27 de septiembre de 2014

RESURGIÉNDONOS EN LIS-FÁTIMA: UN CANTAR DE BARDO IRLANDÉS





CANCIÓN DE LOS ELFOS 

Y LOS DELFINES MUERTOS



Había una vez una canción y sus versos decían a Eirinn [1] desapareciendo de nuevo en el ciego vacío de la bruma. Nos hablan del mar, del otro incógnito mar que los atrajo y ellos no saben. No el que asola sus trémulas torres erguidas en la vecindad de las olas, ese que encubre el sigilo de sus submarinos. Otro es el mar de esta madrugada, y ellos, infectados del virus que romancea aún su aventura inútil, le creen a su brújula. La pánica inminencia del hielo pareció burlar hasta al vigía de silicio de su anfibio acorazado y la dudosa complicidad de la luna. Nada dice el canto acerca de cómo lograron esquivar la catástrofe, dar con la playa segura a despecho del acantilado de uñas filosas. Empero, nosotros sí sabemos.
Sentimos sus pisadas nefastas golpear la tierra cuando la niebla comenzó a ceder las colinas al capullo violento del alba que se abrió en el oeste solapando el eclipse. Porque encontraron, como siempre, aquello que venían a encontrar, lo que traían escrito en los surcos ruidosos de sus cerebros, por eso les bastó un vistazo apenas para cumplir con la inspección de rutina. Al abrigo de sus escafandras inmunes, los tranquilizó el reconocer, también aquí, las envenenadas humaredas creciendo hasta las guaridas del trueno, la encía de los rescoldos vivos aún debajo de los escombros, la masacre del bosque que lloraba en sus bellotas de plutonio, el vuelo de ceniza de un albatros encima de las cruces… En medio de un mecánico intercambio de ademanes, sus torpes siluetas se buscan entonces en el espejo de la resaca de vuelta a la embarcación. No bien la última desapareció por la escotilla, el anfibio avanzó sobre las dunas y las dejó atrás para ganar el páramo. Su boca colosal fue aflojándose en señal de querer escupir más orugas de hierro, más clones mercenarios. Pero no. Ya que los versos despiadados del bardo que nos canta [2] muy otra dicen que fue esa mañana la mercancía de su embuste repetido. Así nos rozan en el aire sus palabras bajo el hechizo de su arpa:

“El triste día descubre en el lodazal los cuerpecitos desnudos y helados de los niños; los tatuajes de los mercaderes en celo y sus orgías, de los racimos del exterminio, de los brujos de negras probetas y su negocio… Cada uno abrazado a su delfín, supino y sin vida ya. Cada uno aferrado a su hermano marino hasta el final, apretujando los párpados para olvidar. Es lo que arroja como estiércol el monstruo clandestino al suelo ácido de la isla que erróneamente suponen entre los témpanos del Sur, y en alguna parte la sombra del eclipse…
Pero esas mujercitas, esos varoncitos hoy huérfanos que dieron por muertos están sólo atrapados por una pesadilla efímera aunque atroz… Allí los depositan, para que no molesten más, a fin de que se vuelvan piedra en la piedra, humo en el humo; y después se van…
¿Cómo no traicionar ahora la verdad, no lastimar la belleza? ¿Cómo cantar esa tribu de elfos [3] menudos surgiendo de pronto de los repliegues del Sueño, del mismo Sueño del que nacen mis versos y sus reticentes profecías? Evocar el fulgor rojizo de sus melenas ensortijadas oliendo a madera de abedul recién encendida; la linterna dorada de sus ojos azules alumbrando los senderos ocultos donde abrieron paso primero sus lobos de pelaje de luna. Así acuden – la congoja en el corazón, la impaciencia en los pies —. En sus propios brazos fornidos, pero delicados como la brisa cuando hace falta, van recogiendo, con igual compasión, los cuerpos dormidos que aprisionan gemidos de cristal, y los otros, que no serán desahuciados, que gozarán de otro despertar en aguas extrañas. Dana, Madre de todos, habrá de guiarlos una vez más. El fecundo Vacío los acecha en el Pozo inhallable que Ella hará relumbrar para sus elfos, y sus elfos nunca deshonraron a su raza humillada y probada en dolores. [4] Porque somos el caos que no se cansa y sus desechos, y como el Orbe imanta los tres Mundos, todo comienza de nuevo a cada instante, y los niños duermen y los delfines conocen el Secreto…”

(Así calla, Diosa, tu bardo sin rostro; así nos abandonan su arpa y sus dichos. Y si algún puño asesino lo amordazó, no nos lo digas, Madre…). Algo en ese silencio emborrachado de hidromiel se parece demasiado a la eternidad; nada nos queda del torbellino apasionado donde el porvenir nos recuerda. Nacerse, simplemente. Vivir para cuidar una flor que dura un día y apagarse con ella. Somos libres. El orden y el desorden son ya una misma y única ilusión… Esos pobres obreros del tiempo regresarán a Eirinn, repetidos, al amparo de sus estrellas muertas. En nuestro reino hay muchas moradas y pocas, muy pocas puertas. Allá afuera, bajo el sol total que bendice las colinas verdes, los Gigantes celebran su danza milenaria y los pájaros brotan pujantes de los árboles que duplica el río. [5] ... A salvo de la lluvia de fuego y de los pensamientos, debe de andar errante en el exilio algún bardo de barba rala y pechos de leche que engendre, al son de cuerdas jamás oídas, esa inaudita danza misteriosa, el ágil vuelo inmóvil de la Berkana [6] sobre los asiduos sembradíos. Tal vez entonces unos pocos sobrevivan para mirar y ver, para escuchar y hacerse ritmo. La nave suspendida en la espiral del espacio, dejándoles su música en las espigas: un nudo de tres pétalos, hélice de la sangre subversiva, lirio de amor florecido en los declives de la Mag Mell [7] sin pasado que reverbera en las simas de la tierra hueca…[8]

Había una vez el Silencio y un poeta.




GUSTAVO ARITTO

Texto incluido en El esplendor oculto (Siete visiones del inframundo), Buenos Aires, Ed. Imaginante, 2014.
Video de carátula: Si Bheag Si Mhor (en inglés, Big Hill, Little Hill), es decir, Colina grande, colina pequeña, título que conmemora el sitio de Co. Meath donde dos gigantes adversarios fueron convertidos en colinas por una hechicera. Versión según el arreglo y la interpretación en arpa celta de Mark Harmer.





[1]  Eirinn o Eriu es uno de los nombres con que se conocía a Irlanda en tiempos primitivos; otros dos registrados fueron Fotla y Banba. Son los nombres que identificaban a las esposas de los tres soberanos reinantes simultáneamente durante el apogeo de los enigmáticos Tuatha de Danann (literalmente, “gentes del dios cuya madre se llama Dana”), todos nietos del mítico Dagda o Dagdé (enaltecido como “Señor del Conocimiento y Sol de todas las Ciencias”, además de serle atribuida la paternidad de la misma Dana), y muertos asimismo todos ellos frente a los Milesios en la batalla de Tailtiu (o Taillte). Se trata, pues, de tres denominaciones para una misma isla, y, también, para una misma mujer triplicada por el mito: la Gran Madre de la tierra. Dana se transfigurará en la Brigantia, Brigentis o Brigitt postromana, y luego, con la irrupción del cristianismo, en Santa Brígida. A propósito de esto, Sirona Knight comenta en Celtic Traditions: Druids, Faeries, and Wiccan Rituals (Tradiciones célticas: Druidas, seres feéricos y rituales de Alta Magia Blanca, New York, 2000): “La sacralidad del número tres es crucial para entender las tradiciones espirituales de la Diosa. Esta triple naturaleza se refleja en el modo en que la Diosa recibe su culto según sus tres aspectos de doncella, madre y anciana decrépita, y el Dios, según sus tres rostros de hijo, padre y sabio. Estos tres aspectos de la Diosa y el Dios se vinculan directamente con las fases de la luna, la Rueda del Año, y los Tres Mundos.” (trad. del pasaje: G. A.). Cabe agregar la denominación de Inisfail (“Isla del Destino”) para la antigua Irlanda, cuyo eco recoge, entre otros textos, un bello relato homónimo de la tradición oral.

[2]  Los miembros de la clase intelectual entre los pueblos celtas continentales (entiéndase, de la Galia) se distribuían su labor según tres especialidades: la del druida, la del vate y la del bardo. En Irlanda sus homólogos fueron el druida, el bardo y el fili. Los bardos preservaban y recreaban la sabiduría poética oral, mientras que a los vates les estaban reservados los dones de la sanación, la adivinación y la profecía. Los bardos eran poetas, músicos, cantantes y narradores. En el maravilloso volumen titulado Celtic Druids, Celtic Bards (London, 1996), que Robin Williamson escribió con R. J. Stewart, halla uno, entre un sinnúmero de ellas, la siguiente revelación: “La palabra en gaélico para poema o canción es ‘dan’, la cual significa en realidad no sólo ‘canción’ sino destreza y destino. La misma incluye las nociones de elogio y predicción, y, lo que es más importante, poder mágico sobre el objeto o la persona así tratada.” (Druidas celtas, bardos celtas, Introducción: “Bardos”, ‘Poder poético’; trad. de la cita: G. A.). Los bardos conocían el poder invisible del lenguaje y cómo la palabra hablada podía otorgar poder o destruir, dependiendo de la intención y la entonación del orador. Ellos sostenían que su lenguaje emanaba de una fuente en el Otro Mundo. Sabían que la poesía no eran meras palabras, que era asimismo piedras en el lecho de un río, la caricia de los amantes, las olas del mar, una lágrima en el rostro de un niño, los espíritus de la tierra.

[3]  Precedidos por la Jerarquía dévica, los Elementales existen en afinidad con cada uno de los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aires), sintetizados por el éter. Paracelso, cuyos escritos sobre el asunto constituyen un corpus canónico, aun confinándolos a un plano intermedio entre los ángeles (o demonios) y los hombres, parece no poder caracterizarlos sino por la negación: no son puramente espíritus, no son materiales, no son animales, no son humanos; pueden, sin embargo, procrearse, y sufren una evolución paralela a la humana, así como la pasión y las dolencias “físicas”, la muerte o la disolución y la transmigración. Dejando aparte a los elementales creados a expensas de “formas-pensamiento” de la mente humana proyectadas en el plano astral, se realizan, en general, como fuerzas de sustancia-vida de los niveles de conciencia del universo, y son activadas por una conciencia de poder creativo en función de la índole de su tarea, desvaneciéndose una vez cumplida ésta, “disolviéndose” en la sustancia de origen. Sus “razas”, organizadas en reinos sutiles y presididas, de acuerdo con la tradición literaria, por una figura soberana, abarcan las hadas; los gnomos, duendes, enanos, trolls, elfos (consubstanciados con el elemento tierra); los silfos y las sílfides (con el aire); las ninfas, las sirenas, las nereidas, las ondinas (con el agua); las salamandras (con el fuego), entre otros muchos tipos y subtipos, además de los seres identificados como personas individuales (Morgana, Melusine, Merlín y otros muchos). La denominación británica `Faery´, derivada del francés y éste del latín tardío fata (el Destino en su deificación femenina), los incluye a todos. Los elfos, evocados en este texto, tienen por hábitat predilecto los bosques y ciertas matas vegetales marinas. A su áspera relación con los humanos parece deberse su reputación de violentos y proclives al delito (en especial, el robo de niños). Para J. R. R. Tolkien, son los ancestros inmediatos de las hadas, reconocidas sólo en tiempos relativamente recientes en la tradición inglesa. Las figuras del lobo fiel de pelaje plateado (cooshie) y la del caballo camarada (coomlaen) les son caras. Elfos “de la noche”, “de la luz” y “mineros” o “picadores” son tres aspectos de su naturaleza. 

[4] Dana y los Tuatha De Dannn, su pueblo fiel, una entidad colectiva, civilizada e hiperculta, que se disputan, como en otras genealogías divinas y heroicas, la historia y el mito. Una corriente de la antropología ocultista identifica a esta etnia primitiva de Irlanda con algún contingente extraterrestre llegado al planeta, e incluso la asocia a la raza de los hiperbóreos a través de sus contactos con la remota isla de Thule. Sólo precedidos, en la sucesión histórica, por los Firbolgs, a quienes sometieron, su destino sería replegarse a las colinas (o, mejor, a su interior), sin desaparecer del todo, debido a la invasión y la conquista de parte del territorio isleño por los Milesios (“hijos de Mile”) en el entorno del año 1000 a. C., procedente de la Peníninsula Ibérica y, mucho antes, de zonas del Oriente Medio. Fue al tener que refugiarse en sus residencias “celestiales” que adoptaron su nuevo nombre de Aedh Sidhe (“Habitantes de los sidh”). Así, los Tuatha De Danann, se asegura, fueron los ancestros irlandeses reales de las razas de seres “feéricos”, es decir, los devas o “dioses” de la Naturaleza, condenados a refugiarse en las moradas “paralelas” a este orden material, (conocidas en gaélico como sidh o sidhe, entendible como “paz”), nombre genérico que también reciben sus moradores. Irlanda es, por otra parte, rica en pozos sagrados; su origen y sus virtudes “mágicas”, especialmente las de sanación, siguen guardando celosos su misterio. La absorbente cultura cristiano-romana no dudó en acogerlos como lugares de culto y de milagros. El de Santa Brígida, el de la Isla de Scattery, el de Ceathair Aluinn (en la mítica Isla de Aran), y los que viven en las páginas de J. M. Synge, O. Wilde y Lady Gregoy, no han cejado en evocar y convocar a sus vagabundos, eremitas, niños y brujas transformistas.

[5] El motivo de la “danza” de los megalitos (“Rocas Gigantes”) y el de los pájaros que surgen espontáneamente de las ramas de los árboles provienen del enigmático escritor galés Gerald of Wales (1146 ?-1223), conocido como “Cambrensis”. Ambos sucesos maravillosos figuran en su crónica natural sobre la isla de Irlanda escrita en latín, y una de cuyas versiones inglesas titula The History and Topography of Ireland (año 1185). Sendas descripciones corresponden a la Parte I, 11, y Parte II, 51. Sólo añadir que en su testimonio de la formación megalítica el presunto clérigo da fe de que serían poco después “trasladadas” a Inglaterra a pedido del rey de los Britons Aurelius Ambrosius y con el auxilio de Merlín.
   
 [6] Berkana o Beorc: decimoctava runa del conjunto Futhark germánico heredado, entre otros pueblos, por los celtas. Es símbolo de la primavera incipiente y deidad asociada al abedul. Asume el arquetipo de la Gran Madre de toda manifestación y responsable por el crecimiento de las especies vivas. Su fértil pasividad contenedora la vuelve una mancia del poder femenino actuando sobre la vida inhibida o desplazada por el duro invierno. La salud, la belleza y el amor son aspectos del universo de los que participa. Para los celtas el abedul fue señal natural del nuevo año, exaltación de la Gran Madre Tierra. Las montañas gemelas, como senos, que vuelca lateralmente su representación visual parecen querer connotar el doble 9 que retoma el ciclo renovador de la runa Haegl, la novena, que es también el milagroso y aterrador granizo. En el alfabeto Ogámico (u Ógmico) céltico corresponde al signo Bar, primera letra que sirve como expresión de la Diosa.
  
[7]  Mag Mell es, en el Ultramundo céltico irlandés, la Llanura de la Felicidad, equiparable a los Campos Elíseos griegos o a la isla de Abhallenhau (o Avalón) donde reposan héroes y reyes, como Arcturo.

[8]  Lis-Fátima es el nombre que identifica al centro suprafísico intraterrestre ubicado en la zona occidental de la Península Ibérica, con irradiación en la ciudad de Fátima (Portugal). Está conectada con la del vórtice de Lourdes, en Francia, además de actuar conjuntamente con el centro Aurora (en Uruguay). Su energía es esencialmente femenina, con las virtudes de lo virginal y la inocencia de lo original-paradisíaco. Sus arquetipos fundamentales son la Virgen María (una de cuyas apariciones proféticas registra allí la Iglesia de Roma) y el hombre “adánico” anterior a la Caída. En esta morada, de actividad relativamente “reciente”, se preparan las formas etéreas (tarea de Lis) y la estructura molecular-celular (tarea de Fátima) de las nuevas razas en ciernes en el planeta, superadoras de la degenerada raza adámica que hoy está siendo salvada de su autodestrucción. Los residuos kármicos planetarios y sus efectos en el plano físico (de humanos y también de animales) son “reciclados” en Lis-Fátima. Patrones activados durante las eras lemuriana y atlante sufren hoy allí transmutaciones. Su propósito es el de restaurar una inocencia original que anida en el “niño interno” (el arquetipo del puer aeternus explorado por Jung), dejando resurgir, con amor compasivo y edificante, la naturaleza andrógina presente en todo ser vivo. Como Anu Tea (centro con el que mantiene un estrecho intercambio, en especial como puente al continente americano), es muy fuerte en esta morada la interacción con entidades dévicas (angélicas, Elementales, feéricas), profundamente imbuidas del cuidado de la Madre Tierra. La Flor de Lis (flor del lirio gala), cara a las casas reales francesas y diversas formaciones esotéricas, es una extrapolación simbólica del Árbol de la Vida y rica en controversiales connotaciones psicológicas, es, también, un “emblema” de este inframundo, cuya labor es culminante y fundamental en esta etapa evolutiva de la humanidad.