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11 de diciembre de 2012

EL PORTAL 12: 12: 12: "Mentre che la speranza ha fior del verde"





"Or le bagna la pioggia e move il vento
di fuor dal regno, quasi lungo ’l Verde,
dov’e’ le trasmutò a lume spento. 


Per lor maladizion sì non si perde,
che non possa tornar, l'etterno amore,
mentre che la speranza ha fior del verde. 

Purgatorio, III, 130-135


("Ahora los moja la lluvia, y los empuja el viento fuera del reino, casi a orillas del Verde, donde él los transladó con cirios apagados. Por su maledicencia, uno no se pierde de modo que no pueda volver al eterno amor mientras reverdezca la esperanza.")




Leí estos versos por vez primera mientras transitaba mis ya lejanos trece años, cuando la Divina Commedia, revelada por la mítica edición de Clásicos Jakson, cautivó para siempre el centro de mi arcilla imaginativa y metafísica. Sólo el haber logrado, tres años más tarde, hacer sonar con temor y temblor en mi guitarra la transcripción de A. Segovia de la Chacona en Re Menor para violín BWV 1004, de J. S. Bach, puede compararse en profundidad y fascinación con aquella tierna experiencia de explorador púber. Nadie me llevó hasta Dante (en cambio, sí tuve un Maestro en mi camino musical). Hoy, con un pie en un Umbral de orden interdimensional, este miércoles 12 de diciembre, vuelve a mí aquella hermosa alegoría del Canto III del Purgatorio que anuda, en perfecto equilibrio cósmico y ético, la noción de Caída (personal), la necesidad de reconocer el error y aprender de él, y el veredicto liberador a través de la misericordia. Así lo "vive", al pie del Monte bruno, el que habla, Manfredo, hijo de Federico II (rey de Nápoles - Sicilia). La diferencia sustancial entre sus huesos y los de cualquier morador del Infierno estriba en la virtud de la verde y pujante esperanza (esa rara "virtud del deseo", según una inapelable antinomia del Teólogo de Aquino), negada a estos últimos. Nunca olvidé la extraordinaria sensación de alivio y libertad que me produjo, hace cuarenta años, "salir", con Dante y su guía, del cráter final del submundo condenado. Y la causa primera fue el poder volver con ellos a contemplar las estrellas...
Ahora la humanidad comprometida con la evolución y la expansión de consciencia predica esos mismos valores, esas mismas oportunidades, en ocasión de la "puesta a cero" propiciada con la armonización planetaria 12: 12: 12, puente inmediato al solsticio de verano / invierno con el que se cierran 26.000 años de erosión histórica. Creo, sin embargo, y a pesar de sumarme dichosamente a la convocatoria que impulsará la re-divinización del mundo, que no hay numerología ni evento astronómico algunos capaces de sustituir el acto de sacrificio y de entrega requeridos, sin paliativos ni "éxitos" evolutivos gratuitos, al corazón del hombre. Otra vez, al precipitarse definitivamente el ordo pisciano que sorprendió a Dante nel mezzo del cammin, anhelamos regresar a casa, a las estrellas donde germinó nuestra olvidada semilla galáctica. No importa cuánto tardemos (para el Multiverso que nos aloja, el tiempo es sólo nuestra ilusión): ".. si non si perde, / que non possa tornar...". El Camino ha de ser inexorablemente individual, aunque pronto no habrá realización personal que no contemple la del Otro. No hay acceso a las Formas eternas, al Acorde inaudible de la Luz y al Gozo inefable sin la negación de uno mismo, sin un impulso espontáneo a soltar las "seguras" amarras que nos aferran a hábitat material tridimensional, sin el  ofrecimiento de lo que somos (o podemos eventualmente ser), libre de   condiciones egoístas y prejuicios ya obsoletos. "Dura doctrina, Maestro", le replicaron sus discípulos a Jesús  de Nazareth: dura, sí, pero - hoy más que nunca - no imposible de sobrellevar hasta que dé los frutos prometidos. El Amor - lo sabremos al llegar - había estado siempre ahí, y la Puerta estuvo siempre sin llave...


Gustavo Aritto







De un pequeño inmenso libro que me acompaña no me acuerdo desde cuándo, extraigo abajo unos pasajes que siento muy afines a estos pensamientos y que, en cierto modo, contienen una amorosa señal de alerta. Léelos conmigo:


“Estas reglas han sido escritas para todos los discípulos: Síguelas.
Antes que los ojos puedan ver, deben ser incapaces de llorar.
Antes que el oído pueda oír, tiene que haber perdido la sensibilidad.  Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maestros, debe haber perdido la posibilidad de herir.
Antes de que el alma pueda erguirse en presencia de los Maestros es necesario que los pies se hayan lavado en sangre del corazón.
1) Mata la ambición. [1]
2) Mata el deseo de vivir.
3) Mata el deseo del bienestar.

[…]

5) Mata todo sentimiento de separatividad. [2]
6) Mata el deseo de sensación.
7) Mata la sed de crecimiento.
8) Sin embargo, mantente solo y aislado, porque nada de cuanto tiene cuerpo, nada de cuanto tiene conciencia de la separación, nada de cuanto está fuera de lo eterno puede acudir en tu auxilio. Estudia la sensación y obsérvala, porque únicamente así puedes empezar la ciencia del propio conocimiento, y colocar el pie en el primer peldaño de la escala.
Crece como la flor, inconscientemente, pero ardiendo en ansias por entreabrir su cáliz a la brisa. Así es como debes avanzar abriendo tu alma a lo eterno. Pero debe ser lo eterno lo que debe desarrollar tu fuerza, y no el deseo de crecimiento. Porque en el primer caso floreces con la lozanía de la pureza y en el otro te endureces con la avasalladora pasión de la importancia personal.

[…]

17) Busca la senda. [3]
18) Busca el camino penetrando al interior.
19) Busca el camino avanzando resueltamente al exterior.
20) Búscalo, pero no en una dirección única. Para cada temperamento existe una vía al parecer más deseable. Pero no se encuentra el camino sólo por la devoción, ni por la mera contemplación religiosa, ni por el ardor de progreso, ni por el laborioso sacrificio de sí mismo, ni por la observación estudiosa de la vida. Ninguna de estas cosas por si sola hace adelantar al discípulo más de un paso. Todos los peldaños son necesarios para recorrer la escala. Los vicios de los hombres se convierten en los peldaños de la misma, uno por uno, a medida que se van dominando. Las virtudes del hombre son, en verdad, escalones necesarios, de los cuales no se puede en modo alguno prescindir.  Sin embargo, aunque crean una atmósfera bella y un porvenir feliz, son inútiles sin son aisladas. La naturaleza toda del hombre debe ser sabiamente empleada por el que desee entrar en el sendero. Cada hombre es absolutamente para sí mismo el sendero, la verdad y la vida. Pero esto lo es sólo cuando domina firmemente toda su individualidad, y cuando por la energía de su despertada individualidad, reconoce que esta individualidad no es él mismo, sino aquella cosa que él ha creado trabajosamente para su uso, y por cuyo medio se propone, a medida que su crecimiento desarrolla lentamente su inteligencia, alcanzar la vida más allá de la individualidad. Cuando sabe que para esto existe su asombrosa vida compleja y separada, entonces, en verdad, y sólo entonces, se halla en el sendero. Búscalo sumergiéndote en las espléndidas y misteriosas profundidades de lo más íntimo de tu ser. Búscalo probando toda experiencia, utilizando los sentidos a fin de comprender el desenvolvimiento y significación de la individualidad, y la hermosura y oscuridad de estos otros fragmentos divinos que contigo y a tu lado combaten, y que forman la raza a la cual perteneces.  Búscalo estudiando las leyes del ser, las leyes de la naturaleza, las leyes de lo sobrenatural; y búscalo postrando tu alma ante la pequeña estrella que arde en el interior. En tanto que vigilas y adoras con perseverancia , su luz irá siendo más y más brillante. Entonces podrás conocer que has encontrado el fin, su luz se convertirá súbitamente en luz infinita.  [4]
21) Busca la flor que debe abrirse durante el silencio que sigue a la tormenta y no antes. La planta crecerá y se desarrollará, echará ramas  y hojas y formará capullos, en tanto que continúa la tempestad y el duro combate. Pero mientras la personalidad toda del hombre no se haya disuelto y desvanecido; mientras que el divino fragmento que la ha creado no la considere como mero instrumento de experimentación y experiencia; mientras la naturaleza toda no esté vencida y se halle subyugada por su yo superior , no puede abrirse la flor. Entonces sobrevendrá una calma como la que en los países tropicales sucede a una lluvia torrencial, cuando la Naturaleza obra con tanta rapidez que puede verse su acción. Una calma semejante se difundirá sobre el espíritu fatigado. Y en el silencio profundo, ocurrirá el misterioso suceso que probará que se ha encontrado el sendero. Llámesela como se quiera, es una voz que habla donde no hay nadie que hable; es un mensajero que viene, mensajero sin forma ni sustancia, o bien es la flor del alma que se ha abierto. No hay metáfora que pueda describirlo. Pero se puede presentir, buscar y desear, aún en medio de la furia de la tempestad. El silencio  puede durar sólo un momento, o bien puede prolongarse un millar de años, pero tendrá fin. Sin embargo, en ti residirá su fuerza. Una y otra vez tiene que darse y ganarse la batalla. El reposo de la Naturaleza sólo puede ser un intervalo. [5] Estas reglas expuestas son las primeras que han sido escritas en los muros del Templo del Saber. Los que pidan, obtendrán. Los que deseen aprender, aprenderán.” [6]




[1] La ambición es el defecto primero, el gran tentador del hombre que se eleva por encima de sus semejantes. Es la forma más sencilla  de buscar la recompensa. Ella es la que  continuamente desvía a los hombres de sus posibilidades superiores. Sin embargo, es un  instructor necesario. Sus resultados tórnanse polvo y ceniza en la boca; como la muerte y el  retraimiento, demuestran últimamente al hombre que trabajar para sí es trabajar para una  decepción inevitable. Pero aún cuando esta primera regla parezca tan fácil y sencilla, no la consideres a la ligera, porque estos vicios del hombre ordinario sufren una transformación sutil, y reaparecen bajo otro aspecto en el corazón del discípulo. Es fácil decir “no seré ambicioso”, pero no lo es tanto el decir: “cuando el Maestro lea en mi corazón, lo encontrará limpio de toda mancha”. El artista puro que trabaja, por amor a su obra, está algunas veces más firmemente colocado en el verdadero camino, que el ocultista que se imagina haber apartado de sí el interés propio, pero que, en realidad, sólo ha ensanchado los límites de la experiencia y del deseo, y transferido su interés a cosas relacionadas con su mayor expansión de vida. El mismo principio se aplica a las otras dos reglas que siguen, en apariencia tan sencillas. Fija tu atención en ellas, y no te dejes engañar fácilmente por tu propio corazón; pues ahora, en los umbrales, un error puede remediarse. Pero si lo llevas contigo crecerá y dará sus frutos, o bien tendrás que sufrir amargamente al destruirlo.

[2] No imagines que puedes separarte del hombre malvado o del insensato. Ellos eres tú mismo, aunque en grado menor que tu amigo o Maestro. Pero si dejas arraigar en ti la idea de separación de cualquier cosa o persona mala, al obrar así, creas Karma que te ligará a aquella cosa o persona, hasta que tu alma reconozca que no puede estar aislada. Recuerda que el pecado y el oprobio del mundo son tu pecado y tu oprobio, porque tú formas parte del mismo: tu Karma está entretejido de un modo intrincado con el gran Karma. Y antes de que hayas logrado el conocimiento es preciso que hayas pasado por todos los lugares así inmundos como puros.
Por lo tanto, ten presente que el vestido manchado, cuyo contacto te repugna, puede haber  sido el tuyo ayer, o quizá lo será mañana. Y si horrorizado apartas los ojos de él una vez echado sobre tus hombros, más a ti se adherirá. El hombre que se cree justo se prepara un lecho de cieno. Abstente, no para permanecer limpio, sino porque el abstenerse es un deber.

[3] Estas tres palabras parecerán quizá muy insignificantes para constituir una regla por sí solas. El discípulo dirá: ¿Estudiaría yo estos pensamientos si no buscase la senda? Sin embargo, no te apresures a pasar adelante.  Detente y medita un poco. ¿Es realmente el camino lo que deseas, o es que tu fantasía te ofrece una vaga perspectiva de encumbradas alturas que escalar, o un gran porvenir que abarcar? Ten presente la advertencia. El camino ha de buscarse por él mismo, no teniendo en cuenta tus pies que lo deben recorrer. Existe una relación entre esta regla y la 17 de la 2da serie. Cuando después de siglos de lucha y de numerosas victorias se gana la batalla final y se exige el último secreto, entonces estarás preparado para un sendero más avanzado. Cuando se haya dicho el secreto final de esta gran lección, en él está abierto el misterio del nuevo camino, sendero que conduce más allá de toda experiencia humana, y que se halla absolutamente fuera del alcance de la percepción e imaginación del hombre. En cada uno de estos puntos es necesario detenerse mucho y reflexionar bien. En cada uno de estos puntos es preciso estar seguro de que se ha escogido el camino por el camino mismo. El camino y la verdad vienen primero: luego sigue la vida.

[4] Búscalo probando toda experiencia, y no olvides que al decir esto no digo: cede a las seducciones de los sentidos, a fin de conocerlas. Antes de convertirse en ocultista puedes hacerlo, pero no después. Una vez que hayas escogido el sendero y entrado en él, no puedes ya sucumbir sin vergüenza a tales seducciones. Sin embargo, puedes experimentarlas sin horror, puedes observarlas y analizarlas, y esperar con paciencia y confianza la hora en que ninguna impresión causen en ti. Pero no condenes al hombre que sucumbe: tiéndele la mano como a un peregrino hermano tuyo, cuyos pies se han entorpecido con el fango del camino. Ten presente, ¡oh, discípulo!, que por grande que sea el abismo que existe entre el hombre virtuoso y aquel que ha obtenido el conocimiento; y que es inconmensurable entre el hombre virtuoso y el que se encuentra en los umbrales de la divinidad. Por tanto, guárdate de imaginar antes de tiempo que tú eres algo distinto de la masa.
Cuando hayas encontrado el principio del sendero, la estrella de tu alma dejará ver su luz, y a su claridad advertirás cuán grande es la oscuridad en medio de la cual brilla. La mente, el corazón, el cerebro, todo está oscuro y en tinieblas, hasta que se haya ganado la primera batalla. Pero no por esto dejes que el espanto y el temor te dominen; mantén tus ojos fijos en la pequeña luz y ésta irá creciendo. Pero haz que la oscuridad interior te ayude a comprender la desolación de aquellos que no han visto luz alguna, y cuyas almas están sumidas en pro fundas tinieblas. No les censures, no te apartes de ellos, sino procura aligerar algún tanto el pesado Karma que al mundo agobia; presta tu ayuda a los pocos abrazos vigorosos que impiden a las potencias de las tinieblas obtener una completa victoria. Obrando de esta suerte entrarás a participar de la felicidad, que acarrea, en verdad, un trabajo terrible y tristeza profunda, pero que es también un manantial de delicias sin fin.

[5] La expansión de la flor es el glorioso momento en que la percepción se despierta: con ella nacen la confianza, el conocimiento y la certeza. La pausa del alma es el momento de asombro, y el siguiente momento de satisfacción es el silencio.  Sabe, ¡oh, discípulo!, que los que han pasado por el silencio, y han sentido su paz y retenido su fuerza, ansían que pases tú también por él. Así, pues, cuando el discípulo sea capaz de entrar en el Templo del Saber, encontrará siempre a su Maestro.

[6] Los que pidan, obtendrán. Pero aunque el hombre ordinario pida continuamente, su voz no es oída. Porque pide tan sólo con la mente, y la voz de la mente no es oída sino en la esfera donde ella actúa. Por tanto, mientras  no estén pasadas las reglas, no digo los que pidan, obtendrán. Leer en el sentido oculto, es leer con los ojos del espíritu. Pedir, es sentir el hambre interna, el deseo de aspiración espiritual. Ser capaz  de leer significa haber obtenido en grado mínimo el poder de satisfacer esta hambre. Cuando el discípulo está en disposición de aprender, entonces es aceptado, reconocido y  admitido. Así debe ser, por cuanto ha encendido su lámpara y no puede estar oculta. Pero es imposible aprender hasta que no se ha ganado la primera gran batalla. La mente puede reconocer la verdad, pero el espíritu no puede recibirla.  Una vez que se ha pasado  por la tormenta y se ha llegado a la paz, entonces es siempre posible aprender, aún cuando el discípulo dude, vacile y se desvíe. La voz del silencio mora en él, y aún cuando abandonase por completo el sendero, llegará un día, sin embargo, en que resonará y lo desgarrará en dos, separando sus pasiones de sus posibilidades divinas.  Entonces, en medio del sufrimiento y de los gritos desesperados del abandonado yo inferior, él volverá. Por eso te digo: La paz sea contigo. Yo te doy mi paz, puede únicamente decirlo el Maestro a sus amados discípulos, que son como él mismo.






Tomado de Luz en el sendero, I. Reglas (redactado por su “canalizadora” Mabel Collins, y aparecido, bajo el título Light in the Path, en Londres, 1885), Biblioteca Upasika (ver www.upasika.com), Colección “Teosofía del Siglo XIX”. Como en tantos otros casos, fue la Editorial Kier, de Buenos Aires, el medio que publicó por primera vez este pequeño tesoro del ocultismo occidental para todo el orbe de habla hispana. Todas las notas pertenecen a la autora.

Imagen superior: Grabado de Gustave Doré para Purgatorio, IX.




15 de abril de 2009

Dante y la Era de Acuario: Anotaciones a la Divina Commedia


Intuición de la naturaleza cuántica del cosmos (I)



Occidente no ha producido jamás, ni antes ni después de Dante, otra obra literaria tan profundamente consubstanciada con la naturaleza psicofísica del Universo como la Divina Commedia. Creo no equivocarme si arriesgo que sólo el antiguo taoísmo de la China logró expresar la complejidad, el vértigo y la dinámica cósmicas gracias a esa maravillosa sedimentación anónima de visiones y paroxismos combinatorios que fue, tras unos dos mil años de tradición, el gran I Ching o Libro de la Versatilidad redactado por el rey Wen y su hijo Chi. Tengo para mí que lo que la Commedia es para los occidentales, lo es, mutatis mutandi, el libro chino para Oriente.
Harto conocido es el viaje mítico que el iniciado Dante Alighieri emprende y consuma en su poema. También es patrimonio de los humanos el relato paradigmático sobre los tres territorios del ultramundo atravesados en su itinerario ascensional. Y aunque no está de más recordar que la noción de “Purgatorio” no había encontrado aún en el siglo XIII un lugar estable en el imaginario teológico-escatológico europeo, y que la zona preliminar del Infierno que, por primera vez en la historia, un escritor denominó “Limbo” no esquiva ya su procedencia islámica; lo cierto es que el dominio tripartito de su caudalosa aventura ocultista resulta compatible con la convicción del creyente cristiano-romano, la sospecha del metafísico y la condescendencia del agnóstico pensante, que se resiste a no cultivar la terapéutica fantasía de Lo Otro. Así, Infierno, Purgatorio y Paraíso son tres esferas vibracionales, psíquicas, que parecen (y sólo parecen) sucederse desde la selva oscura hasta la Rosa cándida. Siempre hacia la izquierda por los precipicios circulares de la desesperanza, luego, absorbido por un misterioso “portal interdimensional” con forma de alargado túnel, hacia la derecha, de grada en grada, escalando la dócil ladera del auspicioso monte bruno de reminiscencias atlantes, en cuya cima el vacío Paraíso Terrenal admite la paulatina transmutación de un cuerpo vivo (el de Dante-hombre, única criatura que proyecta ahí su sombra) que se deja penetrar por la peculiar energía de los siete cielos planetarios, el firmamento de estrellas fijas, el espectro de las emanaciones angélicas, para, finalmente, volverse visión en la Visión del Empíreo judeo-cristiano. El cuenco uterino universal de la Virgen María (fuente dadora de la luz de Beatriz) todo lo ha contenido y preservado al terminar. Las pisadas erráticas del florentino desterrado en el mundo hallan entonces rumbo exigido y seguro. Su sufrida estela iniciática ha trazado atrás una colosal espiral que estrangula el embudo infernal en el centro helado de la Tierra flotante y que va desahogándose poco a poco luego de emerger del intolerable intestino terráqueo. Empero, su larga y sinuosa aventura pascual es –según lo aclara la cuarta estrofa de la primera cántica- materia de un sueño o de una ensoñación (dos experiencias distintas para la psicología medieval). Suerte de “Kundalini” escatológica, la ardua travesía que condujeron sucesivamente Virgilio, la amada beatificada y Bernardo, el santo varón por antonomasia, alcanza su último “chakra” espiritual en un cuadro descriptivo y narrativo cuyas cotas de perfección formal, belleza y sugestión no han sido igualadas hasta hoy. Una intuición de fascinantes perfiles “cuánticos” sale a nuestro encuentro poco antes de que el poeta-protagonista nos abandone fundido (si bien no confundido) con el Uno intemporal. Hay momentos celosamente elaborados y, sin duda, rigurosamente distribuidos en el poema que propician en mí verdaderas “epifanías” de esa visión. Voy a extraer abajo los que recuerdo, veré si me incitan, más tarde, a algún comentario ulterior.



“… pero se me apareció una visión que me atrajo de tal modo al percibirla que ya no me acordé de mi confesión. Como vidrios transparentes y tersos o aguas límpidas y tranquilas, pero no tan profundas que el fondo sea oscuro, reflejan de nuestro rostro los perfiles tan débilmente que una perla blanca no sería más difícil de ver por nuestros ojos… (…) Tan pronto como me di cuenta de ellos, creyéndolos semblantes reflejados en espejos, volví los ojos hacia atrás para ver de quién eran y no vi nada… ´No te maravilles de que me sonría de tu pueril pensamiento –me dijo [mi maestro]-, pues aún no fijas el pie en la verdad y te dejas llevar, como sueles, por las impresiones. Seres reales son los que ves, aquí relegados por no haber cumplido enteramente sus votos. Habla, no obstante, con ellos, óyelos y cree lo que te digan, pues la verdadera luz que los hace felices no les permite alejar sus pasos de allá.’ ’”


[« … ma visione apparve che ritenne / a sé me tanto stretto, per vedersi, / che di mia confession non mi sovvenne. / Quali per verti transparenti e tersi, / o ver per acque nitide e tranquille, / non sí profonde che i fondi sien persi, / tornan de’ nostri visi le postille / debili sí, che perla in bianca fronte / non vien men tosto a le nostre pupille…/ [...] Subito sí com ío di lor m’ accorsi, / quelle stimando specchiati sembianti, / per veder di cui fosser, li acchi torsi; / e nulla vidi... / [...] ´Non ti maravigliar perch’ io sorrida´ / mi disse ´appresso il tuo pueril coto, / poi sopra ‘l vero ancor lo pié non fida, / ma te rivolve, come suole, a vóto: / vere sustanze son ció che tu vedi, / qui rilegate per manco di voto. / Peró parla con esse e odi e credi; / ché la verace luce che li apaga / da sé non lascia lor torcer li piedi´... »]


Par., III, 7- […] – 31

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“Con la mirada recorrí todas las siete esferas, y vi a este globo tan mísero, que sonreí al contemplar su vil apariencia y apruebo por buena aquella opinión que lo tiene por poco… (…) Y todos los siete (planetas) se me mostraron tal como son de grandes y de veloces y cómo están en distintas posiciones. La pequeña tierra que nos hace tan feroces, al girar yo con los eternos Gemelos, se me apareció toda de los montes a los mares…”


[“Col viso ritornai per tutte quante / le sette apere, e vidi questo globo / tal, ch´io sorrisi del suo vil sembiante; / e quel consiglio per migliore approbo / che i’ ha per meno... / [...]E tutti e sette mi si dimostraro / quanto son grandi, e quanto son veloci, / e come sono in distante riparo. / L’ aiuola ch ci fa tanto feroci, / volgendom’ io con li eterni Gemelli, / tutta m’ apparve da’ colli a le foci...”]


Par., XXII, 133-(...)-153

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“La forma universal de este nudo creo que la vi, porque diciendo esto me siento presa del mayor gozo. Un solo instante me produce mayor olvido que veinticinco siglos a la empresa que hizo a Neptuno admirar la sombra de Argos.”


[“La forma universal di questo nodo / credo ch’ i’ vidi, perché piú di largo, / dicendo questo, mi sento ch’ i’ godo. / Un punto solo m’ é maggior letargo / che venticinque secoli a la ´mpresa, / che fe’ Neptuno ammirar l’ ombra d’ Argo.”]

Par., XXXIII, 91-96


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“No porque hubiese más de un simple aspecto en la vida luz que yo miraba, que siempre será tal como era antes, mas porque mi vista se enriquecía al mirar su apariencia única, conforme cambiaba yo, cambiaba para mí.”


[“Non perché piú ch’ un semplice semblante / f vivo lume ch’ io mirava, / che tal é sempre qual s’ era davante; / ma per la vista che s’ avaloraba / in me guardando, una sola parvenza, / muntandom’ io, a me si travagliava.”]

Par
., XXXIII, 109-114