23 de abril de 2012

UNA MATRIX DEL SILENCIO (Paráfrasis con fogata)



        



“Cerró tras si la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudo, y al descalcarse (oh desgracia de tal persona) se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía.”
                                  
                                       Quijote, II, 44                                                 



Cuidando que estuviese la aldea sosegada,
salió en secreto Antonia[1] bajo la noche quieta.
Sansón, el bachiller – su camastro oloroso
y su puerta sin tranca –
la presintió muy cerca con sigilo de luna
“Quedaron estas prendas
–susurró acariciada en la penumbra,
soltando el saco incómodo.
Son trapos y más trapos, harapos sin arreglo.                                                   
Teresa no ha podido ni siquiera                                                                    
tocarlos con sus manos: le dan miedo.
Y venderlos ahora junto con sus cacharros
atraería a la lengua de la chusma.
Mejor será ayudarlo a que acabe de partir
quemando en un montón sin dejar rastros
lo que ha llevado puesto…
Mañana, bien temprano, cuando rabie en los fondos
la primera fogata,                                                                                               
acuérdate de esto, y a otra cosa;                                                                        
que no hay hurón ni caza con la liebre de marzo…”                                    

Algún extraño sueño de llamas demenciales
debió aguardarlo al alba en el declive
tenebroso y fatal de la Cuaresma.
Porque antes que ningún madrugador
escuchara el consejo de los gallos,                                                                
pasó Sansón, cautivo o extraviado,
con el farol y el bulto camino a la dehesa…

Triple nudo de cuervos,                                                                                 
brusco vuelo de hélices oscuras,                                                                    
Una quema, sin cura y sin barbero,                                                          
humilla en la fogata las prendas malolientes
de Alonso, alias el Bueno.                                                                                
Todo lo vuelven una parva gris
sus añiles encías despiadadas.
Todo salvo una media,                                                                                   
su agujero en la lana destejida,
un ovalado cráter abierto entre los puntos                                                 
que soltó alguna lid o la polilla.                                                                     
Sansón, ese traidor de los espejos,                                                                
se resistió a dar crédito a sus ojos:                                                               
ya no quedaban magos[2] en la tierra,                                                            
y el mundo y sus molinos era de nuevo el mundo…
Pero aquel desgarrón en el espacio
burlaba con su alquimia
sus signos y su fuego.                                           
Era un fulgor incógnito, un vértigo de estrellas                                          
remontando otro cielo con alas de relámpago
para precipitarse en el profundo oriente. 
En esa noche grávida
de pájaros suicidas, 
el encinar lloraba sus bellotas de uranio.                                                                                                                 
                                    
Pero el trueno le dijo que sin temblar cruzara;                                         
que Merlín, el druïda de pezones rosados,
era por fin un niño
de sienes de cristal:
“… Ya se han contado todas las historias,
y el Cide agujereó, aturdido, el palimpsesto.
Deja morir el eco de tus viejas preguntas,
tus palabras de histrión, el ruido de tus máscaras.
El buraco que urdió el de la Triste Figura                                                           
           es tu vacío ahora,
la hélice del viento entre invisibles aspas,
y la tuya, perdido en la Matrix del Silencio …”                                            

A la tarde sin rostros del Guadiana
le dolieron la fiebre y los juncos del pantano.
Una campana se cansó a lo lejos.
Otra fogata se apagó muy cerca.
Mañana, como hoy, madrugará su gallo,
pero no habrá en la cama deshecha quien despierte…
Nadie busca la luz en su ventana abierta,
ni escucha a su rocín en el corral.
Igual a cualquier viernes es el viernes,
y las mismas de siempre, las lentejas… 




Gustavo Aritto
©2012 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina
            


[1] Antonia, y, enseguida, el bachiller Sansón Carrasco, activo personaje éste de la Segunda Parte del Quijote (primero, disfrazado de Caballero del Bosque o de los Espejos – Caps. 12-16 -; luego, en la batalla final, como el Caballero de la Blanca Luna – Cap. 66-). Se trata, como bien se sabe, de la sobrina y de un dudoso amigo, respectivamente, de Alonso Quijano. Teresa es Teresa (o también Juana) Panza. La casa del Bachiller Sansón Carrasco es, según la tradición local, una casa típica manchega, situada en el número 1 de la actual calle Académicos, de Argamasilla de Alba, presuntamente el “lugar de la Mancha” de cuyo nombre no quiere acordarse el creador de don Quijote (como tampoco su imaginario biógrafo arábigo).
[2] Magos por sabios, que es la denominación inequívocamente utilizada en la “historia” por su ficticio autor Cide Hamete Benengeli (y por la tradición orientalista en que abrevó su época).

Fotografía de portada: Orilla del río Guadiana (España) - Fuente: http://www.dipity.com


EL SUEÑO Y LOS SUEÑOS EN EL TIBET DE LOS INICIADOS



Extracto del libro:



INICIACIONES E INICIADOS DEL TIBET

Alexandra David-Néel
(1868 - 1969)




§ De cómo hay que dormir y utilizar el tiempo consagrado al sueño


 Los Gelugspas o lamas de "bonete amarillo", discípulos de Tsong Khapa, muestran menos inclinación hacia la vida contemplativa que sus colegas de "bonete rojo". La mayoría de los ermitaños que habitan los desiertos pertenecen a alguna de las grandes sectas rojas: Karmapas, Sakyapas o Dzogchens-pas. Los Gelugspas que desean vivir en retiro se contentan, casi siempre, con ocupar algunas de las casitas llamadas tshamps jang (casas de meditación), que se construyen algo apartadas aunque no lejos de un monasterio, o bien se unen a una colonia de riteud. pas (ermitaños), cuyas viviendas individuales se agrupan en los lugares desiertos. Los más ricos poseen residencias en lugares retirados,. donde les es permitido permanecer cuando desean aislarse. Sus prácticas de meditación son en general menos complicadas y menos raras que las de los místicos denominados naldjorpas. Sin embargo no hay que suponer que se atienen a la pura meditación intelectual. Por el contrario. Muchos "rojas" reconocen que los diversos ejercicios que practican no son más que muletas que utiliza su invalidez mental para poder caminar a lo largo del sendero espiritual y llegar al abandono de todos los ritos, mientras que la mayoría de los "amarillos" parecen suponer que el ritualismo es esencial, y vacilan antes de repudiarlo. Los más versados de entre ellos en las prácticas de entrenamiento psíquico insisten en la utilidad de conservar el control de sí mismos, incluso durante el sueño. En esto no hará más que seguir a Tsong Khapa, que consagra a este tema varias páginas de su gran obra —el Lamrin.

Expondré a continuación el sentido de esto. Es importante, dice Tsong Khapa, no perder el tiempo que consagramos al sueño, ya sea volviéndonos, una vez dormidos, inertes como una piedra, ya sea dejando naufragar el espíritu en la incoherencia de sueños absurdos o nefastos. Las manifestaciones desordenadas de actividad mental a las que nos entregamos en sueños representan para el durmiente un gasto de energía que podría servir para fines útiles. Además, las acciones que se realizan o los pensamientos en que nos detenemos durante el sueño dan un resultado idéntico al de las acciones y los pensamientos de un hombre despierto. Por lo tanto, conviene "no fabricar el mal" cuando se duerme. Ya he señalado que los lamas profesan esta teoría, y volvemos aquí a encontrarla, patrocinada por uno de los más ilustres. Es una teoría que sorprenderá a muchos occidentales. ¿Cómo es posible —preguntarán— que una acción imaginaria pueda tener los mismos resultados que una acción real? ¿Tendremos, pues, que poner preso al hombre que haya soñado que robaba la cartera de un transeúnte? Esta comparación es mala y no corresponde al punto de vista de los lamaístas. Para ellos no se trata de "cárcel" ni de "juez" que condene al ladrón. La creencia en la retribución del bien y del mal por un Poder consciente y personal no existe entre los tibetanos. Incluso en las teorías religiosas populares, el papel de Chindjé, Juez de los Muertos, consiste simplemente en aplicar las leyes inflexibles de las que él no es autor, y que no puede reformar de manera alguna. Por otra parte, Tsong Khapa y sus discípulos no se dirigen aquí a los oyentes comunes. Según ellos, las consecuencias más graves de un pensamiento o de una acción son las modificaciones de orden psíquico que producen en el individuo. El acto material acarrea, para quien lo realiza, consecuencias materiales visibles, más o menos agradables o desagradables, pero el acto mental que lo ha precedido (es decir, la voluntad de realizar el acto material), determina o mejora al autor de manera invisible, crea en él afinidades y tendencias ocultas que le son beneficiosas o nefastas, y este cambio íntimo en el carácter del individuo puede, a su vez, provocar resultados de orden material.

Los tibetanos atribuyen gran importancia al dominio del subconsciente (que evidentemente no denominan así). Ellos creen que las manifestaciones de nuestra verdadera naturaleza se encuentran trabadas por el estado de violencia que siempre padecemos durante la vigilia, cuando somos conscientes de nuestra personalidad social, de lo que nos rodea, de las enseñanzas, de los ejemplos que nuestra memoria hace presentes, y miles de otras cosas. El secreto de esta naturaleza real se encuentra en los impulsos que no derivan de ninguna consideración basada en estos terrenos. El sueño, al abolir estas cosas en gran medida, libera el espíritu de las trabas que lo sujetan durante la vigilia, y deja juego más libre a los impulsos naturales. Por lo tanto es el individuo verdadero quien actúa durante el sueño, y sus actos, imaginarios desde el punto de vista de quien está despierto, son muy reales en cuanto a la volición, y comportan todas las consecuencias vinculadas a estos últimos. Basándose en estas ideas, los Maestros místicos recomiendan observar atentamente la conducta que tenemos en sueños, y los sentimientos que nos animan, para llegarla conocernos a nosotros mismos. De todos modos tienen buen cuidado de aconsejar al discípulo que se aplique a discernir la parte que las influencias que provienen del plano del estado de vigilia pueden tener en la conciencia del durmiente. En suma, la opinión de los místicos tibetanos es que la intención equivale a la acción. El asesino se vuelve asesino' en el momento que ha decidido cometer su crimen. Si algún obstáculo impide realizarlo, esto no cambia para nada el estado psíquico del criminal. Si admitimos esta teoría, tendremos que reconocer que el asesinato cometido en sueños denota, en el durmiente, tendencias criminales, solamente contenidas por la violencia de las influencias diversas que actúan sobre él en estado de vigilia. Y, como ya hemos dicho, todas las consecuencias de la formación mental (dudjé) que es la voluntad de "matar" actúan mecánicamente en consecuencia.

Para terminar con este asunto de los sueños, añadiré que los tibetanos saben perfectamente que los sueños pueden ser producidos por circunstancias reales, que determinan en el durmiente sensaciones que él traspasa al sueño, y convierte en visiones fantasmagóricas. Por ejemplo, un hombre que siente frío al quedarse dormido puede soñar que acampa entre la nieve con sus compañeros. Pero si en el mismo sueño quita, por medio de la violencia o de la astucia, la manta o el abrigo a uno de sus compañeros para calentarse él, realmente este individuo tiene tendencias egoístas.

Como en todos los países, existen en el Tibet personas que creen en los sueños premonitorios. De todos modos, los lamas místicos no alientan en modo alguno la superstición en este sentido. Los sueños de la gran mayoría de los hombres provienen, dicen, del desarreglo de su imaginación cuando duermen. Las únicas indicaciones que pueden obtenerse, aplicándose a ello, son las que conciernen a las disposiciones ocultas de nuestro carácter, como ya se ha dicho. Un número muy reducido de naldjorpas, que han adquirido facultades psíquicas particulares, tienen a veces sueños premonitorios, o se enteran, también en sueños, de acontecimientos que pasan lejos de ellos. Pero estas informaciones misteriosas son con mayor frecuencia recibidas por ellos en medio de trances de tipo especial, en los cuales el sujeto no está dormido ni necesariamente sumergido en la meditación. A veces el anuncio toma la forma de apariciones subjetivas simbólicas.
La manera de ejercitarse para llegar a ser "un naidjorpa que no duerme" nos es descrita de la manera siguiente:

"Cuando llegue el momento de dormir, sal afuera, lávate los pies, acuéstate luego en la postura del "león", sobre el costado derecho, las piernas tendidas, el pie izquierdo descansando sobre el pie derecho.
"Ten en seguida la percepción de la luz, captando perfectamente todas las características de la claridad. Si el naidjorpa está impregnado de esta claridad en el momento de dormir, su espíritu no estará cubierto por las tinieblas durante el reposo.
"Evoca en la memoria la doctrina de Buda. Medita en ella hasta el momento de ceder al sueño; ten también cuidado de rechazar todas las ideas depravadas que puedan surgir en ti. Actuando de este modo, el tiempo pasado en el sueño no diferirá del tiempo en que permaneces despierto. Tu espíritu continuará, cómodamente, las operaciones mentales hacia las que lo hayas dirigido y, mientras duermes practicarás la virtud. Conviene también conservar activa la "conciencia del despertar". Aunque el cuerpo haya sido vencido por el sueño, el espíritu debe permanecer lúcido y velar. "Tu sueño debe ser leve como el de las bestias salvajes. Así podrás despertarte en el momento mismo que tú hayas fijado."


Título original: Initiations Lamaïques (1930). Versión castellana: Estela Canto; edición electrónica: www.upasika.com.

Una reseña biográfica y bibliográfica de gran interés sobre esta maestra occidental puede leerse en el blog de Revuyon Pangea:
http://revuyon.lacoctelera.net/post/2008/09/06/grandes-maestros-alexandra-david-neel






_________________________________



Louise Eugénie Alexandrine Marie David, más conocida por su pseudónimo Alexandra David-Néel (24 de octubre de 1868, París - † 8 de septiembre de 1969, Digne (Alpes-de-Haute-Provence) fue sucesiva o simultáneamente orientalista, cantante de ópera, periodista, exploradora, anarquista, espiritualista, budista y escritora francesa. De su formación estudiantil, por años se deleita con los estoicos y con Epicteto en especial. Luego asiste a diversos estudios en la Sociedad Teosófica de Paris, y cursa Estudios Orientales, especialmente sánscrito y filosofía, en Sorbonne University, e inglés. Viaja por primera vez a India en 1890/1891 donde conoce a Swami Bhaskarananda, y toma contacto con la música tibetana de la cual se enamora, al igual que de la cultura oriental. En 1899 escribe un tratado anarquista que solo sale a la luz por el esfuerzo de su compañero de ese entonces y la obra se traduce a cinco idiomas. Viaja a Africa y se fascina con los llamados a la oración islámicos y estudia el Koran. Allí conoce al ingeniero Phillipe Neel y decide abandonar su celibato. Pero a los pocos meses cae en cuenta que la vida de casada no es para ella y, de acuerdo con su marido, se dedica a viajar. Planea un viaje de dieciocho meses y sin embargo retorna luego de 14 años. En 1912 conoce al Maharajá de Sikkim, Sidkeon Tulku, y allí comienza una incesante sucesión de experiencias amparada por su amigo y acompañada por su hijo adoptivo, el lama Yongden. No pudiendo retornar a Europa debido a la Primera Guerra Mundial, se detiene un corto tiempo en Japón y se hace amiga de monje Ekai Kawaguchi. De alli a Korea y luego a China, arriba finalmente a Lhasa. Es conocida principalmente por su visita a Lhasa (1924), capital del Tíbet, ciudad prohibida a los extranjeros. De allí retorna a Europa, se separa definitivamente de su marido, construye su Ermita en la Provence, Francia, y a los 69 (1937) vuelve a Tibet, luego de escribir más de 30 libros acerca de religiones orientales, filosofía y sus viajes. Financiada por su ahora ex esposo, viaja a China y a Tibet, retornando a Francia a los 89 años. En 1955 muere en un accidente su hijo adoptivo, y con mas de 100 años renueva su pasaporte para volver a Tibet, cuando finalmente muere. Sus enseñanzas fueron trasmitidas por sus principales amigos y discípulos: el lama tibetano Aphur Yondgen (su hijo adoptivo), y el frances Swami Asuri Kapila (Cesar Della Rosa). Sus obras han sido muy bien documentadas influyeron en los escritores "beat" Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y en el filósofo Alan Watts. En febrero de 1973 sus cenizas fueron arrojadas en el Ganges y en octubre de 1982 y mayo de 1986, el Dalai Lama XIV visito su Ermita para rendir homenaje a la incansable viajera que, de algún modo, trajo el Tibet a Occidente.









Texto sánscrito entonado en el video de portada bajo el título aproximativo de Música tibetana sagrada para (el) templo: 

"Namo Ratna Trayaya, Namo Arya Jnana Sagara, Vairochana, Byuhara Jara Tathagataya, Arahate, Samyaksam Buddhaya, Namo Sarwa Tathagate Bhyay, Arhata Bhyah, Samyaksam Buddhe Bhyah, Namo Arya Avalokite shoraya Bodhisattvaya, Maha Sattvaya, Maha Karunikaya, Tadyata, Om Dara Dara, Diri Diri, Duru Duru Itte We, Itte Chale Chale, Purachale Purachale, Kusume Kusuma Wa Re, Ili Milli, Chiti Jvalam, Apanaye Shoha"






19 de abril de 2012

WEKO, TIRANO





                                                         “Quizás, Cratilo, sea esto lo que quieres decir: 
                                             que, cuando alguien conoce qué es el nombre 
                                                  (y éste es exactamente como la cosa), conocerá
                                             también la cosa, puesto que es semejante
                                                                       al nombre.”

                                                                                                 Platón, Cratilo, 435 d
  



Había una vez un pueblo que vivía dichoso al abrigo de los cerros verdes del Altiplano. Hombres y mujeres cuyo semblante emulaba las espigas y cuyos ancestros habían ofrendado su sangre en las crónicas mendaces del conquistador. Quien más, quien menos, todos conocían el sagrado beneplácito de la Madre Tierra y no tenían que temer por el porvenir de sus críos. Pero tiempos llegaron grávidos de augurios turbulentos, en que los guardianes de las cuevas celosas del estaño y del oro comenzaron a soplarse cosas en la oreja. Sucedía que unos gringos bajados del norte, avencidados bruscamente en la meseta con la excusa de mercadear el cuero de la alpaca, se estaban ganando poco a poco la lábil voluntad del muy anciano Toribio, cacique sin tacha, probado por igual en la sabia adversidad como en el favor magnánimo del Cielo, elegido desde los orígenes por los Inmortales para guiar a los suyos hasta el final de la gran usurpación. Y aunque nadie había visto a los intrusos merodear el valle, una tonta pelea por un gallo entre dos hermanos sirvió de chispa para excitar la mecha. Lo que empezó a las tantas de la noche aturdido por las habladurías de los gallineros acabó a mediodía en un tumulto de hembras de uñas filosas y machos anudados en el polvo, cuando ninguno recordaba ya cuál cargaba con la deuda y cuál con el rencor. Tomados por sorpresa por los rojos herreros, quienes se precipitaron por la ladera con el cuchillo y el hacha en sus manos, los mansos varones de la tribu imploraron a Toribio que los acaudillara en una rebelión que juzgaron inevitable y, por eso mismo, justa. No bien los rumores de la asonada envenenaron los oídos de los sediciosos, antorchas anónimas incendiaron la choza del gran cacique, quien debió huir en una canoa encapuchado por la madrugada a las entrañas de una isla escondida en el inmenso lago que flanqueaban las últimas cumbres, donde la cordillera condesciende con el llano. Tres águilas harpías, que por momentos parecieron una sola, se extinguieron en el horizonte junto con la embarcación. Allá, encubiertos por bancos de bruma y espejismos de origen incierto, él, su eunuco leal y su magnánima esposa supieron esperar. Otra versión, que supo depravarse en el canto de esos guitarreros de aquí y de allá tan faltos de escrúpulos, niega que se haya sabido de ellos desde entonces. Su primogénito, en cambio, dejó a salvo su honor cayendo malherido en la avanzada de la primera trifulca. La Crónica del Pseudo Toribio, reputada de fidedigna, a pesar de esa dudosa carátula, por un paleógrafo austriaco, un intruso respetado de siempre, que sobrevivió al desastre, sugiere – la verdad sea dicha – que el legítimo heredero del cacicato tranzó clandestinamente con los obreros de Tubal [1], asegurándose un exilio honroso. El precio fue una misteriosa talla en obsidiana, delatora del incógnito Desfiladero de los Dioses, puerta para todos los posibles éxodos de su oprimido pueblo del sur, ahora en guerra fratricida. Tampoco del desertor, según las mismas cantilenas, se volvió a tener noticia.
Entonces, no dando tregua a las gentes enardecidas del tenaz Toribio, la baba rabiosa del “los Metálicos” (como se regodeaban en llamarse los del gremio subterráneo) infundió temor a los corazones proclamando el nombre terrible de WEKO como nuevo soberano absoluto de todos. Y a fin de prevenir cualquier iluso desacato, fueron restaurados en lo alto del cerro principal los muros de piedra del antiguo Templo del Sol, consagrado a los Inmortales por seres de otra parte, y olvidado allá arriba desde épocas más prósperas y menos desdichadas. Así, WEKO fue afianzándose al amparo del oro y el estaño merced a la sangre fría de un ejército de espías y asesinos obedientes. Un exótico asedio de bandos y comunicados promulgados por la Alta Comandancia Sudandina (así quisieron ser reconocidos) echó mano de antiguos símbolos atávicos para hacerse comprensible a los ojos, y de poderosos megáfonos que, desde ágiles avionetas cedidas por “los rubios”, dejaban propagarse en lengua aymará lo que debía ser escuchado con atención. Tras un par de semanas de carteles de neón y cabriolas en las nubes, todo el mundo sabía que nada debía preguntarse, que WEKO, de mirada indescriptible y una voz capaz de derribar una pirca, pronto promulgaría un orden de emergencia, dos o tres leyes urgentes que hasta un niño podría entender y cumplir. “Y yo, WEKO – replicaba el eco espectral de los parlantes voladores-, restaurador de la paz, espero de mis hermanos que sepan volverse niños por un tiempo…”. Muchas lunas enlutadas de cadáveres tiñeron de rojo la tierra. En pocas semanas, el agua de los pozos, infestados de un extraño color, no sirvió para aplacar la sed ni cocinar el choclo de maíz ni la patata. Como en las confusas marismas de una pesadilla, las pezuñas del buitre y el jaguar se disputaron la carne de los inexpertos guerreros de Toribio y los de sus pobres mujeres, que habían sido abandonadas por la vida aferradas por doquier a los pálidos huesitos de sus hijos. Pestes que ningún chamán supo apaciguar fueron a morar como fantasmas en la niebla de los ríos. Las resonancias pavorosas del tirano apagaron drásticamente las esperanzas de libertad. Ni siquiera los pueblos allende las salinas, hechos de un coraje roqueño, y que no podían no llenarse de horror ante las negras columnas de humo que trepaban igual que himnos dedicados al triunfo de WEKO, se atrevieron esta vez a intervenir. En la penumbra de una cueva que mintió la conjura de los sobrevivientes, la desesperación y el hambre decidieron el asalto final por la ladera norte donde se empinaban las espaldas del palacio. Se decía que los guardias del usurpador sin rostro no descuidaban el escamoteo de balsas en el lago; de ahí que acordasen recurrir a falsos pescadores, forasteros que por una moneda de oro los proveyeron de armamento blanco desde el mar. Cómo hubo regresado desde la bruma el venerado cacique nadie jamás lo conoció. Gracias a algunos rastros dejados por la trabajosa leyenda se dedujo que su canoa sin remos, sólo visible por algunos bajo el hechizo de la luna menguante, retornó sola a la isla. Cuando la cosecha y los rebaños dieron señales de ruina, y los fieles a Toribio sintieron declinar sus fuerzas, el terco caudillo escuchó el llanto de los inocentes electrizando el aire en busca de sus madres y llamó a un imprevisto día de calma. En la madrugada de la luna nueva siguiente al solsticio, fusiles y granadas no tocados hasta entonces por sus manos reptaron monte arriba y sitiaron sin mayor esfuerzo los aposentos prohibidos del tirano. Bajo el grávido cielo que imantaba el ancla de las Pléyades, los cuerpos abiertos de los muertos regaron las escalinatas. Unos pocos arrepentidos, espantados por el zumbido inaudito de las balas, los esperaron de rodillas en la cámara secreta después de haber arrojado al foso sus pertrechos. Otros, más aterrorizados aun, fueron hallados mascando hierba en enardecidas discusiones consigo mismos.
“¡Dónde está él! – se recuerda que trató de gritar Toribio, seguro de su fusil en alto, abriéndose paso entre sus valientes con su poncho de resplandor plateado. ¡Que salga a dar la cara y ponga el pecho, si es un hijo digno de nuestra Madre!”
Cuentan que las penetrantes hélices de la pólvora lo hicieron estornudar por primera vez en su vida. Y que lo embroncó más todavía el pasmoso silencio de aquellas lenguas venales. Un tiro al aire fue su ultimátum. Ninguno respondió. Ninguno podía hacerlo. Tampoco el atroz Comandante de aquellos torpes esclavos del desprecio. Porque él, simplemente, no existía (“Viejo y todo, no te tengo miedo, embaucador…”) ni había existido nunca (“… Nada anhelo más que mi pronta muerte… Sólo tu cabeza rodando por estos escalones supremos se parece a esa nostalgia que me gana el corazón cansado…”). Porque WEKO, dos meros impulsos de voz encadenados, era lo único real, WEKO… WEKO… La cadenciosa vibración de un nombre que nadie recordaba haber elegido. KOWÉKOWÉKOWÉ… y nada más. No había hecho falta el hombre para ganar el territorio y someter a su pueblo distraído en supersticiones. Un par de sílabas sin significado alguno habían bastado. Sólo quedaban en pie los emponchados del anciano mayor de la tribu. Se miraron largamente, desapareciendo uno a uno bajo el cono de sombra del eclipse que pasaba inadvertido. Un puñado de tiernos guerreros se arrimó al viejo sin fuerzas que se dejó derribar, entre corcovos, abrazado a un fusil prestado. … KOWÉKOWÉKOWÉ … Triste partió Toribio; sus ojos atrofiados por el glaucoma fueron quizás los únicos que echaron allí de menos al sol. Alguien le oyó susurrar “no…” antes de irse del todo con la verdad: … KOWÉKOWÉKOWÉ… Una impune grieta resonante… WÉKOÉKOÉKOÉK, un agujero entreabierto por aquella horda homicida en uno de los volubles Universos imaginados por su Dios. Ahora (y sólo ahora) que el vacío estaba ahí, en ningún lugar y en todas partes, empezaba lo peor.  



Gustavo Aritto
©2009 / versión final: 2012
/ Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


[1] Tubal Caín es el nombre de un personaje de la Biblia, y Tubal (en el idioma asirio es Tabal y en el idioma griego es Tibarenoi) es el de una tribu del Asia Menor. Hijo de Lamec, su función dentro de la enealogía de Caín, junto a su padre, su madre, su madrastra y sus hermanos, es la simbolización del progreso y el avance cultural. Tubal Caín, asociado a sediciosas fuerzas inframundanas, representa el conocimiento secreto de la fundición de metales y la metalurgia.

Imagen de portada: Francis Bacon, Self Portrait (Auntorretrato)

14 de abril de 2012

EL SISTRO DE AMEN-RA [1]






Canto de una Sibila en el fondo del mar




"... Los cuernos de la luna menguaban confabulados con el toro en alguna parte sin que nadie los viera.  Los otros, los cuernos de fuego del carnero, se habían hundido hacía rato con el sol en el poniente que desafiaba la proa y a nadie le importó. Mientras tanto, Toth, el escriba, trazaba signos secretos en las negras encías del mar cargadas de estrellas y presagios.[2] Algo de agazapada inminencia había en el espejo que duplicaba las lápidas azules del hielo, pero ni uno solo de ellos supo mirar. Olvidaron que no todo cede al resplandor efímero del auricalco, el mismo resplandor que arrastró hasta aquí las pirámides de cuarzo de los atlantes, nuestros ancestros. Creyeron poder arrebatarme al beso nocturno de los papiros, al silbido del áspid en las fosas descalzas de Luxor junto al Nilo, al sueño de la Esfinge equinoccial donde mi sombra se transformó en cárdeno ibis, a los pliegues consagrados de mi húmedo kalarsis [3] deseosos de por fin entregarse a Ra, mi señor, por fin ser suya bajo el imán antiguo de las Pléyades… (CLIN - CLIN… CLAN – CLAN…) ¿Quién bajará a nuestro abismo a recogerme? ¿Quién se acordará ya de la sibila ofrecida en las sórdidas subastas de sus pesadillas como un anatema? (CLAN – CLAN… CLIN – CLIN…) En vano rastrearán mi envoltorio humillado por la sal. Jamás conocerán mi rostro verdadero. Que adornen ahora sus museos con el maletín de acero que maldijeron mi alhorre y los pétalos de loto. Sus centurias ilusas, incapaces de medir la eternidad, ignoran que sus días no son más que parpadeos de un ciego en el túnel sin fin del ammonite del tiempo.  CLIN – CLAN… CLAN – CLIN…: así suena mi sistro [4] jugando con el eco entre los despojos que perdonó el orín y asedian los parásitos. En la lacia espiral donde perduramos despiertos no hay lugar para el llanto. A sus muertos y a mí poco nos importa que no haya existido el témpano, ni el tajo en la quilla ni unos botes de menos… Nos conocemos de mucho, mucho antes que aquella breve travesía de primavera y ellos se acordaron enseguida de la voz cristalina de mi sonajero sagrado. Cuántos de ellos alardeaban de sus senos rosados y eran princesas o mujerzuelas que nunca regresaron de la fábrica de clones de los brujos rojos; y entre ellas cuántas fueron gris soldadesca mercenaria, sementales por encargo y asalariados del látigo, cirujanos atroces y jueces venales. Por entonces, cuando la isla de Undal [5] se alzaba aún solitaria sobre la superficie, yo los visité en sueños para sembrar la profecía en sus corazones: Las aguas vendrán también por ustedes… Precario será el refugio que hallen en la venidera morada de los faraones que abracen el secreto de los atlantes… Será precario, y allí andaré yo ungida, y en alguna futura noche sin luna volverán a oír el cristal de mi sistro resonando en el fondo del mar…

... CLIN – CLAN… CLAN – CLIN… Allá en la tierra donde arden los golfos y declinan las torres los millones de hermanos de la triste oscuridad nada saben de la vida. Nosotros, en cambio, apenas recordamos el estruendo clandestino y el cielo donde el inmóvil Destino humano aboveda sus máscaras. En medio de este ordenado destrozo de chimeneas, caireles de Murano y relojes detenidos a la madrugada, algo que no se fraguó en el astillero del oxidado Titanic nos alienta a esperar, en silencio, en el perfecto silencio que no puede igualar mi música, buenas nuevas, una Luz que nada debe a las estrellas, el Cristo germinando en la Flor [6], la misteriosa Flor que fulge y se estremece... que abriéndose infinitamente gira... gira..."



Gustavo Aritto,
Burzaco, madrugada del 14 de abril de 2012
/ Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


[1] La sacerdotisa Amen-Ra vivió alrededor del año mil quinientos antes de Cristo, en tiempos de Amenophis IV. Cuando murió fue depositada en un bello sarcófago de madera, embalsamada y enterrada en una cripta en Luxor, junto a la ribera del Nilo. Más de tres mil años después, a finales de 1890, cuatro jóvenes adinerados de Inglaterra visitaron las excavaciones que se desarrollaban en ese lugar, adquirieron su momia y desataron así una sucesión de desgracias que parecen haber hallado descanso con el hundimiento del transatlántico Olympic R. M. S. Titanic hace exactamente cien años, entre la noche del sábado 14 de abril y la madrugada del domingo 15 de 1912. Tras una estela de una treintena de muertes, un adinerado arqueólogo norteamericano decidió embarcar la momia de la ungida egipcia en la bodega (otra versión asegura que su modernizado sarcófago viajó junto a una de las calderas) del barco que nunca llegó a Nueva York. Su mausoleo metálico fue hallado y rescatado de entre los despojos submarinos: en su interior, intacto y sin la menor señal de humedad ni corrosión, no había nada.

[2] En el mapa celeste de ese momento, el Sol estaba en la constelación de Aries, la Luna (menguante, aunque no visible esa noche), en la de Tauro, y, entre otras varias configuraciones planetarias, Mercurio (el Hermes heleno en coalescencia con el mítico Hermes Trimegisto y el Dyehuti egipcios que los griegos llamaron Toth, el dios escriba) estaba en cuadratura con Neptuno (otro nombre para el acuático Poseidón de los helenos). El insistente motivo de los cuernos obedece a la asociación del Carnero (Aries astrológico) con el dios egipcio [Auf] Ra, a quien estaba consagrada - en su versión divina de Ammón (= Imn o  'el oculto') - la sibila momificada a bordo del Titanic, y que guarda relación etimológica con el nombre ammonites, hasta hoy un mero fósil de origen submarino, molusco semejante en su morfología al actual nautilo.

[3] En el egipcio Imperio Antiguo el kalasiris o túnicas carecían de cortes y costuras, eran paños envolventes, drapeadas al cuerpo; eran ajustadas y caían desde el pecho hasta los tobillos, sujetas por anchos tirantes. Hacia el Imperio Nuevo es el auge de las transparencias y los pliegues, marcando el cuerpo con otra sensibilidad y logrando una silueta de curvas suaves. El kalasiris se sujetaba a la cintura con fajines de colores o cenefas, que se entreabrían dejando ver las piernas de sus dueñas.

[4] El sistro es un antiguo instrumento musical, con forma de aro o de herradura, que contiene platillos metálicos ensartados en unas varillas, y se hace sonar agitándolo a la manera de un sonajero. Era muy utilizado en las fiestas religiosas del Antiguo Egipto, de quienes lo copiaron los romanos. Fue considerado un atributo de la diosa Hathor, y también estaba relacionado con las diosas Isis, Bat y Bastet. El nombre deriva del griego σείω (seio), agitar, así que σείστρον (seistron) es lo que está siendo agitado.

[5] Según las crónicas ocultistas, la isla de Undal fue el último bastión atlante desaparecido bajo el mar. Los remanentes de aquella decadente civilización fueron reimplantados en el primitivo Egipto, receptor y transmisor de sus cultos mistéricos y sus secretos cósmicos. A los conocimientos de aquella raza extinta (al menos como expresión civilizadora, no como ancestro genético) debieron los egipcios la práctica de su aún "inexplicable" tecnología.


[6] La Flor de la Vida, arquetipo cosmológico debido a la más remota tradición mística egipcia. El Logos crístico es su segundo “pétalo”, surgido del Uno inicial como agente creador activo de todas las formas del múltiple y diversificado cosmos. Se trata del Vesica Piscis expandido en todo su potencial hexagonal.


8 de abril de 2012

STAR OF BETHLEHEM: En el Templo del Sueño de Aurora





Me dormí como si el vacío me hubiese acogido en su seno, un hoyo donde iban a parar todos los vértigos del pasado, donde el imán de la Tierra ya no me sujetaba ni luchaban con ella mis bucles negros. Un círculo de cándidas túnicas verdosas escoltó mi partida. No temas – sentí vibrar en mi hueco –, estás a salvo… Eres ahora un eco en los repliegues cóncavos de Aurora [1]: nadie daría con nosotros si no lo hubiera buscado con su corazón… Entonces mi cuerpo se durmió, y un ojo sin párpado que se me encendió por dentro y yo desconocía contempló un sueño; y lo contemplaba y lo soñaba a un tiempo…

Era yo, pero no pude ver mi rostro. Un hilo rojo bajaba hasta mis tobillos. Sabía (no puedo recordar cómo lo sabía) que quedaba una semana de mí en la tierra; siete días fugaces con sus noches, inútiles ya. Quiero morir en el bosque…, nos dijimos. Me calcé el abrigo. Al salir de la casa erizada por el ronquido espectral de mi padre, eché llave a la puerta y la arrojé después sin mirar dónde, de paso por el puente que se aferraba a los bancos de un canal rumoroso y oscuro. Hacía frío, y las hojas se dejaban caer obedientes al otoño. Me acordé de mamá, que otra vez no estaba allí…

Tres… cuatro… cinco infinitas jornadas me llevó llegar. Iba a los tumbos, presa de los vahídos, descubriendo de pronto agujereada mi mollera sin el menor dolor. Cuando por fin pude tenderme, lejos de todo, al amparo del encinar, me despedí, por si acaso, de los pájaros y de una nube alargada que avanzaba contra el viento, y me eché a dormir en la proximidad de los grillos. Arriba, el empinado follaje que respiraba en todas partes abrió un cráter añil donde se demoró una estrella (no la vi desaparecer). Una mata de flores diminutas me sirvió de almohada. Los seis pétalos que no había observado se transformaron conmigo en el sueño que soné allí. Eran verdes por fuera y por dentro blancos. [2]

El asombroso resplandor de las florcitas me condenó, durmiendo, al insomnio. Algo en esa visión me habló de mí, y yo dejé que su tersa noche me iluminara. Cuando la madrugada comenzó a ceder a la fatalidad de la aurora, sentí que las flores ya no estaban ahí. Sentí que estaban dentro, muy dentro mío. El resto fue una paz misteriosa, parecida a la que acompaña el rostro de los muertos en la Gracia. Padre… Madre… ¿Qué será Dios?... ¿Qué no será...? Hacía frío, sí, pero me levanté sin hacer esfuerzo, entregada a las hélices doradas del  otoño tardío. El capullo de una llama que ardía y no quemaba quería devolver lo que ya no era suyo. Nunca pude repetir las sílabas resonantes que se escaparon de mí al salir de aquel tímpano de fuego. Caminé… caminé largamente de regreso por otro camino, uno que desapareció junto con mis pisadas y el hilo rojo olvidado abajo, muy abajo… Mi sombra de niña trémula esperó en vano que pasara a recogerla: no habría entendido mis bucles del mismo color que el otoño…

Un cerrajero… –me dije al oído apenas antes de despertar - ... Lo primero es encontrar un cerrajero…


Gustavo Aritto
©2012 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina




[1] Aurora, centro y civilización intraterrenos localizada, a nivel suprafísico, en tierras uruguayas (Salto, con umbral en la Estancia La Aurora), supone una apertura hacia la cura cósmica. Cuando alcanza a un ser humano predispuesto a la fe, logra equilibrarlo, armonizarlo y sanarlo a nivel de todos sus cuerpos. La apertura de esta morada abocada a la curación y la formación de sanadores cósmicos, representa un hecho clave para la purificación del mundo. Su trabajo está a cargo de “seres pléyade”, o sea, entidades humanas sin necesidad de manifestación ni experiencia física (ya no se procrean). En Aurora se emplea la incubación, semejante a la de los templos de Esculapio, aunque por vías absolutamente internas y etéreas. Los seres de Aurora trabajan sin la coerción espacio-tiempo, pudiendo realizar sanaciones a distancia y de modo no sincrónico. La cura y regeneración de los cuerpos se efectúa gracias a la energía Brill, consistiendo aquéllas en recibir quánta que emanan de los niveles superiores de la vida (“mundos sutiles”), áreas del cosmos libres de contaminaciones psíquicas o de otro origen. El resultado es la transformación del interior de las células. El procedimiento básico es el de incubación y sueño profundo, aunque lejos de las prácticas terapéuticas planetarias actuales. Según José Trigueirinho, el sacerdote italiano y sanador conocido como 'Padre Pío' forma parte de los agentes con servicio en Aurora. Apunta, además, el ocultista brasileño: "El reino vegetal ejerce un papel relevante en la transmutación de vibraciones desde el nivel denso hasta el astral más sutil... Con la fusión del nivel astral y el mental, que ya comenzó, ciertos vegetales serán más sensibles a las vibraciones del pensamiento, lo que permitirá que este reino y el humano trabajen en estrecha colaboración. El centro Aurora participa directamente en la relación del reino vegetal con esferas extraplanetarias, relación que se está llevando a efecto".

[2] Star of Bethlehem (Estrella de Belén o Leche de gallina) es uno de los florales curativos del sistema terapéutico del Dr. E. Bach. Figura en el grupo emocional del abatimiento y la desperación. Se aplica en presencia de traumas (inmediatos o muy alejados en el tiempo), tanto físicos como emocionales. Tristeza, parálisis, conmoción son los síntomas que la activan. Pero, sobre todo, es una flor que actúa como sellador áurico y armonizador energético. Es una flor pequeña de seis pétalos, verdes por fuera y blancos por dentro, con pecíolos amarillos. Su virtud es la paz y el reencauzamiento interiores; comparada por Bach a la presencia del Espíritu Santo, y en sintonía con su morfología, la “estrella de David” de seis puntas cuyos dos triángulos contrapuestos remiten a la consagración de la Unidad y la Totalidad, el arquetipo esencialmente integrador del floral.

5 de abril de 2012

LA GUADAÑA Y LA ROSA



Carta a Martín Lutero en su prisión de Wartburg



  “Y dijo Acab: ‘¿Quién comenzará la batalla?’
                               Y él respondió: ‘ Tú’.”
                                       1 Reyes, 20: 14


                        "... Ruge y revienta. ¿Lo oyes? Arde… arde…
                        el Capullo unigénito del fuego.
                        Presagio del relámpago y sosiego,
                        la lluvia nos despierta: 'Aún no es tarde…'.

                        Cerca afila su lengua la guadaña,
                        y el corazón del viento es trigo y canto.
                        Allá va Bartimeo sin su manto,
                        aquí, el ciego palpando la cizaña…

                        Pero pusieron tranca a la salida,
                        y escondieron la llave de la puerta
                        que nos dejó esperando en el rocío.

                        Cuando te halles a solas con tu herida,
                        verás la Rosa en el madero abierta,
                        y en su tumba vacía, tu vacío…"


                        Gustavo Aritto


_________________________
Video evocado: J. S. Bach, Pasión según San Mateo - BWV 244, I, Coro inicial. Músicos, solistas y coros de la Orquesta Barroca de Amsterdam, bajo la dirección de Ton Koopman (registro de 2006).

Soneto incluido en La espiral de fuego. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008