12 de noviembre de 2014

"UNA TIERRA SIN CAMINOS" (XXV): J. Krishnamurti y la mutación del cerebro programado (1)




Las células cerebrales y la mutación





Interlocutor P: Hasta ahora no hemos tratado lo que parece ser la esencia de su enseñanza, o sea: el problema del tiempo, el acallamiento de las células cerebrales y aquello que ocurrió con los procesos que operaron en Krishnamurti. Pongo las tres cosas juntas porque cuando uno observa el movimiento horizontal del tiempo que es la vida de Krishnamurti, uno ve al niño nacido en la tradición brahmánica, pasando por cierta preparación en la Sociedad Teosófica, recibiendo iniciación, escribiendo algunos libros como La búsqueda y El sendero; libros en los cuales la iluminación es considerada como un fin, como un punto fijo. En todos estos primeros libros es de suponer que hay un estado que debe alcanzarse, y que existe un gran esfuerzo en esa dirección. Súbitamente, en Krishnamurti tiene lugar un cambio; él niega la salvación, niega la eternidad como un punto fijo, y ase destruye el movimiento horizontal del tiempo como tal. ¿Qué es entonces lo que ocurrió exactamente? Si nosotros pudiéramos comprender y ver como a través de un microscopio qué le ocurrió a Krishnamurti, si pudiéramos examinar qué sucedió con sus células cerebrales que contenían este movimiento horizontal del tiempo, sería posible para nosotros comprender el tiempo y la mutación en relación con las células cerebrales.

KRISHNAMURTI: Comprendo. ¿Comprende usted, señor?

D: Sí señor. Es una cuestión muy importante.

KRISHNAMURTI: Me pregunto si el llamado movimiento horizontal no era un movimiento muy superficial y condicionado. El joven repetía lo que le habían enseñado, y en determinado momento hubo una ruptura ¿entiende?

P: No, no entiendo. ¿Qué quiere decir un movimiento superficial de condicionamiento?

KRISHNAMURTI: Quiere decir que el niño aceptaba, repetía, transitaba el sendero proyectado por la tradición y la teosofía. Él lo aceptaba.

P: Todos nosotros hacemos eso.

KRISHNAMURTI: Todos nosotros lo hacemos en distintos grados. La pregunta es: ¿por qué recorrió él ese trayecto?

P: No. La pregunta es: ¿qué desencadenó eso que súbitamente le hizo decir que no existía un punto fijo?

KRISHNAMURTI: Mírelo como si ‘K’ no estuviera aquí, como si él hubiera muerto. ¿Cómo contestaría usted esa pregunta? Yo estoy aquí y entonces puedo contestarle o no, pero si yo no estuviera aquí, ¿cómo respondería usted?

P: Una manera de hacerlo sería examinar lo que usted ha dicho, junto con las influencias que operaban sobre usted para ese entonces, ver en qué punto tuvo lugar la ruptura y cuáles fueron las crisis, internas y externas, que se registraron para producir esa ruptura.

KRISHNAMURTI: Pero supongamos que usted no supiera nada de todo eso, y no obstante tuviera que contestar la pregunta seriamente ahora; ¿qué haría? Lo que usted sugiere tomaría tiempo, requeriría una investigación. ¿Cómo encontraría usted la respuesta ahora? ¿Cómo la encontraría si estuviera enfrentado a este problema de que hubo un joven que siguió el sendero tradicional, la idea de un punto fijo, de una meta fija, usando para ello el tiempo, la evolución, y que en un punto determinado rompe con todo eso? ¿Cómo lo descifraría?

D: Es como esto: calentamos agua. Hasta los cien grados ella permanece uniforme, luego hay una completa transformación.

KRISHNAMURTI: Pero llegar a ese punto toma tiempo.

P: Si yo no tuviera el trasfondo histórico, el único modo de investigar sería ver si este proceso es posible dentro de mi propia conciencia.

D: Yo apuntaba a otra cosa. El tradicionalista diría que hay un proceso que, como el punto de ebullición del agua, conduce a una transformación. La tradición solamente lo ayuda a uno para llegar hasta el punto de ebullición. Usted puede negar la tradición, pero la tradición es necesaria para conducirlo hasta ese punto.

P: Si no estuvieran disponibles los datos históricos de Krishnamurti que muestran cómo él es dirigido a través de diversos sadhanas, y a uno le presentaran solamente el hecho de este fenómeno de Krishnamurti, el único modo de investigar sería mediante el conocimiento de uno mismo.

F: Usted parece estar creando una relación entre el anterior estado de desarrollo y el estado presente del ser. ¿Hay una relación entre ambos estados? Usted dice que uno conduce al otro, uno antes que el otro, y de ese modo los está acomodando en el tiempo.

P: El fenómeno de Krishnamurti es que él nació de padres brahmines..., toda la historia que conocemos. Yo miro lejos hacia atrás y noto que hasta llegar a un punto, Krishnamurti hablaba del tiempo, de la salvación como un punto, una meta final. Y de pronto, él niega toda la cosa.

KRISHNAMURTI: ‘F’ pregunta por qué relaciona usted este movimiento, el movimiento horizontal, con el movimiento vertical. No hay relación entre ambos movimientos. Por lo tanto, manténgalos separados.

P: Cuando yo miro a Krishnamurti, miro todo el panorama que su vida abarca.

KRISHNAMURTI: Mire, pero no relacione los dos movimientos.

P: Si lo que usted dice ha de ser significativo, resulta esencial comprender este proceso del tiempo y de la libertad con respecto al tiempo. Por lo tanto pregunto: ¿qué es lo que desencadenó eso en usted? Si usted me dice que ello simplemente ocurrió, yo diré: muy bien, si ello ocurre, ocurre; y si no, no. Y continuaré con mi vida.

F: No existe un factor desencadenante.

P: Cierto cerebro hace ciertos ruidos, y súbitamente comienza a hacer otros, y Krishnamurti ha estado diciendo que las células cerebrales mismas son el tiempo. No nos apartemos de eso. Por lo tanto, las células cerebrales de Krishnamurti, que son tiempo, experimentaron alguna clase de mutación.

KRISHNAMURTI: Lo expondré muy sencillamente. El cultivo de un cerebro, de cualquier cerebro, lleva tiempo. La experiencia, el conocimiento, los recuerdos, son almacenados en las células del cerebro. Este es un hecho biológico. El cerebro es el resultado del tiempo. Ahora bien, este hombre al llegar a un punto quiebra el movimiento. Tiene lugar un movimiento por completo diferente, lo cual significa que las mismas células cerebrales experimentan una mutación. Y ‘P’ dice: usted debe contestar y decir qué es lo que ocurrió; de otro modo, lo que ocurrió fue meramente una casualidad.

D: Si es una casualidad, nosotros lo aceptaremos así.

B: Y la respuesta de Krishnaji puede ayudarnos a producir una mutación en nosotros mismos.

S: Hay dos explicaciones posibles; una es la teosófica, de que los Maestros cuidaron de Krishnamurti y que por eso él no fue afectado por las experiencias; la otra explicación es la que está basada en la reencarnación.

D: Cuando dice que el niño Krishnamurti no fue afectado por las experiencias, ¿cómo lo sabe? El niño escribió La búsqueda, El sendero.

KRISHNAMURTI: Dejemos eso por un momento. ¿Cómo ocurrió ello? ¿Cuál es su respuesta? Dados estos hechos, y al enfrentarse a ellos, ¿cómo responde?



B: Señor: ¿cómo podemos nosotros explicar el cambio que en usted tuvo lugar en 1927? De acuerdo a lo que dijo Mrs. Besant, las dos conciencias no se habrían fundido. Nosotros no lo sabemos. Sólo usted puede decir qué es lo que en realidad ocurrió. Nosotros no tenemos el conocimiento personal ni la capacidad de saberlo.

KRISHNAMURTI: Investiguémoslo juntos.

F: Yo lo expresaré de este modo: el hombre se despertó en otro estado. Un estado no conduce al otro. No hay conexión entre los dos.

P: Yo digo que las células cerebrales no pueden comprender por ellas mismas al tiempo como otra cosa que un movimiento horizontal. A menos que esto se comprenda, no podemos explorar a mucha profundidad el problema del tiempo.

KRISHNAMURTI: Explorémoslo. Ante todo, ¿está de algún modo involucrado el tiempo en ello?
Si usted me pregunta cómo me ocurrió esto a mí, yo realmente no lo sé, ¿comprende? Pero pienso que podemos investigarlo juntos. Si usted me preguntara: “¿fue usted anoche a dar un paseo?”, yo le diría: “si”. Mientras que si me pregunta: “¿cómo le ocurrió eso a usted?”, yo realmente no sé decir cómo ocurrió. ¿Qué hay de malo en eso?

P: En sí mismo está todo muy bien. Pero nosotros estamos tratando de comprender la naturaleza esencial de este movimiento del tiempo, y del movimiento fuera del tiempo. Dejando a un lado la cuestión de cómo le ocurrió esto a usted, es importante que investiguemos en la naturaleza del tiempo; no al nivel del tiempo cronológico y del tiempo psicológico, porque eso ya lo hemos examinado suficientemente.

KRISHNAMURTI: Empecemos con la percepción. El ver, ¿está envuelto en la percepción?

P: ¿Qué ocurre con las células cerebrales en el proceso de ver?

KRISHNAMURTI: En el proceso de ver, las células cerebrales, o bien responden en los viejos términos, o son retenidas en estado de latencia; ellas mismas se mantienen en suspenso sin el pasado.

P: Usted dice que en la percepción ‑que es instantánea‑ las células cerebrales no responden. Si ellas no operan, ¿existen?

KRISHNAMURTI: Sí. Existen como el depósito del conocimiento, que es el pasado. Las células cerebrales son, estamos todos de acuerdo, el depósito de los recuerdos, de la experiencia, del conocimiento. Ese es el viejo cerebro. En la percepción, el viejo cerebro no responde.

P: ¿Dónde está?

KRISHNAMURTI: Está ahí. No está muerto. Está ahí porque tengo que emplear el conocimiento para pensar. Las células del cerebro tienen que usarse.

P: ¿Qué es lo que opera, entonces? Si las células cerebrales no operan, ¿qué es lo que opera?

KRISHNAMURTI: Un cerebro totalmente nuevo. Esto es sencillo. El viejo cerebro está lleno de imágenes, recuerdos, respuestas, y estamos habituados a responder con el viejo cerebro. La percepción no está relacionada con el viejo cerebro. La percepción es el intervalo entre la vieja respuesta y la respuesta nueva, la respuesta que el cerebro viejo aún no conoce. En ese intervalo el tiempo no existe.

F: Esto es contrario a la opinión de los psicólogos, según la cual la sensación es en sí misma directa. En el intervalo entre la sensación y la percepción, se introducen los recuerdos y distorsionan todo. Por lo tanto, la sensación es intemporal, pero el intercalo es tiempo.

KRISHNAMURTI: Aclaremos bien esto. Usted me formula una pregunta. El viejo cerebro responde conforme a la información que posee, conforme al conocimiento; si el viejo cerebro no posee conocimientos, si carece de información, hay un intervalo entre la pregunta y la respuesta.

E: El intervalo se debe a la pereza de las células cerebrales.

KRISHNAMURTI: No.

F: Los vestigios de la memoria continúan en el cerebro.

KRISHNAMURTI: Si usted me preguntara qué distancia hay entre aquí y Delhi, yo no sabría contestarle. Por mucho que pensara con las células cerebrales, ello no ayudaría. El hecho no está registrado. Si lo estuviera, entonces pensaría en eso y contestaría. Pero no hay conocimiento al respecto. En ese no-saber hay un estado en el cual el tiempo no existe.

D: Por mucho que espere, ello no me hará saberlo.

KRISHNAMURTI: En el momento en que sé, el saber es tiempo.

P: Usted ha hablado de una mente nueva. La pregunta es: ¿qué le ha ocurrido al viejo cerebro?

KRISHNAMURTI: Está quieto.

P: ¿Existe?

KRISHNAMURTI: Por supuesto que existe; de otro modo yo no podría hablar el idioma.

P: El problema está en el tiempo, considerado como un movimiento horizontal con continuidad. Cuando usted dice que el otro cerebro continúa existiendo...

KRISHNAMURTI: De otro modo yo no puedo funcionar. Llamémoslos, por conveniencia, el viejo y el nuevo cerebro. El viejo cerebro, a través de los siglos, ha reunido toda clase de recuerdos, ha registrado todas las experiencias y funcionará todo el tiempo en ese nivel. Tiene su continuidad en el tiempo. Si le falta continuidad, se vuelve neurótico, esquizofrénico, desequilibrado. Necesita tener una continuidad sana, racional. Bien, ése es el viejo cerebro con todos sus recuerdos acumulados. Una continuidad semejante jamás podrá descubrir nada nuevo, porque es sólo cuando algo se termina que existe algo nuevo.

F: ¿Continuidad de qué? Cuando usted dice continuidad, eso tiene un movimiento.

KRISHNAMURTI: Ello está sumando, restando, ajustando; no es algo estático.

D: Hay un movimiento circular, éste es una continuidad.

KRISHNAMURTI: Primero déjeme ver esta continuidad, el movimiento circular, como una repetición de lo viejo. En un momento dado, yo lo llamo ‘lo nuevo’, pero eso sigue siendo lo viejo. Ansío lo nuevo e invento lo nuevo dentro del círculo.

P: Está lo nuevo que es una reacomodación de lo viejo, y está lo ‘nuevo’ que no es una reacomodación de lo viejo. ¿Qué es lo otro nuevo que no es la invención de lo viejo? ¿Es algo reconocible, es perceptible?

KRISHNAMURTI: Es perceptible, pero no reconocible.

P: Por lo tanto, no es una experiencia.

KRISHNAMURTI: Es una percepción sin el observador.

D: Pero no en términos del pasado.





KRISHNAMURTI: Percepción significa algo nuevo.

F: La sensación es sin el pasado. La sensación no está cargada, es directa.

KRISHNAMURTI: La mente que se ha vuelto mecánica, anhela algo que sea nuevo. Pero lo nuevo está siempre dentro del campo de lo conocido. Al movimiento dentro del campo usted puede llamarlo horizontal, infinito, pero siempre está dentro de ese campo. Yo deseo lo nuevo en términos de lo viejo. La pregunta de ‘P’ era acerca del cerebro, el cual es el resultado del tiempo, de la experiencia, del conocimiento. ¿Qué ocurre con ese cerebro cuando hay una percepción que es nueva, una percepción en la cual no existen ni la experiencia ni el observador, una percepción que no es una experiencia para ser almacenada y recordada, y por lo tanto, destinada a convertirse en conocimiento?

F: El cerebro no responde.

KRISHNAMURTI: ¿Qué es lo que hace que no responda? ¿Cómo es que ocurre esto?

P: Deberíamos quedarnos con esta pregunta porque aquí está ocurriendo algo de vital significación. Todavía no hemos captado el sentimiento de ello.
Yo le escucho. Estoy atento. En ese estado de atención no hay otra cosa que sonido y movimiento. En ese estado, ¿puedo comprender qué le ha ocurrido a toda la carga del pasado?

KRISHNAMURTI: Eso es bastante sencillo. El pasado está operando continuamente; registra cada acontecimiento, cada experiencia ‑tanto las conscientes como las inconscientes-. Todo se está vertiendo dentro; la luz, el sonido.

P: Las células cerebrales actúan tanto si estoy consciente como si estoy inconsciente.

KRISHNAMURTI: Sí. Ahora bien, cuando ese cerebro opera, está actuando siempre desde el pasado. En primer lugar, ¿qué hay de malo en eso?

P: Si uno lo observa, son como ondas proyectadas; el pensamiento es como ondas, y de pronto estoy atento y no hay ondas.

KRISHNAMURTI: En ese estado de atención hay percepción. Ese estado de atención es percepción.

D: Cuando yo veo el hecho de que mi cerebro está registrando todo, y súbitamente me doy cuenta de que ello prosigue sin el observador, eso me aniquila. Si ello prosigue sin mí, entonces yo no existo más.

KRISHNAMURTI: Es como una máquina grabadora que lo registra todo.

D: ¿Por qué necesito llamarlo una máquina? Es algo maravilloso. Y yo no conozco el cómo ni el porque de ello.

KRISHNAMURTI: Usted ha escuchado ese ruido de bocina. Las células del cerebro lo han registrado. No hay resistencia ni aceptación.

D: Hay más que eso.

KRISHNAMURTI: Vaya despacio. Este cerebro es una máquina que registra. Es una cinta grabadora que todo lo registra constantemente. Viene usted y reta al cerebro. Él responderá en términos de agrado y desagrado; usted es un peligro y ‘P’ no es un peligro. En ese instante ha nacido el ‘yo’.
La función del cerebro es registrar.

D: Ese es un enunciado parcial. Que el cerebro registra es un hecho, pero puede haber algo más que eso...

KRISHNAMURTI: Usted salta, se adelanta. La función del cerebro es registrar, grabar. Cada experiencia, sea consciente o inconsciente, cada sonido, cada palabra, cada matiz prosigue su camino propio con independencia del pensador como entidad separada. Al resistir ese sonido que es desagradable, al escuchar algún halago, algún insulto, al desear más o al desear menos, desde ese registro emerge el ‘yo’, el ‘mí’.

P: Cuando el registro tiene lugar, soy consciente del sonido.

KRISHNAMURTI: ¿Y eso qué implica? Que el sonido es agradable o desagradable. En el instante de experimentarlo, el ‘yo’ no interviene en absoluto.

P: Existe un estado con el sonido y un estado sin el sonido.

KRISHNAMURTI: Ahora viene la nueva acción. Yo registro ese sonido ‑el sonido feo, el sonido horrible-, y no hay respuesta al mismo. En el momento en que hay respuesta, esa respuesta es el ‘yo’. Tal respuesta aumenta o disminuye conforme al placer, al dolor, al sufrimiento.
Ahora bien, la pregunta de ‘P’ era: ¿cómo es que el cerebro, que hace todo esto automáticamente, mecánicamente todo el tiempo ‑sea que funcione en sentido horizontal o en círculos- cómo hará ese cerebro para ver alguna vez sin el registrador o sin registrar?

P: Ya hemos examinado esto. Yo quiero ir más lejos a partir de ahí. Nosotros escuchamos. El sonido pasa a través de nosotros. Hay atención. En ese estado, por un segundo, ha cesado el movimiento horizontal. ¿Qué le ha sucedido al viejo cerebro?

KRISHNAMURTI: Pero él está ahí todavía...

P: ¿Qué quiere usted significar cuando dice que esté ahí todavía?

KRISHNAMURTI: Mírelo, vea lo que ocurre. Está ese niño que grita. El sonido se registra ‑el grito del niño- y entonces surgen las reacciones: “¿por qué la madre no lo cuida?”, y así sucesivamente. Pero cuando hay un completo escuchar, ¿qué ha ocurrido con el viejo cerebro en ese escuchar? ¿Ha comprendido usted la pregunta? Estamos haciendo el viaje juntos.
Lo expondré de manera diferente. ¿Cuál es la necesidad esencial de un cerebro? (Pausa)
¿No necesita sentirse seguro, confiado, para funcionar? Uno ve que el cerebro necesita seguridad. Entonces tiene lugar algún acontecimiento, y el cerebro ve el hecho de que estaba equivocado al haber supuesto que había una cosa tal como la seguridad, el bienestar.

D: El cerebro no puede verlo.

F: Nosotros consideramos al cerebro como una acumulación de impresiones, un depósito de recuerdos, etcétera. Pero el depósito de los recuerdos está fuera del cerebro, que es sólo una lente.

P: ¿Por qué no observamos nuestras propias mentes en este momento, en lugar de referirnos en abstracto al cerebro?

KRISHNAMURTI: Escuchen: el cerebro de ustedes exige seguridad, necesita grandemente sentirse protegido, tanto en lo físico como en lo psicológico. Eso es todo cuanto estoy diciendo. Ese es el punto esencial.

D: ¿Cuál es la pregunta fundamental?

P: La pregunta fundamental es ésta: cuando existe este movimiento horizontal de la mente como tiempo, como memoria, como células cerebrales que están operando, ¿qué es lo que hace posible ‘lo otro’ y qué ocurre cuando ‘lo otro’ es?



KRISHNAMURTI: Se lo diré. Las células cerebrales necesitan seguridad, protección, necesitan estar a salvo para sobrevivir. Han sobrevivido por millones de años. ¿Qué ocurre ahora? Con el fin de sobrevivir, las células cerebrales, la mente, en su búsqueda de seguridad está siempre experimentando y se ata al gurú, al nacionalismo, al socialismo ‑queda adherida y tiene que ser despegada, desarraigada. A causa de su necesidad fundamental de seguridad y porque necesita sobrevivir, la mente ha inventado una secuencia temporal de supervivencia ‑horizontal o circular-. Cuando satisface esa necesidad fundamental, ¿qué ocurre? ¿No es por completo diferente la percepción en términos de seguridad?

D: ¿Es la exigencia de seguridad la que ofrece resistencia a la pregunta que usted formula?

KRISHNAMURTI: No. Mi mente ha obtenido su seguridad. Hasta ahora y por 70 años, ella no ha sido dañada porque ha desechado una supervivencia al precio de la ilusión. Ha desechado la invención de las creencias, de las ideas, porque en ellas no hay seguridad en absoluto. Han sido barridas debido a que son ilusorias. Por lo tanto, la mente está por completo segura, no segura en alguna cosa, sino segura en sí misma. Antes, ella buscaba seguridad por medio de algo ‑de la familia, de Dios, del egoísmo, de la competencia, de la búsqueda misma. La seguridad por medio de algo es la más grande de las inseguridades. La mente descarta eso. Por lo tanto puede percibir. Puede percibir porque no tiene ilusiones, motivos, fórmulas. A causa de que no busca seguridad alguna está completamente segura. La mente se halla entonces libre de ilusiones; ilusión no en el sentido de Sankara, sino simplemente la ilusión de que encontraré seguridad en la familia, en Dios, en el conocimiento que es el pasado. ¿Qué hay que percibir ahora? ‘Eso’ es el percibir.

E: Nosotros somos tal como estamos hechos; sabemos que nos hallamos a merced del cuerpo psicosomático y que ahí estamos muy inseguros. Y que debe haber un modo diferente de abordar esto. Somos muy vulnerables porque nuestros cuerpos son tan frágiles...

KRISHNAMURTI: Por lo tanto, protegeré el cuerpo. En ello no hay envuelto egoísmo alguno.

F: La vulnerabilidad está relacionada con el ego.

KRISHNAMURTI: Protegeré al cuerpo sin el ego; lo lavaré, lo cuidaré. Nosotros pensamos que protegemos el cuerpo mediante el ‘yo’. Una vez que convengamos profundamente en la necesidad de una completa supervivencia, en la necesidad de protección, de seguridad para el cerebro, resolveremos todos los otros problemas. Pongámoslo de este modo: ¿está la percepción relacionada con las células cerebrales, que exigen seguridad, supervivencia a cualquier costo?

P: Mi mente no funciona de esta manera. Por lo tanto, encuentro muy difícil escuchar. Estoy tratando de realizar un examen microscópico de la mente para ver si es posible llegar a un punto en que las células cerebrales cesen de funcionar. Las cuestiones de seguridad y de no‑seguridad carecen de relevancia. En este momento, si yo promuevo estas cuestiones, estoy perdida. Aquí me encuentro ante usted y quiero comprender este movimiento horizontal del tiempo, ver si puede haber un estado en que las células del cerebro cesen de funcionar. Cualquier clase de indagaciones, preguntas, respuestas que se alejen de esto, solamente conducirán a la confusión.

KRISHNAMURTI: ¿Dice usted que, habiendo terminado con lo que hemos dicho, mis células cerebrales están de una forma u otra en perpetuo movimiento?

P: Digo que cuando le escucho a usted, no hay movimiento en mi mente.

KRISHNAMURTI: ¿Por qué? ¿No será porque usted está escuchando con atención, una atención en la cual no hay un centro que atienda, un estado en el que uno está simplemente atento?

P: Ahora, en ese estado, pregunto: ¿dónde está la carga del pasado? Formulo esta pregunta para comprender el problema del tiempo y para ninguna otra cosa.

KRISHNAMURTI: Cuando usted dice que atiende, que presta atención completa, ¿está el tiempo en eso?

P: Al no haber respuesta, ¿cómo evaluarlo?

KRISHNAMURTI: Cuando hay atención no hay tiempo porque no hay absolutamente ningún movimiento. Movimiento significa medida, comparación: de aquí hasta allá, etcétera. En la atención no hay ondas, no hay un centro, no hay un medir. La siguiente pregunta es: ¿qué le ha sucedido al viejo cerebro? Permanezca ahí. Esa es su pregunta. ¿Qué ha sucedido? (Pausa)
¡Lo he captado! La atención no está disociada del cerebro. La atención es todo el cuerpo. El organismo psicosomático, que incluye las células cerebrales, está atento. Por lo tanto, las células cerebrales están sumamente quietas, vivas, y no responden con lo viejo. De Otro modo usted no podría estar atento.
Ahí está la respuesta. Y en esa atención, el cerebro puede funcionar. Esa atención es silencio, es vacío; llámelo como usted guste.
Desde ese silencio, desde esa inocencia, ese vacío, el cerebro puede operar; pero no lo puede el pensador en términos de buscar seguridad en algo.

P: ¿Significa eso que todo el cerebro ha experimentado una transformación?

KRISHNAMURTI: No. Lo que ha tenido lugar es una mutación. No existe el observador.

P: Pero las células cerebrales están igual.

KRISHNAMURTI: ¡Obsérvelo! No lo ponga de ese modo porque entonces está perdida. Obsérvelo en usted misma. Atención quiere decir atención completa ‑cuerpo, psiquis, células; todo está ahí lleno de vida, activo. En ese estado no existe un centro, no hay tiempo, no hay un observador como el ‘yo’. No hay tiempo en términos del pasado; no obstante, el pasado existe porque yo hablo el idioma. Tengo que saber cómo dirigirme a un lado o a otro.
¿Qué es lo que ocurre entonces con las células cerebrales? Ellas registran, pero no hay un ‘yo’. Por lo tanto, el ‘yo’ que forma parte de las células cerebrales, es borrado de las mismas.

Bombay
6 de febrero de 1971



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Diálogo extraído de J. Krishnamurti, Tradición y revolución (título original: Tradition and Revolution, London, 1972), 24;  Edhasa, Barcelona, 1978.Versión castellana: Armando Clavier.

Imagen inferior - derecha: "Árbol-cerebro", por Sandra Guevara, publicada en https://inspirarteyser.wordpress.com/2013/09/07/la-meditacion-una-poderosa-herramienta/






31 de octubre de 2014

LA TIERRA PROMETIDA A LOS QUE HAN MUERTO: LUMBRE CELTA EN LA NOCHE DE HALLOWEEN







“La Tierra de Promisión también es llamada la Tierra del Deseo del Corazón. El descontento divino sin descanso usualmente presagia el viaje a esta tierra donde descubrimos que tal deseo es sólo el cumplimiento de nuestra más profunda naturaleza. (…) Esta tierra tiene muchas formas, como muchos son sus nombres y parajes. Dichos nombres son en sí mismos una letanía de añoranza, que hace surgir sueños y visiones en lo cuales el Ultramundo aparece, llamándonos con señales, una y otra vez. (…) Este Ultramundo de prodigios es una dimensión aún viviente con la que todo mortal puede entrar en relación. Ella trasciende pero también interseca la realidad que llamamos “vida diaria”. Es la fuente de la cual proviene inspiración. Es accesible a través de ese ardiente cristal del alma – la imaginación -, que no es ni más ni menos que nuestro portal de entrada al Ultramundo, por el cual llegan sueños, visiones e ideas que transforman nuestra ordinaria realidad. (…) Estas son las tierras de la sabiduría misma, donde el soñador viaja por la noche y el poeta tiene acceso al poder de sus palabras. Pues cuando se le pregunta a un poeta de dónde viene, ¿qué mejor respuesta puede dar que ésta?:

`Yo me muevo por las columnas de la edad,
Por las corrientes de la inspiración…
Por la bella tierra del conocimiento,
El brillante país del sol;
Por la tierra escondida que la luna habita de día;
Por los primeros comienzos de la vida…’ 

(Eleanor Hill, The Poem-Book of Gael, 1912)"








Comentarios a antiguos textos celtas en el volumen minuatura The Little Book of Celtic Wisdom (El Pequeño Libro de Sabiduría Celta), V: The Land Of Promise (La Tierra de Promisión), editado por Caitlín y Johnn Matthews, Element Books, Shafterbury, Dorset, U. K., 1993. Traducción de estos pasajes para esta única publicación: G. Aritto / 2014.
Imágenes: Ilustraciones al mítico Viaje de Bran irlandés.




27 de septiembre de 2014

RESURGIÉNDONOS EN LIS-FÁTIMA: UN CANTAR DE BARDO IRLANDÉS





CANCIÓN DE LOS ELFOS 

Y LOS DELFINES MUERTOS



Había una vez una canción y sus versos decían a Eirinn [1] desapareciendo de nuevo en el ciego vacío de la bruma. Nos hablan del mar, del otro incógnito mar que los atrajo y ellos no saben. No el que asola sus trémulas torres erguidas en la vecindad de las olas, ese que encubre el sigilo de sus submarinos. Otro es el mar de esta madrugada, y ellos, infectados del virus que romancea aún su aventura inútil, le creen a su brújula. La pánica inminencia del hielo pareció burlar hasta al vigía de silicio de su anfibio acorazado y la dudosa complicidad de la luna. Nada dice el canto acerca de cómo lograron esquivar la catástrofe, dar con la playa segura a despecho del acantilado de uñas filosas. Empero, nosotros sí sabemos.
Sentimos sus pisadas nefastas golpear la tierra cuando la niebla comenzó a ceder las colinas al capullo violento del alba que se abrió en el oeste solapando el eclipse. Porque encontraron, como siempre, aquello que venían a encontrar, lo que traían escrito en los surcos ruidosos de sus cerebros, por eso les bastó un vistazo apenas para cumplir con la inspección de rutina. Al abrigo de sus escafandras inmunes, los tranquilizó el reconocer, también aquí, las envenenadas humaredas creciendo hasta las guaridas del trueno, la encía de los rescoldos vivos aún debajo de los escombros, la masacre del bosque que lloraba en sus bellotas de plutonio, el vuelo de ceniza de un albatros encima de las cruces… En medio de un mecánico intercambio de ademanes, sus torpes siluetas se buscan entonces en el espejo de la resaca de vuelta a la embarcación. No bien la última desapareció por la escotilla, el anfibio avanzó sobre las dunas y las dejó atrás para ganar el páramo. Su boca colosal fue aflojándose en señal de querer escupir más orugas de hierro, más clones mercenarios. Pero no. Ya que los versos despiadados del bardo que nos canta [2] muy otra dicen que fue esa mañana la mercancía de su embuste repetido. Así nos rozan en el aire sus palabras bajo el hechizo de su arpa:

“El triste día descubre en el lodazal los cuerpecitos desnudos y helados de los niños; los tatuajes de los mercaderes en celo y sus orgías, de los racimos del exterminio, de los brujos de negras probetas y su negocio… Cada uno abrazado a su delfín, supino y sin vida ya. Cada uno aferrado a su hermano marino hasta el final, apretujando los párpados para olvidar. Es lo que arroja como estiércol el monstruo clandestino al suelo ácido de la isla que erróneamente suponen entre los témpanos del Sur, y en alguna parte la sombra del eclipse…
Pero esas mujercitas, esos varoncitos hoy huérfanos que dieron por muertos están sólo atrapados por una pesadilla efímera aunque atroz… Allí los depositan, para que no molesten más, a fin de que se vuelvan piedra en la piedra, humo en el humo; y después se van…
¿Cómo no traicionar ahora la verdad, no lastimar la belleza? ¿Cómo cantar esa tribu de elfos [3] menudos surgiendo de pronto de los repliegues del Sueño, del mismo Sueño del que nacen mis versos y sus reticentes profecías? Evocar el fulgor rojizo de sus melenas ensortijadas oliendo a madera de abedul recién encendida; la linterna dorada de sus ojos azules alumbrando los senderos ocultos donde abrieron paso primero sus lobos de pelaje de luna. Así acuden – la congoja en el corazón, la impaciencia en los pies —. En sus propios brazos fornidos, pero delicados como la brisa cuando hace falta, van recogiendo, con igual compasión, los cuerpos dormidos que aprisionan gemidos de cristal, y los otros, que no serán desahuciados, que gozarán de otro despertar en aguas extrañas. Dana, Madre de todos, habrá de guiarlos una vez más. El fecundo Vacío los acecha en el Pozo inhallable que Ella hará relumbrar para sus elfos, y sus elfos nunca deshonraron a su raza humillada y probada en dolores. [4] Porque somos el caos que no se cansa y sus desechos, y como el Orbe imanta los tres Mundos, todo comienza de nuevo a cada instante, y los niños duermen y los delfines conocen el Secreto…”

(Así calla, Diosa, tu bardo sin rostro; así nos abandonan su arpa y sus dichos. Y si algún puño asesino lo amordazó, no nos lo digas, Madre…). Algo en ese silencio emborrachado de hidromiel se parece demasiado a la eternidad; nada nos queda del torbellino apasionado donde el porvenir nos recuerda. Nacerse, simplemente. Vivir para cuidar una flor que dura un día y apagarse con ella. Somos libres. El orden y el desorden son ya una misma y única ilusión… Esos pobres obreros del tiempo regresarán a Eirinn, repetidos, al amparo de sus estrellas muertas. En nuestro reino hay muchas moradas y pocas, muy pocas puertas. Allá afuera, bajo el sol total que bendice las colinas verdes, los Gigantes celebran su danza milenaria y los pájaros brotan pujantes de los árboles que duplica el río. [5] ... A salvo de la lluvia de fuego y de los pensamientos, debe de andar errante en el exilio algún bardo de barba rala y pechos de leche que engendre, al son de cuerdas jamás oídas, esa inaudita danza misteriosa, el ágil vuelo inmóvil de la Berkana [6] sobre los asiduos sembradíos. Tal vez entonces unos pocos sobrevivan para mirar y ver, para escuchar y hacerse ritmo. La nave suspendida en la espiral del espacio, dejándoles su música en las espigas: un nudo de tres pétalos, hélice de la sangre subversiva, lirio de amor florecido en los declives de la Mag Mell [7] sin pasado que reverbera en las simas de la tierra hueca…[8]

Había una vez el Silencio y un poeta.




GUSTAVO ARITTO

Texto incluido en El esplendor oculto (Siete visiones del inframundo), Buenos Aires, Ed. Imaginante, 2014.
Video de carátula: Si Bheag Si Mhor (en inglés, Big Hill, Little Hill), es decir, Colina grande, colina pequeña, título que conmemora el sitio de Co. Meath donde dos gigantes adversarios fueron convertidos en colinas por una hechicera. Versión según el arreglo y la interpretación en arpa celta de Mark Harmer.





[1]  Eirinn o Eriu es uno de los nombres con que se conocía a Irlanda en tiempos primitivos; otros dos registrados fueron Fotla y Banba. Son los nombres que identificaban a las esposas de los tres soberanos reinantes simultáneamente durante el apogeo de los enigmáticos Tuatha de Danann (literalmente, “gentes del dios cuya madre se llama Dana”), todos nietos del mítico Dagda o Dagdé (enaltecido como “Señor del Conocimiento y Sol de todas las Ciencias”, además de serle atribuida la paternidad de la misma Dana), y muertos asimismo todos ellos frente a los Milesios en la batalla de Tailtiu (o Taillte). Se trata, pues, de tres denominaciones para una misma isla, y, también, para una misma mujer triplicada por el mito: la Gran Madre de la tierra. Dana se transfigurará en la Brigantia, Brigentis o Brigitt postromana, y luego, con la irrupción del cristianismo, en Santa Brígida. A propósito de esto, Sirona Knight comenta en Celtic Traditions: Druids, Faeries, and Wiccan Rituals (Tradiciones célticas: Druidas, seres feéricos y rituales de Alta Magia Blanca, New York, 2000): “La sacralidad del número tres es crucial para entender las tradiciones espirituales de la Diosa. Esta triple naturaleza se refleja en el modo en que la Diosa recibe su culto según sus tres aspectos de doncella, madre y anciana decrépita, y el Dios, según sus tres rostros de hijo, padre y sabio. Estos tres aspectos de la Diosa y el Dios se vinculan directamente con las fases de la luna, la Rueda del Año, y los Tres Mundos.” (trad. del pasaje: G. A.). Cabe agregar la denominación de Inisfail (“Isla del Destino”) para la antigua Irlanda, cuyo eco recoge, entre otros textos, un bello relato homónimo de la tradición oral.

[2]  Los miembros de la clase intelectual entre los pueblos celtas continentales (entiéndase, de la Galia) se distribuían su labor según tres especialidades: la del druida, la del vate y la del bardo. En Irlanda sus homólogos fueron el druida, el bardo y el fili. Los bardos preservaban y recreaban la sabiduría poética oral, mientras que a los vates les estaban reservados los dones de la sanación, la adivinación y la profecía. Los bardos eran poetas, músicos, cantantes y narradores. En el maravilloso volumen titulado Celtic Druids, Celtic Bards (London, 1996), que Robin Williamson escribió con R. J. Stewart, halla uno, entre un sinnúmero de ellas, la siguiente revelación: “La palabra en gaélico para poema o canción es ‘dan’, la cual significa en realidad no sólo ‘canción’ sino destreza y destino. La misma incluye las nociones de elogio y predicción, y, lo que es más importante, poder mágico sobre el objeto o la persona así tratada.” (Druidas celtas, bardos celtas, Introducción: “Bardos”, ‘Poder poético’; trad. de la cita: G. A.). Los bardos conocían el poder invisible del lenguaje y cómo la palabra hablada podía otorgar poder o destruir, dependiendo de la intención y la entonación del orador. Ellos sostenían que su lenguaje emanaba de una fuente en el Otro Mundo. Sabían que la poesía no eran meras palabras, que era asimismo piedras en el lecho de un río, la caricia de los amantes, las olas del mar, una lágrima en el rostro de un niño, los espíritus de la tierra.

[3]  Precedidos por la Jerarquía dévica, los Elementales existen en afinidad con cada uno de los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aires), sintetizados por el éter. Paracelso, cuyos escritos sobre el asunto constituyen un corpus canónico, aun confinándolos a un plano intermedio entre los ángeles (o demonios) y los hombres, parece no poder caracterizarlos sino por la negación: no son puramente espíritus, no son materiales, no son animales, no son humanos; pueden, sin embargo, procrearse, y sufren una evolución paralela a la humana, así como la pasión y las dolencias “físicas”, la muerte o la disolución y la transmigración. Dejando aparte a los elementales creados a expensas de “formas-pensamiento” de la mente humana proyectadas en el plano astral, se realizan, en general, como fuerzas de sustancia-vida de los niveles de conciencia del universo, y son activadas por una conciencia de poder creativo en función de la índole de su tarea, desvaneciéndose una vez cumplida ésta, “disolviéndose” en la sustancia de origen. Sus “razas”, organizadas en reinos sutiles y presididas, de acuerdo con la tradición literaria, por una figura soberana, abarcan las hadas; los gnomos, duendes, enanos, trolls, elfos (consubstanciados con el elemento tierra); los silfos y las sílfides (con el aire); las ninfas, las sirenas, las nereidas, las ondinas (con el agua); las salamandras (con el fuego), entre otros muchos tipos y subtipos, además de los seres identificados como personas individuales (Morgana, Melusine, Merlín y otros muchos). La denominación británica `Faery´, derivada del francés y éste del latín tardío fata (el Destino en su deificación femenina), los incluye a todos. Los elfos, evocados en este texto, tienen por hábitat predilecto los bosques y ciertas matas vegetales marinas. A su áspera relación con los humanos parece deberse su reputación de violentos y proclives al delito (en especial, el robo de niños). Para J. R. R. Tolkien, son los ancestros inmediatos de las hadas, reconocidas sólo en tiempos relativamente recientes en la tradición inglesa. Las figuras del lobo fiel de pelaje plateado (cooshie) y la del caballo camarada (coomlaen) les son caras. Elfos “de la noche”, “de la luz” y “mineros” o “picadores” son tres aspectos de su naturaleza. 

[4] Dana y los Tuatha De Dannn, su pueblo fiel, una entidad colectiva, civilizada e hiperculta, que se disputan, como en otras genealogías divinas y heroicas, la historia y el mito. Una corriente de la antropología ocultista identifica a esta etnia primitiva de Irlanda con algún contingente extraterrestre llegado al planeta, e incluso la asocia a la raza de los hiperbóreos a través de sus contactos con la remota isla de Thule. Sólo precedidos, en la sucesión histórica, por los Firbolgs, a quienes sometieron, su destino sería replegarse a las colinas (o, mejor, a su interior), sin desaparecer del todo, debido a la invasión y la conquista de parte del territorio isleño por los Milesios (“hijos de Mile”) en el entorno del año 1000 a. C., procedente de la Peníninsula Ibérica y, mucho antes, de zonas del Oriente Medio. Fue al tener que refugiarse en sus residencias “celestiales” que adoptaron su nuevo nombre de Aedh Sidhe (“Habitantes de los sidh”). Así, los Tuatha De Danann, se asegura, fueron los ancestros irlandeses reales de las razas de seres “feéricos”, es decir, los devas o “dioses” de la Naturaleza, condenados a refugiarse en las moradas “paralelas” a este orden material, (conocidas en gaélico como sidh o sidhe, entendible como “paz”), nombre genérico que también reciben sus moradores. Irlanda es, por otra parte, rica en pozos sagrados; su origen y sus virtudes “mágicas”, especialmente las de sanación, siguen guardando celosos su misterio. La absorbente cultura cristiano-romana no dudó en acogerlos como lugares de culto y de milagros. El de Santa Brígida, el de la Isla de Scattery, el de Ceathair Aluinn (en la mítica Isla de Aran), y los que viven en las páginas de J. M. Synge, O. Wilde y Lady Gregoy, no han cejado en evocar y convocar a sus vagabundos, eremitas, niños y brujas transformistas.

[5] El motivo de la “danza” de los megalitos (“Rocas Gigantes”) y el de los pájaros que surgen espontáneamente de las ramas de los árboles provienen del enigmático escritor galés Gerald of Wales (1146 ?-1223), conocido como “Cambrensis”. Ambos sucesos maravillosos figuran en su crónica natural sobre la isla de Irlanda escrita en latín, y una de cuyas versiones inglesas titula The History and Topography of Ireland (año 1185). Sendas descripciones corresponden a la Parte I, 11, y Parte II, 51. Sólo añadir que en su testimonio de la formación megalítica el presunto clérigo da fe de que serían poco después “trasladadas” a Inglaterra a pedido del rey de los Britons Aurelius Ambrosius y con el auxilio de Merlín.
   
 [6] Berkana o Beorc: decimoctava runa del conjunto Futhark germánico heredado, entre otros pueblos, por los celtas. Es símbolo de la primavera incipiente y deidad asociada al abedul. Asume el arquetipo de la Gran Madre de toda manifestación y responsable por el crecimiento de las especies vivas. Su fértil pasividad contenedora la vuelve una mancia del poder femenino actuando sobre la vida inhibida o desplazada por el duro invierno. La salud, la belleza y el amor son aspectos del universo de los que participa. Para los celtas el abedul fue señal natural del nuevo año, exaltación de la Gran Madre Tierra. Las montañas gemelas, como senos, que vuelca lateralmente su representación visual parecen querer connotar el doble 9 que retoma el ciclo renovador de la runa Haegl, la novena, que es también el milagroso y aterrador granizo. En el alfabeto Ogámico (u Ógmico) céltico corresponde al signo Bar, primera letra que sirve como expresión de la Diosa.
  
[7]  Mag Mell es, en el Ultramundo céltico irlandés, la Llanura de la Felicidad, equiparable a los Campos Elíseos griegos o a la isla de Abhallenhau (o Avalón) donde reposan héroes y reyes, como Arcturo.

[8]  Lis-Fátima es el nombre que identifica al centro suprafísico intraterrestre ubicado en la zona occidental de la Península Ibérica, con irradiación en la ciudad de Fátima (Portugal). Está conectada con la del vórtice de Lourdes, en Francia, además de actuar conjuntamente con el centro Aurora (en Uruguay). Su energía es esencialmente femenina, con las virtudes de lo virginal y la inocencia de lo original-paradisíaco. Sus arquetipos fundamentales son la Virgen María (una de cuyas apariciones proféticas registra allí la Iglesia de Roma) y el hombre “adánico” anterior a la Caída. En esta morada, de actividad relativamente “reciente”, se preparan las formas etéreas (tarea de Lis) y la estructura molecular-celular (tarea de Fátima) de las nuevas razas en ciernes en el planeta, superadoras de la degenerada raza adámica que hoy está siendo salvada de su autodestrucción. Los residuos kármicos planetarios y sus efectos en el plano físico (de humanos y también de animales) son “reciclados” en Lis-Fátima. Patrones activados durante las eras lemuriana y atlante sufren hoy allí transmutaciones. Su propósito es el de restaurar una inocencia original que anida en el “niño interno” (el arquetipo del puer aeternus explorado por Jung), dejando resurgir, con amor compasivo y edificante, la naturaleza andrógina presente en todo ser vivo. Como Anu Tea (centro con el que mantiene un estrecho intercambio, en especial como puente al continente americano), es muy fuerte en esta morada la interacción con entidades dévicas (angélicas, Elementales, feéricas), profundamente imbuidas del cuidado de la Madre Tierra. La Flor de Lis (flor del lirio gala), cara a las casas reales francesas y diversas formaciones esotéricas, es una extrapolación simbólica del Árbol de la Vida y rica en controversiales connotaciones psicológicas, es, también, un “emblema” de este inframundo, cuya labor es culminante y fundamental en esta etapa evolutiva de la humanidad.






26 de agosto de 2014

JULIO CORTÁZAR: Sobre tu cansancio (y el mío)








"... Histrio. Mimo. 
Noche de empusas, lamias, mala sombra, 
final del gran juego. 
Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo. 
Irremisiblemente..."

Rayuela, 36




¿Estabas, en verdad, cansado de ser "el mismo"? ¿O estabas cansado simplemente de "ser"? Yo no sé si alguna vez le creíste más a Parménides que a Heráclito, pero me cuesta creerte a vos sintiéndote "el mismo" un solo instante. Y porque yo te siento esencialmente 'lenguaje' me atrevo a desechar esa idea; y porque fuiste un hijo "natural" de Buenos Aires, no dudaría en celebrar aquel cansancio como un modo de dejarse ser de la genuina melancolía. No fuiste un "ido" dedicado a explorar tus regiones más oscuras, como Alejandra Pizarnik; tampoco un "yente" incapaz de rendirse del todo a la aventura demencial de Diónisos, como Borges. A un pedido personal de Graciela Maturo - uno de los ojos que mejor conocen el fondo marino de tus escritos - debemos este comentario tuyo acerca de tus orígenes cósmicos: "Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde)..." (Carta a G. Maturo, 4 / 11 / 1965) Me pregunto, a propósito de tu Hermes astral, tu gris y tu verde, cuánta razón le habrás concedido al Mefistófeles de Goethe: ¿habrá sido tu vida el intento gris de confirmar alguna teoría? ¿O será que nunca llegaste a contemplar el verde Árbol de Oro que abomina de cualquier presunción teórica, de cualquier tentación ideológica fraguadas por el intelecto?... Un melancólico diálogo con vos mismo, mil veces interrumpido, mil veces perdido y recobrado, sentí siempre tu escritura, tan porosa a las voces del mundo como inconfundible, el testimonio insobornable de ese "vital" desencuentro. ¿Por qué será que me ha sido tan arduo dar con algún claro verdaderamente mágico y alegre en tu bosque poblado de devas y asuras  sutilmente incómodos con la aplastante realidad tridimensional que con mayor o menor éxito te empeñaste en objetar y transformar? Quienes te amaron de cerca no hablan de tu tristeza, de tu pesimismo, sino de tu incesante y espontáneo entusiasmo, de tu tiempo impregnado de gracia y de humor. Tampoco en esto se aparta de la verdad Maturo cuando sostiene, a propósito de tu filiación a una "Generación del 40": "Cortázar también empieza siendo un elegíaco, y lo será siempre en cierto modo; sólo que su penetrante sentimiento del tiempo y de la destrucción se resuelve vitalmente en una actitud de búsqueda, no de quietismo..." (Julio Cortázar: Razón y Revelación, Bs. As., 2004) Es cierto. Recuerdo el impacto que causó en mi sensibilidad entregarme a las páginas (inéditas aún en aquel entonces) de ese "escolio" a tu novela El examen que titulaste Diario de Andrés Fava. De pronto, Cortázar era también un inspirado, un poeta sin pretensiones que había bebido en las aguas de San Juan de la Cruz, de Keats, de Eliot... Algo de aquellas visiones tan afines al espíritu holístico y transhistórico del Romanticismo profundo y del Simbolismo detonaron en mí la sospecha de que, muy en el fondo, un día allá lejos, al filo de tu despedida de Buenos Aires, te habías atrevido a traicionarte, a tratarte a vos mismo como una mera "versión" de alguien a quien jamás terminarías de conocer, de comprender, y acaso también de tolerar. ¿Habrá comenzado ese día tu tedio, ese cansancio que expresó mejor el juego, casi de enfant terrible, con lo "real" que el rezongo tan argentino? ¿Cuál habrá sido esa "búsqueda" tuya mentada por Maturo? ¿Cuál tu verdadero modo de sufrir la condena del tiempo? ¿Valió la pena (o la pasión inútil) la subversión maquinal y deliberada con la que te sedujo (como a mí) el vertiginoso laboratorio surrealista? Y, en cualquier caso: ¿qué te habrán susurrado tus dioses sin rostro acerca de la Eternidad que nunca te dejó entrar, de la Nada que siempre te ofreció su desinteresada amistad? 
Un lunes de febrero de 1984, Borges (otro argentino universal que también cedió a la desdicha de no haber sido otro), mediando sólo una simple y entusiasta llamada telefónica, me recibió en su departamento. Tras algo más de una hora de conversar (o de hacernos de cuenta que conversábamos) y de leerle yo algunos poemas, un periodista irrumpió en su living a fin de rogarle una entrevista urgente: habías muerto vos, el día antes, justo el día antes, un cansado domingo de verano porteño, y yo no lo sabía, habías partido en el invierno de París que abovedaba otro cielo. Recuerdo aún la pregunta inicial, en una voz reciente, próxima, a pesar de los años: "¿Podría decirnos qué se pierde con la muerte de Julio Cortázar?". Borges, sin echar mano de más de unos segundos para ordenar su respuesta, dijo: "Creo que más que pensar en lo que se pierde con su muerte deberíamos pensar en lo que se ganó con su vida...". Y eso mismo es lo que hoy quise hacer, una vez más, con estos titubeos digitales, jugando (como vos seguís haciéndolo con nosotros) a que te escribía unas líneas así, sin preparar borradores, sin saber demasiado sobre qué saldría de mí. Quedo, entonces, a la espera. Puedo hoy ser un Fama o un Cronopio tuyo, y nada me puede robar la ilusión de que, en algún bucle de la gran maraña, recibas esta torpe carta, la leas, me inventes de nuevo para dejar - yo también - de ser el mismo.




Gustavo Aritto


5 de agosto de 2014

EL ESPLENDOR OCULTO (Siete visiones del inframundo)



El esplendor oculto



Acaba de publicarse este volumen.
Siento que he servido a este Universo 
para decir algunas cosas sobre él
con el timbre y las cadencias de mi voz tosca y precaria.
Ojalá esa voz mía haya sabido, también, 
aproximarse al menos al misterio de su silencio y su música indecible.



Extracto del
Prólogo



Un rumor de la mágica tradición irlandesa da por cierto que quien duerme una noche en la cima del sagrado monte Slievenamon, al recordarse con la aurora, se habrá vuelto poeta o loco. Nos revela que será poeta si su ser todo logra vibrar gozoso en armonía profunda con el hechizo que lo imantó durante el sueño; y que lo vencerá la locura si hubiese sido incapaz de soportar y de hacer suyo aquel íntimo estremecimiento. Me pregunto si no vivimos todos, cada anónimo humano extraviado en este planeta, en la imperceptible inminencia de uno u otro de esos dos “estados de Gracia”. Un sentir intenso parecido a una intuición me dice muy adentro que, de entregarnos sin la carga del pasado y sin expectativas al torrente incansable torrente de la vida, muriendo a todo (o a casi todo) de instante en instante, el Universo que nos permitió surgir se valdría inmediatamente de nosotros para seguir creando, es decir, transformando lo que ha envejecido en algo nuevo. Nadie no debería, entonces, no ser poeta. Donde haya intención no puede haber poesía; la vida de un poema es expresión, jamás comunicación. El lenguaje es, por naturaleza, enérgeia (energía), y llamamos “poesía” a un misterioso movimiento de sublimación y transmutación verbal cuyo obsceno resultado es un momento de precaria existencia alojada en la ráfaga de un aedo, un juglar, un bardo. El hecho de que los otros sean el tímpano es meramente aleatorio. Lo “actual” es la entidad cósmica del sonido que dejó su huella efímera para retornar cuanto antes a la esfera donde se suscitan la luz y las formas. Así, un escritor no es, en modo alguno, autor de nada, a lo sumo le será concedido ser admitido como aprendiz de alquimista. La escritura, harto sacralizada por la civilización hegemónica que hoy se desvanece a la vista de todos, es, por el contrario, puro érgon, trabajo aplicado a la mecánica tipografía, los autógrafos y sus copistas, bajo el yugo de la gramática y la retórica, deudores de la profesión del rapsoda, el skald, el fili y el trovador. No hace falta convertirse al deconstruccionismo para advertir el abismo incalculable que se abre entre un manuscrito y la perpleja constelación de símbolos que en él sobreviven transformándose de pueblo en pueblo, de traducción en traducción, de remembranza en olvido de ese que vuelve a solas a buscarlos y ya no están ahí… Quien escribe un poema sólo puede dar cuenta de su entramado formal, las estrategias y las tácticas, las relaciones y las estructuras que prefirió activar para su elaboración; arrogarse conocer el subsuelo de significados de ese “producto” estampado en la página es señal inequívoca de su ilusión megalómana y pueril. Empero, quizás haya que secundarlos en sus razones y sus entusiasmos ya a los dichosos calígrafos chinos, cuyos ideogramas celebran con su danza la totalidad de la vida, ya a los iniciados cabalistas que consultan o veneran el alfabeto hebreo o el que Ogham transmitió en el bosque a sus druidas, letras y árboles donde palpita el nombre último de Dios. Al asediado palimpsesto y todas sus bibliotecas los preceden una música inaudible y los preserva la mortaja de la mímica y el dogmatismo de la cultura de masas y la de élites. La más genuina inocencia (ese estado que nos vuelve igualmente invulnerables e inofensivos), la más apasionada impersonalidad (que nos devuelve nuestra íntima divinidad), serían mis máximas aspiraciones como poeta.

(...)

... Las composiciones que conforman este volumen nacieron a partir de los atributos, aspectos, sustancias concretas de ámbitos, relaciones y seres que vibran en dimensiones de realidad mucho más sutiles que la material tridimensional de cuyos escamoteos el deseo y el miedo (y su aliado, el tiempo) nos han perversamente persuadido. No importa en qué inmóvil museo intentemos confinarlos: cualquier mitología que les endilguemos hombrearía, también, el fardo del pasado y traicionaría su verdad, su porqué, su meollo esencialmente cualitativo. Se nos está instando no a creer que existen y en cómo nos los describen, sino a confiar en que merecemos experimentarlos y ser, aun ignorando cuándo, bienvenidos a la vecindad de sus regiones todavía extrañas a nuestra apremiada sensibilidad física. Proyectándose en la superficie geográfica, los siete centros planetarios (y los centros intraterrenos respectivos que los sustentan) trabajan conjuntamente a instancias del “gobierno interno” de la Tierra, y según la circulación de energía asociada a un octaedro etérico conocido por el ocultismo cosmológico desde la Antigüedad. Sus nombres son: Anu Tea, Aurora, Erks, Iberá (o Iberah), Lis-Fátima, Mirna Jad y Miz Tli Tlan (punto éste central del sistema). A cada uno de ellos, y en compatibilidad con su idiosincrasia particular, está consagrada cada una de las siete secciones de este volumen. La sustancia supramental que los constituye y se diversifica internamente en grados dimensionales más elevados habrá de manifestarse más plenamente a medida que la humanidad, sumida en la ignorancia y la autodestrucción presentes, logre desmantelar el aparato de sometimiento masivo que ha desvirtuado su esencia y su destino cósmicos. Ciudades todavía imperceptibles despiertas en la, así llamada, “tierra hueca”, entre cuyos habitantes prevalecen una paz y una alegría creativas difíciles de aceptar como reales, se erguirán, cuando fuere tiempo, bajo el sol de la raza renovada en ciernes.

La índole narrativa o dramática de los textos que siguen no hace más que confirmar esos rasgos en un escritor que poco tiene de poeta “lírico”. Los géneros literarios no son, para mí, sino una tentación subversiva, y a ella me entrego sin demasiado pudor ni morosos cuestionamientos artísticos. Lo decisivo de toda poiésis, de un proceso de creatividad genuinamente consubstanciado con las fuerzas cósmicas, es ajeno al lenguaje. Las palabras –y la sombra de las palabras– son el tormento del poeta, la ordalía que le impone el Orden programado del cerebro obediente a ese alienado sospechoso de complicidad con el Caos. La soledad, su condición más preciada. Conjuración de pulsaciones y apariciones demenciales, territorio de tensiones siempre por resolverse, un poema es indecible mito antes que sucesiva fabricación verbal, peregrinación desde el Vacío hacia el templo de la sagrada imperfección. Mantra sin causa ni finalidad, su materia es la de las marismas del sueño, visiones donde se funden el observador y lo observado, y las oposiciones superan la compulsiva dualidad que se nos impuso en beneficio de lo aspectual, lo que se realiza en la gradación y el matiz, y acepta en su seno todas las polaridades, todas las presuntas contradicciones. Una vertiginosa trayectoria de dos mil años aguarda ir desvelándonos nuevas pautas, “extraños atractores” ansiosos por romper patrones y mandatos que, poco a poco, se librarán de cuanto nos resulte eventualmente obsoleto. Habrá que descender, no obstante, a las simas del Silencio primordial, y habrá que remontar vuelo, con una ingenuidad próxima a la de un niño. El ciclo hoy consumado de la Era de Piscis nos recuerda que el entusiasmo irrefrenable por visitar el Misterio, “campo unificado” que religa la vida y la muerte, y que tomó impulso, en Occidente, acaso en el Virgilio de la Eneida y la Égloga IV, que alcanzó su cenit con Dante y que reclamó su derecho a hundirse en el ocaso de los Four Quartets (Cuatro cuartetos) de T. S. Eliot, o los “fragmentos elegíacos” que dan morada a los difuntos de J. Rulfo, reanímase ahora, en el estrago de tiempos cruciales, orientado hacia imprevisibles horizontes de sentido y alimentado, como lo hizo bajo aquellas máscaras de egregias individualidades, por el mismo susurro sin rostro de siglos y siglos de anonimia, recitación y juegos teatrales ante la corte, la aldea o la soldadesca ávidas de enterarse qué noticias traía el viento. Las fuentes aborígenes de aquella trayectoria tendida hacia nuestro encuentro se ven hoy vindicadas por un macrocosmos que nos habla sin mayores ambages de lo que antes mortificó a quienes pagaron con su honor, su libertad y su vida el hacer de la verdad su motivación estética. Y es sugestivo el que la modernidad, la civilización medieval y las antiguas hayan cumplido una idéntica misión represiva en torno a lo que los portales oraculares, el claro de los bosques o los “ángeles” desprendidos del cielo declararon a quienes supieron escuchar.

Una matriz de sagradas geometrías, eco espontáneo de algún arpegio de Dios, se insinúa en los umbrales de la mente humana rescatada de sus falsas urgencias. De esa intimidad emergerá un universo poroso y discontinuo donde cosas y pensamientos llegarán a ser un único y simultáneo fenómeno. La realidad será, así, un milagro constante. Un día escondido en el porvenir, ningún acto individual sobrevivirá separado de la comunión holística y la participación fractalizada en el Todo. Y nada quieren deberles estas primicias a los sponsors del siniestro Nuevo Orden Mundial que vigorizó el evangelio de la New Age. Tampoco a las operaciones metafísicas de ninguna profanada Enciclopedia: otro Tlön polifónico, asaz diverso de aquel que genialmente dedujo Borges de su Quijote, emancipado ya de su predestinación escritural y la conspiración de un puñado de ideólogos de alguna incógnita matrix que nos elude y, a la vez, nos confiere consistencia ontológica, irá convocándonos como sus humildes magos. No nos es dado siquiera avizorar la futura interacción de quien recita o escribe y de quien escucha o lee, ni la suerte que correrán la paranoia de las influencias y esa patraña prestigiada como estilo... 

(...)

Luz lastimada, fulgor que debió replegarse al seno oscuro de la tierra, según lo augura el I Ching en su hexagrama 36, Ming YI, a cuyos primitivos ideogramas pretenden aproximarse, en nuestro dúctil romance castellano, torpes conceptualizaciones como ‘ocultamiento de la luz’, ‘luz herida’, ‘esplendor oculto’… A propósito de la maravillosa constelación de enigmas que solapa ese signo del “libro de la versatilidad”, según interpreta su nombre Rudolf Ritsema, comenta su amigo Stephen Karcher en la magnífica página electrónica que le dedica: “El ocultamiento del brillo es el Sol Oscuro, el sol en la tierra y el sacrificio a los poderes de lo oscuro en el Altar de la Tierra. Representa el Mundo de los Muertos y el duelo, el País del Demonio y la travesía a través de los bárbaros. Retrata a quien ha sido expulsado, marginado, proscripto, exiliado de los centros de la cultura y el poder. La imagen central es aquí el eclipse solar… El eclipse significa tanto el aceptar una tarea ardua como el socorro del espíritu en medio de la dificultad… La aceptación de la dificultad acá implicada, el portentoso pájaro profético clamando desde la oscuridad, ha de acarrear la liberación y el nuevo día.” (En S. Karcher y J. Chase-Daniel, I Ching: Mothering Change, 36; traducción mía). La amarga persecución al rey Wen y a su hijo, el “aventador” príncipe Chi, redactores de los textos de los trigramas y de los hexagramas respectivamente bajo la inspiración del legendario chamán Fu Hsi, es su sustrato histórico. Fue justamente Chi quien, amenazado por el terrible tirano Chou Hsin, debió huir hacia el sur y “oscurecerse” allí hasta urdir el plan que devolvió la “luz” a su pueblo.

A la audaz aventura espiritual del brasileño José Trigueirinho atribuyo plena y gozosamente las extraordinarias revelaciones que impulsaron los versos y las prosas que habitan inquietos estas páginas. A él, con mi mayor respeto y mi gratitud, dejo entonces ordenando, con autoridad muy superior a la mía, algunas cosas difíciles de percibir, algunos dichos renuentes a ser entendidos del todo: he ahí, quizás, su intensidad inaudita, su intemporal, fascinante belleza.

(...)


Gustavo Aritto



El esplendor oculto (Siete visiones del inframundo) fue publicado por Editorial Imaginante (www.editorialimaginante.com.ar), Buenos Aires, julio / 2014. Ilustración de tapa: pintura del propio autor sobre prototipo arbóreo céltico; 148 páginas.






4 de agosto de 2014

TODAS LAS GUERRAS, LA GUERRA (IV): El Sionismo, sus "Sponsors" y la legítima Palestina




"Del Sionismo se dice a menudo que es el corazón de la conspiración, pero no estoy de acuerdo. Es parte de ellasí, pero la red de la Hermandad es por lejos mayor que eso. El Sionismo no es el pueblo judío, es un movimiento político. Muchos Judíos no lo respaldan, muchos no- Judíos lo hacen. Decir que el Sionismo es el pueblo judío es como decir que el Partido Demócrata es el pueblo estadounidense. Todavía desafiar los extremos del Sionismo es ser llamado antijudío o antisemita. ¡Qué tontería absoluta!. Justo como la República de Sudáfrica es realmente el Feudo de los Oppenheimers, así el Estado de Israel es realmente el estado de Rothschild. El Sionismo fue la creación de los Rothschilds de parte de la Hermandad y en verdad no es sionista, sino SIONismo, una rama de la religión del culto del Sol reptil - ario. Ha sido usado para asegurar la toma de Palestina árabe por dos razones principales. Esta es tierra sagrada para los reptil - arios que se remonta a los Levitas y al mundo antiguo. 

También descaradamente robar un país árabe brindó interminables oportunidades de promover el conflicto y la división en el Medio Oriente, y esto era particularmente eficaz para manipular los estados petroleros árabes. El momento crucial en el plan de Rothschild para "Israel" era la Declaración Balfour cuando el Ministro de Relaciones Exteriores británico, Arthur (Lord) Balfour, anunció el 6 de noviembre de 1917 que Gran Bretaña apoyaba el reclamo para una patria judía en Palestina. La Conferencia de Paz de Versailles dominada por Rothschild también confirmó su apoyo para esto. Sorpresa, sorpresa. 

¿Pero qué era esta Declaración Balfour?. No fue hecha a miembros del parlamento de Westminster. ¡Era sólo una carta de Lord Balfour (Comm 300), un miembro del círculo interior de la sociedad secreta de la Mesa Redonda, para Lord Lionel Walter Rothschild (Comm 300), que financiaba la Mesa Redonda!. Era una carta entre dos miembros de la misma sociedad secreta. Rothschild era un representante de la Federación Inglesa de Sionistas que fue organizada con dinero de Rothschild. Es extensamente creído por investigadores que la carta 'de Balfour' fue escrita en realidad por Lord Rothschild con Alfred Milner (Comm 300), la figura principal de la Mesa Redonda que había sido hecha presidente del gigante de minería, Río Tinto Zinc, por el mismo Lord Rothschild. Río Tinto está en exceso involucrado en Sudáfrica y un accionista mayoritario es la Reina de Inglaterra aparentemente. 

Los árabes de Palestina fueron usados para luchar contra los turcos en la Primera Guerra Mundial bajo el mando del inglés, T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) que les prometió la soberanía plena por sus esfuerzos. Todo el tiempo sabía que el plan de la Hermandad era para la patria 'Judía' (Jázaro - aria) en Palestina. Lawrence, un amigo íntimo de Winston Churchill, admitió este hecho después cuando dijo: 'Corrí el riesgo del fraude en mi convicción que la ayuda árabe era necesaria para nuestra victoria económica y fácil en el Oriente, y que era mejor que ganemos y romper nuestra palabra, que perder.... La inspiración árabe era nuestra herramienta principal para ganar la Guerra Oriental. Así que les aseguré que Inglaterra mantuvo su palabra en letra y espíritu. En esta comodidad llevaron a cabo sus cosas finas; pero, por supuesto, en lugar de estar orgulloso de lo qué hicimos juntos, yo estaba continuamente amargado y avergonzado.'

Tal ha sido el «modus operandi» reptil - ario durante miles de años. Fueron los Rothschilds quienes financiaron los primeros colonos 'Judíos' en Palestina; fueron los Rothschilds quienes ayudaron a crear y financiar a Hitler y los Nazis en la Segunda Guerra Mundial lo que incluyó el nauseabundo tratamiento de judíos, gitanos, comunistas, y otros; fueron los Rothschilds quienes usaron la entendible simpatía de pos-guerra por los 'judíos' de los que ellos se habían aprovechado implacablemente para presionar a través de sus demandas para una toma de Palestina árabe; fueron los Rothschilds quienes financiaron los grupos terroristas 'judíos' en Palestina que bombardearon, asesinaron, y aterrorizaron Israel hasta la existencia; y fueron los Rothschilds quienes financiaron y manipularon a estos terroristas en las posiciones claves en Israel, entre ellos los primeros ministros, Ben-Gurion, Shamir, Begin, y Rabin. Estos hombres pasarían el resto de sus vidas condenando el terrorismo de otros con una hipocresía que no admite creencia; fue Lord Victor Rothschild, el director de la Inteligencia Británica, el que suministró la experiencia para las armas nucleares de Israel; fueron los Rothschilds los que poseían y controlaron Israel desde el comienzo y han continuado determinando su política desde entonces; fueron los Rothschilds y el resto de la red de la Hermandad que han escondido y ocultado el hecho, confirmado por historiadores judíos, que la mayoría abrumadora de personas 'Judías' en Israel se origina genéticamente de los Montes Cáucasos, no de las tierras que ahora ocupan. Las personas judías han sido sacrificadas sobre el altar de Rothschild de codicia y anhelo por el poder, pero incluso los Rothschilds toman sus órdenes de una autoridad más alta que, yo creo, está probablemente ubicada en Asia, y el Lejano Este da órdenes a las oficinas centrales operacionales en Londres. En última instancia, el completo engaño está organizado desde la cuarta dimensión inferior."


David Icke, El mayor secreto, 11: Babilonia global