagrama 24, “El retorno”: “Los antiguos reyes usaban el culminante sol para cerrar los pasos…”.
[2] Penglai Shan es el nombre de la isla legendaria donde, según la sagrada tradición taoísta, moran los Ocho Inmortales (Xian), antiguos espíritus de eremitas difuntos que fueron divinizados.
[3] Son ocho los trigramas elementales que conforman la combinatoria total de los 64 hexagramas del I Ching.
[4] El Mar Amarillo, brazo del océano Pacífico, rodeado al este y norte por China, y al oeste por Corea del Norte y Corea del Sur; al sur se une con el mar de la China Oriental.

Ilustración de portada: El acantilado rojo, del pintor de la dinastía Ming, Qiu Ying (1494-1552).