15 de agosto de 2015

EN UN CLARO DEL BOSQUE CELTA (V): LO FEMENINO MISTERIOSO / ENTRE LA HISTORIA Y EL MITO







LA MUJER  
Y LOS ÓRDENES  RELIGIOSO, POLÍTICO Y SOCIAL



“A la aparición de nuevas estructuras mentales corresponde la eclosión de nuevas leyendas mitológicas. Es entonces que aparece el Héroe Solar, ese que se llama también ‘Héroe de Cultura’, y cuyo tipo más perfecto, en el mundo mediterráneo, es Heracles, y el más misterioso, ese Apolo venerado en Delfos, vencedor de la serpiente Pitón (representación femenina de la Divinidad-Tierra), él mismo dios solar, pero, al parecer, resultante de una masculinización de la Diosa-Sol primitiva, la cual, bajo el nombre de Artemisa, fue relegada a la Luna.
Sin embargo, así como el cristianismo no pudo jamás derrocar estructuras mentales que datan de épocas paganas y se contentó con notable frecuencia con bendecir creencias y costumbres heredadas del druidismo céltico o de cualquier otra religión, así también los nuevos mitos no fueron totalmente eclipsados por los antiguos. Artemisa está siempre allí. Afrodita adquiere una importancia creciente. Hera hace a Zeus escenas conyugales. Deméter continúa provocando la alternancia de las estaciones. Y al bello Apolo, por ello campeón de la mentalidad nueva, le hace falta una mujer que le haga comprender a los humanos: todo el Mediterráneo tiene el oído enchufado permanentemente a la Pitia de Delfos. En el momento en que un antiguo mito femenino se vuelve incómodo, se lo ridiculiza, o bien, a la inversa, se le hace jugar el rol de un personaje masculino. Se ingenia uno para mostrar a la mujer en su día más negro: así el mito de Pandora hace juego con el mito de Eva y sobre todo con el de la inquietante Lilith, la cual será ocultada, por otra parte, en lo más profundo del inconsciente de la tradición hebraica en razón de ser la más peligrosa y la más subversiva para el orden masculino establecido.
Múltiples razones provocaron esta ‘ocultación’ de la Mujer, y sobre todo de lo que ella representaba primitivamente. Esta ocultación parece haber tenido su punto extremo en la sociedad griega clásica con las funciones cuasi oficiales de las cortesanas y las prostitutas íntimas, y sobre todo la institución de la pederastia como sistema de educación, en la Roma primitiva donde ella está simbolizada por Catón el Anciano, en la Francia de los comienzos del feudalismo y, por fin, en la Europa occidental de fines del siglo XIX y comienzos del XX, triunfo del puritanismo, de la misoginia y de la hipocresía.



Cuando Roma extendió su imperio sobre todo el contorno del Mediterráneo y sobre una parte de Europa occidental, se preocupó de hacer desaparecer todo lo que podía perjudicar su organización socio-política. El ejemplo de los territorios célticos es probatorio de ello… Los romanos persiguieron a los druidas hasta hacerlos desaparecer de la Galia, y a continuación, de la Isla de (la Gran) Bretaña. Los druidas representaban para el Estado romano un peligro absoluto, pues, hasta donde se sabe, la ciencia y la filosofía druídicas estaban en contradicción flagrante con el conformismo romano. Los romanos eran materialistas; los druidas, espiritualistas. Los romanos veían al Estado como una estructura monolítica extendida sobre los territorios cuidadosamente jerarquizados; los druidas veían al Estado como un orden moral libremente consentido cuyo centro ideal era puramente mítico. Los romanos basaban su derecho en la posesión individual de tierras, posesión únicamente reconocida por todos al jefe de familia; los druidas consideraban la propiedad como naturalmente colectiva. Los romanos veían en la mujer una reproductora y un objeto de placer; los druidas asociaban a las mujeres a la vida política y religiosa de sus pueblos. Se comprende entonces la amenaza que hacía pesar sobre el orden romano el pensamiento subversivo de los celtas. Y eso jamás se dice. Uno queda siempre asombrado ante la facilidad con la cual los romanos se desembarazaron de las élites galas o bretonas, sin una referencia al hecho de que ésta era una cuestión de vida o muerte para la sociedad romana.
Y cuando el cristianismo, heredero de todas las estructuras del Estado romano, se impuso en Europa occidental, continuó con la misma tarea sistemática de destrucción de los valores célticos, ya que ellos representaban el mismo peligro para las instituciones temporales de la Iglesia. La prueba de ello está en la lucha dirigida por el Papado contra la Iglesia Céltica de Irlanda, de Bretaña y de la Armórica a causa de sus particularismos, así como el favor concedido a la Iglesia sajona contra la Iglesia bretona, lo que iba a permitir a los sajones conquistar la Isla de (la Gran) Bretaña, y finalmente, la traición del Papa que, en el siglo XII, entregó Irlanda a Enrique Plantagenét y a los anglo-normandos, con las consecuencias que se conocen. En todas épocas, en el seno de las sociedades de tipo resueltamente paternalista (y el cristianismo oficial es de esto un buen ejemplo), se ha tenido bajo sospecha todo cuanto era celta, puesto que el pensamiento céltico no estaba de acuerdo con el ideal paternalista. De ahí la desaparición casi completa de la cultura céltica, asfixiada por la cultura greco-latina, con una mezcla de germanismo, ya que el aporte germánico no amenazaba el edificio. No deja de ser significativo el constatar que los períodos que vieron florecer – esto es una verdad a medias – el papel de la Mujer, fueron períodos marcados por un cierto renacer del celtismo: la época cortés de los siglos XII y XIII coincide con el resurgimiento en la literatura europea de todos los antiguos mitos célticos; la época contemporánea, que verá, sin duda alguna, una verdadera reivindicación del lugar de la condición femenina, es también la época de un redescubrimiento del celtismo en todos sus aspectos. Y el pensar en el hecho de que todos los grandes santuarios dedicados al culto de la Virgen María son, en su mayor parte, lugares consagrados a una divinidad céltica: ¿no ocurre así con la Catedral de Puy-en-Velay o Notre-Dame de Chartres[i]?
No se trata de hacer un encomio desmedido de la sociedad céltica, sea ésta bretona, galesa, irlandesa o gala. No nos engañemos: fueron y aún son sociedades paternalistas. Los celtas eran indoeuropeos y todos los indoeuropeos fueron misioneros ardientes de la concepción paternalista. Los celtas no escaparon a la regla. Pero como no eran más que una élite guerrera e intelectual poco numerosa en relación con las poblaciones autóctonas que ellos sometían, si impusieron sus usos sociales, su lengua y una religión única, también asimilaron sistemas que no eran los suyos. Entre los pueblos que ellos sometieron y dirigido, al oeste de Europa, se encontraban todos los rescatados de civilizaciones precedentes, agolpadas en la franja atlántica, y que habían guardado sus propias estructuras de pensamiento. La prueba de esto es que es en el País de Gales y en Irlanda, en épocas cristianas ya, donde hallamos la mayor parte de arcaísmos, y arcaísmos que denotan influencias no-indoeuropeas mucho más pronunciadas que en el continente mismo.

[…]

Y, por otra parte, están los mitos. No todo era perfecto en la sociedad céltica. Como los celtas se distinguen particularmente por su espíritu anti-histórico y dado que sueñan su historia más de lo que la viven, nos vemos obligados a atenernos en particular a los mitos célticos de la Mujer. Serán, en efecto, reveladores en dos niveles diferentes: en primer lugar porque los mitos transmiten de modo simbólico las realidades del pasado; seguido ello de que los mitos trascienden la realidad y se vuelven la expresión más pura de las estructuras ideales del pensamiento de un pueblo. Vayamos más lejos: ya que se trata de los celtas, pueblos que siempre soñaron su historia, no es dentro de la Historia donde descubriremos el fondo de su pensamiento, sino en los mitos que ellos nos han legado y que son el reflejo fiel de este pensamiento.” (Introducción general, págs. 16–20)




AMOR Y LIBERTAD SEXUAL




“El recuerdo del matriarcado primitivo (siendo tomada la palabra, lo repetimos, con todas las reservas) se manifiesta todavía  en la preferencia concedida a la familia de la mujer en caso de sucesión cuando el marido desapareciere, y sobre todo en un viejo hábito que volvemos a encontrar en las literaturas irlandesa y galesa de nombrar a los héroes después de su madre y no después de su padre: así, del rey Conchobar se dice ‘hijo de Ness’; Gwyddyon y Arianrod son hijo e hija de Dón; Setenta-Cüchulain es hijo de Dechtire. Parece que había ahí sin duda las huellas de una sucesión matrilineal que no había salido aún del recuerdo de los cuentistas[ii].
Por lo demás, la mujer, estuviera ella casada o no, tenía acceso a funciones muy diversas. Si no se tiene prueba alguna de que fuesen druidesas, podían, no obstante, ser magas y profetisas. El tan peculiar cristianismo que se instauró en las Islas Británicas incluso admitían a las mujeres en ciertas formas de culto religioso. Según testimonios dignos de fe[iii], ellas participaban en la celebración de la misa, práctica demonizada por los obispos continentales de obediencia estrictamente romana. Existían monasterios dobles de hombres y de mujeres como el fundado en Kildare por la célebre Santa Brígida en el emplazamiento de un templo pagano donde las mujeres velaban por un fuego que no debían extinguirse, lo que no deja de recordarnos a la Vestales romanas o el fuego perpetuo mantenido en Bath (Isla de - la Gran - Bretaña) en honor a la diosa Sul[iv].
Es probable que las mujeres no se limitaran a sus funciones cuasi sacerdotales, y que tuvieran un rol más importante que desempeñar en la educación, no sólo de los niños, sino también de los jóvenes. En efecto, se dice que existe una costumbre asaz singular a la que se califica con el nombre inglés fosterage: se trata de enviar a los niños afuera del entorno de su familia natural, a un fosterer que se encargue de criarlo y de educarlo [sic], a tal punto que muy a menudo los lazos entre el padre de crianza y el hijo adoptivo son más completos que entre el padre verdadero y el hijo. Por otro lado, no solamente se creaban lazos entre el niño y sus padres adoptivos, sino del mismo modo entre todos los que eran formados juntos. Hay ejemplos innombrables en la literatura irlandesa de este género de situación en las cuales hermanos de leche y hermanas de leche son coaccionados a cumplir entre ellos con exigencias más importantes que las provocadas por la fraternidad natural. Ahora bien, esta fosternage, sobre la que volveremos, y que es probablemente de origen nórdico pre-céltico, no bastaba para la educación de un joven guerrero. Éste debía, un buen día, abandonar a sus padres de crianza e iniciarse en el oficio de las armas junto a mujeres guerreras sumamente misteriosas, mitad hechiceras, mitad amazonas, radicados generalmente en el norte de la Isla de – la Gran – Bretaña, es decir, en territorio de Pictos. En Irlanda, el relato La educación de Cúchulainn, y el de las Infancias de Finn, son los más significativos en lo tocante a esto[v]; en País de Gales, el relato de Peredur, arquetipo de la Búsqueda del Grial, abunda en detalles arcaicos concernientes a esta costumbre[vi].

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Otro aspecto de las mujeres guerreas, educadoras, militares y hechiceras, es el de iniciadoras en la sexualidad. Nosotros estudiaremos más adelante los vínculos que existen entre el mito de la Mujer-Madre y el de la Mujer-Amante, pero en el plano estrictamente histórico, importaba señalarlo. Pues esta curiosa institución guerrera se duplica en una suerte de prostitución más o menos sagrada. Y esto nos indica una vez más que la libertad sexual entre los celtas era muy grande: en las leyes como en los textos literarios que no son marcados por el cristianismo (y aún éste no ha hecho desaparecer esa manera de pensar), apenas si hay tabúes sexuales, en todo caso, ninguno pudoroso en extremo.




La fragilidad del matrimonio es de ello una prueba absoluta. Igualmente la práctica del concubinato. Por otra parte, no importa que, casado o no, podía contraer uno de sus famosos casamientos anuales. La mujer que aceptaba esta género de situación no estaba, por lo tanto, puesta en tela de juicio por la sociedad, muy por el contrario. La sociedad céltica no conoció jamás, antes del cristianismo, la noción de pecado: con mucha mayor razón no lo encontró en la sexualidad. Como todos los otros pueblos, los celtas conocieron la homosexualidad: ‘Los hombres son llevados a dejarse dominar por las mujeres, disposición habitual de las razas enérgicas y guerreras’, declara gravemente Aristóteles (Política, II, 6). ‘Yo exceptúo de esto, sin embargo, a los celtas, que honran, así se dice, abiertamente el amor viril’. Esta reflexión – junto a otras observaciones de numerosos autores griegos – no carece de gracia suspicaz, de parte de un discípulo de Sócrates, ciudadano de un país poco intimidada por este tipo de cosas. Pareciera, a pesar de eso, que los autores griegos habían tenido razón, de ello tenemos indicaciones demasiado discretas en ciertos relatos épicos, en particular a propósito de Cúchulainn. De la misma manera, en esta institución de mujeres guerreras, podemos ver el indicio de una cierta francmasonería homosexual, la cual puede homologar a esas ligas de lesbianas que florecieron en alguna medida por todos lados en el mundo.
Dicho esto, es innegable que esta libertad sexual explica en gran parte la importancia de la Mujer en la sociedad céltica. No siendo un objeto de pecado, no siendo un ser débil en una sociedad más pastoril y guerrera que agrícola, no podía sino salvaguardar una importante porción del rol que ella había debido ocupar en las épocas posteriores…

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Hemos visto que la Mujer céltica, así la irlandesa como la bretona, goza de su libertad, goza de derechos acordes a su rango social o a su fortuna personal, que puede convertirse en jefe de familia, que puede reinar, que puede ser profetisa, maga, educadora, que puede casarse o mantenerse ‘virgen’ (es decir, fuera del matrimonio), que puede heredar una parte de los bienes de su padre o de su madre[vii]. Han hecho falta veinte siglos para que la Francesa recupere todos esos derechos y privilegios perdidos por su ancestro la gala, degollada por el derecho romano y el recelo cristiano. Es en este marco que conviene ahora estudiar la imagen ideal de la Mujer, tal como ha sido soñada no sólo por las mujeres sino también por los hombres. Nos reencontraremos allí con las preocupaciones fundamentales de la Humanidad en busca de su equilibrio físico y moral, pero estas preocupaciones habían sido ocultadas por la civilización judeo-romano-cristiana porque ponían en duda los principios fundamentales sobre los cuales ella estaba edificada.” (Parte I: La mujer en las sociedades célticas, I. El marco jurídico, págs. 54-58)




SIMBOLOGÍA FEMENINA: EL AGUA, EL MAR, LA MUJER “ENGULLIDA”



“Se dice que la ciencia contemporánea ha establecido que la vida proviene del mar. Algo ha ocurrido, hace muchísimo tiempo, millones de años, en el fondo de los grandes mares que recubren la casi totalidad del globo terrestre: ese algo es la conjunción de substancias químicas bajo la influencia de rayos cósmicos, en condiciones que son evidentemente muy difíciles de determinar. Sin embargo, volvemos a hallar allí a los misteriosos Elohim que flotan, o más bien que vuelan por encima de las aguas. Y las aguas se vuelven madres. La virgen Ilmatar es fecundada. Todas las tradiciones están de acuerdo en afirmar el rol de las aguas en la génesis de la vida…

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Es así que el mar se ha poblado de seres extraños, que él contiene ciudades, palacios, que abriga tesoros. Pero innombrables tabúes se interponen entre él y los hombres: no se tiene derecho a penetrar en él, es peligroso. Sólo seres excepcionales y divinos pueden habitar allí, sólo héroes sin flaqueza ninguna están autorizados, bajo ciertas circunstancias, a recorrer el universo maravilloso del paraíso perdido.
Pues es justamente de paraíso perdido de lo que se trata. Todos los antiguos mitos del Edén, de la Edad de Oro, de la Edad Anterior, convergen a través del mar profundo, así como sus substitutos más recientes, la caverna y el golfo. El psicoanálisis ha mostrado cuántas de estas representaciones de mares, de cavernas, de golfos, de bosques oscuros, están asociados al concepto arcaico de la Mujer, a la vez la madre y la amante. La imaginación humana se excedió en torno a este tema con una intensidad tal que vuelve a encontrárselo  en todas partes bajo los aspectos más diversos, y eso prueba que hace desaparecer las preocupaciones esenciales del género humano.


Ciudad sumergida


Yo dije ya que el Mito de la ciudad engullida representaba, entre los celtas, el mito fundamental del origen[viii]. Y este mito toma cuerpo en una leyenda que todo el mundo conocía más o menos bien, la leyenda de la Ciudad de Ys, esparcida por toda la Bretaña armoricana, y de la cual encontramos variantes significativas en los otros territorios de tradición céltica, en especial en Irlanda y en País de Gales. Es pues a partir de esta leyenda, y de sus dos variantes principales, que podemos esbozar un análisis en profundidad del mito de la mujer engullida.

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Hemos partido del Mito de la Ciudad de Ys, pero no sin razón. En el comienzo era el agua, en el final habrá el agua. Hemos intentado seguir a Dahud-Ahés[ix] en todas sus metamorfosis y en todos sus reparos, ya que es la Hembra de los Rostros innombrables. De la Ciudad de Ys a la Isla de Avalon pasando por la caverna del dragón, no hay más que la distancia de una imagen a otra. En todas las transposiciones de un mismo mito, donde se revela siempre la misma estructura de pensamiento, surge evidente la certeza de que ‘el orden del símbolo no puede ser considerado más como constituido por el hombre sino como el constituyente’ (Jacques Lacan). Al estudiar cómo el hombre ha soñado a la mujer, cómo la ha engullido, y por qué lo ha hecho, se devela la realidad profunda del ser humano. Pero como lo hace notar Claude Lévi-Strauss, el símbolo que se desarrolla en los mitos no es nunca absoluto: si todo está dicho, no queda de ello nada que haya que comprender. Al final de la magnífica epopeya irlandesa de el Galanteo de Etain[x], cuando el rey Eochaidh quiso reencontrarse con su mujer Etain raptada – aunque consintiéndolo, lo cual cambia todo – por el dios Midir, quien se la llevó consigo al universo maravilloso del sidh[xi],  ordena excavar todos los oteros de Irlanda. Pero, como consecuencia de un ardid de Midir, aquél no recupera a su mujer, tan sólo a otra que adoptó la apariencia de Etain. Esta conclusión es significativa. El hombre, el macho, una vez que ha perdido a la mujer, comienza a comprender lo que ella era y  lo que representaba. Demasiado tarde, desgraciadamente, pues entretanto, otras imágenes se interponen entre lo Real objetivo y el hombre. ‘La verdad está en un vaivén entre los que la dicen’ (Jacques Lacan) y es por cierto difícil de asir. Acaso la solución resida en el redescubrimiento del lenguaje del inicio, ‘estructura primera del inconsciente’ (Jean Lacroix). Pero, esta estructura primera, ¿dónde se halla exactamente? Bajo las olas del Mar, la Ciudad de Ys está siempre allí, con la princesa sumergida: el que, el día del surgimiento de Ys, oiga primero sonar la campana, ése poseerá el reino en su totalidad, y a Dahud-Ahés por añadidura. Sin embargo, ¿dónde queda la real ciudad de Ys? ¿Por encima o por debajo? Cuando se contempla el reflejo de una ciudad o de un bosque sobre las aguas de un lago, de un río o de un mar, ¿se está acaso alguna vez seguro de que la realidad se halla al margen o que se la observa? Si el mito de la Princesa engullida arroja una cierta sospecha sobre el vínculo establecido después de siglos en lo que se refiere a la oposición entre muerte y Vida, en virtud del hecho de que ilustra la angustia de las zonas fronterizas entre el sueño y la realidad, el estado de vigilia, uno está por derecho propio en condiciones de preguntarse si ello no significa también la impotencia del hombre a elegir. Y en su imaginación adulterada por siglos de estructuras aberrantes en tanto formuladas únicamente en nombre de la masculinidad, la Princesa, que él [= el hombre] reprimió conscientemente en los bajo-fondos de su inconsciente, retorna más bella y más fuerte que nunca en la imagen de una Diosa que él no debería haber dejado jamás de adorar.” (Parte II: Exploración del Mito. I. La Princesa engullida, págs. 61-63 y 108-109)
  
[…]



LEYES MASCULINAS Y AMOR ABSOLUTO FEMENINO


Tristán e Isolda


“Las mujeres no fueron nunca ‘sujetos a un costado del hombre’, sino ‘objetos de intercambio como la moneda de la cual en muchas sociedades ellas llevan el nombre’. Esta reflexión de Claude Lévy-Strauss[xii] es la constatación de un estado de hecho extendido en el mundo entero. Sin embargo, damos en ver, al estudiar los Mitos que nos legó la Tradición céltica, que este estado de hecho no se ha correspondido siempre a un estado de espíritu, ya que hubo hombres y mujeres, en el curso de las edades, a favor de la idea de que la Mujer era nada más que un objeto y que urgía rectificar una situación que se volvía por mucho intolerable, material así como psicológica e incluso lógicamente.  
En rigor, la Sociedad céltica concedió a las mujeres un lugar que aquellas no tenían en la mayoría de las otras sociedades contemporáneas. Tenían ellas la posibilidad de participar de una cierta vida política, de una cierta vida religiosa; podían poseer bienes, incluso siendo casadas (pero bajo condiciones de fortuna); podían reinar; podían decidir libremente la elección de un hombre; podían divorciarse, y en caso de abandono del marido o del hombre sobornador, tenían el derecho de reclamar una alta indemnización.
Pero guardémonos de concluir que la Mujer celta vivía en un verdadero paraíso. Ya que las leyes que la favorecían, y de esto encontramos la prueba en los códigos de leyes galos, bretones e irlandeses; esas leyes fueron, a pesar de todo, hechas por hombres que vivían en una sociedad de estructuras androcráticas, lo que llamamos, de forma más cómoda (y justificada) una sociedad paternalista. Por consecuencia, esas leyes aspiraban a mantener a las mujeres en un marco liberal dentro del cual no pudiesen molestar a la masa de individuos varones que protegían para sí el poder efectivo. Empero, todo ocurre como si los celtas hubiesen estado obligados a guardar ciertos elementos de antiguas estructuras, siendo la influencia moral de las mujeres conservada entre ellos como demasiado poderosa. No se libra uno fácilmente de usos, y es probable que a los celtas les haya tomado más tiempo que a los otros pueblos librarse de usos heredados de sociedades ginecocráticas que los habían precedido. Con todo, se trata claramente de un marco liberal, concebido y preparado por legisladores varones, que respetaban lo más posible los usos teóricos, pero que debían arreglárselas para reducir su importancia práctica… (Parte III: Teorías. [Introito], págs. 357-358)

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“Si el matrimonio es una cosa, si la sexualidad es de eso otra cosa diferente, existe además un elemento primordial de la vida psicológica que afecta de cerca de la mujer: el Amor, sentimiento noble por excelencia, irreductible a la razón y a todas sus secuelas, leyes, reglamentos y moral tanto religiosa como laica…
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Este amor, que llamamos sublime, total, libre, etc., está hecho de mil elementos diversos, en los cuales la sexualidad es lo menos importante… Se trata de un sentimiento, y el sentimiento escapa, en realidad, a todo control, a toda clasificación. La mujer, gracias a su intuición, a su sensibilidad, lo comprende inconscientemente, naturalmente… Y cuando la mujer, decepcionada del amor humano, experimenta la necesidad de dirigir este amor a una cosa u otra, de ideal y de perfecto, ella se vuelve mística. Cuántas plegarias de religiosas son himnos de amor, y a veces tremendamente sensuales, destinados a un dios que es Todo Amor, Toda Perfección, Toda Belleza.
Sin embargo, todo eso representa un desequilibrio, una insatisfacción, una frustración. Existen, afortunadamente, leyendas que, de una manera fantasmagórica, como los sueños, restituyen la plenitud del amor. Son, por decirlo así, las ‘utopías’ del Amor, las esperanzas de una humanidad que busca conciliar la existencia necesaria en el seno de una sociedad y la libertad de amar. Los mitos célticos están en este sentido entre los más bellos y significativos. Nos enseñan verdaderamente el Amor sublime, el Amor total, incluso si los héroes de leyenda tienen un destino triste. Ellos intentaron sacudir el yugo, son llevados lo más lejos posible. Sin embargo, su fracaso no es necesariamente el fracaso del Amor.
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A primera vista, el estudio de los textos célticos permitiría responder que la fidelidad en amor no existe, al menos en el sentido en que lo entendemos hoy…
A decir verdad, la noción céltica de fidelidad es particularmente relativa. Se trata, ante todo, de una fidelidad a un ser de elección, que es realmente el ser que se ha elegido libremente, a quien se ama de amor, por decirlo así, absoluto. Las relaciones temporarias o pasajeras pueden entonces explicarse por un simple deseo de orden sexual, o bien aun más por una búsqueda afectiva de naturaleza diferente del lazo que une a la pareja primordial…
El amor sublime, absoluto, es, no obstante, por naturaleza totalmente altruista, ya que apunta a la felicidad del Otro. El amor no es solamente la satisfacción egoísta de los instintos, es el reemplazo de esos instintos propios por los instintos del otro, es la penetración directa, no sólo dentro del cuerpo del otro, sino dentro de todo su psiquismo, dentro de toda su afectividad. El Amor conduce a través del Otro, o a través de los Otros, de lo contrario, no es sino pasión egoísta y posesiva. Es aun algo que nuestros moralistas pudibundos deberían aprender en la juventud, en vez de cultivar con delicias los instintos vulgares de la posesión. Todo el amor occidental está tergiversado por esta visión estrecha, debida en el origen a motivos tanto sociales como mágicos. En efecto, la primordial preocupación de la sociedad paternalista fue la de evitar el tipo de relación tripartita que rompía el equilibrio de la célula básica, lo que se traduce en los hechos en la vigilancia y la posesión de la mujer por el hombre. Psicológicamente se produjo el fenómeno inverso: la posesión del hombre por la mujer, cuando, en realidad, aquélla no era previsible. La práctica de la poligamia y la del concubinato legal lo prueba. Pero a esta primera preocupación se une otra que no es despreciable: aun si nos resulta superada y estúpida: siendo la mujer el ‘crisol receptivo’, es peligroso exponerla a recibir los influjos más o menos mágicos provenientes de un tercero, para no hablar de peligros de fecundación de origen externo.
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Pues se trata de un Amor Loco. El Amor visto por los celtas no tiene necesidad de ser reinventado. Existe. Pero como el resto, ha sido ocultado. Basta con reactualizarlo, tal como aparecía en ciertos textos literarios que datan de una época en que se sabía todavía que ‘el amor recíproco, tal como yo lo encaro, es un dispositivo de espejos que me arrojan de vuelta, desde los miles de ángulos que puede  lo desconocido tomar por mí, la imagen fiel de la que yo amo, siempre más asombrosa adivinación de mi propio deseo y más dorada que vida’ [André Breton, L’Amour Fou (el amor loco)].” (Parte III: Teorías. IV. L’Amour, págs. 397-404)




Extraído de Jean Markale, La femme Celte (la mujer celta), Paris, Payot, 1973. Textos correspondientes a: Avant-Propos / Introcuction; Premiére Partie: La femme dans les sociétés celtiques, II. Le cadre juridique; Deuxiéme Partie: Exploration du Mythe, I. La Princesse Engloutie; Troisiéme Partie: Théories, [Preface = Introito], IV. L’Amour. Traducción del francés de estos pasajes, para uso exclusivo en este blog digital: G. Aritto / 2015. Existe, publicada recientemente por la Editorial MRA Ediciones / Colección Aurum, una versión española del libro (Barcelona 2005 / 2008), aunque en la misma no aparece la Sección Théories (final, en la francesa que yo manejo), y que incluye, en cambio, A modo de conclusión: La Mujer Sol (378 págs.). No he podido dar con el dato del / de la traductor(a). Confieso desconocer por completo esta versión castellana.



Jean Markale
(París, 1928 - Auray, 2008)





[i] “Hijo, entré en un establecimiento religioso enteramente consagrado a la adoración de la Virgen – una verdadera idolatría marial. Sentí el carácter patriarcal y opresivo de la Religión, pero al mismo tiempo el culto a la Virgen al que nos ofrecimos aportó una parte de compensación, como un elemento confortante.” [Kate Millett, La Politique du Mále (la política del macho), p. 134] (N del A)
[ii] El sistema de filiación matrilineal existió durante mucho tiempo en el seno de ciertos pueblos, en particular en los natchez de América, cuyo nombre es célebre gracias a Chateaubriand […] (N del A)
[iii] Ver J. Markale, Les Celtes (los celtas), págs. 215-217. (N del A)
[iv] Cf. mi estudio sobre Santa Brígida de Kildare, Cahiers du Pays de Baud (cuadernos de los territorios de Baud), Baud (Morbihan), 1971, n° 3. (N del A)
[v] Ver J. Markale, L’Épopée celtique d’Irlande (la epopeya céltica de Irlanda), Payot, Paris, 1971, págs. 88 y 141. (N del A)
[vi]  Ver J. M., L’Épopée celtique en Bretagne (la epopeya céltica en Bretaña, Payot, Paris, 1971, pág. 182. Ver asimismo la educación del joven Lancelot (o Lanzarote) del Lago a cargo del hada Viviane (la Dama del Lago) en los Romances de la Mesa Redonda. (N del A)
[vii] [Markale se explaya aquí en “quelques particularités du droit celtique cencernant la femme” (algunas particularidades del derecho céltico concernientes a la mujer), pasando revista a casos de derecho de propiedad, herencia, posesión, extranjería, etc., procedentes de la historia irlandesa. He decidido eliminar esta nota, cuya ausencia no afecta la comprensión ni las resonancias connotativas del pasaje vertido arriba. – G. A.]
[viii] Ver J. Markale, Les Celtes, págs. 19-43.  (N del A)
[ix] Trátase de la princesa heredera del mítico reino de Ys, quien, a despecho de su padre Gradlon y de la conversión de éste a la fe cristiana, fue juzgada – en palabras de Markale - “pécheresse” (pecadora) e “impudique” (impúdica), y consecuentemente condenada a ir a parar al abismo infernal. (G. A.)
[x] Ver J. Markale, L´´Epopée celtique d’Irlande, págs. 43-55. (N del A)
[xi] Como se ha aclarado y expuesto in extenso ya en numerosos escritos publicados en este blog, Sidh(e) es el nombre en gaélico con el que en Irlanda se conoce la esfera inframundana de realidad sutil habitada por los seres feéricos (esto es, las hadas y los devas-elementales de la Naturaleza). (G. A.)
[xii] Les Structures élémentaires de la Parenté (las estructuras elementales del parentesco). (N del A)


La imagen titulada "Ciudad sumergida", bajo derechos de autor del sitio: http://newsplusnotes.blogspot.com.ar/



8 de agosto de 2015

EN UN CLARO DEL BOSQUE CELTA (IV) / DRUIDAS: La mística de la Verdad, el misterio de la Palabra creadora, la religión de la libertad








Escuelas druídicas                            


Fue Julio César quien habló de lo extenso del estudio involucrado en el volverse un Druida. En algunos casos los pupilos permanecerían unos veinte años, así  dice él, bajo la tutela de sus maestros. Presume él además que hubo importantes escuelas de enseñanza druídica en la Gran Bretaña. Pomponius Mela, escribiendo después de la proscripción romana de los druidas, habla de los druidas yendo al encuentro a fin de instruir a sus pupilos ‘en secreto lo mismo en una cueva que en un valle apartado’.[1] Sin duda, existe para exponer evidencia suficiente de que la casta druídica tuvo a su cargo la educación céltica. En lo que concierne a la Galia, Camille Jullian observa a partir de las evidencias que los druidas ‘congregaban a su alrededor a los varones jóvenes de las familias gálicas y les enseñaban todo cuanto ellos sabían o creían de lo relativo al mundo, el alma humana, y los dioses. Unos pocos de esos estudiantes se quedaban con sus maestros hasta que hubiesen alcanzado la edad de veinte años; sin embargo, está claro que aquellos que hubieran de volverse sacerdotes recibían la parte del león en atención’.

[…]


Libros druídicos


‘Se dice’, escribió Julio César de los druidas, ‘que ellos encomendaron a la memoria una inmensa cantidad de poesía, y así algunos de ellos continúan sus estudios durante veinte años. Consideran impropio confiar sus estudios a la escritura, aunque usan el alfabeto griego para casi todo lo demás…’
Una interpretación superficial o una lectura errónea de esta ahora famosa cita, ha llevado a incluso los más serios investigadores a expresar a veces la idea de que los celtas pre-cristianos eran analfabetos. Es bien sabido que los textos irlandeses y galeses que sobrevivieron datan del período cristiano, cuando se considera que la proscripción religiosa a los druidas a destinar los conocimientos célticos a la escritura no importaba ya más. El irlandés se convirtió entonces en la tercera lengua escrita de Europa después del griego y el latín.
Cuando discutamos la filosofía de los druidas, en nuestra sección siguiente, estaremos tratando el concepto druídico de Verdad como poder supremo, el cual se encuentra como un pensamiento indoeuropeo básico. A esta altura, deberíamos simplemente hacer mención, como una razón para la prohibición druídica de escribir, que la enseñanza era que la Verdad era la Palabra y la Palabra era sagrada y divina y no debía ser profanada. Los celtas creían en el poder mágico de la Palabra.La Verdad es el fundamento del habla y todas las Palabras están fundadas en la Verdad’. Los druidas creían que ‘por la Verdad permanece la tierra’. Sin embargo, ¿en qué medida se aplicó esta prohibición religiosa de la que habla César?
Una lectura más minuciosa de César nos muestra claramente que a lo que se prohíbe dar forma literaria es sólo el conocimiento druídico (la ‘Palabra’), y que los celtas – en este particular aspecto, los celtas continentales – venían usando letras griegas. Deberíamos añadir que usaban también letras etruscas y latinas. La prueba de esto se recoge de las antiguas inscripciones célticas, particularmente las halladas en la Italia del norte (Galia Cisalpina) y en España. Han sido estudiadas en Lepontica, por el Dr. Michel Lejeune (Paris, 1971), inscripciones en cementerios que datan de entre los siglos cuarto y segundo A. C., tales como Briona, Todi y Saignon. Las inscripciones funerarias célticas, las señas de identidad del artesano en las piezas de cerámica y otras mercancías bastan para demostrar algún grado de conocimientos alfabéticos. Más aun, durante muchos años al Calendario de Coligny, datado en el primer siglo A. C., se lo consideró el más extenso documento en lengua celto-gálica…
Un punto que muchos asimismo olvidan es el hecho de que tras las conquistas romanas de los territorios célticos, muchos celtas comenzaron a escribir en la lengua del conquistador. Presumiblemente, estos celtas, salvo que hubiesen rechazado totalmente la religión céltica pagana, creyeron que la proscripción druídica en lo tocante a la práctica de la escritura no se hacía extensiva a la expresión literaria en otras lenguas. El paso del tiempo ha hecho que estos escritores fueran aceptados como autores latinos – del mismo modo que muchos escritores irlandeses, escoceses o galeses, debido a que escriben en inglés, son considerados escritores ingleses. En verdad, en el primer siglo A. C. surgió toda una ‘escuela literaria céltica’, principalmente identificada con escritores de la Galia Cisalpina. Celtas de Iberia, Provence (La Provincia) y más tarde de Galia propiamente dicha, se sumaron pronto a la literatura latina…
La cuestión más importante es si alguna práctica de escritura relativa a la historia céltica, la filosofía, el derecho y otras materias escaparon a la proscripción druídica.


Según el Dr. Joyce: ‘Los druidas galos prohibieron a sus discípulos poner por escrito parte alguna de su saber, estimando esto como una práctica non santa. No existe mención de ninguna prohibición tal entre los druidas irlandeses’.
Lo cierto es que en las sagas irlandesas los druidas leen y escriben en un alfabeto irlandés distintivo: Ogham. En la mitología irlandesa la invención del alfabeto se atribuye a Ogma, no sólo dios de la elocuencia y la enseñanza sino, significativamente, de los druidas. De todos modos, el grueso de inscripciones en Ogham que sobreviven data del período cristiano, esto es, los siglos quinto y sexto de nuestra Era. Hay 369 inscripciones, la mayoría en Irlanda, pero muchos en Gales y Escocia, con unos pocos en Cornwall y la Isla de Man y algunos en lo que hoy es Inglaterra. La inscripción en Ogham más hacia el este fue registrada en la zona de Silchester, la cual fue la capital tribal de los atrebates célticos. La distribución de estas inscripciones, a partir de una concentración en Munster (sugestivamente el área del origen más remoto en la tradición irlandesa) en dirección al este está en concurrencia con el movimiento de los maestros misiones cristianos irlandeses. Cuando, en 1390, Maghnus Ó Duibhgánnáin compiló el Libro de Ballymote (Book of Ballymote), que incluía una copia del Leabhar na gCeart (Books of Rights = libro de los derechos), incluyó un tratado sobre el Ogham con una clave alfabética. El alfabeto en sí mismo consiste de cortas líneas dibujadas encima, o cruzando, una línea de base. Se ha defendido el Ogham como el alfabeto druídico en la fantasía popular, y más frecuentemente ‘El Alfabeto de los Árboles’, ya que cada letra irlandesa toma su nombre de un árbol; por caso, A: ailim  (olmo); B: beithe (abedul); C: coll (avellano), y así el resto.
Dado que todos los restos corresponden al período cristiano, se ha sostenido que el Ogham no estuvo operativo hasta aquel entonces y que se basó en el alfabeto latino. Otros, como el Dr. Barry Fell, de Harvard, ve inscripciones en Ogham por todas partes – tanto en España como en América, ¡y fecha tales ‘inscripciones’ ca. 500 A. C.! Podemos, no obstante, estar seguros de que el Ogham no pervive desde antes del siglo quinto de nuestra Era. Sin embargo, es pertinente preguntarse si pudo haber existido antes de esa fecha.
La mención del uso del Ogham ocurre frecuentemente en los antiguos mitos irlandeses…[2]

[…]

… Las inscripciones en Ogham que sobreviven sólo lo hacen porque fueron grabadas en piedra. Es obvio que las varas de madera, de haber existido, hubieran sido fácilmente quemadas o que, si sobrevivieron a los fanáticos cristianos, se habrían deshecho al pudrirse con el paso de los años. Y un aspecto interesante es que las inscripciones en Ogham que efectivamente sobrevivieron resultan ser una forma arcaica de ‘irlandés literario’; arcaicas incluso en el momento en que fueron hechas… Así como la lengua del pueblo cambió, los textos antiguos, no. Éstos fueron, se presume, transmitidos en una tradición estrictamente oral desde tiempos remotos hasta el punto en que se los encomendó a la escritura. Como Myles Dillon y Nora Chadwick han observado por igual:

Irlanda poseyó una riqueza en tradición oral preservada cuidadosamente desde el más temprano período de nuestra era mayor que cualquier otro pueblo en la Europa al norte de los Alpes. Por esta razón, la fundamentación de su historia primitiva a partir de materiales tradicionales es de interés general mucho más allá de su área geográfica y política, y segunda sólo respecto de la del antiguo mundo griego y romano.

Nos ha llegado de Irlanda literatura y enseñanza tremendas. Pero, aun así, podemos igual lamentar la aparente destrucción de los libros druídicos por los fanáticos misiones cristianos, que fue claramente un crimen contra el conocimiento.



Los druidas como Filósofos


La palabra ‘sacerdote’ no fue nunca aplicada a druidas por ningún escritor clásico, pero muchos griegos y romanos usaron el término ‘filósofo’ para describirlos. Dio Chrysostom, de hecho, hace una distinción clara entre un ‘druida’ y un ‘sacerdote’.
¿Qué era la filosofía de los druidas? ¿Podremos salvar alguno de sus principios básicos? Nora Chadwick ha observado, en su estudio The Druids (los druidas), que: ‘El aspecto excepcional de la enseñanza druídica puede resumirse como filosofía natural y ciencia natural – la naturaleza del universo físico y su relación con el género humano’. Diodorus Siculus sostiene: ‘El druida unía al estudio de la naturaleza la de la filosofía moral, vindicando que el alma humana es indestructible, y asimismo el universo, pero que en algún momento impredecible, el fuego y el agua prevalecerán’.
Mucho se ha discutido acerca de la filosofía moral druídica. Si uno hubiera de intentar extraer esa filosofía de las fuentes, no puede sino señalar el comentario sumario de Diogenes Laertius de que la principal máxima de los druidas era que el pueblo debería ‘rendir culto a los dioses, no ejercer el mal y ejercitar el coraje’. Para sintetizar, a partir de fuentes diversas, los druidas enseñaron que se debería vivir en armonía con la naturaleza, aceptando que el dolor y la muerte no son males sino parte del plan divino y que el único mal es la debilidad moral. De los textos en Irlandés Antiguo se colige que a los druidas les preocupó, por encima de todas las cosas, la Verdad y predicaron ‘An Fhírinne in aghaidh an tSaoil’ (The Truth against the World = la Verdad contra el mundo). El profesor Myles Dillon arguye que ‘esta noción de la Verdad como el principio más elevado y fortaleciente poder de creación dominan la literatura [irlandesa]’.

[…]

Varios conceptos lingüísticos [sic] de esta idea de Verdad perviven. Un punto fascinante es que la palabra en Irlandés Antiguo para verdad es también la base de los conceptos lingüísticos de santidad, rectitud, lealtad, de religión y, por encima de todo, de justicia. Incluso en irlandés moderno puede decirse: ‘Tá sé/sí in dit na fhírinne anois’ para expresar que un hombre / una mujer está muerto/a. Esto quiere decir literalmente ‘él/ella está en el lugar de la Verdad ahora’. Esto es claramente una enseñanza de los druidas ya que encontramos un paralelo en el sistema parsi persa-iranio. El Avesta es el libro sagrado de los parsis que data de los siglos tercero o cuarto de nuestra Era, y resulta de la colección de antiguos escritos y tradiciones del maestro religioso y profeta de la antigua Persia, Zoroastro, más conocido popularmente como Zarathustra (ca. 628 – ca. 551 A. C.). En el Avesta, Asa, o Verdad, es el nombre del Ultramundo o el Paraíso al cual todos tenemos esperanza de acceder. En los Vedas hindúes encontramos que la Verdad (rta) es una tierra en el más alto estado del paraíso y la fuente del sagrado Ganges…
… El Acto de Verdad, satyakriya, ocurre frecuentemente en la literatura hindú. La misma noción de Verdad se puede hallar en algunas de las enseñanzas que sobreviven de Heráclito de Efeso (ca. 540 – 480 A. C.), en las cuales postula un principio de lo que devino en la escuela estoica de filosofía, de que la naturaleza o el universo estaban controlados por el logos, la Palabra o razón, que era la Verdad y sinónimo de naturaleza divina. Sea lo que fuere lo que ocurriese estaba de acuerdo con esta Verdad y el fin de hombres y mujeres era vivir en armonía con ella. El concepto fue mantenido por estoicos y estoico-platónicos, tales como Philo Judaeus (ca. 30 A. C. – 45 D. C.), un judío alejandrino helenizado, cuya obra ejerció influencia sobre los cristianos primitivos. El Evangelio de San Juan se redactó alrededor del año 100 D. C., y, a diferencia de los Evangelios Sinópticos[3], se trata de una composición unificada por un solo autor. Este autor muestra claramente que fue influido por Philo u otros estoicos de raíces platónicas con su sentencia ya bien al comienzo de todo: ‘En el principio era la Palabra (logos), y la Palabra (logos) era con Dios, y la Palabra (logos) era Dios’.
Agustín de Hipona, en Confesiones, admite que él encontró precisamente este concepto en los libros de los platónicos.
Así retornamos a la idea indoeuropea básica de Verdad en su entidad de Palabra y sinónimo de divinidad. Para los druidas y Brahmines, el principio dador-de-vida y poder fortalecedor fue la Palabra o Verdad, la causa última de todo ser. Los Vedas dicen que ‘por medio de la Verdad permanece la tierra’… Así, encontramos en muchos mitos celtas la idea de alguna retribución para la persona por no hablar la verdad. Usualmente, la mancilla habría de hacerse presente. La idea impregna muchas culturas indoeuropeas; el famoso vestigio moderno de la antigua idea que hallamos en el relato para niños Le aventure di Pinocchio (las aventuras de Pinocho) (1883), escrito por el italiano ‘Collodi’, Carlo Lorenzini (1826-1890). En este cuento la nariz de Pinocho crece cada vez que Pinocho dice una mentira.
Una demostración más de la importancia de la Palabra se ve en el concepto de que el nombrar las cosas les confiere el ser. Se nos relata que Ra, el gran dios solar y primera deidad egipcia en aparecer a partir del caos inicial, se creó a sí mismo pronunciando su propio nombre. Hasta que algo no es nombrado se mantiene oculto al conocimiento [unknown] sin lugar ni propósito… Por eso, la Palabra en sí misma es poder divino. En Irlandés Antiguo, así como en Irlandés Moderno, encontramos que ainm no era sólo la palabra para ‘nombre’ sino para ‘alma’ (como opuesta a ‘cuerpo’) y ‘vida’. La confrontación se da en galés con las palabras enwi, enaid y einioes que evolucionaron desde la palabra común. Para los antiguos celtas, junto con otras sociedades indoeuropeas, el mundo fue creado por la Palabra, desde el proceso del desarrollo del lenguaje.
Ya hemos observado que hubo entre los celtas en evolución una doctrina de la inmortalidad del alma y que fueron uno de los primeros pueblos europeos en poseerla. Ammianus Marcellinus observa: ‘Con gran desprecio por el destino mortal, profesaban ellos la inmortalidad del alma’.  Y Lucano, en su poema Pharsalia, se refiere a los druidas de este modo: ‘Son ustedes los que dicen que las sombras de los muertos no van en busca de la silente tierra del Erebo y las pálidas salas de Plutón; en cambio, nos dicen que el mismo espíritu posee un cuerpo nuevamente en alguna otra parte, y que la muerte, de ser verdad lo que ustedes cantan[4], no es sino el punto medio de una larga vida’.
La Escuela de Alejandría se dividió en relación con el hecho de si los celtas habían desarrollado su doctrina por sí mismos o bien habían tomado el concepto  de los griegos, de modo notorio de Pitágoras.





[…]

Pitágoras, en el siglo sexto A. C., enseñó una doctrina de la reencarnación o transmigración del alma. Él defendió el haber sido el troyano Euphorbos, muerto en Troya, en una reencarnación anterior.
Según Diodorus Siculus, fue Polyhistor quien primero hizo mención de que ‘la doctrina pitagórica prevaleció entre los galos’, doctrina en la cual se enseñaba la inmortalidad del alma. Timagenes parece también haber enseñado la misma idea y Ammianus Marcellinus, usando a Timagenes como su autoridad, dice: ‘Los druidas, hombres de elevado intelecto, y unidos a la fraternidad íntima de los seguidores de Pitágoras, fueron se consagraron a la exploración de materias secretas y sublimes, y con una consciencia desapegada de los asuntos humanos, declararon ser las almas inmortales’.
Estrabón dice: ‘Los druidas y otros aunaron el estudio de la naturaleza al de la filosofía moral, afirmando que el alma humana es indestructible, y así también el universo, pero que en algún momento impredecible, el fuego y el agua prevalecerán’. La observación del cínico soldado de César de que esta doctrina explicaba la bravura de los celtas en la batalla es también un eco de Lucano.
Hippolytus (ca. 170 – 236 D. C.), un importante autor cristiano que escribió en griego pero de cuya obra sólo quedan fragmentos, sostuvo que los druidas habían adoptado las enseñanzas de Pitágoras gracias a la intermediación de Zalmoxis de Tracia, que había sido su esclavo. De acuerdo con Herodoto (ca. 490 – ca. 425 A. C.), un griego de Halicarnassus, a quien a veces se refiere como ‘el padre de la historia’, Zalmoxis fue el esclavo del filósofo mientras Pitágoras vivió en Samos. Hippollytus dice que Zalmoxis finalmente retornó a Tracia con riquezas y prestigio, y prometió a su pueblo la inmortalidad a través de esta nueva enseñanza y terminaron considerándolo su dios.

Entre los celtas, los druidas, habiendo examinado en profundidad la filosofía de Pitágoras, Zalmoxis, un tracio por su raza, el esclavo de Pitágoras, convertido para ellos en el fundador de esta disciplina, él después de la muerte de Pitágoras, habiéndose ganado un lugar ahí, se convirtió en el fundador de esta filosofía para ellos. Los celtas honraban a los druidas como profetas y vaticinadores porque anticipaban hechos [matters] por las cifras y números de acuerdo con la técnica pitagórica… Los druidas, con todo, practicaban además las artes mágicas. [Sin cita del fragmento]

Existe un problema aquí. Hippolytus obviamente sabía que Tracia había sido ocupada por los celtas. Cambaules y un ejército celta se habían mudado al interior de Tracia en 298 A. C. Los celtas establecieron el país durante un tiempo. El último rey tracio en llevar un nombre distintivo celta gobernó en 193 A. C. Sin embargo, Pitágoras vivió en el siglo sexto A. C., mucho antes de que los celtas hubiesen llegado a Tracia. Entonces, ¿en qué medida podemos dar crédito a la tradición de Zalmoxis? ¿Fue él un celta o fue un tracio?...

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El enlace pitagórico con los druidas han sido tratado románticamente so pretexto de que un druida llamado Abaris viajó a Atenas y trabó conversación con Pitágoras.

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Hiperbórea


Ahora bien, a Abaris se lo describe como un hiperbóreo. Un hiperbóreo, ‘morador más allá del viento norte’, era un miembro de un pueblo fabuloso del que los griegos creían existía en el inaccesible norte. Rendían ellos culto a Apolo, de quien se creía moraba una parte del año con ellos. Aquellos que eran particularmente favorecido por los dioses podrían volverse inmortales y vivir con los hiperbóreos. Las fuentes originales no hacen de Abaris un celta o, más precisamente, un druida. Fue John Word en 1747 quien sostuvo que ‘los britanos y los hiperbóreos eran uno y el mismo pueblo…’ Su fuente autorizada era, aparentemente, Hecateo de Mileto, quien identificó a los hiperbóreos como habitantes de las Islas Británicas.

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La base de la idea céltica de inmortalidad del alma era la de que la muerte no era sino un cambio de lugar y que la vida continuaba con sus formas y bienes en otro mundo, un mundo de los muertos, el fabuloso Ultramundo [Otherworld]. Cuando la gente moría en aquel mundo, sin embargo, sus almas renacían en éste. Así, tenía lugar un constante intercambio de almas entre los dos mundos; la muerte en este mundo llevaba un alma al Ultramundo, la muerte en ese mundo traía un alma a éste. Philostratus de Tyana (ca. 170 - 249 D. C.) observó con corrección que los celtas celebraban el nacimiento con luto en razón de la muerte en el Ultramundo, y consideraban la muerte con júbilo en razón del nacimiento en el Ultramundo. Un escritor clásico observó que tan firme era su creencia en el renacer en el Ultramundo que algunos celtas se mostraban sumamente dichosos al aceptar pagarés por deudas a ser pagadas como reintegro en el Ultramundo. La fuente es Valerius Maximus, del siglo primero D. C., que dice de los celtas que ‘se prestaban sumas de dinero unos a otros que eran reintegrables en el próximo mundo, tan firmemente están ellos convencidos de que las almas de los hombres son inmortales’.

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El tema de la muerte y el renacer es un hilo constante a través de todas las sagas y todos los cuentos mitológicos celtas. El tema de la resurrección del guerrero puede hallarse tanto en la Segunda Rama de El Mabinogion como en el relato de la batalla entre los Tuatha Dé Danaan y los Fomorii en que los cuerpos arrojados dentro de calderos mágicos retornan a la vida…
Una noche del año el Ultramundo se volvía visible al género humano. Era ésta la fiesta de Samhain (31 de octubre / 1 de noviembre), cuando las puertas al Ultramundo eran abiertas y los habitantes podían disponer el cumplir venganza sobre aquellos que vivían en este mundo que habían sido injustos con ellos. La creencia antigua sobrevive en el seno del cristianismo en una forma transmutada como Hallowe’en, el anochecer de All Hallows [itálicas mías], con el All Hallows u All Saints’ Day (Día de Todos los Santos) fijado el 1 de noviembre. La idea moderna es que ésta es la noche cuando las brujas y los demonios y espíritus provenientes del Infierno se disponen a atrapar almas incautas.
Las descripciones del Ultramundo entre los celtas abarcan un rango que va desde el oscuro purgatorio amenazador de las islas Fomorii, hasta las agradables landas soleadas de la Tierra de la Juventud o Tierra de Promisión.

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Creo que no podemos abandonar una discusión sobre la filosofía de los druidas sin referirnos al hecho de que los celtas produjeron algunos de los más fascinantes filósofos cristianos primitivos. Estos filósofos abarcan desde el celto-galo Hilary de Poitiers (ca. 315 – ca. 367 D. C.), considerado uno de los más extraordinarios teólogos de la Iglesia Cristiana primitiva, que escribió, entre otros discursos, De Trinitate (sobre la Trinidad), hasta Eriugena (ca. 810 – ca. 880 D. C.), en ocasiones llamado Johannes Scotus, John the Irishman, a quien se considera el más importante filósofo del mundo occidental entre Agustín de Hipona y Tomás Aquinas.
Pero entre esos dos destacados filósofos celtas hace su aparición otro que, significativamente, fue acusado por sus enemigos de intentar reavivar la ‘Filosofía Natural de los druidas’.



El filósofo en cuestión era Pelagius (ca. 354 – 420 D. C.). Fue él un celta que recibió usualmente el apelativo de ‘Brito’, lo que daría a entender que era británico, aunque un escritor contemporáneo comenta despreciativamente que ‘estaba lleno de porridge irlandés[5]’, lo que llevó a algunos investigadores a considerar que era un irlandés. Así lo creyó Heinrich Zimmer en su estudio Pelagius in Ireland (Pelagius en Irlanda) (Berlin, 1901). Se considera que el nombre es una forma helenizada del nombre celta ‘Morgan’, significando concebido-por-el-mar [sea-begotten]. Un contemporáneo suyo, un hombre que lo conoció personalmente, Eusebius Hieronymus (San Jerónimo), lo describió como un hombre pensativo, grave e imperturbable. Pelagius no parece haber sido ordenado sacerdote pero era veluti monarchus, alguien que seguía la disciplina del monasterio. Fue él inicialmente respetado por la sabiduría de sus declaraciones.
Pelagius fue a Roma alrededor del año 380 de nuestra Era. Se sintió dolido por la laxitud de los estándares morales con que se encontró entre los cristianos de ahí y culpó por ello directamente a la doctrina expuesta por los escritos de Agustín de Hipona, que sostenían que todo estaba preordenado y que el Hombre estaba manchado y cagado de pecado porque asumió el pecado original de Adán. Además, Dios había ordenado esto, de ahí que el Hombre no tenía libre voluntad en la materia. Pelagius creía que ambos, el hombre y la mujer, podían tomar el escalón inicial y fundamental hacia su salvación, haciendo uso de sus propios esfuerzos y no aceptando las cosas como preordenadas. Pelagius creyó que las teorías de Agustín ponían en peligro la entera ley moral. Si los hombres y las mujeres no eran responsables de sus actos buenos y malos, no existía nada por lo cual contenerlos de darse el gusto de pecar en virtud de que ello estaba preordenada de todos modos. En el escrito de Pelagius más antiguo conocido, de alrededor de 405 D. C., una filosofía queda clara: ‘Si yo debería, yo puedo’.

[…]

Resulta aquí interesante que mientras los antiguos celtas de cierto tenían una palabra para ‘culpabilidad’ o ‘responsabilidad’, no parecieron tener un concepto claro de la idea cristiana de pecado. Tanto en Irlandés como en Galés Antiguos la palabra para pecado, pecad (irlandés), y pechod (galés), es un préstamo del latín peccatum, y se la usa siempre en su sentido cristiano como opuesta al Irlandés Antiguo cin o lochtach significando ‘culpa’ o ‘culpabilidad’, o el galés euogrwydd. El concepto nuevo de la idea cristiana de pecado parece muy ajeno al mundo celta y, creo yo, es subrayado por los argumentos pelagianos. En la Iglesia Celta, la confesión de pecado no era obligatoria y cualquiera que confesase que era necesaria se hacía un elegido ‘amigo de(l) alma’ (‘soul friend’). Según el Padre Joseph MacVeigh, en Renewing the Irish Church (renovando la Iglesia irlandesa) (1993): ‘El amigo-de(l)-alma (anam chara) que actuaba como un guía y consejero espiritual – no un confesor – para los monjes y conversos jóvenes era parte de la práctica druídica’. Luego el pecado y la necesidad de confesarlo era algo nuevo para las percepciones celtas.
La idea del ‘amigo-de(l)-alma’ o ’amigo álmico[6]’, o guía espiritual, fue un concepto usado en la sociedad céltica pre-cristiana, y el rol fue usualmente ejercido por un druida. Tal vez resulte, además, significativo que en la sociedad cristiana celta primitiva el lugar de ‘amigo álmico’  fuera ocupado por mujeres. Hay muchos ejemplos; Ita de Cluan Credill fue el amigo álmico de Brendan. Columbanus tenía una mujer como amigo álmico. Sin embargo, posteriormente en su vida, dado que pasó más tiempo en Francia e Italia y fue influenciado por percepciones romanas, ordenó que los varones sólo podían tener confidencia con amigos-de(l)-alma varones.
Leslie Hardinge ha señalado las íntimas similitudes entre Druida y ‘santos’ celto-cristianos primitivos:

En su posición social y su influencia política los poderosos santos fueron, en ocasiones, aparentemente los sucesores de los druidas. Druidismo y cristianismo fueron, superficialmente considerados, similares. Ambos tenían estaciones en las cuales las fogatas eran extinguidas según un ceremonial, y eran luego reencendidas a partir de una llama simbólica. Ambos bautizaban a los bebés, momento en el cual se otorgaba el nombre del niño. Ambos defendían operar curas mágicas, predecir acontecimientos, y transferir enfermedades de los seres humanos a plantas u otros objetos. Ambos fueron maestros de jóvenes y consejeros de reyes. Al igual que el druida, el amigo-de(l)-alma cristiano podía desterrar a un pecador. Ambos maldecían a sus enemigos, y, como [San] Senan cierta vez exclamó, ‘Más fuerte es la maldición que he traído conmigo, y mejor es mi saber’.

No poseemos registro de la defensa de Coelestius al escuchar sentencia ante Auretius de Cartago. Fue juzgado culpable de siete cargos presentados en su contra.
Colestius fue condenado y excomulgado por adherir con sus creencias a las ideas planteadas por Pelagius. Con este triunfo, Agustín y sus adeptos comenzaron su ataque al propio Pelagius…

[…]

… El 30 de abril, año 418 D. C., en Ravenna, el emperador Honorius (395 – 423 D. C.) fue persuadido de tomar la iniciativa sobre la cuestión teológica gestionando una proscripción política contra Pelagius, confiscándole todos sus bienes. Zosimus, como obispo de Roma, no tuvo mucho para elegir sino seguir la ‘pista’ dada por el emperador. A regañadientes, también denunció ahora a Pelagius.
La Iglesia Occidental no hizo una denuncia de Pelagius hasta el sínodo de Efeso en el año 431 de nuestra Era. Se consideró, hasta el fin de sus días, que la Iglesia Celta estaba acribillada por la ‘herejía pelasgiana’. Por cierto, el segundo Consulado de Orange en 592 D. C. hizo una reafirmación de la condena del pelagianismo como movimiento, lo que implicaba que tenía todavía una fuerte adhesión entre los celtas.
Hacia 420 D. C. no se oyó más del propio Pelagius, aun cuando su amigo Coelestius emergió en 428 D. C. en Constantinopla en busca de ayuda del obispo Nestorius. Sobre qué le ocurrió a este prominente filósofo nada se sabe.
Ahora bien, si Pelagius verdaderamente reproducía la filosofía de los druidas, y esto no es improbable, ya que fue indudablemente un hombre de su cultura y estaba enseñando los conceptos sociales de ésta dentro del marco de una nueva religión, y éste fue el aspecto que llevó a Agustín y sus seguidores a denunciarlos como un intento de reavivar la ‘Filosofía Natural de los druidas’, debemos preguntarnos, ¿cuál era esta filosofía?
La esencia del pelagianismo era que los hombres y las mujeres eran responsables de sus actos y que aunque existían diversos factores externos dominantes, la elección final era suya. No hay, y no puede haber, pecado donde la voluntad no es absolutamente libre; donde uno no es capaz de elegir entre el bien y el mal. (Si necessitatis est, peccatum non est; si voluntatis, vitari potest.)[7]
Pelagius enseñó que nacemos sin-carácter (non pleni) y libres de tendencias hacia el bien o el mal. Para distinguir el bien del mal, uno tiene que ser instruido (ut sine virtute, ita et sine vitio = [al igual que sin virtud, así también sin vicio]). Él arguyó que, a diferencia de la enseñanza de Agustín, no somos ya dañados por el pecado de Adán, salvo en la medida en que nos brinda un ejemplo de nuestros ancestros del mal que puede influir sobre nosotros o engañarnos (non propagine sed ejemplo = [no por la propagación sino por el ejemplo]). El poder de elección, que reafirma el libre albedrío, significa que en cada elección en la vida, en cada momento de la vida, no importa qué le haya ocurrido previamente al individuo, él o ella es capaz de elegir entre el bien y el mal.

[…]

Podría argumentarse que para negar ‘influencia divina’ en este asunto Pelagius estaba sugiriendo que la doctrina cristiana de la ‘Gracia’ era suplantada por la de la ‘Naturaleza’, aun cuando no parece haber llevado esta racionalización hasta la instancia de la conclusión lógica, lo que habría sido una negación de la ‘redención’, tan central en el credo cristiano. El cristianismo occidental estaba enfatizando, en estos tiempos, el carácter sobrenatural del cristianismo como agente en el mundo subjetivo, desarrollando una doctrina de ‘pecado’ y ‘Gracia’. Pelagius, y en verdad la Iglesia Celta, que tenían más en común con la Iglesia Ortodoxa oriental y los primitivos cristianos griegos como John Chrysostom y Origen, mantenía con celo el libre albedrío humano, odiaba hacer del ‘pecado’ un poder de la Naturaleza [Natural power], y estaba desarrollando la doctrina de la Trinidad, la encarnación y el carácter sobrenatural del cristianismo en un mundo objetivo.

[…]

En Pelagius, el ‘Britano siciliano’[8], Fastidius y otros escritores ‘pelagianos’, podría descubrirse un cierto eco… de las filosofías de los druidas. Sin embargo, el observador podría ahora objetar que seguramente existe una contradicción en sus aproximaciones filosóficas aquí. Sabemos que los celtas gozaron de renombre por sus augurios; su adivinación mediante el vuelo de los pájaros y otros medios; sus vaticinios del futuro. La mitología y el folclore célticos están llenos de druidas que declaran el destino fatal de los individuos, y el intento de aquellos individuos de escapar de aquel destino fatal es usualmente la senda misma por la que finalmente lo encuentran. Esto parece contradictorio a la idea básica consagrada en la filosofía expuesta por Pelagius…

[…]

Este asunto no es tan blanco o negro. Hay dos argumentos. El argumento más razonable, y el más simple, es que al tratar sobre una civilización paneuropea por un milenio y medio, podrían emerger y emergerían diversos hilos conductores del panorama filosófico. Probablemente es más apropiado hablar de filosofías druídicas que de filosofía druídica; aquellos que aceptaron la Fatalidad o Predestinación y aquellos que no. De todos modos, nada está jamás agotado; por ejemplo, astrólogos de la mayor seriedad sostendrán que la astrología no tiene que ser un argumento para la predestinación, sino simplemente que un conocimientos de influencias astrológicas en momentos diversos proporciona a la gente una posibilidad de elección. Y la elección es aquello con lo que la aproximación pelagiana está más compenetrada.”
  
 

Zodíaco céltico



Extraído de Peter Berresford Ellis, The Druids (los druidas), W. B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, U. S. A., 1995. El fragmento corresponde a Chapter 8: The Wisdom of the Druids (Cap. 8: la sabiduría de los druídas), págs. 157 – 189. Versión castellana de este extracto, notas y comentarios – para su exclusiva publicación en este blog digital -: G. Aritto / 2015.


♦♦♦


* Dada la peculiar despreocupación de Peter B. Ellis por ofrecer a sus lectores citas bibliográficas precisas y puntuales al invocar textos de su apabullante enciclopedia personal - la misma despreocupación en que reincide en otros libros suyos como The Celts (los celtas), publicado originariamente bajo el título The Ancient World of the Celts (el antiguo mundo de los celtas), London - 1998 -,  listo abajo las obras por él mismo recomendadas, en este fascinante volumen, de los autores que convoca en los fragmentos precedentes:

-         Julio César, De Bello Gallico (difundido como Comentario a la Guerra de las Galias) ;
-         Pomponius Mela de Tingentera – próximo a Gibraltar - (ca. 43 D.C.), De Chorographia (sobre la cronografía);
-         Camille Jullian, Recherches sur la religion gaulois (investigaciones sobre la religión gala), Bordeaux – 1908; e Histoire de la Gaule (historia de la Galia), Paris – 1908;
-         P. W. Joyce, A Social History of Ancient Ireland (historia social de la Irlanda antigua), London – 1903;
-         M. Dillon, ed. Early Irish Society (sciedad irlandesa primitiva), Cork – 1963;
-         ------------, Celt and Hindu (celta e hindú), Dublín – 1973;
-         ------------, Celts and Aryans (celtas y arios), Simla, India -1975;
-         M. Dillon y N. Chadwick, The Celtic Realms (los reinos celtas), London – 1967;
-         L. Hardinge, The Celtic Church in Britain (la Iglesia céltica en Gran Bretaña), London – 1972.

    Del Dr. Barry Fell no existe acuse bibliográfico. Tampoco hay referencia alguna a la edición manejada por Ellis de los escritos de Pelagius.







[1] El llamado “ciclo de Saros” de nuestra Luna se cierra cada casi dieciocho años y once días, según el cálculo de los antiguos astrólogos caldeos. Se trata del itinerario celeste que realiza el satélite hasta la reincidencia de eclipses lunar / solares reconocibles. Hay quienes sugieren que el período que abarcaba aquella “paideia” céltica, el retiro formativo holístico de los jóvenes bajo la guía integral de un druida, coincidía, por alguna razón de índole cósmica, con el mencionado “ciclo de eclipses” asumido por el satétile (¿natural?) del planeta.

[2] Ellis enumera y se explaya a continuación sobre varios textos irlandeses antiguos; entre otros: Immrain Brain (Voyage of Bran = viaje de Bran); Táin Bó Cuailnge (el robo del toro de Cuailnge); Leabhar na Nuachonghbala (The Book of Leinster = el Libro de Leinster); Leabhar Buidhe Lecain (Yellow Book of Lecan = Libro Amarillo de Lecan); Cosmographia Aethici Istrii (Cosmography of the World = cosmografía del mundo), de Aethicus of Istria; Audacht Morían (Morann’s Will = testamento de Morann).

[3] Se conoce bajo la denominación conjunta de “Evangelios Sinópticos” a los otros tres recogidos por la tradición ortodoxa en el Nuevo Testamento, es decir, los de Mateo, Marcos y Lucas. Como bien se sabe, el libro escrito por el anciano discípulo Juan mantuvo desde su origen un lugar diferenciado como fuente del Conocimiento secreto y expresión de simbolismo hermético que nutrió, hasta el exterminio definitivo de los cátaros (comienzos del siglo XIII), la doctrina marginal y heterodoxa de las sectas gnósticas surgidas del seno del cristianismo primitivo y contestatario del orden eclesiástico instaurado por Roma. Es extraño que Ellis no selle más directamente el movimiento filosófico que está describiendo como sustrato místico de los escritos de Juan con el nombre que recibe en cualquier historia de la filosofía occidental: neoplatonismo. Fueron justamente los metafísicos de la Patrística cristiana quienes mejor leyeron a Plotino en los confines antiguos de la Alta Edad Media (el numen evocado por Ellis a continuación, San Agustín - Obispo de Hipona, es el ejemplar por antonomasia).

[4] “… if  what you sing es true...”, en la versión inglesa de Ellis: ¿no resulta llamativa, y asaz fascinante, la alusión de Lucano al canto de los druidas?...

[5] “Porridge” da nombre a una suave preparación comestible hecha a base de avena hervida en agua o leche; el cazo típico en que ser sirve y toma se conoce, consecuentemente, como “porringer”.

[6] “álmico”, si se me permite este amigable neologismo, tan en boga en los actuales tiempos de espiritualidad “acuariana”.

[7] Glosando el pasaje: si la elección nace de la necesidad, entonces no hay pecado; si, en cambio, surge de la libre voluntad, puede evitárselo.

[8] “Sicilian Briton’ es el apodo que recibió un anónimo escritor celto-británico que, según todos los indicios, produjo sus escritos en Sicilia. Ellis habla de este ‘pelagiano’ fantasmagórico y cita pasajes suyos en párrafos precedentes.




Peter Berresford Ellis