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19 de mayo de 2012

LA PROCESIÓN







A Francisco de Goya


  
¿Cómo no perseverar y seguir adelante? ¿Cómo desertar a las señales de los hondos nubarrones confabulados con la luna? Quién más, quién menos, sabía de duelos y de quebrantos semejantes al páramo que desaparecía donde la extensa noche arrojaba sus estrellas… Hubo siempre tres caminos… La cuesta y el garrote, los suecos resbalando por el desfiladero, el antiguo atajo de las brujas. Quisiera no poder acordarme de aquel ramalazo cargado de gemidos y de niños, de niños y de insoportables gemidos, que casi nos voltea al contornear el peñasco más escarpado. … Tres caminos y un sendero…  Un mismo rostro, todos, un rostro sin retorno; párpados que mentían pupilas de serpiente, y ese agujero obsceno donde afilan la lengua para el salmo o para la maldición. Uno es – oye - el del regreso La encía de las fogatas nos juntó aquí y allá en el calambre del frío y el ayuno.  Pero muchos creyeron que había que seguir, seguir hacia la Fuente que alumbraría el alba apenas, mañana, un domingo de eclipse, ante los que resistieren. Mientras, bajo la ciega bóveda del cielo, la voz de algún extraviado se oyó lastimar el silencio, nítida, única. Dijeron que eran su canto y su vihuela, que en esa copla extraña se presentía la vecindad de los buitres y que el hilo insidioso de sus presagios estaba alejándolos de la meta. … El otro, no haber partido…  De nuca a nuca, de bulto a bulto se propagó como el fuego el rumor que había que hacerlo callar en el nombre del Salvador. Sin embargo, seguían a los tumbos, babeándose igual que lobos caminaban, y sobre nosotros, el sol y las Pléyades remontaban la esfera hacia el próximo mediodía…  ¿No está faltándonos uno, peregrino desdichado?…

El páramo se perdía a la distancia, y las hélices desgarradas del humo iban quedando atrás y resurgiendo adelante, porque atrás y adelante, ¿qué eran sino meros sonidos distintos?. Entonces, una tos repentina obligó al desconocido a interrumpir su copla. … Detén tus pasos, hermano…  Tres mujeres ayudaron con la soga; su entrega resignada, su cara impávida fija en la tierra, pusieron en ridículo al puñado de fornidos hombres de negocios que pujaron por darle caza. Solamente su instrumento defendió apretujándolo debajo de su sobaco. Poco después lo oyeron callar del otro lado de un molino en ruinas. Yo no esperé más: salí de él, contemplando en el suelo desde la altitud creciente la pregunta de su mohín perplejo y sus ojos ganados por el pánico. Una vieja comadrona les tiró una manta encima a él y a su vihuela, no fuera que el rocío los arruinara a los dos: “Ya nos alcanzará… Que el Salvador no tiene en menos a nadies…” No entendió. Ni ella ni otros rezagados que pasaron cerca del cuerpo empapado de orina. Los vi avanzar en medio de la oscuridad igual que una tribu de tenaces hormigas nocturnas. … ¿No han girado ya en tus sueños… esas ardientes centellas?…  

Obediente al Amor que me devolvió por un día al éter envilecido de Urantia, fui, bajo otros nubarrones pero la misma luna, el resplandor de una Virgen para un villorrio escondido a orillas del umbral que llaman Titicaca, y la forma indescifrable del Andrógino en la parte opuesta de ese mundo que habitan los que esquivaron la última gran ola… Al romper el primer albor, pocos lograban mantenerse en pie, pero no claudicaron hasta vislumbrar la bruma sagrada de la Fuente donde hubiesen deseado haber merecido mi figura humana, haberme oído responder, haber sentido en su úlcera y sus vergüenzas, en el tumor voraz de sus pensamientos, en su mirada sin luz y su corazón agusanado de rencor, la mano reparadora reclamada en sus plegarias y su miedo. SOÍN… SOÍN… SOÍN… SOÍN…  Empero, yo todavía estaba ahí, entre ellos, y fui Nadie. Uno… dos… tres… siete… se abalanzaron pioneros sobre el espejo de agua. La caterva exasperada que los acosaba por detrás tampoco dudó en sumergirse, como testimonio para quienes no creían poder mover montañas. … MANUÁK SIKIÚK NAHUA… [1] He reconocido a bordo de la Ciudad Fluctuante la estela astral de cada uno, el lastre abominable de su sombra. Que no se enteren de que su Avatar guardó sus pasos en la procesión: ¿qué importa? En el pestañeo inútil de otros dos mil años habrá una nueva oportunidad... Hasta que sea preciso, que sobrevivan ignorando que el Vacío que los hizo suyos es un Rostro más de su Dios.




Gustavo Aritto
©2012 Reg. Prop. Intelectual - Rep. Argentina








[1]“SOHIN / SOHIN / SOHIN / SOHIN // MANUAK SIKIUK NAGUA”: Mantra en irdin, lengua intergaláctica, propiciador de la coligación con la Nave Alfa. También conocida como Ciudad Fluctuante, trátase de “una gran base móvil de trabajo de conciencias estelares, para la cura, la armonización y transformación de las especies, según los parámetros de los arquetipos. Por su intermedio actúan los Jardineros del Espacio [Conciencias superiores que auxilian en la conducción del proceso evolutivos de todos los reinos] y los curadores… La presencia de esta nave en la órbita de la Tierra está relacionada con la evolución planetaria y no con la de algunos individuos en particular… Entre las tareas realizadas por la Nave Alfa, se pueden citar: la transformación de energías, el cambio de código genético y la modificación del sistema energético en los seres humanos y, también, diversas transformaciones en representantes de otros reinos de la naturaleza. La Nave Alfa es una de las más complejas de la red de cura existente en el cosmos; en esta época el centro intraterreno de Aurora [ubicado a nivel suprafísico en Salto, Uruguay] como apoyo para sus operaciones.” (J. Trigueirinho, Léxico esotérico, 2003)


Ilustraciones: Francisco de Goya, La romería de San Isidro (óleo perteneciente a la época de la Quinta del Sordo). En la portada: detalle. Abajo: el cuadro completo (invertido horizontalmente).



19 de abril de 2012

WEKO, TIRANO





                                                         Quizás, Cratilo, sea esto lo que quieres decir: 
                                             que, cuando alguien conoce qué es el nombre 
                                                  (y éste es exactamente como la cosa), conocerá
                                             también la cosa, puesto que es semejante
                                                                       al nombre.”

                                                                                                 Platón, Cratilo, 435 d
  



Había una vez un pueblo que vivía dichoso al abrigo de los cerros verdes del Altiplano. Hombres y mujeres cuyo semblante emulaba las espigas y cuyos ancestros habían ofrendado su sangre en las crónicas mendaces del conquistador. Quien más, quien menos, todos conocían el sagrado beneplácito de la Madre Tierra y no tenían que temer por el porvenir de sus críos. Pero tiempos llegaron grávidos de augurios turbulentos, en que los guardianes de las cuevas celosas del estaño y del oro comenzaron a soplarse cosas en la oreja. Sucedía que unos gringos bajados del norte, avencidados bruscamente en la meseta con la excusa de mercadear el cuero de la alpaca, se estaban ganando poco a poco la lábil voluntad del muy anciano Toribio, cacique sin tacha, probado por igual en la sabia adversidad como en el favor magnánimo del Cielo, elegido desde los orígenes por los Inmortales para guiar a los suyos hasta el final de la gran usurpación. Y aunque nadie había visto a los intrusos merodear el valle, una tonta pelea por un gallo entre dos hermanos sirvió de chispa para excitar la mecha. Lo que empezó a las tantas de la noche aturdido por las habladurías de los gallineros acabó a mediodía en un tumulto de hembras de uñas filosas y machos anudados en el polvo, cuando ninguno recordaba ya cuál cargaba con la deuda y cuál con el rencor. Tomados por sorpresa por los rojos herreros, quienes se precipitaron por la ladera con el cuchillo y el hacha en sus manos, los mansos varones de la tribu imploraron a Toribio que los acaudillara en una rebelión que juzgaron inevitable y, por eso mismo, justa. No bien los rumores de la asonada envenenaron los oídos de los sediciosos, antorchas anónimas incendiaron la choza del gran cacique, quien debió huir en una canoa encapuchado por la madrugada a las entrañas de una isla escondida en el inmenso lago que flanqueaban las últimas cumbres, donde la cordillera condesciende con el llano. Tres águilas harpías, que por momentos parecieron una sola, se extinguieron en el horizonte junto con la embarcación. Allá, encubiertos por bancos de bruma y espejismos de origen incierto, él, su eunuco leal y su magnánima esposa supieron esperar. Otra versión, que supo depravarse en el canto de esos guitarreros de aquí y de allá tan faltos de escrúpulos, niega que se haya sabido de ellos desde entonces. Su primogénito, en cambio, dejó a salvo su honor cayendo malherido en la avanzada de la primera trifulca. La Crónica del Pseudo Toribio, reputada de fidedigna, a pesar de esa dudosa carátula, por un paleógrafo austriaco, un intruso respetado de siempre, que sobrevivió al desastre, sugiere – la verdad sea dicha – que el legítimo heredero del cacicato tranzó clandestinamente con los obreros de Tubal [1], asegurándose un exilio honroso. El precio fue una misteriosa talla en obsidiana, delatora del incógnito Desfiladero de los Dioses, puerta para todos los posibles éxodos de su oprimido pueblo del sur, ahora en guerra fratricida. Tampoco del desertor, según las mismas cantilenas, se volvió a tener noticia.
Entonces, no dando tregua a las gentes enardecidas del tenaz Toribio, la baba rabiosa del “los Metálicos” (como se regodeaban en llamarse los del gremio subterráneo) infundió temor a los corazones proclamando el nombre terrible de WEKO como nuevo soberano absoluto de todos. Y a fin de prevenir cualquier iluso desacato, fueron restaurados en lo alto del cerro principal los muros de piedra del antiguo Templo del Sol, consagrado a los Inmortales por seres de otra parte, y olvidado allá arriba desde épocas más prósperas y menos desdichadas. Así, WEKO fue afianzándose al amparo del oro y el estaño merced a la sangre fría de un ejército de espías y asesinos obedientes. Un exótico asedio de bandos y comunicados promulgados por la Alta Comandancia Sudandina (así quisieron ser reconocidos) echó mano de antiguos símbolos atávicos para hacerse comprensible a los ojos, y de poderosos megáfonos que, desde ágiles avionetas cedidas por “los rubios”, dejaban propagarse en lengua aymará lo que debía ser escuchado con atención. Tras un par de semanas de carteles de neón y cabriolas en las nubes, todo el mundo sabía que nada debía preguntarse, que WEKO, de mirada indescriptible y una voz capaz de derribar una pirca, pronto promulgaría un orden de emergencia, dos o tres leyes urgentes que hasta un niño podría entender y cumplir. “Y yo, WEKO – replicaba el eco espectral de los parlantes voladores-, restaurador de la paz, espero de mis hermanos que sepan volverse niños por un tiempo…”. Muchas lunas enlutadas de cadáveres tiñeron de rojo la tierra. En pocas semanas, el agua de los pozos, infestados de un extraño color, no sirvió para aplacar la sed ni cocinar el choclo de maíz ni la patata. Como en las confusas marismas de una pesadilla, las pezuñas del buitre y el jaguar se disputaron la carne de los inexpertos guerreros de Toribio y los de sus pobres mujeres, que habían sido abandonadas por la vida aferradas por doquier a los pálidos huesitos de sus hijos. Pestes que ningún chamán supo apaciguar fueron a morar como fantasmas en la niebla de los ríos. Las resonancias pavorosas del tirano apagaron drásticamente las esperanzas de libertad. Ni siquiera los pueblos allende las salinas, hechos de un coraje roqueño, y que no podían no llenarse de horror ante las negras columnas de humo que trepaban igual que himnos dedicados al triunfo de WEKO, se atrevieron esta vez a intervenir. En la penumbra de una cueva que mintió la conjura de los sobrevivientes, la desesperación y el hambre decidieron el asalto final por la ladera norte donde se empinaban las espaldas del palacio. Se decía que los guardias del usurpador sin rostro no descuidaban el escamoteo de balsas en el lago; de ahí que acordasen recurrir a falsos pescadores, forasteros que por una moneda de oro los proveyeron de armamento blanco desde el mar. Cómo hubo regresado desde la bruma el venerado cacique nadie jamás lo conoció. Gracias a algunos rastros dejados por la trabajosa leyenda se dedujo que su canoa sin remos, sólo visible por algunos bajo el hechizo de la luna menguante, retornó sola a la isla. Cuando la cosecha y los rebaños dieron señales de ruina, y los fieles a Toribio sintieron declinar sus fuerzas, el terco caudillo escuchó el llanto de los inocentes electrizando el aire en busca de sus madres y llamó a un imprevisto día de calma. En la madrugada de la luna nueva siguiente al solsticio, fusiles y granadas no tocados hasta entonces por sus manos reptaron monte arriba y sitiaron sin mayor esfuerzo los aposentos prohibidos del tirano. Bajo el grávido cielo que imantaba el ancla de las Pléyades, los cuerpos abiertos de los muertos regaron las escalinatas. Unos pocos arrepentidos, espantados por el zumbido inaudito de las balas, los esperaron de rodillas en la cámara secreta después de haber arrojado al foso sus pertrechos. Otros, más aterrorizados aun, fueron hallados mascando hierba en enardecidas discusiones consigo mismos.
“¡Dónde está él! – se recuerda que trató de gritar Toribio, seguro de su fusil en alto, abriéndose paso entre sus valientes con su poncho de resplandor plateado. ¡Que salga a dar la cara y ponga el pecho, si es un hijo digno de nuestra Madre!”
Cuentan que las penetrantes hélices de la pólvora lo hicieron estornudar por primera vez en su vida. Y que lo embroncó más todavía el pasmoso silencio de aquellas lenguas venales. Un tiro al aire fue su ultimátum. Ninguno respondió. Ninguno podía hacerlo. Tampoco el atroz Comandante de aquellos torpes esclavos del desprecio. Porque él, simplemente, no existía (“Viejo y todo, no te tengo miedo, embaucador…”) ni había existido nunca (“… Nada anhelo más que mi pronta muerte… Sólo tu cabeza rodando por estos escalones supremos se parece a esa nostalgia que me gana el corazón cansado…”). Porque WEKO, dos meros impulsos de voz encadenados, era lo único real, WEKO… WEKO… La cadenciosa vibración de un nombre que nadie recordaba haber elegido. KOWÉKOWÉKOWÉ… y nada más. No había hecho falta el hombre para ganar el territorio y someter a su pueblo distraído en supersticiones. Un par de sílabas sin significado alguno habían bastado. Sólo quedaban en pie los emponchados del anciano mayor de la tribu. Se miraron largamente, desapareciendo uno a uno bajo el cono de sombra del eclipse que pasaba inadvertido. Un puñado de tiernos guerreros se arrimó al viejo sin fuerzas que se dejó derribar, entre corcovos, abrazado a un fusil prestado. … KOWÉKOWÉKOWÉ … Triste partió Toribio; sus ojos atrofiados por el glaucoma fueron quizás los únicos que echaron allí de menos al sol. Alguien le oyó susurrar “no…” antes de irse del todo con la verdad: … KOWÉKOWÉKOWÉ… Una impune grieta resonante… WÉKOÉKOÉKOÉK, un agujero entreabierto por aquella horda homicida en uno de los volubles Universos imaginados por su Dios. Ahora (y sólo ahora) que el vacío estaba ahí, en ningún lugar y en todas partes, empezaba lo peor.  



Gustavo Aritto
©2009 / versión final: 2012
/ Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


[1] Tubal Caín es el nombre de un personaje de la Biblia, y Tubal (en el idioma asirio es Tabal y en el idioma griego es Tibarenoi) es el de una tribu del Asia Menor. Hijo de Lamec, su función dentro de la enealogía de Caín, junto a su padre, su madre, su madrastra y sus hermanos, es la simbolización del progreso y el avance cultural. Tubal Caín, asociado a sediciosas fuerzas inframundanas, representa el conocimiento secreto de la fundición de metales y la metalurgia.

Imagen de portada: Francis Bacon, Self Portrait (Auntorretrato)

8 de marzo de 2012

DE LA CRÓNICA LOCAL DE UFFINGTON, INGLATERRA, 1984



Lucy, la viuda reciente de Mervyn, granjero amigo si los hubo en Uffington, entendió que su yegua Zaira no volvería sola de la colina, y, rezongando como siempre, se calzó la enfática capa y la capucha, manoteó el cayado de roble familiar y se enroscó la soga en un puño. Tu partida me ha puesto vieja… – le dijo a él, que seguramente la contemplaba ahora desde alguna otra colina más verde - … Tanto segar a solas, tanto guardarle granos al próximo invierno, para dejar todo así, sin tranca, e irte sin siquiera avisar… Pero cosas menos perdonables que la muerte le secaban a Lucy el corazón. Porque más que haberle gruñido sin razón, más que haber probado su paciencia de santo galés melancólico hasta cansarse de sí misma y callar, más que todos sus crueles “esta noche, no…” en la cama de los dos, le duele hoy no haberle creído, o, lo que es peor, no haberle hecho creer que le creía. ¿Qué le hubiese costado fingir que también ella había visto en sueños una esfera de luz anaranjada sobrevolando los campos? ¿Qué, alegrarle un día de duro doblar el lomo en la cosecha (uno, no más) con la nueva de que, por fin, se había topado, rumbo a la capilla, con una de esas extrañas espirales cavadas en las espigas? ¿Y haberle dado el gusto de acompañarlo siquiera una vuelta en la avioneta de los Norton, a ver si desde el espacio su fábula semblanteaba menos inverosímil, qué? [1] Era tarde. Ya nadie encendía en el granero la lámpara eléctrica al ponerse el sol que precedía la siega. Mervyn, además del anhelo frustrado de un hijo, se había llevado consigo la ilusión de que su granja de bordes cambiantes y tatuajes inexplicables le hablase a su mujer igual que a él.
Lucy trepó sin premura por el declive en medio de los remolinos azules que enrollaban la impalpable llovizna en la resolana. Sabía que no sería bienvenida en la cima. En efecto, su yegua en celo hacía caso omiso de la forzada labor final de su ama. No había para ella, áspera silueta engreída, nada más real que su tierno Caballo Blanco [2], siempre dispuesto allí a remontar desenfrenado vuelo, a deshacerse en interminables arrumacos. Pero la ruda granjera sureña de rojo pelo ensortijado y mirada tenaz no estaba hecha para esas condescendencias banales, esos caprichos obscenos. Fue enredada en pensamientos oscuros como ganó despacio la loma a fin de enfrentar a aquella otra hembra célibe y sin culpas. El mismo ademán que levantó en el aire el óvalo del lazo, lo arrojó. Zaira, irritada, sacudió su bella crin de azabache y le advirtió con un relincho inequívoco que no siguiera acercándose. Cansada de luchar inútilmente por cada cosa, de tener que preguntarle a la vida por qué tampoco eso, por qué también lo otro, Lucy se dejó caer rendida sobre una rodilla sobre el pasto frío, soltó la soga y, quitándose la capucha de un tirón, se puso a llorar ofrendándole a la lluvia los surcos salvajes de su cara. Quiero irme… -musitó en un largo gemido al golpearla un rayo de sol- … Tengo derecho… Tuvieron que pasar muchas lunas llenas desde la última vez para que se animara a observar el valle desde lo alto. Por fin venció ese vértigo, aunque algo que no logró explicarse la llenó de un gozo aterrorizado. Zaira…, continuó revolviendo la hierba con los dedos, ¿estás ahí?... Pero su amada yegua pareció no oírla. Y no era extraño, siendo que de pronto pudo divisarla a lo lejos, altanereándose entre las ovejas libradas al albur del arroyo. ¿Zaira…?, repitió para sí. Y enseguida la cabaña de pizarra gris batió con el viento los postigos de la cocina: ¿no los había cerrado al salir? Sin embargo, como despierta en la morada de un antiguo sueño, su propia imagen, Lucy con la bata floreada que usaba de muy joven, le demostró desde allá que no, que había que echarle aún el pasador. Quizás recién casada. Quizás encinta del niño que jamás llegó. Cautiva de sus vahídos, y con el reuma ensañándose con ella más y más, Lucile se enderezó sin ayuda del roble. Vio, así, a la distancia, el cono truncado del antiguo silo rotar como un tornado añil, desvaneciéndose luego igual que un espejismo cruzado por la estela incandescente un pájaro. La lluvia que le mojaba el pelo no mojaba el valle. Entonces, para su porfiada perplejidad, el lamparón amarillento que acosaba al granero y había estado siempre ahí, ya no le ocultó su secreto. Tuvo que admitir la armoniosa figura que, desde ese centro imperceptible, desde ese origen clandestino, dilataba su curva en espiral sobre los sembradíos dorados. Cierra tus ojos y la curva crecerá dentro de ti hecha música… –recordó ella la voz de Mervyn - No hay hombre en la Tierra que pueda hacer eso…. No. Era cierto. Y no volvió a dudarlo. Porque alguien se había adelantado a la siega rutinaria para trazar su hélice resonante y perfecta en las espigas. Tal vez adivinó que la faena sería mañana mismo, pues la noche amagaba ya en alguna estrella y la lámpara estaba encendida en el granero. Muy despacito, Lucy tentó el vacío con el cayado del abuelo. Su sombra deforme la acompaña tranquilamente rumbo a casa.



Gustavo Aritto
©2009 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina

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[1] Todo esto se conecta con los famosos “agrogramas” (“crop-circles” o “círculos de los cultivos”) asociados a la fenomenología interdimensional y extraterrestre.
[2] El Caballo Blanco de Uffington (Uffington White Horse, que muestra la toma aérea de la portada): uno de los más antiguos pictogramas hollados por manos desconocidas en el sur de Inglaterra. Ubicado en Berkshire, en el mismo valle donde se alza la adyacente Colina del Dragón (Dragon Hill), su vecindad al castillo de Uffington le da nombre. Enmarcada en el culto de la tribu Belga de Britania, su edad se calcula en 3.000 años aproximadamente. El grabado de cal ha sido atribuido asimismo a Hengist, el jefe de las hordas de anglos y sajones del siglo V d. C. David Icke, en alguna página de su tan fascinante como aterrador libro The Biggest Secret (El mayor secreto), asegura que las raíces del símbolo, atávicamente vinculadas a los poderes oscuros que han controlado el planeta desde tiempos babilónicos, se hunden en el antiguo Oriente Medio...

19 de febrero de 2012

HACIA LA ISLA DE PENGLAI SHAN







A bordo de ocho sencillas barcas de pesca, anudados bajo sus humildes chozas de paja, los monjes se alejan en la niebla. Los puertos de montaña los aguardarán abiertos de nuevo cuando el equinoccio. [1] En la Isla de Penglai Shan[2], que no conciente aparecer en ningún mapa, pasarán el verano en trato asiduo con sus íntimos, los Inmortales. Ellos, obreros de la Luz de la secreta alquimia, renovarán el prodigio de prolongar sus días para el bien del pueblo, ávido de desterrar la mentira. El polen sagrado de sus jardines y el oro impalpable que descansa en el fondo de sus ríos irrigarán el reino desahuciado al regreso. Ocho cánticos que no se confunden y que las vulgares lenguas del mundo no podrían entonar sin depravarlos, resuenan en la oscuridad abovedada encima del mar. El cosmos todo es evocado en sus versos.[3] El mar no los reconoce…
Al clarear, la niebla ha levantado. No hay rastros de la costa del Huang Hai[4] que los vio zarpar en lo secreto. Sí lo hay de la luna llena y translúcida. El viento sopla a favor. Todo es silencio, un silencio grávido de incertidumbres. El buen escanciador de cada barca ha repartido el vino de arroz y panecillos de trigo. El hambre no es un pensamiento en ellos. Llegar, sí. No están habituados a escalar las laderas de las altas olas, a mirar cara a cara al abismo de las aguas. A uno que entró en pánico lo han arrojado sin soga por la borda: así aprenderá que el miedo (y no el odio) es el peor enemigo del amor. Como portar brújula consigo o burdos portulanos ofendería a los Espíritus, no han reparado en que el sol parezca salir del Oeste. El fantasma del opio que envuelve la flota mística suele hacer cosas así. La señal venturosa es que, al abrasarlos el fuego del meridiano, el pasado ha quedado afortunadamente atrás: todo es anhelo de recalar por fin en la cándida arena sin huellas. “Mirar allá…” – vociferó el maestro del templo clandestino de Xi’an, al frente del penúltimo contingente, señalando un punto en el horizonte. Los discípulos a bordo ya estaban de rodillas. “… Gracias a los Eremitas eternamente iluminados hemos recibido la visión… Están esperándonos…” Con el octavo eco de la profecía, las barcas se entregan a al imán sagrado que se abulta verdoso en los confines del mar. De una a otra cubierta los cánticos se replican como espejos enfrentados en el espacio. Muchos de ellos son, quizá, vírgenes, aunque lo disimulen, en la experiencia inefable de un gozo tal. Antes de lo esperado, cuando en las nubes está ya el ocaso, la Isla los atrae a su seno de nieves eternas y valles siempre verdes. Ninguno quiere distraerse discutiéndole el tiempo a su clepsidra, a exigiéndole explicaciones al cielo donde ya parecen palpitar las estrellas. Todos callan o cantan.
Dos de las barcazas se adelantan rumbo a la línea blanca de la espuma, ahora mucho más nítida. Una se vuelve un reflejo a la distancia, como copiando en su cubierta de brillante paja y de bambú el guiño inexplicable de los primeros astros. La otra se detiene de golpe en un cono de sombra. “¿Han visto a esas dos gaviotas estrellarse en el aire…?” Tampoco eso importa. Lo único verdadero es el silencio, es que la Isla de los Espíritus les ha abierto las puertas de su grandioso Templo, invisible a los comunes. Y los elegidos no pueden con su solapada ansiedad. “¿Qué cráter es ése? ¿Qué precipicio se empina ahí, hermano…?” Preguntándose cosas (incorregible sombra humana que no amansa sabiduría alguna) así avanzan los monjes a la deriva: la tercera, la cuarta… Girando sin saberlo con las hélices de la luna menguante, mintiéndose el abundante paraíso que se les aleja, se les aleja a fin de que lo crean más real. Así acuden los monjes entusiastas, anudados a su frágil bajel por el amor, al llamado de las playas de las que nadie vuelve igual ni diferente. (… La séptima… la octava…) De ahí que no haya mapa que localice el gran Vacío, sobre el cual el Supremo sustentador del universo prefiere no pensar. De ahí que le sea preciso arrojarlo a algún otro lado, afuera, adentro, al antes o al después… Ya a la incógnita morada de Alción, ombligo de la galaxia. Ya al abismo del mar de encías negras, bajo los cimientos de las aguas terribles , donde la Isla de sus Eremitas eternos hunde su embudo de follajes y murmullos indecibles con la velocidad de un vórtice de luz. Allá van a parar los vientos favorables y las nubes, la memoria y el terrón caliente de quienes se han acercado demasiado.



Gustavo Aritto
©2009 / Registro Nac. Prop. Intelectual - Rep. Argentina


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[1] Según el I Ching o Libro de las Mutaciones, los puertos montañeses eran cerrados al aproximarse el solsticio. Así lo indica, por caso, el texto del hexagrama 24, “El retorno”: “Los antiguos reyes usaban el culminante sol para cerrar los pasos…”.
[2] Penglai Shan es el nombre de la isla legendaria donde, según la sagrada tradición taoísta, moran los Ocho Inmortales (Xian), antiguos espíritus de eremitas difuntos que fueron divinizados.
[3] Son ocho los trigramas elementales que conforman la combinatoria total de los 64 hexagramas del I Ching.
[4] El Mar Amarillo, brazo del océano Pacífico, rodeado al este y norte por China, y al oeste por Corea del Norte y Corea del Sur; al sur se une con el mar de la China Oriental.

Ilustración de portada: El acantilado rojo, del pintor de la dinastía Ming, Qiu Ying (1494-1552).