2 de mayo de 2015

EN UN CLARO DEL BOSQUE CELTA (I): LA SOMBRA ATLANTE DEL MITO ARTÚRICO






“Esta antigua tradición, preservada en el mito y la leyenda celtas fue relanzada por trovadores y troveros iniciados del siglo XII, y esparcida por todo el mundo cristiano. Ella continúa hablando a los corazones de los hombres aun hasta hoy, porque estimula la imaginación creativa.
La leyenda artúrica es, además, única en que provee un trayecto completo desde las profundidades de nuestros anhelos espirituales primitivos hasta las alturas de la experiencia mística. Toma impulso en la antigua tradición del caldero de la inspiración y el renacimiento ganados gracias al Rey del Inframundo, hasta Galahad, el perfecto caballero cristiano medieval, quien devuelve su alma a Dios tras lograr la Búsqueda del Grial.
Estas visiones se complementan unas a otras y brindan una pintura completa del sendero de la consumación en la evolución de la consciencia humana. Lo más bajo no se abandona atrás según el hombre avanza, sino que se mantiene como el fundamento de su crecimiento futuro.
Así, los Misterios Artúricos no son un camino ascético. Indican el destino del hombre occidental, a fin de explorar cómo controlar los planos de la materia, no de rehuirlos. Buscan usar y elevar el deseo, no de aplacarlo.
[…]
Así, los relatos artúricos se pueden interpretar a muchos niveles. La propia Mesa Redonda puede ser lo que fuere desde un modelo de acción caritativa hasta un formidable patrón estelar de fuerzas psíquicas y espirituales.”


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“Procedemos ahora a considerar el Segundo Grado, al que llamaremos el Grado de Merlín[1]. Éste incluye los poderes y las funciones de las ‘mujeres feéricas’ y encantadoras, de las cuales las más importantes son Morgan le Fay y la Dama del Lago, usualmente llamada Niniveh o Nimuë. Otras son la hechicera Hellawes, Dama del Castillo Nigramo; y Annowse, una hechicera que en una de las historias seduces a Arturo.  Tampoco deberíamos olvidar la sombría figura detrás de Merlín, llamada Blaise. Él parece ser el maestro o mentor de Merlín, aun cuando quede reducido al rol de algo así como un escriba o analista en redacciones posteriores. Hay además figuras semihumanas o Elementales tales como el esposo de Morgan Uriens de Gore, y varias ‘damas del Lago’ menores (tales como Saraïde) de las que existen muchas, ya que el Lago no es más que el plano astral, la gran casa del tesoro de imágenes más allá del plano físico…
A Merlín, Morgan y Nimuë se los puede reunir dentro de la perspectiva de la proto-historia oculta tradicional como primitivos maestros de la actual evolución de la raza humana que suele denominarse la quinta Raza Raíz. La cuarta Raza Raíz comprendió la fase ‘atlante’ de la evolución humana de la época antediluviana.
El Diluvio de Noé no es necesariamente la verdadera catástrofe atlante, sino una réplica menor de ella, similar a aquella que afligió a los celtas cuando el Báltico rebalsó a causa del derretimiento de hielo al final de la Edad de Hielo. Eventos como estos debieran, no obstante, reestimular memorias raciales.
La tradición atlante que ha llegado a nosotros en forma fragmentaria
Es el resultado de esfuerzos de videncia hechos por aquellos particularmente dotados y ejercitados en la recuperación de esas memorias. Suele llamársele lectura del akasha o de los registros akáshicos[2]. La importancia de Merlín es su papel como guía de senda a una nueva fase, o época, de evolución consciente. La fase atlante antediluviana había acarreado, como frutos suyos, una especie de humanidad bien desarrollada en su sabiduría instintual, pero no en sus capacidades intelectuales individualizadas. El estado de consciencia de la humanidad antediluviana se podría considerar semejante a la de las formas más elevadas del animal domesticado de nuestros días, particularmente la familia canina, o la equina, llevadas a su pico máximo de individualidad mediante un contacto y un trato afectivo humanos prolongados.
El asiento de la consciencia del hombre atlante yacía en un punto ‘más bajo’ del cerebro, más hacia lo que podríamos casi denominar una consciencia espinal. Así, ellos tendieron más a una especie de consciencia grupal que a una expresión individual. Esto a veces es visto, bajo el aspecto de una regresión, en el comportamiento de la masa…
Esta cualidad mental[3] es más fácilmente influida por el sonido, la forma y el color que por razonamientos intelectuales. Así, mucha de la técnica mágica atlante se fundaba en el uso del sonido, la forma y el color como medios de operar sobre los instintos y las emociones…
En asuntos de este tipo estaba altamente formado el antiguo sacerdocio atlante entonces en el poder, y en la leyenda artúrica queda representado particularmente por Merlín, el gran mago, y por Morgan le Fay la encantadora.
Estos métodos, que conllevaban un fuerte influjo hipnótico sobre una humanidad mucho más fácilmente sugestionable, menos individualizada que la que concierne al momento actual, los habrían vuelto adeptos en el ‘transformismo’ [= ‘shape-shifting’] y en dejar a la gente adormecida por encantamiento. Esto último les conferiría también la habilidad aparentemente mágica de transportarla a lugares distantes, quedando los sujetos sumidos a un estado de inconsciencia mientras completaban su viaje.
Merlín no es, de todos modos, un mero ilusionista. Él representa una forma occidental humanizada de los antiguos dioses del aprendizaje y la civilización, tales como el griego Hermes o el egipcio Thoth. Él es, más aun, uno de aquellos, afín a Melquizedek en el Antiguo Testamento, ‘sin padre ni madre, sin descendencia’.
Son las grandes figuras superhumanas que trabajan detrás de la escena de la evolución planetaria, a veces apareciendo físicamente a discípulos selectos en particulares momentos favorables o de crisis, pero no vistos por la mayoría, trabajando a través de elegidos intermediarios humanos. En la literatura esotérica de Oriente se los conoce como Manus[4].
En este rol Merlín trajo las enseñanzas secretas de los condenados atlantes, al final de su fase, al mundo nuevo de Europa, y fundó primero los Misterios Hibernianos, vestigios de los cuales nos llegaron en la mitología de Irlanda. Consecuentemente, y desde otros puestos de avanzada costeros de Occidente, la misma enseñanza se expandió al resto de las islas de Britania y la Europa continental.
Sus mandato provenía de un gran ser primordial a quien se conoce tradicionalmente como Narada. Fue él quien aportó a través de la consciencia de la humanidad, como una luz guiadora, el gran patrón solar – de una vida central -, punto generador circunvalado por siete círculos de fuerza. Este era el patrón del gran Templo del Sol de la Atlántida en la isla de Ruta, y el patrón espiritual de la civilización sobre el cual la época atlante humana fue erigida. Esto, en los primeros días de la Atlántida, fue una enseñanza secreta, confinada al clan sagrado de los aristocráticos sacerdotes-iniciados.

Al final de los tiempos atlantes, se le encomendó a Merlín formular a la nueva raza raíz una forma más sutil y compleja del plan. Este nuevo patrón fue el de la Mesa Redonda. Éste había sido preservado en la consciencia humana por siglos, haciéndolo finalmente a través del vehículo de las leyendas artúricas. Esto añadió el concepto de responsabilidad corporativa mediante el esfuerza individual, en lugar del énfasis sobre la jerarquía. Las leyendas fueron publicadas en forma escrita en el siglo XII pero existían en forma oral antes de ese entonces, y en los tiempos primitivos se expresaron en una directa forma física mediante la construcción de círculos de piedra, madera o tierra.
Un avance ulterior sobre el patrón solar previo es que la nueva fórmula absorbe conocimientos de fuerzas más allá de nuestro sistema solar inmediato.  Con la Mesa Redonda, se toman en cuenta fuerzas y patrones estelares, ya que es, en verdad, una forma de Zodíaco. Esta enseñanza emana de un centro cósmico de fuerza involucrado en la evolución universal de la consciencia en tanto opuesta a la evolución solar y planetaria comparativamente local. Por razones que hacen a la consciencia de la Tierra, puede pensarse esta fuente de influencia como emanando de lo que nos parecen ser las siete estrellas de la constelación de la Osa Mayor.
Deberíamos mencionar, de paso, otro patrón más, también de origen estelar, pero que usa, como agente transformador para la recepción por parte de la consciencia humana en la Tierra, las fuerzas internas del planeta Venus. Esta fórmula, mediada por Melquizedek, es la fórmula de la Rosa Cruz. La significación interior de estas enseñanzas se reservó esotéricamente hasta su revelación pública parcial en el siglo XVII. En su versión acabada ésta es un arreglo de rayos y círculos en el cual la rosa central tiene tres grupos de pétalos (tres, siete y doce), de los cuales emanan rayos de luz. Ello es indicador del misterio espiritual creativo de las energías cósmicas internas que encuentran su verdadero destino al ser clavadas en la cruz cuadrada del espacio y el tiempo en el mundo de la materia.
Esto había sido, desde luego, esotéricamente revelado y expresado en la Encarnación del Logos y la crucifixión de Jesús, el Ungido [= ‘the Christed one’], que fue antes que un mero guía ordinario, avatar o manu. Éste fue un evento cósmico único, cuyas ramificaciones no han sido aún, en modo alguno, resueltas o reveladas, y están contenidas en los Misterios del Santo Grial en su forma para la Nueva Era.
En la más elevada forma de iniciación asociada al Santo Grial, los tres patrones, el de la esfera solar, la Mesa Redonda, y la Rosa Cruz, resultan todos completamente asimilados dentro de la consciencia. Son cada uno de los aspectos, y desarrollos, de la misma y una realidad eterna. Su simplicidad y familiaridad en trazas diversas, a veces tristemente vulgarizadas, no debería cegarnos respecto de su importancia fundamental como claves al desarrollo evolutivo consciente, que es el propósito detrás de la vida física. La iniciación, hay que enfatizarlo, y los Misterios, no son para unos pocos privilegiados, sino para todos, aun cuando las nuevas concepciones necesariamente tienen comienzos nimios.
El propósito de Merlín fue, por lo tanto, implantar un patrón de consciencia dentro de la nueva civilización de la humanidad, empezando por las islas occidentales de Britania. El curso de la primitiva expansión de este patrón puede rastrearse mediante la cadena de círculos megalíticos que cruzan la faz de Europa. Altos centros de enseñanza se desenvolvieron en diversas partes del mundo, y notoriamente, en lo que concierne a Occidente, en el Antiguo Egipto. De allí llegó Moisés, el primer agente de la misión de los judíos como preparadores del camino para el monoteísmo y la revelación del Mesías.


No obstante, en la materia de Britania, la leyenda de la Mesa Redonda es la fórmula para el último desarrollo grupal de hombres individuales, regidos no por un poder central despótico sino por la cooperación en la consideración y el amor mutuos, manteniendo, mientras, al mismo tiempo, el concepto jerárquico de organización y reinado espiritual.
En los días de los albores de nuestra época, cuando estos principios estaban siendo establecidos por primera vez, el hombre estaba por lejos menos individualizado de lo que hoy lo está. De ahí que los métodos instituidos por Merlín resultarían impracticables, y verdaderamente inmorales, de ponerse en práctica en los tiempos modernos. Como, en general, todo lo atinente al género humano estaba más próximo a lo animal en aquellos días, así la genética, y la reproducción selectiva, jugaba un papel importante en el gobierno y el orden social. Esto fue particularmente importante en una época cuando el hombre era de una mentalidad más grupal y más abierto a las influencias de planos internos. Aquellos que podían guiar mejor el destino de su grupo particular no eran los más inteligentes desde el punto de vista intelectual o los físicamente más fuertes, sino aquellos que podían ser espontáneamente más receptivos a enseñanzas de un orden superior de consciencia provenientes de los planos internos.
Así pues, ciertas líneas de sangre tenían una clarividencia natural que era un importante corolario de poder y visión. Éste fue el fundamento del concepto de aristocracia y del ‘derecho divino de los reyes’ – un concepto tan profundamente arraigado en la consciencia humana que Carlos I estaba orgulloso de ser un mártir en defensa de él…
La importancia de este reinado sagrado, y de la facilidad hereditaria para contactar planos internos, están claramente demostradas en la leyenda artúrica a través de las historias de la concepción y el nacimiento de Arturo, que revelan una específica política de ingeniería genética de parte de Merlín.
Es esto lo que está detrás de los eventos algo bizarros que rodean esta parte de la historia arturiana. Se concibió, de acuerdo con la intención de Merlín, que Arturo era un rey-sacerdote en la antigua tradición de la Atlántida, elegido antes de su nacimiento, como resultado de una unión carnal cuidadosamente planeada iluminada por consideraciones genéticas esotéricas.
Merlín eligió dos padres con gran cuidado. El padre de Arturo resultó ser Uther Pendragon, de la antigua línea real británica. Esta línea había sido establecida por una previa migración atlante y mantenía dentro de sí conexiones raciales con Hibernia e incluso con la remota Lemuria. Estaba simbolizada por la ‘progenie Pendragon’ [= ‘Pendragonship’] – lo que significaba una primitiva hermandad de guerreros esotéricos cuya cresta simbólica derivaba de la constelación de Draco, el Dragón, la cual se curva en espiral en las inmediaciones del Polo Norte de la esfera celeste, y en ciertas épocas aporta con su cuerpo la Estrella Polar.
Por parte de su madre Arturo llevaba sangre de una princesa atlante, Igraine. Ella era una de los del Clan Sagrado, que había llegado a Cornwall y se había desposado con el jefe local. En los anales que sobrevivieron hasta nosotros a él se lo conoce como Gorlois, Duque de Cornwall o Duque de Tintagel.
Cornwall tenía lazos especiales con la Atlántida y con Hibernia, y en sus leyendas se tejen hebras de los antiguos asentamientos irlandeses y córnico-atlantes. Éstos han de hallarse principalmente en las historias en torno de Tristán e Isolda y la Corte del Rey Mark. El núcleo racial córnico nativo, del cual Gorlois fue señor supremo, pasa por ser descendiente de una raza gigantoide pre-humana.
[…]
Los planes de Merlín incluían a la esposa de Arturo, quien habría de ser Guenevere (Ginebra) de Cameliard – un distrito ahora sumergido bajo las olas de la costa córnica, el cual tenía sus propios lazos como puesto de avanzada de colonos atlantes.  Esto había sido planeado desde su primera revelación del concepto de la Mesa Redonda, en tiempos de los días de gloria de Uther Pendragon, cuando él se la confió a uno de los tenientes de Uther, Leodegrance (‘el gran león’) de Cameliard, de quien finalmente llegó a Arturo como parte de la dote de Ginebra.
[…]
Malory trata poco los orígenes de Merlín.[5] Como uno de los primeros novelistas modernos, esto es, uno con un sentido de la línea dramática de la historia, obviamente sintió necesario omitir material biográfico temprano procedente de las azarosas sagas omniabarcadoras de sus fuentes medievales. Así, las ‘enfances’ están omitidas o glosadas en el tratamiento de Malory de Arturo, Lancelot, Tristán y el propio Merlín.
[…]
La Historia de los Reyes de Bretaña[6] (History of the Kings of Britain) Geoffrey de Monmouth es la primera versión escrita de la leyenda de Merlín en algo que se asemeje a una forma coherente. Por cierto, él trató mucho sobre Merlín en libros de ‘profecías’ separados y una Vida de Merlín (Life of Merlin) que claramente expresa la progenie no humana de Merlín. (Es interesante destacar en este contexto que Geoffrey cita a Apuleyo de Madaura, cuya novela El asno de Oro, bajo la guisa del grotesco, ofrece la relación más clara que tenemos del antiguo culto del Misterio de Isis por uno de sus iniciados.)
De acuerdo con Geoffrey, Merlín proviene de Carmarthen, y pese a que la derivación del nombre de Merlin o Merdhin del nombre del pueblo Carmarthen, o Caer Merdhin, ha sido desacreditada por algunos investigadores, aquí la exactitud académica ciega más de lo que ilumina. No habría perjuicio alguno en sostener la tradición de Merlín proviniendo de esta parte mucho más significativa de las Islas Británicas, en el lejano sudoeste del Principado de Gales. Él mantiene estrechos contactos e influencias hibernios hasta el día de hoy, y un obvio puesto de avanzada de antiguos colonos del oeste. Es de este distrito de Dyfed, recientemente Pembrokeshire, que las rocas azules del primitivo Stonehenge derivan…
De acuerdo con Greoffrey, la madre de Merlín era hija del Rey de Gales del Sur que vivió en un convento como consecuencia de un extraño encuentro con una entidad no humana que terminó siendo el padre de Merlín. Citando a Geoffrey, este padre:

… según Apuleyo deja registrado por escrito como tocando el dios de Sócrates, ciertos espíritus existen entre la luna y la tierra, a los que denominamos demonios incubus. Tienen ellos una naturaleza que participa tanto de hombres como de ángeles, y mantienen conversaciones con mujeres mortales. Afortunadamente, uno de éstos le apareció a esta dama, y es el padre del joven.

Es importante diferenciar el uso moderno de la palabra demonio, la cual, por influencia religiosa ortodoxa y pérdida de conocimiento de la dinámica interna, ha hecho derivar el significado de la palabra en maldad absoluta. Sería mejor volver a la forma ortográfica más antigua, derivada del griego, de daimon, que significa simplemente ‘espíritu desencarnado’.  En verdad, en el caso de Sócrates es un ser enteramente benéfico, y ha sido comparado al concepto esotérico del propio Yo Superior o Santo Ángel Guardián del hombre.
Lo que aquí tenemos, en efecto, es una especie de partenogénesis; y el nacimiento virgen es un corpus de leyenda que vigoriza muchas figuras divinas y superhumanas. No lo hace, empero, sin una profunda validación interior. Es un modo de establecer manifestación física para muchos tipos de ser superior y no es, de ninguna forma, único. Es un extraño fruto de la evolución de la consciencia el que muchos cristianos descrean del hecho del nacimiento virgen en relación con el Salvador, mientras otros en la fe lo mantienen como un evento único nunca antes ni después ocurrido.
La Encarnación puede en verdad haber sido un evento único de importancia suprema y crucial para la evolución del mundo, pero el modo de ciertos aspectos de su operación habrá tenido, sin embargo, algunos factores comunes con sucesos menores; y la encarnación de avatares, manus, u otros seres elevados dedicados a ciertas tareas en pos de la evolución terrenal, pueden, muy bien, ser iniciados de una manera similar.
Es interesante comparar las explicaciones de Wace y Layamon sobre estos asuntos, sumamente peligrosos por sus implicancias heréticas en aquellos días.
El normando Wace escribe que la madre de Merlín es la hija del Rey de Dimetia, en Gales, ahora una monja en Carmarthen. A su padre él lo llama

… un cierto orden de espíritu (que) se extiende entre la luna y nuestra tierra… de una naturaleza en parte hombre, y en parte de un ser más elevado. Estos demonios se denominan incubi. Su hogar y región es el aire, pero este cálido mundo es su hospedaje. No está en poder de ellos el hacerle un gran mal al hombre, y las travesuras de que son capaces no pasan de algún truco o de provocar enojo. De todos modos, ellos saben bien cómo ataviarse a sí mismos en una figura humana, ya que su naturaleza se presta de maravillas al engaño. Más de una doncella ha sido su entretenimiento, y en ese tren ha sido engañada. Puede muy bien ser que Merlín fuera concebido por un ser semejante, y acaso naciera de un demonio.

Y el anglo-sajón Layamon afirma que la madre de Merlín es una monja `capuchina´, una hija de Conaan, el tercer rey de Gales, quien, a la edad de quince años, soñaba frecuentemente mientras dormía a un bello caballero completamente vestido de oro. Continúa diciendo:

‘moran en el cielo muchos tipos de seres, que permanecerán allá hasta que el día de la ira llegue; algunos son buenos, y algunos hacen el mal. De ahí es una raza que entre los hombres adviene; se los llama con todo derecho Incubi Daemones; no hacen demasiado daño, pero engañan al pueblo; a muchos hombres engañan en sueños, y a muchas hermosas mujeres les hacen con presteza un hijo embuste mediante, y a los niños de muchos hombres decentes seducen ellos a través de la magia. Y así fue Merlín concebido.’

Hubo una escuela de pensamiento entre los estudiosos medievales que se propusieron hacer de los orígenes de Merlín algo totalmente diabólico. Enseñaron que su nacimiento fue planeado por el demonio y que la santidad de su madre enclaustrada frustró la trama maligna y produjo que su extraño vástago fuese un poder del bien.
Esto confiere cierto pathos a la historia. Describe la inocencia y la bondad de una joven muchacha desafiando los poderes del mal. Y retrata a Merlín como una figura extraña, enigmática, tironeado entre el bien y el mal, concebido por el mal a fin de frustrar el advenimiento de los caballeros de la Mesa Redonda, pero gracias a la influencia de su madre cristiana y el confesor de ella, Blaise, provocando el fracaso del demonio y alentando con su ayuda, en cambio, la Hermandad de la Mesa Redonda. No obstante eso, a pesar de sus méritos dramáticos, esto no es, con todo, más que una piadosa distorsión que detracta la línea temática original.
Merlín y su género no son pichones bastardos de demonios, y la doctrina de los incubi es una distorsión medieval que reduce una forma muy profunda y poco conocida de polaridad trabajando entre los planos a un modo de perversión sexual o autoerotismo  mediumísticos.”[7]



Extraído de Gareth Knight, THE SECRET TRADITION IN ARTHURIAN LEGEND The Magical and Mystical Power Sources Within the Mysteries of Britain (LA TRADICIÓN SECRETA EN LA LEYENDA ARTÚRICA. Las fuentes de poderes mágicos y místicos dentro de los Misterios de Gran Bretaña); The Aquarian Press, Irthlingborough, Northamptonshire, U. K., 1983. De Introduction: 1. Grades of the Arthurian Mysteries and the Importance of Myth and Legend; y PART TWO: THE GRADE OF MERLIN AND FAERY WOMEN: 11. The Atlantean Background. (Traducción de estos fragmentos: G. Aritto / 2015)





Tintagel Castle (Cornwall)








[1] Con “Segundo Grado”, el autor identifica el segundo nivel iniciático dentro de los tres primarios que reconoce en el contexto de los Misterios Artúricos: 1°. Grado de los Poderes de Arturo (cuyo símbolo atávico es la espada), 2°. Grado de los Poderes de Merlín (cuyo símbolo es la vara o varita mágica), y 3°. Grado de los Poderes de Ginebra (con la copa como símbolo activo). Superando esos Misterios Menores, se accede a los Grandes Misterios de la Búsqueda y la Conquista del Santo Grial.

[2] “Archivos Akáshicos, en los que está registrado el desarrollo pasado, presente y futuro de todas las partículas y consciencias existentes en el Cosmos infinito. Esos archivos son la esencia del Sonido, del Verbo, y guardan en sí la vibración de cada chispa que se desprende del Supremo para iniciar sus experiencias en el Universo manifestado. Cuando una chispa se desprende del Padre, ella recibe un sonido que es la síntesis de toda su trayectoria en el Universo. Ese sonido, esa vibración, está registrada en el Akasha, y es también éste que, en cada situación en que la chispa se encuentre, manifiesta Su realidad adecuándose a las situaciones existentes. Por tanto, ese Sonido, síntesis del Ser, se manifiesta a cada momento, en las diversas etapas por las cuales pasa la chispa. A su vez, también esa manifestación es registrada e impresa en los Archivos.” (J. Trigueirinho, Mirna Jad: Santuario Interior) Los Registros akáshicos convalidan, desde luego, la vigencia de la Ley de causa-efecto activa en el planeta, con su correlato kármico como manifestación compensatoria en la evolución de cualquier ser de cualquier reino. La información receptada por el famoso ocultista Rudolf Steiner sobre las civilizaciones de Lemuria y Atlántida, a través de la clarividencia o la incursión intuitiva en el ámbito dimensional de dichos Registros, se mantiene aun hoy entre las más fidedignas y unánimemente respetadas.

[3] “Form of mentation” en el original.

[4] Manu: “Consciencia central, síntesis de las Jerarquías encargadas de conducir a los hombres rumbo a la evolución cósmica, rige un ciclo completo de manifestación de la humanidad en un cuerpo celeste. Su actuación está especialmente vinculada con la manifestación de las razas, y su existencia permite el establecimiento en la Tierra de la energía de los Jardineros del Espacio para la realización de ese trabajo. La Consciencia de Manu es el foco receptor e irradiador de la energía que, según la sabiduría oculta, sintetiza el patrón manifestado por los seres de la humanidad que más puramente expresaron el arquetipo del ciclo que les fue dado vivir. Esos seres, impregnados por la Consciencia de Manu, forman una base para la transformación y para la implantación de los nuevos patrones que deberán ser asumidos por la humanidad como un todo. Ese núcleo de trabajo es conocido como Manu-Semilla, y puede actuar interna o externamente, dependiendo de la necesidad planetaria.” (J. Trigueirinho, El resurgimiento de Fátima (Lis))

[5] Thomas Malory produjo su inconcluso romance a mediados del siglo XV, y su trabajo, titulado Mort d’Artur, sufrió la confluencia de su riquísimo intercambio con textos medievales (“paganos” o “profanos”) precedentes y la impronta cristiana según la doctrina dominante entonces. Su valor más destacable es, sin duda, el de haber servido de firme base literaria a la posteridad inmediata y futura, alentando la evolución que ese género incierto y hasta negado tuvo en todo el ámbito cultural sellado por la civilización celta. La fuente remota a la que confió su imaginación fueron, no obstante, los (esotéricos) escritos de Geoffrey de Monmouth.

[6] Salvo en este título de Geoffrey, donde “Bretaña” ha recibido un uso preferente, estoy vertiendo siempre Britain como “Britania” a fin de que el topónimo de cuño latino evite su confusión con la también céltica (Pequeña) Bretaña continental o Armórica, una vez autónoma y, según una línea de la tradición, lugar de los “últimos” años de vida de Merlín y tierra de su tumba.

[7] El lector entusiasta puede cotejar esta visión de la leyenda artúrica, por caso, con las tesis de orden cosmológico y galáctico del tantas veces livianamente objetado José Argüelles; su fascinante crónica titulada La Sonda de Arcturus, texto hallable en la Internet.


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Imágenes tomadas de los sitios siguientes:


https://encontramesipodes.wordpress.com/category/uncategorized/page/71/
http://noctisumbra.deviantart.com/
http://nicolequinnnarrates.blogspot.com.ar/2013/03/the-round-table-king-arthur-and-knights.html
http://www.cornwalltour.co.uk/tintagel.html



29 de abril de 2015

EL SONIDO QUE NOS CREA (VI): LA MÚSICA DE APOLO, EL SANADOR





“Resulta muy particular observar la relevancia con que para la comprensión griega una figura divina emerge de los restantes dioses. Nosotros sabemos que los griegos adoraban a diversos dioses. Estos dioses eran la imagen refleja, la proyección de aquellas Entidades originadas en el paso por los planetas del ulterior Jesús nathánico con el Cristo dentro de sí.
Ellos lo visualizaban a sí cuando elevaban su mirada hacia las lejanías cósmicas, cuando penetraban con ella en el éter de la luz, y así con toda razón declararon a Júpiter –no al externo, sino al verdadero, interior, espiritual- como su origen, cuando mencionaban a Zeus. Así se expresaban cuando mencionaban a Palas Atenea, a Artemisa y así también a los diversos dioses planetarios que eran la sombra de aquello que hemos señalado. Pero en esta manera de ver a los distintos dioses, uno cobraba especial relevancia: la figura de Apolo. La figura de Apolo destacaba en una forma singular. ¿Qué vieron los griegos en Apolo?

Nosotros los conoceremos si dirigimos nuestra mirada hacia el Parnaso y la fuente Castalia. En el Oeste de ella se abre como una garganta en la tierra sobre la cual los griegos levantaron un templo. ¿Por qué? De esa garganta anteriormente fluían ciertos vapores, que cuando las corrientes de aire eran las adecuadas, se enroscaban cual un dragón en derredor de la montaña. Los griegos imaginaban a Apolo lanzando sus flechas contra el dragón, que en forma de fuertes vapores se alzaba desde esa garganta. Allí, en el Apolo griego se nos presenta San Jorge arrojando sus flechas contra el dragón, pero como si fuera su sombra terrestre Y cuando él venció al dragón Pitón, allí se edificó un templo, y en vez del Pitón vemos que los vapores se desplazaban en el alma de la Pythia; ahora entonces los griegos imaginaban que el los vapores salvajes del dragón vivía Apolo en su interior, el que profetiza por medio de los oráculos, por boca de la Pythia. Y los griegos, ese pueblo consciente de sí mismo, ascienden por los escalones anímicos que ellos mismos habían preparado y reciben por la boca de la Pythia que se halla compenetrada por loa vapores del dragón, aquello que Apolo tenía que expresar. Esto quiere decir que Apolo vive en la sangre del dragón e impregna a los hombres con esa sabiduría que ellos buscan en la fuente Castalia. Y este sitio se convierte en un lugar de reunión para los juegos y las festividades más sagradas. ¿Por qué Apolo pudo realizar esto? ¿Quién es Apolo? Él realiza lo que fluye de la sangre del dragón como sabiduría, solamente desde la Primavera hasta el Otoño. Llegado el Otoño, se encamina hacia su antiquísima morada primordial, hacia el norte, hacia el territorio de Hiperbórea. Su partida se festeja como despedida, puesto que Apolo se va. En la Primavera, cuando llega del norte, subyace una profunda sabiduría. El Sol físico se dirige al sur, pero en lo espiritual siempre es lo opuesto. Con esto se quiere señalar que Apolo tiene que ver con el Sol, Apolo es aquel ser cuasi angelical del cual hemos hablado: una sombra, una proyección dentro del alma griega, del Ser angelical que actuaba efectivamente en las postrimerías de la época atlante y que fue compenetrado anímicamente por el Cristo. La proyección en el alma griega del Ángel compenetrado anímicamente por el Cristo, es Apolo, el cual expresa sabiduría a los griegos por boca de la Pythia. Y esta sabiduría apolínica fue de una suma importancia para los griegos. Se guiaron por ella en todos sus asuntos más importantes o al tener que adoptar ésta o aquella medida. Anímicamente bien preparados en sus almas, en situaciones difíciles en la vida, ellos se dirigían una y otra vez hacia Apolo, y se dejaban profetizar por la Pythia que estaba animada por los vapores en los que vivía Apolo. Y Esculapio, el curador, para los griegos es hijo de Apolo. El dios curador es Apolo: ‘curador’. La atenuación de Aquel Ángel en el cual alguna vez habitó el Cristo, en la Tierra o para la Tierra se convierte en un curador. Porque Apolo nunca fue una figura físicamente encarnada, sino que actuaba por intermedio de los elementos terrenales.


Y el dios de las musas, y ante todo el dios del canto y el arte musical, es Apolo. ¿Por qué lo es? Porque él utiliza lo que resuena en el canto y en el arte de los instrumentos de cuerda, para poner orden en aquello que sin esto –el conjunto del pensar, sentir y querer- entraría en el caos. Nosotros siempre tenemos que tener presente que en Apolo, todo esto es una proyección de aquello que había sucedido hacia el final de la época atlante. En ese tiempo, desde las alturas espirituales todavía afluía algo en las almas humanas que tenía un débil eco en el arte musical que los griegos practicaban bajo la protección del dios Apolo. Los griegos eran conscientes de que su arte musical solamente era el reflejo terrestre de aquel antiguo arte que en las alturas practicaba ese Ser Angelical que estaba compenetrado por el Cristo, para así poder alcanzar la armonía del pensar, sentir y querer. Ellos no lo expresaron así, sólo en sus misterios se sabía de qué se trataba. En los Misterios Apolínicos se decía: una excelsa Entidad divina alguna vez compenetró a un Ser de la jerarquía de los Ángeles. Esto condujo a la armonía del pensar, el sentir y el querer, y un reflejo de ello es el arte de las musas, especialmente el arte apolínico, por ejemplo, aquel arte musical que tiene su expresión en el sonido de las cuerdas. No se consideraba apolínico aquello que se manifestaba a través de instrumentos tales como la flauta, o sea de viento. Aquello que no apela tanto a los elementos, como son los instrumentos de viento, y que necesita un manejo manual por parte del hombre, es lo que resuena en las cuerdas de Apolo; a esto los griegos lo denominaron ‘el efecto musical que brinda armonía en el alma’. Y de esos hombres que no expresan inclinación ni aprecio por este arte musical de Apolo, los griegos decían, conscientes de todo lo ya mencionado, que en su cuerpo físico de hecho presentan un signo que demuestra su apatía hacia el principio apolínico, ellos demuestran en él que han quedado retenidos atávicamente en un escalón anterior.[1] Es extraño que cuando nació un hombre con orejas excesivamente largas –era el Rey Midas- los griegos decían: éste nació con orejas de burro, porque antes de llegar al mundo, él no se expuso adecuadamente a los efectos que alguna vez arribaron al mundo por medio de Aquel Ser cuasi angelical que fue compenetrado por el Cristo. Por eso ellos decían: como tiene orejas de burro prefiere los instrumentos de viento a los de cuerda. Y cuando cierta vez nació un niño que carecía de piel –en la mitología se lo conoce bajo el nombre de Marsyas el desollado- decían: esto ocurrió porque antes de su nacimiento no prestó la debida atención a aquello que manaba del Ser cuasi angelical. Esto surge por la observación oculta.[2]

[…]

… ¿Qué significa en verdad Apolo? No la silueta de sombra que los griegos veneraron después, sino ¿qué es en verdad Apolo? Como ser divino es el Ser que hizo fluir, desde los mundos superiores, las fuerzas sanadoras del alma, paralizando de ese modo las luciférico-ahrimánicas[3]. Esto también causó en el cuerpo humano un accionar conjunto de cerebro, respiración, pulmón, laringe y corazón, que son la proyección de esa acción conjunta expresada en el canto. Porque la correcta acción conjunta de cerebro, respiración, órganos del habla y corazón, es la expresión física para una correcta acción conjunta del pensar, sentir y querer. El curador, el divino curador es Apolo. Hemos visto sus tres escalas evolutivas, y también sabemos que el curador sobre el cual se basa Apolo, nació en la Tierra y los hombres lo llaman Jesús, que traducido a nuestro idioma significa: ‘El que cura a través de Dios’. Es el Jesús nathánico quien cura a través de Dios, Jehoschua Jesús.”



Tomado de Rudolf Steiner, La búsqueda del Santo Grial, Conferencia III, Bs. As. Editorial Antroposófica, 2004 (1ra ed.). Traducción del alemán: Carlos Friedenreich.






[1] No estoy seguro de poder comprender del todo esta conclusión de Steiner. Lo que creo, sí, poder arriesgar es que en los márgenes de toda esta tan original y universalista exposición en torno del sincretismo mítico asegurado por la figura de Apolo, late y reclama sus derechos a la vida el censurado orbe natural cuyo centro de sentido fue el mito de Orfeo-Diónisos, también vinculado entrañablemente con la simbología crística. Ha sido gracias a la tradición autoritaria sellada por Homero y Hesíodo (y traicionada por el iniciado Platón) por lo que Occidente quedó “retenido atávicamente” (para usar las propias palabras del gran ocultista austrohúngaro) al orden y el esplendor de la polis civilizadora, su nomos y sus valores hegemónicos de Verdad (como des-ocultamiento), de Bondad (amarrada a la suprema Idea del Bien) y de Belleza (en tanto reflejo de la medida, esto es, de la proporción y la jerarquía). Hay que recurrir a la mística primitiva, al anti-olímpico orden instintual del irrepetible genio de Esquilo para dar con  algo de luz que alumbre esta zona de sombra; F. Nietzsche, por afuera de la tradición secreta, lo supo desde muy joven. (G. A.)

[2] Steiner alude aquí a su propio y prestigiado don de acceder a los Registros del Akasha a fin de recibir información interdimensional de forma intuitiva y más allá de las funciones normales de la mente concreta inmersa en el orden material. (G. A.)

[3] El autor trata en detalle, en conferencias previas incluidas en este mismo volumen, acerca de las figuras de Lucifer y Arhimán, adalides de las fuerzas involutivas desatadas contra la consumación del Plan Divino para la humanidad en la Tierra. (G. A.)


26 de abril de 2015

EL SONIDO QUE NOS CREA (V): La lira y la voz de Pitágoras



Monocordio de Pitágoras





Semblanza del gran Iniciado de Samos
extraída de


Porfirio
(233-304 d. C.):

VIDA DE PITÁGORAS



“Siendo así que narró Diógenes[1] con exactitud los hechos referentes a su condición de filósofo en sus Hechos increíbles más allá de Tule, yo decidí no omitirlos en modo alguno. Dice, pues, que Mnesarco, que por su origen era un tirreno de los que colonizaron Lemnos, Imbros y Esciros, y que desde su lugar de residencia visitaba muchas ciudades y recorría muchas comarcas, se encontró en una ocasión con un tierno niño que estaba tumbado al pie de un álamo grande y frondoso. Observó que, boca arriba, dirigía su vista al cielo, hacia el sol, sin parpadear, y que se había metido en la boca una caña delgada y fina, a modo de flauta. Contempló con admiración que se alimentaba del rocío que goteaba del álamo y lo cogió en brazos, suponiendo que, en cierto modo, era divino el origen del niño.” [§ 10]

[…]

“Poniendo sus pies en Creta, entre los iniciados de Morgo, se dirigió a uno de los Dáctilos Ideos[2], por quienes también fue purificado con una piedra tocada por el rayo, tendido boca abajo, desde el alba, junto al mar, y, por la noche, junto a un río, adornado con los mechones de un carnero negro. Y bajó a la llamada cueva del Ida con la lana negra; allí pasó tres veces los rituales nueve días y ofreció un sacrificio a Zeus. Contempló también el sitial que se le preparaba cada año y un epigrama sobre su tumba con estas palabras: ‘Pitágoras a Zeus.’ Su comienzo es el siguiente:

Aquí yace, tras su muerte, Zan, a quien suelen llamar Zeus[3].

Una vez que desembarcó en Italia y se encontró en Trotona, cuenta Dicearco que, por haber llegado como hombre tan viajero e importante y, en consonancia con su propia naturaleza, por verse agraciado por la fortuna – ya que era liberal y elevado en su modo de ser y tenía muchísimo atractivo personal y encanto, por su voz, por su carácter y por todos los otros aspectos -, influyó en esa ciudad de tal modo que cautivó al consejo de los ancianos con su rica y amena charla; a su vez, a instancias de los magistrados, elaboró exhortaciones juveniles para los muchachos. Y, después, lo hizo para los niños que acudían juntos a las escuelas. […] Por lo demás, lo que decía a los que con él convivían ni siquiera uno solo puede manifestarlo con certeza, porque se daba un silencio ritual entre ellos.” [§ 17-19]

[…]

“En Tarento vio a un buey que, en un enorme pastizal, daba cuenta de unas matas de habas; se acercó al pastor y le sugirió al pastor que le dijera al buey que respetara las habas. El pastor, bromeando, le respondió que no sabía hablar en la lengua de los bueyes. Se acercó Pitágoras y le susurró al toro, al oído, que no sólo se alejara de las habas en aquel momento, sino que en lo sucesivo no las tocara. En Tarento, por el templo de Hera, permaneció mucho tiempo un buey viejo, el llamado “buey sagrado”, que comía los alimentaos que le ofrecían los visitantes. Se cuenta que se ocupaba con sus discípulos casualmente Pitágoras, en Olimpia, de los augurios, de los símbolos y de las señales por las que se manifiesta Zeus, y un águila que sobre volaba el lugar descendió adonde estaban; la acarició y de nuevo la dejó ir, porque son mensajes de los dioses lo mismo[4] que, entre los hombres, los que reciben su afecto. En otra ocasión, poniéndose junto a unos pescadores, en tanto su red arrastraba del fondo un gran copo, predijo la cantidad de peces que estaban recogiendo, precisando el número. Los hombres se comprometieron a hacer lo que se les ordenara si su predicción se cumplía; Pitágoras les pidió, a su vez, que dejaran vivos a los peces, después de contarlos con exactitud. Y lo más sorprendente es que ningún pez pereció, al permanecer fuera del agua, durante todo el tiempo que duró el recuento en su presencia.
A la mayoría de las personas con que se relacionaba les recordaba la vida pasada que sus almas habían experimentado antaño, antes de vincularse al cuerpo que tenían. Y con pruebas irrefutables se declaraba a sí mismo la reencarnación de Euforbo, el hijo de Pañito, y, especialmente, celebraba y cantaba cadenciosamente con la lira aquellos versos de Homero:

y sus cabellos, semejantes a los de las gracias, se mancharon de sangre,
y sus rizos, que estaban sujetos con ceñidores de oro y plata.
Y cual frondoso plantón de olivo que, plantado por un hombre
en apartado lugar, donde brota en abundancia el agua,
crece hermoso, y lo sacuden corrientes de toda
clase de vientos, y de flores blancas se cubre;
mas, de repente, se presenta un ventarrón, acompañado de fuerte
tormenta, lo arranca de su hoyo y lo tiende en tierra;
así también, al hijo de Pántoo, a Euforbo, de robusta lanza armado,
el atrida Menéalo, tras darle muerte, lo despojó de su armadura.[5]


[…]

Afirmaban que, en otra ocasión, cuando pasaba el río Cáucaso con muchos de sus discípulos, le dirigió a éste la palabra. Y el río le respondió: ‘Salve, Pitágoras’[6]. Y casi todos aseguran que, en un único y mismo día, tanto en Metapunte, de Italia, como en Tauromento, de Sicilia, se había entrevistado y conversado cara a cara con los discípulos de uno y otro sitio, siendo así que mediaban, por tierra y por mar, muchísimos [estadios][7] que ni siquiera se recorrían en bastantes días.” [§ 24-27]

[…]

“Con sus cadencias rítmicas, sus cánticos y sus ensalmos mitigaba los padecimientos psíquicos y corporales. Estos procedimientos los desarrollaba para sus discípulos, pero, particularmente, escuchaba la armonía del universo, porque comprendía la armonía universal de las esferas y de los astros que en ella se mueven, y que no la percibimos por la pequeñez de nuestra naturaleza. Y con estas palabras lo atestigua Empédocles, cuando dice:

Había entre ellos un varón, poseedor de sólidos conocimientos,
y dominador de toda clase de actos, especialmente de los sensatos,
que, naturalmente, había logrado la grandísima riqueza de la 
                                                                                           [inteligencia.
Porque, cada vez que con toda ella efectuaba una tentativa,
fácilmente veía cada uno de los seres existentes, en su detalle,
en diez o en veinte generaciones humanas.

En efecto, las expresiones ‘sólidos’, ‘veía cada uno de los seres existentes’, ‘riqueza de inteligencia’ y otras semejantes son un indicio revelador de la selecta y singularmente crítica capacidad organizativa [de Pitágoras][8], por encima de otros, en el ámbito de la vista, el oído y el pensamiento. Por lo demás, las voces de los siete planetas, la [de la esfera] de los fijos y, además de ésta, la [de la esfera] de encima de nosotros, llamada entre ellos[9], por otro lado, ‘antitierra’, había asegurado que eran las nueve Musas. A la mezcla, sinfonía y, por así decirlo, atadura de todas ellas[10], llamaba Mnemósine, de la que cada una era parte y efluvio de un eterno increado. Al exponer sus hábitos cotidianos, Diógenes dice que a todos aconsejaba regir la ambición y la vanidad, que contribuyen particularmente a la envidia, y evitar las reuniones masivas. En efecto, desde el alba ocupaba su tiempo conversando en el umbral de su casa, acompasando su voz a la lira y cantando algunos peanes antiguos de Teletas[11]. Entonaba también los versos de Homero y Hesíodo que, estimaba, suavizaban el alma. Y practicaba ciertas danzas que creía proporcionaban al cuerpo agilidad y salud. Sus paseos no los hacía acompañado de muchas personas, por el hecho de que pudiera provocar envidia, sino con dos o tres, por los santuarios o bosques sagrados, escogiendo los lugares más tranquilos y más bellos. Apreciaba extraordinariamente a sus amigos, y fue el primero que declaró que los asuntos de los amigos eran comunes y que el amigo era la réplica de uno mismo[12]. Y si estaban sanos, pasaba su tiempo con ellos; si se encontraban enfermos del cuerpo, los cuidaba, y si sus lesiones eran psíquicas les daba ánimos, como decíamos, a unos, con conjuros y ensalmos, a otros, con la música. También tenía para las enfermedades somáticas cánticos guerreros; al entonarlos, restablecía a los enfermos. Había otros que provocaban el olvido del dolor, calmaban los arrebatos de cólera y eliminaban los deseos absurdos.” [§ 30-33]

[…]

“Pero no admitía el placer populachero y marrullero[13], sino el firme, serio y exento de calumnia. Porque es doble la variedad de placeres: aquellos, por un lado, que obtienen su complacencia en el vientre y en los placeres eróticos, a través del lujo, [que][14] equiparaba a los cantos homicidas de las sirenas; por otro, los que se sustentan en las cosas bellas y justas, necesarios para la vida, placenteros, a la vez y de inmediato, y que no comportan la posibilidad de arrepentimiento ante una contingencia futura, y de los que, afirmaba, se parecían a una armonía musical.” [§ 39]

[…]

“Hablaba también, en un tono misterioso, valiéndose de símbolos, de ciertos aspectos que Aristóteles, precisamente, los ha señalado con profusión. Como, por ejemplo, el llamar al mar lágrimas, a las Osas manos de Rea, a la Pléyade lira de las Musas y a los planetas perros de Perséfone. Y del ruido que se producía al ser golpeado el bronce, decía que era la voz de algún demon encerrada en él. Había también otra clase de símbolos, del tipo siguiente: … no llevar las imágenes de los dioses en los anillos, esto es, no tener ni representar a la multitud, sobre los dioses, opiniones y palabras corrientes o manifiestas; ofrecer a los dioses libaciones solamente por el asa de las copas[15], porque de ello se infería honrarlos y celebrarlos con música, pues ésta penetra a través de los oídos…” [§ 41-42]

[…]

“Practicaba una filosofía cuyo objetivo era preservar y liberar de determinadas trabas y ataduras a la mente que se nos ha asignado, sin la que, en modo alguno, nada sensato ni auténtico se puede conocer ni percibir, sea cual sea el sentido que utilicemos. Porque la mente por sí misma ‘todo lo ve y todo lo oye; lo demás es sordo y ciego’[16].
Y una vez que se encuentra purificada, hay que proporcionarle algo que le sea útil. Y esto es lo que él procuraba, en su discurrir de medios: en primer lugar, la conducía suavemente a la contemplación de los seres incorpóreos, eternos y de su misma raza[17], que permanecen idénticos y sin alteración, avanzando después, poco a poco, por temor a que, perturbada por un cambio repentino e imprevisto, se desanimara y se cansara en virtud de la alimentación tan nociva y duradera que había recibido. Por consiguiente, a causa de las ciencias y especulaciones que tienen lugar en la frontera de los cuerpos y de los incorpóreos [en una dimensión triple en cuanto cuerpos, pero sin resistencia en cuanto incorpóreos][18], se ejercitó poco a poco en los seres reales, conduciendo con habilidad técnica los ojos del alma, desde los seres corpóreos que jamás se mantienen idénticos, ni siquiera en una mínima cantidad, hasta la adquisición de su alimento. Por ello, introduciéndolos en la contemplación de las auténticas realidades, hacía dichosos a los hombres. Así, pues, el ejercicio de las matemáticas había sido aceptado en su sistema.
El estudio de los números, como asegura, entre otros, Moderato de Cádiz[19], que reúne once libros, muy atinadamente, las opiniones particulares de los escritores, se emprendió por la siguiente razón. Al no poder, dice, transmitir de palabra con claridad las primeras formas y los primeros principios, a causa de la dificultad de concebirlos y de expresarlos, se aplicaron a los números por la claridad de su enseñanza, imitando de ese modo a los geómetras y a los maestros de escuela. Porque, como éstos, en su intento por transmitir el significado de las letras y estas mismas letras, recurrieron a los caracteres del alfabeto, diciendo que estos caracteres son las letras en lo que respecta al comienzo de una enseñanza; después, sin embargo, enseñan que esos caracteres no son letras, sino que representan un concepto, a través de ellos, de las auténticas letras[20]; y también los geómetras, al no poder representar con la palabra las formas corpóreas, se aplican al dibujo de las figuras, diciendo que el triángulo es esto, pero sin querer que ello sea lo que cae bajo la vista, sino lo que tiene determinada característica, y, en base a ello, sostienen su concepción del triángulo; así también los pitagóricos hicieron lo mismo: como no podían explicar por la palabra las formas incorpóreas y los primeros principios, se aplicaron a la demostración por medio de los números. Y así, llamaron ‘uno’ a la razón de la unidad, de la identidad, de la igualdad, y a la causa del acuerdo y simpatía del universo y de la conservación de lo que se mantiene en una identidad inmutable…” [§ 46-49]




De PORFIRIO, Vida de Pitágoras [con Vida de Plotino; y ‘ORFEO’, Argonáuticas e Himnos órficos], Planeta DeAgostini, Madrid, 1998, Colección Los Clásicos de Grecia y Roma, según la edición original de Editorial Gredos (Biblioteca Clásica), 1987-1992. Traducción del griego y notas: Miguel Periago Lorente.



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[1] Antonio Diógenes, autor de relatos de viajes y de aventuras. Vivió hacia el año 100 de nuestra Era y es uno de los más importantes narradores griegos de la época imperial; sólo se conoce un fragmento de su obra, recogido por Focio, Biblioteca, 166.

2 Cf. C. A. Lobeck, Aglaophamus, Königsberg, 1829, págs. 1179-1180. Para la purificación en el orfismo y pitagorismo, cf. R. Parker, Miasma: Pollution and Purification in Early Greek Religión, Oxford, 1985, págs. 292 y sigs.

3  Para Calímaco, Himnos I 8, la tumba de referencia era una superchería de los cretenses. En cuanto al nombre de Zan por Zeus, hay testimonios de que Ferecides de Siro lo utiliza para una de las deidades supremas originarias de su cosmogonía.

4 Hay en el original griego un ‘attai que dejaría la traducción así: mensajes de los dioses y voces suyas para los hombres que de ellos reciben su afecto”. He creído más congruente con el sentido general del párrafo, aceptar la lección hai autaí, en cuyo caso no hay que pensar en unas águilas que, aparte de transmitir los mensaje de los dioses, encarnan también sus voces. Más lógico parece que se debe entender que su función de mensajeras es análoga a la de los mortales que reciben el afecto de los dioses, tal como queda la traducción.

5 Ilíada, XVII 51-60.

6 No tiene sentido que este hecho se relacione con el río Cáucaso. Puede tratarse de una confusión por Casas, riachuelo que pasaba por Metapunte.

7 No figura en el texto. Lo introdujo el filósofo Holstein, tomándolo de Jamblico.

8 Elimina Nauck (cuyas referncias aluden a su edición de las obras de Porfirio, en Porphyrü opuscula selecta, Teubner, Leipzig, 1866… Evidentemente, su inclusión no se ve necesaria para la comprensión del texto.

9 Debe entenderse “los pitagóricos” […].

10 Las Musas, evidentemente.

11 Poeta natural de Gortina, en Creta, y radicado en Esparta. Floreció en el siglo VII a. C. y su obra ha desaparecido casi por completo.

12 Literalmente, “otro de sí mismo” (‘állon heautón).

13 El término griego goeteutikén [¿?] viene a significar algo así como “por malas artes”, “a base de superchería, de charlatanería”; de ahí el calificativo de “marrullero” que propongo como traducción.

14 Conjetura del filólogo Nauck, útil para el sentido y la concordancia sintáctica.

15 Esto es, cogiendo las copas por su asa, para verter el contenido.

16 Célebre fragmento de Epicarmo [fr. 12 de Diels-Kranz]. Cf . Porfirio, De abstinentia I 41 y III 21.

17 Homophýlon, en griego. Cf. Platón, Fedón 78c5, donde se expresa un parentesco entre la mente y lo divino.

18 La edición de “Les Belles Lettres” conservan el somáton (= de los cuerpos) original, que presenta también el texto de Jámblico. No veo necesaria la corrección somatikón (= de los corpóreos) de Nauck.

19 Contemporáneo de Nerón, parece que ejerció una gran influencia en Jámblico y Porfirio. Intentó conciliar el platonismo y el neopitagorismo, en el sentido de que su simbología de los números, que presentaba al “Uno” como fundamento teológico de su sistema, se hallaba muy próxima al platonismo tardío.

20 Alude, sin dura, al hecho de que las letras con su sonido y el concurso de unas con otras dan lugar a las palabras.




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La Música
del Macrocosmos y del Microcosmos humano



“El aspecto cosmológico de los conceptos musicales no es una característica solo de China. Se hallan correspondencias similares en India, en los países islámicos, en Grecia antigua y hasta en el Medievo cristiano. Las estaciones, los meses, los días, las horas, los planetas, las partes del cuerpo humano, los humores, las enfermedades, los elementos y hasta la visión del mismo cosmos repetida en una eterna armonía de las esferas.
Hay pasajes bíblicos que parecen estar inspirados en la idea de la armonía cósmica. Pero muestran al máximo una tendencia a admitir la idea a través de la concepción general de que ‘toda la tierra’ debe cantar al Señor y ‘proclamar su gloria entre las naciones, su maravillosa obra entre los pueblos’. Pasa una relación lógica entre el Salmo 96:12 donde ‘todos los árboles y el bosque rebosaron de contento delante del Señor’. Y Filón en su Vida de Moisés exclama ‘Oh Señor, las estrellas, unidas a formar un coro, ¿son capaces de entonar un canto digno de ti?’ 12 El nexo es constituido en aquella demanda que se halla en el Libro de Job:13:  ‘¿Dónde estabas tú cuando las estrellas de la mañana cantaron juntas?´
El Libro de Job es considerado tardío; el mismo Job vivió en el tiempo del exilio Babilonio (VI a.C.). Por otra parte Filón atribuye a los Caldeos la idea de la armonía cósmica. Es por lo tanto más probable que la armonía de las esferas desarrollada de más antiguas coordinaciones cosmológicas, hallara su forma final en Babilonia, y de ahí se difundiera entre los hebreos, entre los griegos, e incluso entre los egipcios.
Una distinción no debe ser descuidada: la armonía de las esferas difiere fundamentalmente de la teoría original de la coordinación. Ésta última establecía que cada planeta estaba en relación a otro, como cierta altura sonora estaba en relación a otra; la armonía de las estrellas significa una cosa totalmente distinta: los planetas, o mejor dicho las esferas, suenan verdaderamente, aunque son sonidos imperceptibles.
En ninguna de las dos formas la idea de una interdependencia funcional de realidad musical y no musical resulta evidente, ni puede ser originada espontáneamente en cada país del Pacífico al Mediterráneo.
Entonces, ¿dónde y cuándo tomó vida? No lo sabemos. La mejor vía, aquella que se remonta a los testimonios más antiguos, se dirigen menos a las fuentes asiáticas, que no estamos en condición de datar por espacio de un milenio. Por demás, los textos egipcios, sumerios, babilónicos, asirios y persas no tocan este tema (lo que no demuestra que las caracterizaciones cosmológicas fueran desconocidas).”

[…]

“Aristóteles en un largo párrafo sobre música en su Política, acepta la división de las melodías según su ethos, asignando a cada clase su especial harmonia. Pero oponiéndose a principios no liberales, él agrega que no se debe juzgar su valor por puntos de vista preconcebidos; la música debe ser estudiada con la intención de (a) educación (b) purificación y (c) goce intelectual, distracción y recreación. ‘Algunas personas’, continúa, ‘caen en un frenesí religioso y les vemos liberarse con el uso de melodías místicas, las cuales llevan curas y purificaciones al alma’. Justo aquí estamos en el centro de lo que los griegos llamaban katharsis o curación por medio de la purificación. Aristóteles dice en la Política 8:1340b, 8 que las personas insanamente transportadas por el “entusiasmo” ‘escuchan las entusiastas melodías que intoxican sus almas y son vueltos atrás una y otra vez en sí mismos, así la catarsis tiene exactamente el lugar de una cura médica’.
Werner y Sonne llamaron a esto un ‘tratamiento fundamentalmente homeopático’. Por otra parte el tratamiento alopático busca aliviar a los maniáticos haciendo ‘sobre sus desorganizadas almas la impresión de la magia numérica y del orden cósmico, y por lo tanto, en cierto sentido concordándolo a las proporciones del universo’.
La cura de los males corporales es menos mencionada, aunque no fueron del todo insólitas. Ateneo declara expresamente que las ‘personas sujetas a la ciática debían ser liberadas de sus ataques si uno tocaba la flauta en la armonía frigia sobre la parte doliente’ 31. Ni debemos olvidar que los himnos fueron en origen un encantamiento contra males y muerte.
La intoxicación y la cura por medio de la música se encuentran entre los numerosos residuos de primitivismo de la vida espiritual de los griegos. El doble poder de la música de calmar como de agitar el pensamiento, era entendido, en el periodo clásico de la civilización helena, como elemento capaz de influir en las cualidades morales de la nación.
Esta reforzaba o debilitaba el carácter, creaba el bien y el mal, el orden y la anarquía, la paz y la inquietud. En el siglo IX a.C. el músico Taleto fue designado para asistir a Licurgo, el legislador espartano; durante la guerra civil el oráculo délfico aconsejó llamar al compositor Terpandro para poder pacificar la ciudad; en Atenas, Platón exhortaba a los tutores de su estado ideal a fundar la república sobre la música.
Estas ideas no eran del todo helénicas; habían existido en China y en Egipto antes de llegar a Grecia. Pero era una característica griega (aunque egipcia en sus inicios) el organizarlas en un sistema pedagógico. Para Platón, la práctica de la música era educacional, paideía. Y por lo tanto el entrenamiento musical, vocal e instrumental debía ser obligatorio, y lo fue a larga escala: cada ciudadano de Arcadia fue obligado a estudiar música desde la primer infancia a los treinta años; la música tenía preferencia sobre la gramática en las escuelas espartanas, y hasta el final un poeta como Luciano todavía reclamaba que la música debía ser primera materia en la educación, y la aritmética solamente la segunda. Sobre la idea de preferir la música como objeto educativo, Platón ciertamente la dedujo de autoridades más antiguas.
En el siglo V a.C. Herodoto refiere que los niños egipcios no tenían permitido aprender música a la ciega; solo la buena música estaba permitida y eran los sacerdotes los que decidían cual era la buena música. En el mismo orden de ideas los niños griegos comenzaban por los Himnos más antiguos y en algunos casos llegaban hasta la música contemporánea; las melodías cacofónicas eran evitadas, mientras que las aptas para templar el carácter tenían predominancia.”



Tomado de Curt Sachs, La música en el Mundo Antiguo. Oriente y Occidente, III. El Asia Oriental, 1. “Características generales”; V. Grecia y Roma, 9. “Salud y curación”.  Edición electrónica, sin datos de lugar ni traductor, trad. de la versión italiana, Florencia, 1981.



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Aspectos de la música en la Grecia antigua,
a propósito de la tradición pitagórica


“Entre los griegos, el uso preponderante de lo que llamamos música se daba en conjunción con la poesía y la danza. ‘La palabra música  (mousiké) tenía, en el mundo antiguo, dos significados diferentes: uno amplio, el otro estrecho. En el sentido amplio significó la totalidad de la cultura intelectual o literaria, en tanto opuesta a la cultura de las habilidades físicas, agrupadas bajo el término gimnasia… En su sentido estrecho, mousiké es sinónimo aproximado de nuestra palabra derivada de ella; pero los antiguos incluían en el concepto ‘música’… los movimientos de danza que acompañaban el canto, y el texto poético mismo’ (Theodor Reinach, Musica, en trad. de A. Mendel – n. del autor).
La historia de la música en la Grecia antigua está, pues, entretejida con mitos que las hilachas de verdad histórica sólo pueden ser desenmarañadas con dificultad… Nuestro conocimiento de esta música – fragmentaria como es – abarca unos nueve siglos (ca. s. VII a. C – s. II d. C.), y es, por lo tanto, importante tener in mente que su naturaleza debe haber cambiado de época en época, y que ninguna descripción fácil de fase alguna del arte es pasible de ser aplicada al período entero.
La figura concreta más temprana en emerger del sombrío pasado musical personificado por el mítico Olimpo es el citarista Terpander de Lesbos (ca. 675 a. C). Tenemos noticia de que fue convocado a Esparta, por orden del oráculo de Delfos, a fin de pacificar disputas con el estado. Se lo considera el fundador de la música griega clásica y se le atribuye, entre otras cosas, el haber incrementado las secciones del nomos [= medida, norma, ley] citaródico hasta el santificado número de siete (cf. pág. 6, además, las siete puertas de Tebas, los – en cierta época -  siete planetas, etc.). El nomos era una manera cantada en contraste con una recitación, y parece haber erigido un repertorio de ‘regulaciones’, tipos melódicos y rítmicos fundamentales que podrían ser introducidos por los músicos como algo más o menos nuevo… El término se aplicó también a producciones nuevas. Éstas no tenían todas una forma musical común, pero la división en un número definido de ‘movimientos’ era esencial.”

[…]

“Entre los neoplatónicos que se refirieron a la música estaban Plotino (205-270 d. C.), su pupilo Porfirio (233-304 d. C.), cuyo comentario a la Harmonia de Ptolomeo ha sido ya mencionado, y Proclos (412-485 d. C.), los tres asociados a Alejandría, y al sirio Jámblico († ca. 330 d. C.), quien estudió con Porfirio en Roma. Plotino, al igual que Platón y Aristóteles, atribuyó una importancia considerable a la música como influencia moral, pero difirió de ellos al estimar su eficacia más desde el punto de vista religioso y menos desde el político. Lo Bello, según él, purifica el alma y la conduce por grados a la contemplación del Bien. En su filosofía, la música tenía un poder mágico capaz, ateniéndose a su naturaleza, de llevarlo a uno tanto hacia el bien como al mal. De algún modo, ella semeja la oración.

‘La melodía de un encantamiento, un grito cargado de significado… tienen también un… poder sobre el alma… , configurándola con la fuerza de… sonidos trágicos – pues es al alma falta de razón, no la voluntad o la sabiduría, la que es seducida por la música, forma ésta de brujería que no plantea pregunta alguna, cuyo hechizo, en verdad, es bienvenido. … Del mismo modo ocurre con las oraciones; … los poderes que responden a encantamientos no actúan a voluntad. … La oración es respondida por el mero hecho de que aquella parte y la otra parte [la del Todo] están plasmadas en un mismo tono como una cuerda musical que, sujeta de un extremo, vibra también en el otro. Frecuentemente, además, la sonoridad de una de las cuerdas activa lo que podría pasar por una percepción en la otra, resultado de estar en armonía y afinadas según una escala musical; ahora, si la vibración de una lira afecta a otra en virtud de la simpatía existente entre ambas, entonces sin duda en el Todo – aun cuando esté constituido por contrarios – debe haber un sistema melódico, ya que él contiene sus unísonos también; y su contenido total, pese a aquellos contrarios, es de un conjunto de afinidades.’ [Todos los suspensivos del autor]

Porfirio, aunque un defensor del paganismo y un violento opositor al cristianismo, llegó a ejercer una influencia decisiva sobre los Padres de la Iglesia. Ardiente defensor del ascetismo, desaprobaba el placer sensual proporcionado por la música y colocó los espectáculos dramáticos y la danza, junto con su música, dentro de la misma clase que las carreras de caballos. Proclo, en tanto complaciente con el simbolismo neo-pitagórico, tuvo sobre la música una mirada mucho más cercana a la de Plotino. Poniendo el acento en los atributos mágicos del arte, vindicó la música que podía poner a los hombres en contacto con lo divino, y al igual que Porfirio, mostró su desaprobación por la música proveniente de la escena. Jámblico sostuvo ideas bastante similares, creyendo que cada uno de los demonios – es decir, los espíritus que servían de intermediarios entre la suprema divinidad y los hombres – tenían su canto especial propio y podían ser contactados mediante su ejecución.”



Extraído de Gustave Reese, Music in the Middle Ages (With an Introduction on the Music of Ancient Times) [Música en la Edad Media (Con una Introducción sobre la Música en la Antigüedad)], Introduction: 2. Greece and Rome [Introducción: 2. Grecia y Roma]; J. M. Dent & Sons LTD., London, 1941. [Versión castellana de estos pasajes: G. Aritto]