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27 de septiembre de 2014

RESURGIÉNDONOS EN LIS-FÁTIMA: UN CANTAR DE BARDO IRLANDÉS





CANCIÓN DE LOS ELFOS 

Y LOS DELFINES MUERTOS



Había una vez una canción y sus versos decían a Eirinn [1] desapareciendo de nuevo en el ciego vacío de la bruma. Nos hablan del mar, del otro incógnito mar que los atrajo y ellos no saben. No el que asola sus trémulas torres erguidas en la vecindad de las olas, ese que encubre el sigilo de sus submarinos. Otro es el mar de esta madrugada, y ellos, infectados del virus que romancea aún su aventura inútil, le creen a su brújula. La pánica inminencia del hielo pareció burlar hasta al vigía de silicio de su anfibio acorazado y la dudosa complicidad de la luna. Nada dice el canto acerca de cómo lograron esquivar la catástrofe, dar con la playa segura a despecho del acantilado de uñas filosas. Empero, nosotros sí sabemos.
Sentimos sus pisadas nefastas golpear la tierra cuando la niebla comenzó a ceder las colinas al capullo violento del alba que se abrió en el oeste solapando el eclipse. Porque encontraron, como siempre, aquello que venían a encontrar, lo que traían escrito en los surcos ruidosos de sus cerebros, por eso les bastó un vistazo apenas para cumplir con la inspección de rutina. Al abrigo de sus escafandras inmunes, los tranquilizó el reconocer, también aquí, las envenenadas humaredas creciendo hasta las guaridas del trueno, la encía de los rescoldos vivos aún debajo de los escombros, la masacre del bosque que lloraba en sus bellotas de plutonio, el vuelo de ceniza de un albatros encima de las cruces… En medio de un mecánico intercambio de ademanes, sus torpes siluetas se buscan entonces en el espejo de la resaca de vuelta a la embarcación. No bien la última desapareció por la escotilla, el anfibio avanzó sobre las dunas y las dejó atrás para ganar el páramo. Su boca colosal fue aflojándose en señal de querer escupir más orugas de hierro, más clones mercenarios. Pero no. Ya que los versos despiadados del bardo que nos canta [2] muy otra dicen que fue esa mañana la mercancía de su embuste repetido. Así nos rozan en el aire sus palabras bajo el hechizo de su arpa:

“El triste día descubre en el lodazal los cuerpecitos desnudos y helados de los niños; los tatuajes de los mercaderes en celo y sus orgías, de los racimos del exterminio, de los brujos de negras probetas y su negocio… Cada uno abrazado a su delfín, supino y sin vida ya. Cada uno aferrado a su hermano marino hasta el final, apretujando los párpados para olvidar. Es lo que arroja como estiércol el monstruo clandestino al suelo ácido de la isla que erróneamente suponen entre los témpanos del Sur, y en alguna parte la sombra del eclipse…
Pero esas mujercitas, esos varoncitos hoy huérfanos que dieron por muertos están sólo atrapados por una pesadilla efímera aunque atroz… Allí los depositan, para que no molesten más, a fin de que se vuelvan piedra en la piedra, humo en el humo; y después se van…
¿Cómo no traicionar ahora la verdad, no lastimar la belleza? ¿Cómo cantar esa tribu de elfos [3] menudos surgiendo de pronto de los repliegues del Sueño, del mismo Sueño del que nacen mis versos y sus reticentes profecías? Evocar el fulgor rojizo de sus melenas ensortijadas oliendo a madera de abedul recién encendida; la linterna dorada de sus ojos azules alumbrando los senderos ocultos donde abrieron paso primero sus lobos de pelaje de luna. Así acuden – la congoja en el corazón, la impaciencia en los pies —. En sus propios brazos fornidos, pero delicados como la brisa cuando hace falta, van recogiendo, con igual compasión, los cuerpos dormidos que aprisionan gemidos de cristal, y los otros, que no serán desahuciados, que gozarán de otro despertar en aguas extrañas. Dana, Madre de todos, habrá de guiarlos una vez más. El fecundo Vacío los acecha en el Pozo inhallable que Ella hará relumbrar para sus elfos, y sus elfos nunca deshonraron a su raza humillada y probada en dolores. [4] Porque somos el caos que no se cansa y sus desechos, y como el Orbe imanta los tres Mundos, todo comienza de nuevo a cada instante, y los niños duermen y los delfines conocen el Secreto…”

(Así calla, Diosa, tu bardo sin rostro; así nos abandonan su arpa y sus dichos. Y si algún puño asesino lo amordazó, no nos lo digas, Madre…). Algo en ese silencio emborrachado de hidromiel se parece demasiado a la eternidad; nada nos queda del torbellino apasionado donde el porvenir nos recuerda. Nacerse, simplemente. Vivir para cuidar una flor que dura un día y apagarse con ella. Somos libres. El orden y el desorden son ya una misma y única ilusión… Esos pobres obreros del tiempo regresarán a Eirinn, repetidos, al amparo de sus estrellas muertas. En nuestro reino hay muchas moradas y pocas, muy pocas puertas. Allá afuera, bajo el sol total que bendice las colinas verdes, los Gigantes celebran su danza milenaria y los pájaros brotan pujantes de los árboles que duplica el río. [5] ... A salvo de la lluvia de fuego y de los pensamientos, debe de andar errante en el exilio algún bardo de barba rala y pechos de leche que engendre, al son de cuerdas jamás oídas, esa inaudita danza misteriosa, el ágil vuelo inmóvil de la Berkana [6] sobre los asiduos sembradíos. Tal vez entonces unos pocos sobrevivan para mirar y ver, para escuchar y hacerse ritmo. La nave suspendida en la espiral del espacio, dejándoles su música en las espigas: un nudo de tres pétalos, hélice de la sangre subversiva, lirio de amor florecido en los declives de la Mag Mell [7] sin pasado que reverbera en las simas de la tierra hueca…[8]

Había una vez el Silencio y un poeta.




GUSTAVO ARITTO

Texto incluido en El esplendor oculto (Siete visiones del inframundo), Buenos Aires, Ed. Imaginante, 2014.
Video de carátula: Si Bheag Si Mhor (en inglés, Big Hill, Little Hill), es decir, Colina grande, colina pequeña, título que conmemora el sitio de Co. Meath donde dos gigantes adversarios fueron convertidos en colinas por una hechicera. Versión según el arreglo y la interpretación en arpa celta de Mark Harmer.





[1]  Eirinn o Eriu es uno de los nombres con que se conocía a Irlanda en tiempos primitivos; otros dos registrados fueron Fotla y Banba. Son los nombres que identificaban a las esposas de los tres soberanos reinantes simultáneamente durante el apogeo de los enigmáticos Tuatha de Danann (literalmente, “gentes del dios cuya madre se llama Dana”), todos nietos del mítico Dagda o Dagdé (enaltecido como “Señor del Conocimiento y Sol de todas las Ciencias”, además de serle atribuida la paternidad de la misma Dana), y muertos asimismo todos ellos frente a los Milesios en la batalla de Tailtiu (o Taillte). Se trata, pues, de tres denominaciones para una misma isla, y, también, para una misma mujer triplicada por el mito: la Gran Madre de la tierra. Dana se transfigurará en la Brigantia, Brigentis o Brigitt postromana, y luego, con la irrupción del cristianismo, en Santa Brígida. A propósito de esto, Sirona Knight comenta en Celtic Traditions: Druids, Faeries, and Wiccan Rituals (Tradiciones célticas: Druidas, seres feéricos y rituales de Alta Magia Blanca, New York, 2000): “La sacralidad del número tres es crucial para entender las tradiciones espirituales de la Diosa. Esta triple naturaleza se refleja en el modo en que la Diosa recibe su culto según sus tres aspectos de doncella, madre y anciana decrépita, y el Dios, según sus tres rostros de hijo, padre y sabio. Estos tres aspectos de la Diosa y el Dios se vinculan directamente con las fases de la luna, la Rueda del Año, y los Tres Mundos.” (trad. del pasaje: G. A.). Cabe agregar la denominación de Inisfail (“Isla del Destino”) para la antigua Irlanda, cuyo eco recoge, entre otros textos, un bello relato homónimo de la tradición oral.

[2]  Los miembros de la clase intelectual entre los pueblos celtas continentales (entiéndase, de la Galia) se distribuían su labor según tres especialidades: la del druida, la del vate y la del bardo. En Irlanda sus homólogos fueron el druida, el bardo y el fili. Los bardos preservaban y recreaban la sabiduría poética oral, mientras que a los vates les estaban reservados los dones de la sanación, la adivinación y la profecía. Los bardos eran poetas, músicos, cantantes y narradores. En el maravilloso volumen titulado Celtic Druids, Celtic Bards (London, 1996), que Robin Williamson escribió con R. J. Stewart, halla uno, entre un sinnúmero de ellas, la siguiente revelación: “La palabra en gaélico para poema o canción es ‘dan’, la cual significa en realidad no sólo ‘canción’ sino destreza y destino. La misma incluye las nociones de elogio y predicción, y, lo que es más importante, poder mágico sobre el objeto o la persona así tratada.” (Druidas celtas, bardos celtas, Introducción: “Bardos”, ‘Poder poético’; trad. de la cita: G. A.). Los bardos conocían el poder invisible del lenguaje y cómo la palabra hablada podía otorgar poder o destruir, dependiendo de la intención y la entonación del orador. Ellos sostenían que su lenguaje emanaba de una fuente en el Otro Mundo. Sabían que la poesía no eran meras palabras, que era asimismo piedras en el lecho de un río, la caricia de los amantes, las olas del mar, una lágrima en el rostro de un niño, los espíritus de la tierra.

[3]  Precedidos por la Jerarquía dévica, los Elementales existen en afinidad con cada uno de los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aires), sintetizados por el éter. Paracelso, cuyos escritos sobre el asunto constituyen un corpus canónico, aun confinándolos a un plano intermedio entre los ángeles (o demonios) y los hombres, parece no poder caracterizarlos sino por la negación: no son puramente espíritus, no son materiales, no son animales, no son humanos; pueden, sin embargo, procrearse, y sufren una evolución paralela a la humana, así como la pasión y las dolencias “físicas”, la muerte o la disolución y la transmigración. Dejando aparte a los elementales creados a expensas de “formas-pensamiento” de la mente humana proyectadas en el plano astral, se realizan, en general, como fuerzas de sustancia-vida de los niveles de conciencia del universo, y son activadas por una conciencia de poder creativo en función de la índole de su tarea, desvaneciéndose una vez cumplida ésta, “disolviéndose” en la sustancia de origen. Sus “razas”, organizadas en reinos sutiles y presididas, de acuerdo con la tradición literaria, por una figura soberana, abarcan las hadas; los gnomos, duendes, enanos, trolls, elfos (consubstanciados con el elemento tierra); los silfos y las sílfides (con el aire); las ninfas, las sirenas, las nereidas, las ondinas (con el agua); las salamandras (con el fuego), entre otros muchos tipos y subtipos, además de los seres identificados como personas individuales (Morgana, Melusine, Merlín y otros muchos). La denominación británica `Faery´, derivada del francés y éste del latín tardío fata (el Destino en su deificación femenina), los incluye a todos. Los elfos, evocados en este texto, tienen por hábitat predilecto los bosques y ciertas matas vegetales marinas. A su áspera relación con los humanos parece deberse su reputación de violentos y proclives al delito (en especial, el robo de niños). Para J. R. R. Tolkien, son los ancestros inmediatos de las hadas, reconocidas sólo en tiempos relativamente recientes en la tradición inglesa. Las figuras del lobo fiel de pelaje plateado (cooshie) y la del caballo camarada (coomlaen) les son caras. Elfos “de la noche”, “de la luz” y “mineros” o “picadores” son tres aspectos de su naturaleza. 

[4] Dana y los Tuatha De Dannn, su pueblo fiel, una entidad colectiva, civilizada e hiperculta, que se disputan, como en otras genealogías divinas y heroicas, la historia y el mito. Una corriente de la antropología ocultista identifica a esta etnia primitiva de Irlanda con algún contingente extraterrestre llegado al planeta, e incluso la asocia a la raza de los hiperbóreos a través de sus contactos con la remota isla de Thule. Sólo precedidos, en la sucesión histórica, por los Firbolgs, a quienes sometieron, su destino sería replegarse a las colinas (o, mejor, a su interior), sin desaparecer del todo, debido a la invasión y la conquista de parte del territorio isleño por los Milesios (“hijos de Mile”) en el entorno del año 1000 a. C., procedente de la Peníninsula Ibérica y, mucho antes, de zonas del Oriente Medio. Fue al tener que refugiarse en sus residencias “celestiales” que adoptaron su nuevo nombre de Aedh Sidhe (“Habitantes de los sidh”). Así, los Tuatha De Danann, se asegura, fueron los ancestros irlandeses reales de las razas de seres “feéricos”, es decir, los devas o “dioses” de la Naturaleza, condenados a refugiarse en las moradas “paralelas” a este orden material, (conocidas en gaélico como sidh o sidhe, entendible como “paz”), nombre genérico que también reciben sus moradores. Irlanda es, por otra parte, rica en pozos sagrados; su origen y sus virtudes “mágicas”, especialmente las de sanación, siguen guardando celosos su misterio. La absorbente cultura cristiano-romana no dudó en acogerlos como lugares de culto y de milagros. El de Santa Brígida, el de la Isla de Scattery, el de Ceathair Aluinn (en la mítica Isla de Aran), y los que viven en las páginas de J. M. Synge, O. Wilde y Lady Gregoy, no han cejado en evocar y convocar a sus vagabundos, eremitas, niños y brujas transformistas.

[5] El motivo de la “danza” de los megalitos (“Rocas Gigantes”) y el de los pájaros que surgen espontáneamente de las ramas de los árboles provienen del enigmático escritor galés Gerald of Wales (1146 ?-1223), conocido como “Cambrensis”. Ambos sucesos maravillosos figuran en su crónica natural sobre la isla de Irlanda escrita en latín, y una de cuyas versiones inglesas titula The History and Topography of Ireland (año 1185). Sendas descripciones corresponden a la Parte I, 11, y Parte II, 51. Sólo añadir que en su testimonio de la formación megalítica el presunto clérigo da fe de que serían poco después “trasladadas” a Inglaterra a pedido del rey de los Britons Aurelius Ambrosius y con el auxilio de Merlín.
   
 [6] Berkana o Beorc: decimoctava runa del conjunto Futhark germánico heredado, entre otros pueblos, por los celtas. Es símbolo de la primavera incipiente y deidad asociada al abedul. Asume el arquetipo de la Gran Madre de toda manifestación y responsable por el crecimiento de las especies vivas. Su fértil pasividad contenedora la vuelve una mancia del poder femenino actuando sobre la vida inhibida o desplazada por el duro invierno. La salud, la belleza y el amor son aspectos del universo de los que participa. Para los celtas el abedul fue señal natural del nuevo año, exaltación de la Gran Madre Tierra. Las montañas gemelas, como senos, que vuelca lateralmente su representación visual parecen querer connotar el doble 9 que retoma el ciclo renovador de la runa Haegl, la novena, que es también el milagroso y aterrador granizo. En el alfabeto Ogámico (u Ógmico) céltico corresponde al signo Bar, primera letra que sirve como expresión de la Diosa.
  
[7]  Mag Mell es, en el Ultramundo céltico irlandés, la Llanura de la Felicidad, equiparable a los Campos Elíseos griegos o a la isla de Abhallenhau (o Avalón) donde reposan héroes y reyes, como Arcturo.

[8]  Lis-Fátima es el nombre que identifica al centro suprafísico intraterrestre ubicado en la zona occidental de la Península Ibérica, con irradiación en la ciudad de Fátima (Portugal). Está conectada con la del vórtice de Lourdes, en Francia, además de actuar conjuntamente con el centro Aurora (en Uruguay). Su energía es esencialmente femenina, con las virtudes de lo virginal y la inocencia de lo original-paradisíaco. Sus arquetipos fundamentales son la Virgen María (una de cuyas apariciones proféticas registra allí la Iglesia de Roma) y el hombre “adánico” anterior a la Caída. En esta morada, de actividad relativamente “reciente”, se preparan las formas etéreas (tarea de Lis) y la estructura molecular-celular (tarea de Fátima) de las nuevas razas en ciernes en el planeta, superadoras de la degenerada raza adámica que hoy está siendo salvada de su autodestrucción. Los residuos kármicos planetarios y sus efectos en el plano físico (de humanos y también de animales) son “reciclados” en Lis-Fátima. Patrones activados durante las eras lemuriana y atlante sufren hoy allí transmutaciones. Su propósito es el de restaurar una inocencia original que anida en el “niño interno” (el arquetipo del puer aeternus explorado por Jung), dejando resurgir, con amor compasivo y edificante, la naturaleza andrógina presente en todo ser vivo. Como Anu Tea (centro con el que mantiene un estrecho intercambio, en especial como puente al continente americano), es muy fuerte en esta morada la interacción con entidades dévicas (angélicas, Elementales, feéricas), profundamente imbuidas del cuidado de la Madre Tierra. La Flor de Lis (flor del lirio gala), cara a las casas reales francesas y diversas formaciones esotéricas, es una extrapolación simbólica del Árbol de la Vida y rica en controversiales connotaciones psicológicas, es, también, un “emblema” de este inframundo, cuya labor es culminante y fundamental en esta etapa evolutiva de la humanidad.






5 de agosto de 2014

EL ESPLENDOR OCULTO (Siete visiones del inframundo)



El esplendor oculto



Acaba de publicarse este volumen.
Siento que he servido a este Universo 
para decir algunas cosas sobre él
con el timbre y las cadencias de mi voz tosca y precaria.
Ojalá esa voz mía haya sabido, también, 
aproximarse al menos al misterio de su silencio y su música indecible.



Extracto del
Prólogo



Un rumor de la mágica tradición irlandesa da por cierto que quien duerme una noche en la cima del sagrado monte Slievenamon, al recordarse con la aurora, se habrá vuelto poeta o loco. Nos revela que será poeta si su ser todo logra vibrar gozoso en armonía profunda con el hechizo que lo imantó durante el sueño; y que lo vencerá la locura si hubiese sido incapaz de soportar y de hacer suyo aquel íntimo estremecimiento. Me pregunto si no vivimos todos, cada anónimo humano extraviado en este planeta, en la imperceptible inminencia de uno u otro de esos dos “estados de Gracia”. Un sentir intenso parecido a una intuición me dice muy adentro que, de entregarnos sin la carga del pasado y sin expectativas al torrente incansable torrente de la vida, muriendo a todo (o a casi todo) de instante en instante, el Universo que nos permitió surgir se valdría inmediatamente de nosotros para seguir creando, es decir, transformando lo que ha envejecido en algo nuevo. Nadie no debería, entonces, no ser poeta. Donde haya intención no puede haber poesía; la vida de un poema es expresión, jamás comunicación. El lenguaje es, por naturaleza, enérgeia (energía), y llamamos “poesía” a un misterioso movimiento de sublimación y transmutación verbal cuyo obsceno resultado es un momento de precaria existencia alojada en la ráfaga de un aedo, un juglar, un bardo. El hecho de que los otros sean el tímpano es meramente aleatorio. Lo “actual” es la entidad cósmica del sonido que dejó su huella efímera para retornar cuanto antes a la esfera donde se suscitan la luz y las formas. Así, un escritor no es, en modo alguno, autor de nada, a lo sumo le será concedido ser admitido como aprendiz de alquimista. La escritura, harto sacralizada por la civilización hegemónica que hoy se desvanece a la vista de todos, es, por el contrario, puro érgon, trabajo aplicado a la mecánica tipografía, los autógrafos y sus copistas, bajo el yugo de la gramática y la retórica, deudores de la profesión del rapsoda, el skald, el fili y el trovador. No hace falta convertirse al deconstruccionismo para advertir el abismo incalculable que se abre entre un manuscrito y la perpleja constelación de símbolos que en él sobreviven transformándose de pueblo en pueblo, de traducción en traducción, de remembranza en olvido de ese que vuelve a solas a buscarlos y ya no están ahí… Quien escribe un poema sólo puede dar cuenta de su entramado formal, las estrategias y las tácticas, las relaciones y las estructuras que prefirió activar para su elaboración; arrogarse conocer el subsuelo de significados de ese “producto” estampado en la página es señal inequívoca de su ilusión megalómana y pueril. Empero, quizás haya que secundarlos en sus razones y sus entusiasmos ya a los dichosos calígrafos chinos, cuyos ideogramas celebran con su danza la totalidad de la vida, ya a los iniciados cabalistas que consultan o veneran el alfabeto hebreo o el que Ogham transmitió en el bosque a sus druidas, letras y árboles donde palpita el nombre último de Dios. Al asediado palimpsesto y todas sus bibliotecas los preceden una música inaudible y los preserva la mortaja de la mímica y el dogmatismo de la cultura de masas y la de élites. La más genuina inocencia (ese estado que nos vuelve igualmente invulnerables e inofensivos), la más apasionada impersonalidad (que nos devuelve nuestra íntima divinidad), serían mis máximas aspiraciones como poeta.

(...)

... Las composiciones que conforman este volumen nacieron a partir de los atributos, aspectos, sustancias concretas de ámbitos, relaciones y seres que vibran en dimensiones de realidad mucho más sutiles que la material tridimensional de cuyos escamoteos el deseo y el miedo (y su aliado, el tiempo) nos han perversamente persuadido. No importa en qué inmóvil museo intentemos confinarlos: cualquier mitología que les endilguemos hombrearía, también, el fardo del pasado y traicionaría su verdad, su porqué, su meollo esencialmente cualitativo. Se nos está instando no a creer que existen y en cómo nos los describen, sino a confiar en que merecemos experimentarlos y ser, aun ignorando cuándo, bienvenidos a la vecindad de sus regiones todavía extrañas a nuestra apremiada sensibilidad física. Proyectándose en la superficie geográfica, los siete centros planetarios (y los centros intraterrenos respectivos que los sustentan) trabajan conjuntamente a instancias del “gobierno interno” de la Tierra, y según la circulación de energía asociada a un octaedro etérico conocido por el ocultismo cosmológico desde la Antigüedad. Sus nombres son: Anu Tea, Aurora, Erks, Iberá (o Iberah), Lis-Fátima, Mirna Jad y Miz Tli Tlan (punto éste central del sistema). A cada uno de ellos, y en compatibilidad con su idiosincrasia particular, está consagrada cada una de las siete secciones de este volumen. La sustancia supramental que los constituye y se diversifica internamente en grados dimensionales más elevados habrá de manifestarse más plenamente a medida que la humanidad, sumida en la ignorancia y la autodestrucción presentes, logre desmantelar el aparato de sometimiento masivo que ha desvirtuado su esencia y su destino cósmicos. Ciudades todavía imperceptibles despiertas en la, así llamada, “tierra hueca”, entre cuyos habitantes prevalecen una paz y una alegría creativas difíciles de aceptar como reales, se erguirán, cuando fuere tiempo, bajo el sol de la raza renovada en ciernes.

La índole narrativa o dramática de los textos que siguen no hace más que confirmar esos rasgos en un escritor que poco tiene de poeta “lírico”. Los géneros literarios no son, para mí, sino una tentación subversiva, y a ella me entrego sin demasiado pudor ni morosos cuestionamientos artísticos. Lo decisivo de toda poiésis, de un proceso de creatividad genuinamente consubstanciado con las fuerzas cósmicas, es ajeno al lenguaje. Las palabras –y la sombra de las palabras– son el tormento del poeta, la ordalía que le impone el Orden programado del cerebro obediente a ese alienado sospechoso de complicidad con el Caos. La soledad, su condición más preciada. Conjuración de pulsaciones y apariciones demenciales, territorio de tensiones siempre por resolverse, un poema es indecible mito antes que sucesiva fabricación verbal, peregrinación desde el Vacío hacia el templo de la sagrada imperfección. Mantra sin causa ni finalidad, su materia es la de las marismas del sueño, visiones donde se funden el observador y lo observado, y las oposiciones superan la compulsiva dualidad que se nos impuso en beneficio de lo aspectual, lo que se realiza en la gradación y el matiz, y acepta en su seno todas las polaridades, todas las presuntas contradicciones. Una vertiginosa trayectoria de dos mil años aguarda ir desvelándonos nuevas pautas, “extraños atractores” ansiosos por romper patrones y mandatos que, poco a poco, se librarán de cuanto nos resulte eventualmente obsoleto. Habrá que descender, no obstante, a las simas del Silencio primordial, y habrá que remontar vuelo, con una ingenuidad próxima a la de un niño. El ciclo hoy consumado de la Era de Piscis nos recuerda que el entusiasmo irrefrenable por visitar el Misterio, “campo unificado” que religa la vida y la muerte, y que tomó impulso, en Occidente, acaso en el Virgilio de la Eneida y la Égloga IV, que alcanzó su cenit con Dante y que reclamó su derecho a hundirse en el ocaso de los Four Quartets (Cuatro cuartetos) de T. S. Eliot, o los “fragmentos elegíacos” que dan morada a los difuntos de J. Rulfo, reanímase ahora, en el estrago de tiempos cruciales, orientado hacia imprevisibles horizontes de sentido y alimentado, como lo hizo bajo aquellas máscaras de egregias individualidades, por el mismo susurro sin rostro de siglos y siglos de anonimia, recitación y juegos teatrales ante la corte, la aldea o la soldadesca ávidas de enterarse qué noticias traía el viento. Las fuentes aborígenes de aquella trayectoria tendida hacia nuestro encuentro se ven hoy vindicadas por un macrocosmos que nos habla sin mayores ambages de lo que antes mortificó a quienes pagaron con su honor, su libertad y su vida el hacer de la verdad su motivación estética. Y es sugestivo el que la modernidad, la civilización medieval y las antiguas hayan cumplido una idéntica misión represiva en torno a lo que los portales oraculares, el claro de los bosques o los “ángeles” desprendidos del cielo declararon a quienes supieron escuchar.

Una matriz de sagradas geometrías, eco espontáneo de algún arpegio de Dios, se insinúa en los umbrales de la mente humana rescatada de sus falsas urgencias. De esa intimidad emergerá un universo poroso y discontinuo donde cosas y pensamientos llegarán a ser un único y simultáneo fenómeno. La realidad será, así, un milagro constante. Un día escondido en el porvenir, ningún acto individual sobrevivirá separado de la comunión holística y la participación fractalizada en el Todo. Y nada quieren deberles estas primicias a los sponsors del siniestro Nuevo Orden Mundial que vigorizó el evangelio de la New Age. Tampoco a las operaciones metafísicas de ninguna profanada Enciclopedia: otro Tlön polifónico, asaz diverso de aquel que genialmente dedujo Borges de su Quijote, emancipado ya de su predestinación escritural y la conspiración de un puñado de ideólogos de alguna incógnita matrix que nos elude y, a la vez, nos confiere consistencia ontológica, irá convocándonos como sus humildes magos. No nos es dado siquiera avizorar la futura interacción de quien recita o escribe y de quien escucha o lee, ni la suerte que correrán la paranoia de las influencias y esa patraña prestigiada como estilo... 

(...)

Luz lastimada, fulgor que debió replegarse al seno oscuro de la tierra, según lo augura el I Ching en su hexagrama 36, Ming YI, a cuyos primitivos ideogramas pretenden aproximarse, en nuestro dúctil romance castellano, torpes conceptualizaciones como ‘ocultamiento de la luz’, ‘luz herida’, ‘esplendor oculto’… A propósito de la maravillosa constelación de enigmas que solapa ese signo del “libro de la versatilidad”, según interpreta su nombre Rudolf Ritsema, comenta su amigo Stephen Karcher en la magnífica página electrónica que le dedica: “El ocultamiento del brillo es el Sol Oscuro, el sol en la tierra y el sacrificio a los poderes de lo oscuro en el Altar de la Tierra. Representa el Mundo de los Muertos y el duelo, el País del Demonio y la travesía a través de los bárbaros. Retrata a quien ha sido expulsado, marginado, proscripto, exiliado de los centros de la cultura y el poder. La imagen central es aquí el eclipse solar… El eclipse significa tanto el aceptar una tarea ardua como el socorro del espíritu en medio de la dificultad… La aceptación de la dificultad acá implicada, el portentoso pájaro profético clamando desde la oscuridad, ha de acarrear la liberación y el nuevo día.” (En S. Karcher y J. Chase-Daniel, I Ching: Mothering Change, 36; traducción mía). La amarga persecución al rey Wen y a su hijo, el “aventador” príncipe Chi, redactores de los textos de los trigramas y de los hexagramas respectivamente bajo la inspiración del legendario chamán Fu Hsi, es su sustrato histórico. Fue justamente Chi quien, amenazado por el terrible tirano Chou Hsin, debió huir hacia el sur y “oscurecerse” allí hasta urdir el plan que devolvió la “luz” a su pueblo.

A la audaz aventura espiritual del brasileño José Trigueirinho atribuyo plena y gozosamente las extraordinarias revelaciones que impulsaron los versos y las prosas que habitan inquietos estas páginas. A él, con mi mayor respeto y mi gratitud, dejo entonces ordenando, con autoridad muy superior a la mía, algunas cosas difíciles de percibir, algunos dichos renuentes a ser entendidos del todo: he ahí, quizás, su intensidad inaudita, su intemporal, fascinante belleza.

(...)


Gustavo Aritto



El esplendor oculto (Siete visiones del inframundo) fue publicado por Editorial Imaginante (www.editorialimaginante.com.ar), Buenos Aires, julio / 2014. Ilustración de tapa: pintura del propio autor sobre prototipo arbóreo céltico; 148 páginas.






21 de abril de 2014

BALADA DE RENATA BUENDÍA Y MAURICIO BABILONIA







Sin que nadie la viera, Renata se escapó a las tantas del convento y atravesó el bananal hasta dar con las marismas que habían sabido guardar su secreto. Su cuerpo desnudo debajo de la bata de lienzo palpita acalambrado y trémulo como las hojas tardías del otoño. Enrollado en un calcetín de Mauricio, trae en el bolsillo un alacrán que se mueve pardo como un presentimiento. De paso por Macondo, ha merodeado por el campamento dormido, donde pudo espiar los papiros de Melquíades, mientras el gitano balbuceaba cosas raras con su rostro reclinado sobre su guitarra, alucinado de nuevo con el polen de las amapolas. Buscó torpemente algún rastro de su nombre en la ruidosa maraña del manuscrito. Con ansiosa alegría descubrió, muy cerca del final, unos versos que le sirvieron de lámpara y de sosiego:

“… Y Mauricio, el menestral,
que debía unas gallinas,
pena por Meme en el Monte
donde espera verla un día
temblando otra vez  de amor…”

Los leyó de prisa, sin reparar en el pliego siguiente que una ráfaga enredó en la veleta del carro. Siguió entonces descalza por el cangrejal, para hundir ahora sus pies en el fango del pantano. Sólo por no llevarse consigo ningún rencor, vuelve apenas sus ojos llenos de anhelo al pueblo que la despreció. “Allá voy, Mauricio amado, ya soy también yo sueño en el sueño que te me robó…”. Y despacio, muy despacio, mete su pequeña mano en el bolsillo hasta sentir en la medula el aguijón…

Antes del alba, un chubasco violento saca al derrotado Melquíades de su largo sopor. De regreso en otra racha perdida, el viento le devuelve el papiro profético donde había olvidado algún asunto inconcluso. Nunca trató así a su guitarra; pero pliego estampado contra el tablón de su mesa reclama su labor. La esponja atrapada en su mano de adivino frota un verso que la pesadilla de esa noche le revela falso. Hay que borrarlo cuanto antes. El anciano acaricia el palimpsesto sagrado que ingenuamente creía acabado. Sin embargo, no. Porque el Destino, inexorable y cambiante igual que un río en la oscuridad, le ha mostrado una máscara burlona, un atajo que Dios no previó. Apretando sus párpados ajados por años y años de abominar del mundo, deja a sus dedos, a los que en vano quiere humillar la artrosis, que escuchen y escriban la verdad, el porvenir que (bien lo sabe él) ya ocurrió, siempre. Cautivo de cierto humor extraño, de una de esas presencias indecibles, traza sus signos celosos en el espejo turbulento del papiro:

          “Bajo el arco de la aurora
la ve volver de la vida,
y lo abrasa la visión
pero una sombra lo hiela 
por dentro mientras la mira.
(‘¡Soy yo, sí! ¡Soy tu Renata …!’)
No recuerda su sonrisa
ni esos senos que añoraron
sus labios y sus caricias.
Ya no conoce esos ojos
 que iluminaron sus días.
‘Lo siento -  dice -; la muerte
todo lo cambia y alivia …’
Y se disuelve entre tristes
mariposas amarillas…”

Tranquilo, mucho más tranquilo, recoge su guitarra en el silencio tatuado de premoniciones, y se pone a llorar.




GUSTAVO ARITTO


Texto incluido (en ésta, su versión final) en LA ESPIRAL DE FUEGO. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008. El primer ensayo de esta glosa a Cien años de soledad data de 1984.
Pintura de portada: Macondo, por Graham Brown (2007)






(Aracataca, 6 de marzo de 1927 - México, D. F., 17 de abril de 2014 )



17 de noviembre de 2013

EL AMO Y EL ESCLAVO







“Vbi dies redditus […] corpus inventum integrum inlaesum opertumque ut fuerat indutus: habitus corporis quiescenti quam defuncto similior.”
                         
 Plinio El Joven, Epistolae – Ad Tacitum [1]
                                                             


                                                                               A Marguerite Yourcenar


¿Estás ahí aún, quieto fantasma de cemento blanco? Mueca y horror, tienes hoy la forma intacta de tu antiguo vacío. ¿Qué indecibles monedas guardaba ese cofre, ese al que te aferras igual que un niño a su juguete? Nunca saldrás de tu suntuoso templo grávido de murales. Nunca tomarás el último baño: ya los pétalos no flotan en la espuma adulona ni abunda la acaricia de la esponja lasciva. ¿Dónde está el suave vapor que abultaban, sin quejarse, los pezones y los racimos rojos, el plátano y el vino depravado de Ísmaros?...  Sólo tú y tu tesoro se han quedado. Que escapen de Pompeya los que no tienen nada que perder. A tu hado no pueden sepultarlo las piedras que afila el Vesubio en la fosa oscuro del cielo.

¿No oyes por momentos a lo lejos, traído de repente por el austro, un dulce aulos [2]? ¿No sientes en la piel la hélice de aquella música que te sanaba de todos tus dolores? Es tu esclavo sin nombre, el africano de pletóricos huevos de arcilla, ese que te imploró la libertad cuando cundía el trueno y tú dijiste, “No”, y “No –le repetiste-, siempre serás mío…”. Pero más allá de la encía cambiante del mar, el desierto que sella la serpiente con su danza lo devolvió a su sol amado, a sus noches alucinadas de naranjos. Porque la lluvia encendida de carbón hizo añicos tu voz y él no quiso entender, y se mezcló entre los remos de una nave que furtivamente huyó…

Estás aún ahí, rico señor de Pompeya, en tu eterno vacío de cemento blanco. ¿Qué aprietas en tu mano, acaudalado siervo de la nada, en esa engreída alcancía que ya no te soltará jamás? Nadie librará a tus ojos sin mirada de su espanto final. Nadie apagará el entreabierto grito de tu boca amordazada… Sin embargo, escucha, escucha el ir y el venir del caliente austro, donde suena el aulos del hombre que creíste tuyo, y era, en secreto, como la arena, del viento sin cadenas.




 GUSTAVO ARITTO







[1] “Cuando volvió la luz del día […] se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver.” De las Epístolas, VI, 16, una de las dos cartas en que el joven Plinio describe la aterradora erupción del Vesubio, aquel 24 de agosto del 79.

[2] La típica flauta griega de dos tubos.




Texto incluido en LA ESPIRAL DE FUEGO. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008.









26 de octubre de 2013

OCASO CON CUERVOS







                                      A Antonio Machado


Con profundo alivio, divisé su figura recortada por el filo bermejo del trigal. Anochecía, y los graznidos invisibles reclamaban la complicidad de la luna detrás de los nubarrones soltados por el horizonte. Le hice seña; a punto de tomar el sendero que se estrechaba hacia el valle, la mula que lo llevaba se detuvo. Me esperaron con alguna escondida ansiedad al borde de los cardos. Si me dejas seguir a la grupa contigo, puedes parar sin cuidado en mi casa, del otro lado del río: mi cena es pobre pero alcanzará  para los dos… Un tumultuoso silencio pareció asentir debajo de su capucha oscura. Su rostro borroso se ladeó atajando un remolino de polvo; si era hombre o era mujer no lo supe. Tengo miedo, ¿sabes? – le comenté al montar con mi talego al hombro. Me aplasté el sombrero de paja contra la mollera y me acomodé atrás. Sentí entonces retumbar en mi pecho el golpe de las patas contra la tierra. Vengo de la ciudad, estoy recién avecindado en la aldea, y eso de oír a las comadres murmurar que ya dos parroquianos han regresado sin sus ojos por no lograr espantar a  los cuervos… Nada hizo por completar mi balbuceo de niño asustado, sólo continuó entregado a la torpe inercia de su mula camino abajo. Una aprehensión extraña semejante al respeto quiso que no pudiese asirme a su cintura. Hoy por hoy – insistí inútilmente- estamos todos solos en este mundo. Platicando de sol a sol con nuestra sombra. Y de noche nos queda el consuelo de apretar un fantasma vacío en nuestro lecho, y poco más. En cualquier momento todo se acaba… Pero tuve claro que no era amigo de las palabras, que quizás la mejor paga a su cristiano altruismo sería callarme.

Una repentina racha helada nos envolvió al llegar despacio al borde del río donde hundió sus patas la mula duplicándonos en los añicos de un espejo turbio. Hacia el lado del poniente, la profecía de una tormenta mostró su encía azul. Algo que no entendí resonó detrás de su capa movediza. ¿Me hablaste?..., le pregunté, arriesgando, no sé cómo, una sonrisa mientras me aplastaba el sombrero contra mi cabeza. …Por el pedrusco, no más, vadeando recto es más fácil… Pero mi voz se extravió en el viento, y con ella la violenta espiral de alas erizadas, los cuervos aterrados que estallaron junto a mis manos aferradas al vacío, sobre la torpe mula desganada que siguió conmigo a cuestas, para perderse también en lo hondo del valle que recortaba la guadaña sigilosa de la luna.




GUSTAVO ARITTO

Texto incluido en LA ESPIRAL DE FUEGO. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008.


2 de mayo de 2013

OTRO LLANTO DE ORFEO








"Enter the Pleroma and see that nothingness is all
And you must destroy a world to be born..."
(1)

THERION, Abraxas




Pero fue Iliana, y no yo, la que entonces recordó las palabras postreras del Maestro cuando la sombra de los cipreses de Tarsos nos rozaron los pies con la nueva de que un credo de mentiras piadosas había violado con su virus nuestro escondite. El exilio no bastaba; la más atroz tiranía palidecía frente al eco de aquel Cristo presunto en el revés del viento. Entonces el Maestro, fingiendo una convicción que hacía mucho, mucho no surcaba su rostro, sacó el disco del cuero lanudo de cabra que lo había envuelto durante lustros en el fondo de la cueva. Un resplandor ajeno a cualquier luz conocida en la tierra los fascinó al instante con el vértigo alucinado. Por fin tenían permiso para mirarlo con sus propios ojos. No teman –dijo, sentado junto al fuego que los igualaba a los doce desde el centro de la ronda circular-. Pronto se acostumbrarán a esta maravilla. Lo saben desde que Orfeo los admitió en mi cónclave tras la ya remota: es sólo uno de los tantos que los Mayores enviados a Gea-Urantia confiaron a la armonía de la quinta morada inaudible aún para los pueblos emborrachados de engaños. Debemos separarnos, tomar caminos que se apretarán de Olimpíada en Olimpíada hasta volver a cruzarse. Hoy cada uno se quedará con un trozo; será el suyo solamente suyo y de ningún otro. No habrá impostor ni mercenario alguno sobornado para desvirtuar la verdad que logre infiltrarse cuando la espiral del tiempo los reúna de nuevo en otra parte. No bien hayan completado el disco esa noche, podrán iniciar la plegaria y declararse uno a otro la música que los anima. Por entonces no harán falta palabras para entenderse…Enseguida arrojó al suelo la piel, y les extendió por turno aquel remolino hecho de extraños átomos. No tuvieron que hacer fuerza; tampoco hubieron de cuidar el tamaño ni la forma de su respectiva porción. Pedazo tras pedazo de inconsistente luz cerró en sus manos apabulladas su celosa pupila para ser guardada en el saco que discretamente se colgaron al cuello.

Pero fue Iliana, la muchacha adivina de Lesbos, y no yo, quien, al borde del poniente, recordó todo aquello ante sus once cofrades recién llegados sin mover sus labios de indeleble carmín. Las gentes de Gea-Urantia (nos informan) luchan ahora, atolondradas e insomnes, por trazar mapas que se aproximen a la tierra que pisan; viven preguntándole al mar qué fue de aquella isla de sus ancestros, qué, de la orgullosa ciudad que arañaba las antiguas nubes con sus moles, dónde claudicó bajo sus negras encías el último faro que pestañeaba en el hielo… No es para ellos tiempo de respuestas sino de revelaciones, y éstas –como sabemos- nunca llegan de fuera… Nada más dejó salir de ella, y todos comprendieron que había que empezar como si jamás hubiesen espiado el secreto del triángulo ni el misterio sonoro de la cuerda. Uno estuvo a punto de renunciar a su membresía y entregar cobardemente su saco; otro, menos valiente y que tuvo que palparse de acá arriba a aquí abajo para discernir si era todavía un varón, simuló náuseas y fue humillado en medio de la reunión por intentar acabar con su vida en el despeñadero. Sin embargo, y es lo único que importa, todos y cada uno ofreció finalmente su parte del disco como garantía de ser el mismo, el auténtico hermano devuelto por las hélices de la eternidad. Tres… cuatro… siete… nueve… once… doce… Así, según su virtud y la de su silencio, fueron restaurando el vórtice al espacio sobre el polvo azulado del valle. Creo que las alas verdosas de un relámpago se estremecieron en la bóveda dorada cuando se juntaron las partes unidas como por el deseo irresistible de un imán. Pero, aunque ajustaron con perfección de geómetra, un sector ínfimo del disco original, apenas visible incluso para los dos o tres que decían poder prescindir hasta de la miríada de los números, los desafió al filo de la oscuridad. ¿Quién falta? – pensó Agathón y todos lo escucharon- Nadie… - susurró igual que un sollozo el corazón de Iliana. Y cautivado por una tristeza que ningún cálculo podría expresar jamás, escrutaron el sitio con ojos llenos de espanto, buscando un signo que les trajera paz, que los perpetuase dignos del Secreto.

Qué cosa: ni repararon en mí, en mí, que estaba sentado junto al fuego con ellos, ni un mero recuerdo de quien puso en ellos la semilla de la música, de las curvas voluptuosas de la danza, de las nupcias con el vino y de la sangre, la sangre caliente que es también divina. Me fui llorando y a solas, desnudo como siempre: ¿qué podía esperarse de quienes otrora confundían el hediondo silbido de mi orto con mi meliflua flauta encantada?

Ya lejos, traspuestas las cuchillas de aquella landa estéril de Venus, oí los gritos del jolgorio a mis espaldas. (Si supieras, si pudieses imaginar apenas, el espectáculo diminuto y precario que da la pequeña tierra que los hace tan feroces... Cuando giremos de nuevo juntos a la par de los eternos Gemelos (2) nos reiremos de aquel tumulto caliente...) Tras un par de intentos fallidos, los pobres herederos del legendario Pitágoras, ese otro egregio fanfarrón de Tarsos que me endilgó la patraña de que el ombligo humano no es sino el cerrojo tramposo de su propia celda, habían recuperado, amada hermana Isis, el disco y la mentira. Te devuelvo el Anj (3) que me prestaste: ¿me queda acaso algún cerrojo por girar?...

Sí... Siempre...




GUSTAVO ARITTO
©2009

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(1) "Penetra el Pleroma y ve que la nada es todo, / y que debes destruir un mundo para nacer...".
(2) Cfr. la visión del planeta que se le ofrece a Dante en Paradiso, XXII, 151-2: "L' aiuola che ci fa tanto feroci, / volgendom' io con li eterni Gemelli..." ("La pequeña tierra que nos hace tan feroces, al girar yo con los eternos Gemelos...).
(3) Anj (o Ankh), la llave-cruz ansada de la vida, asociada a Isis (Hathor, Afrodita-Venus, Ishtar, María...), símbolo de fertilidad y de la evolución universal hacia la superación de los opuestos.

Imagen de portada: Andy Goldsworthy (Cheshire, Inglaterra, 1956), una de sus composiciones en Land Art (“arte terrestre”).