15 de agosto de 2015

EN UN CLARO DEL BOSQUE CELTA (V): LO FEMENINO MISTERIOSO / ENTRE LA HISTORIA Y EL MITO







LA MUJER  
Y LOS ÓRDENES  RELIGIOSO, POLÍTICO Y SOCIAL



“A la aparición de nuevas estructuras mentales corresponde la eclosión de nuevas leyendas mitológicas. Es entonces que aparece el Héroe Solar, ese que se llama también ‘Héroe de Cultura’, y cuyo tipo más perfecto, en el mundo mediterráneo, es Heracles, y el más misterioso, ese Apolo venerado en Delfos, vencedor de la serpiente Pitón (representación femenina de la Divinidad-Tierra), él mismo dios solar, pero, al parecer, resultante de una masculinización de la Diosa-Sol primitiva, la cual, bajo el nombre de Artemisa, fue relegada a la Luna.
Sin embargo, así como el cristianismo no pudo jamás derrocar estructuras mentales que datan de épocas paganas y se contentó con notable frecuencia con bendecir creencias y costumbres heredadas del druidismo céltico o de cualquier otra religión, así también los nuevos mitos no fueron totalmente eclipsados por los antiguos. Artemisa está siempre allí. Afrodita adquiere una importancia creciente. Hera hace a Zeus escenas conyugales. Deméter continúa provocando la alternancia de las estaciones. Y al bello Apolo, por ello campeón de la mentalidad nueva, le hace falta una mujer que le haga comprender a los humanos: todo el Mediterráneo tiene el oído enchufado permanentemente a la Pitia de Delfos. En el momento en que un antiguo mito femenino se vuelve incómodo, se lo ridiculiza, o bien, a la inversa, se le hace jugar el rol de un personaje masculino. Se ingenia uno para mostrar a la mujer en su día más negro: así el mito de Pandora hace juego con el mito de Eva y sobre todo con el de la inquietante Lilith, la cual será ocultada, por otra parte, en lo más profundo del inconsciente de la tradición hebraica en razón de ser la más peligrosa y la más subversiva para el orden masculino establecido.
Múltiples razones provocaron esta ‘ocultación’ de la Mujer, y sobre todo de lo que ella representaba primitivamente. Esta ocultación parece haber tenido su punto extremo en la sociedad griega clásica con las funciones cuasi oficiales de las cortesanas y las prostitutas íntimas, y sobre todo la institución de la pederastia como sistema de educación, en la Roma primitiva donde ella está simbolizada por Catón el Anciano, en la Francia de los comienzos del feudalismo y, por fin, en la Europa occidental de fines del siglo XIX y comienzos del XX, triunfo del puritanismo, de la misoginia y de la hipocresía.



Cuando Roma extendió su imperio sobre todo el contorno del Mediterráneo y sobre una parte de Europa occidental, se preocupó de hacer desaparecer todo lo que podía perjudicar su organización socio-política. El ejemplo de los territorios célticos es probatorio de ello… Los romanos persiguieron a los druidas hasta hacerlos desaparecer de la Galia, y a continuación, de la Isla de (la Gran) Bretaña. Los druidas representaban para el Estado romano un peligro absoluto, pues, hasta donde se sabe, la ciencia y la filosofía druídicas estaban en contradicción flagrante con el conformismo romano. Los romanos eran materialistas; los druidas, espiritualistas. Los romanos veían al Estado como una estructura monolítica extendida sobre los territorios cuidadosamente jerarquizados; los druidas veían al Estado como un orden moral libremente consentido cuyo centro ideal era puramente mítico. Los romanos basaban su derecho en la posesión individual de tierras, posesión únicamente reconocida por todos al jefe de familia; los druidas consideraban la propiedad como naturalmente colectiva. Los romanos veían en la mujer una reproductora y un objeto de placer; los druidas asociaban a las mujeres a la vida política y religiosa de sus pueblos. Se comprende entonces la amenaza que hacía pesar sobre el orden romano el pensamiento subversivo de los celtas. Y eso jamás se dice. Uno queda siempre asombrado ante la facilidad con la cual los romanos se desembarazaron de las élites galas o bretonas, sin una referencia al hecho de que ésta era una cuestión de vida o muerte para la sociedad romana.
Y cuando el cristianismo, heredero de todas las estructuras del Estado romano, se impuso en Europa occidental, continuó con la misma tarea sistemática de destrucción de los valores célticos, ya que ellos representaban el mismo peligro para las instituciones temporales de la Iglesia. La prueba de ello está en la lucha dirigida por el Papado contra la Iglesia Céltica de Irlanda, de Bretaña y de la Armórica a causa de sus particularismos, así como el favor concedido a la Iglesia sajona contra la Iglesia bretona, lo que iba a permitir a los sajones conquistar la Isla de (la Gran) Bretaña, y finalmente, la traición del Papa que, en el siglo XII, entregó Irlanda a Enrique Plantagenét y a los anglo-normandos, con las consecuencias que se conocen. En todas épocas, en el seno de las sociedades de tipo resueltamente paternalista (y el cristianismo oficial es de esto un buen ejemplo), se ha tenido bajo sospecha todo cuanto era celta, puesto que el pensamiento céltico no estaba de acuerdo con el ideal paternalista. De ahí la desaparición casi completa de la cultura céltica, asfixiada por la cultura greco-latina, con una mezcla de germanismo, ya que el aporte germánico no amenazaba el edificio. No deja de ser significativo el constatar que los períodos que vieron florecer – esto es una verdad a medias – el papel de la Mujer, fueron períodos marcados por un cierto renacer del celtismo: la época cortés de los siglos XII y XIII coincide con el resurgimiento en la literatura europea de todos los antiguos mitos célticos; la época contemporánea, que verá, sin duda alguna, una verdadera reivindicación del lugar de la condición femenina, es también la época de un redescubrimiento del celtismo en todos sus aspectos. Y el pensar en el hecho de que todos los grandes santuarios dedicados al culto de la Virgen María son, en su mayor parte, lugares consagrados a una divinidad céltica: ¿no ocurre así con la Catedral de Puy-en-Velay o Notre-Dame de Chartres[i]?
No se trata de hacer un encomio desmedido de la sociedad céltica, sea ésta bretona, galesa, irlandesa o gala. No nos engañemos: fueron y aún son sociedades paternalistas. Los celtas eran indoeuropeos y todos los indoeuropeos fueron misioneros ardientes de la concepción paternalista. Los celtas no escaparon a la regla. Pero como no eran más que una élite guerrera e intelectual poco numerosa en relación con las poblaciones autóctonas que ellos sometían, si impusieron sus usos sociales, su lengua y una religión única, también asimilaron sistemas que no eran los suyos. Entre los pueblos que ellos sometieron y dirigido, al oeste de Europa, se encontraban todos los rescatados de civilizaciones precedentes, agolpadas en la franja atlántica, y que habían guardado sus propias estructuras de pensamiento. La prueba de esto es que es en el País de Gales y en Irlanda, en épocas cristianas ya, donde hallamos la mayor parte de arcaísmos, y arcaísmos que denotan influencias no-indoeuropeas mucho más pronunciadas que en el continente mismo.

[…]

Y, por otra parte, están los mitos. No todo era perfecto en la sociedad céltica. Como los celtas se distinguen particularmente por su espíritu anti-histórico y dado que sueñan su historia más de lo que la viven, nos vemos obligados a atenernos en particular a los mitos célticos de la Mujer. Serán, en efecto, reveladores en dos niveles diferentes: en primer lugar porque los mitos transmiten de modo simbólico las realidades del pasado; seguido ello de que los mitos trascienden la realidad y se vuelven la expresión más pura de las estructuras ideales del pensamiento de un pueblo. Vayamos más lejos: ya que se trata de los celtas, pueblos que siempre soñaron su historia, no es dentro de la Historia donde descubriremos el fondo de su pensamiento, sino en los mitos que ellos nos han legado y que son el reflejo fiel de este pensamiento.” (Introducción general, págs. 16–20)




AMOR Y LIBERTAD SEXUAL




“El recuerdo del matriarcado primitivo (siendo tomada la palabra, lo repetimos, con todas las reservas) se manifiesta todavía  en la preferencia concedida a la familia de la mujer en caso de sucesión cuando el marido desapareciere, y sobre todo en un viejo hábito que volvemos a encontrar en las literaturas irlandesa y galesa de nombrar a los héroes después de su madre y no después de su padre: así, del rey Conchobar se dice ‘hijo de Ness’; Gwyddyon y Arianrod son hijo e hija de Dón; Setenta-Cüchulain es hijo de Dechtire. Parece que había ahí sin duda las huellas de una sucesión matrilineal que no había salido aún del recuerdo de los cuentistas[ii].
Por lo demás, la mujer, estuviera ella casada o no, tenía acceso a funciones muy diversas. Si no se tiene prueba alguna de que fuesen druidesas, podían, no obstante, ser magas y profetisas. El tan peculiar cristianismo que se instauró en las Islas Británicas incluso admitían a las mujeres en ciertas formas de culto religioso. Según testimonios dignos de fe[iii], ellas participaban en la celebración de la misa, práctica demonizada por los obispos continentales de obediencia estrictamente romana. Existían monasterios dobles de hombres y de mujeres como el fundado en Kildare por la célebre Santa Brígida en el emplazamiento de un templo pagano donde las mujeres velaban por un fuego que no debían extinguirse, lo que no deja de recordarnos a la Vestales romanas o el fuego perpetuo mantenido en Bath (Isla de - la Gran - Bretaña) en honor a la diosa Sul[iv].
Es probable que las mujeres no se limitaran a sus funciones cuasi sacerdotales, y que tuvieran un rol más importante que desempeñar en la educación, no sólo de los niños, sino también de los jóvenes. En efecto, se dice que existe una costumbre asaz singular a la que se califica con el nombre inglés fosterage: se trata de enviar a los niños afuera del entorno de su familia natural, a un fosterer que se encargue de criarlo y de educarlo [sic], a tal punto que muy a menudo los lazos entre el padre de crianza y el hijo adoptivo son más completos que entre el padre verdadero y el hijo. Por otro lado, no solamente se creaban lazos entre el niño y sus padres adoptivos, sino del mismo modo entre todos los que eran formados juntos. Hay ejemplos innombrables en la literatura irlandesa de este género de situación en las cuales hermanos de leche y hermanas de leche son coaccionados a cumplir entre ellos con exigencias más importantes que las provocadas por la fraternidad natural. Ahora bien, esta fosternage, sobre la que volveremos, y que es probablemente de origen nórdico pre-céltico, no bastaba para la educación de un joven guerrero. Éste debía, un buen día, abandonar a sus padres de crianza e iniciarse en el oficio de las armas junto a mujeres guerreras sumamente misteriosas, mitad hechiceras, mitad amazonas, radicados generalmente en el norte de la Isla de – la Gran – Bretaña, es decir, en territorio de Pictos. En Irlanda, el relato La educación de Cúchulainn, y el de las Infancias de Finn, son los más significativos en lo tocante a esto[v]; en País de Gales, el relato de Peredur, arquetipo de la Búsqueda del Grial, abunda en detalles arcaicos concernientes a esta costumbre[vi].

[…]

Otro aspecto de las mujeres guerreas, educadoras, militares y hechiceras, es el de iniciadoras en la sexualidad. Nosotros estudiaremos más adelante los vínculos que existen entre el mito de la Mujer-Madre y el de la Mujer-Amante, pero en el plano estrictamente histórico, importaba señalarlo. Pues esta curiosa institución guerrera se duplica en una suerte de prostitución más o menos sagrada. Y esto nos indica una vez más que la libertad sexual entre los celtas era muy grande: en las leyes como en los textos literarios que no son marcados por el cristianismo (y aún éste no ha hecho desaparecer esa manera de pensar), apenas si hay tabúes sexuales, en todo caso, ninguno pudoroso en extremo.




La fragilidad del matrimonio es de ello una prueba absoluta. Igualmente la práctica del concubinato. Por otra parte, no importa que, casado o no, podía contraer uno de sus famosos casamientos anuales. La mujer que aceptaba esta género de situación no estaba, por lo tanto, puesta en tela de juicio por la sociedad, muy por el contrario. La sociedad céltica no conoció jamás, antes del cristianismo, la noción de pecado: con mucha mayor razón no lo encontró en la sexualidad. Como todos los otros pueblos, los celtas conocieron la homosexualidad: ‘Los hombres son llevados a dejarse dominar por las mujeres, disposición habitual de las razas enérgicas y guerreras’, declara gravemente Aristóteles (Política, II, 6). ‘Yo exceptúo de esto, sin embargo, a los celtas, que honran, así se dice, abiertamente el amor viril’. Esta reflexión – junto a otras observaciones de numerosos autores griegos – no carece de gracia suspicaz, de parte de un discípulo de Sócrates, ciudadano de un país poco intimidada por este tipo de cosas. Pareciera, a pesar de eso, que los autores griegos habían tenido razón, de ello tenemos indicaciones demasiado discretas en ciertos relatos épicos, en particular a propósito de Cúchulainn. De la misma manera, en esta institución de mujeres guerreras, podemos ver el indicio de una cierta francmasonería homosexual, la cual puede homologar a esas ligas de lesbianas que florecieron en alguna medida por todos lados en el mundo.
Dicho esto, es innegable que esta libertad sexual explica en gran parte la importancia de la Mujer en la sociedad céltica. No siendo un objeto de pecado, no siendo un ser débil en una sociedad más pastoril y guerrera que agrícola, no podía sino salvaguardar una importante porción del rol que ella había debido ocupar en las épocas posteriores…

[…]

Hemos visto que la Mujer céltica, así la irlandesa como la bretona, goza de su libertad, goza de derechos acordes a su rango social o a su fortuna personal, que puede convertirse en jefe de familia, que puede reinar, que puede ser profetisa, maga, educadora, que puede casarse o mantenerse ‘virgen’ (es decir, fuera del matrimonio), que puede heredar una parte de los bienes de su padre o de su madre[vii]. Han hecho falta veinte siglos para que la Francesa recupere todos esos derechos y privilegios perdidos por su ancestro la gala, degollada por el derecho romano y el recelo cristiano. Es en este marco que conviene ahora estudiar la imagen ideal de la Mujer, tal como ha sido soñada no sólo por las mujeres sino también por los hombres. Nos reencontraremos allí con las preocupaciones fundamentales de la Humanidad en busca de su equilibrio físico y moral, pero estas preocupaciones habían sido ocultadas por la civilización judeo-romano-cristiana porque ponían en duda los principios fundamentales sobre los cuales ella estaba edificada.” (Parte I: La mujer en las sociedades célticas, I. El marco jurídico, págs. 54-58)




SIMBOLOGÍA FEMENINA: EL AGUA, EL MAR, LA MUJER “ENGULLIDA”



“Se dice que la ciencia contemporánea ha establecido que la vida proviene del mar. Algo ha ocurrido, hace muchísimo tiempo, millones de años, en el fondo de los grandes mares que recubren la casi totalidad del globo terrestre: ese algo es la conjunción de substancias químicas bajo la influencia de rayos cósmicos, en condiciones que son evidentemente muy difíciles de determinar. Sin embargo, volvemos a hallar allí a los misteriosos Elohim que flotan, o más bien que vuelan por encima de las aguas. Y las aguas se vuelven madres. La virgen Ilmatar es fecundada. Todas las tradiciones están de acuerdo en afirmar el rol de las aguas en la génesis de la vida…

[…]

Es así que el mar se ha poblado de seres extraños, que él contiene ciudades, palacios, que abriga tesoros. Pero innombrables tabúes se interponen entre él y los hombres: no se tiene derecho a penetrar en él, es peligroso. Sólo seres excepcionales y divinos pueden habitar allí, sólo héroes sin flaqueza ninguna están autorizados, bajo ciertas circunstancias, a recorrer el universo maravilloso del paraíso perdido.
Pues es justamente de paraíso perdido de lo que se trata. Todos los antiguos mitos del Edén, de la Edad de Oro, de la Edad Anterior, convergen a través del mar profundo, así como sus substitutos más recientes, la caverna y el golfo. El psicoanálisis ha mostrado cuántas de estas representaciones de mares, de cavernas, de golfos, de bosques oscuros, están asociados al concepto arcaico de la Mujer, a la vez la madre y la amante. La imaginación humana se excedió en torno a este tema con una intensidad tal que vuelve a encontrárselo  en todas partes bajo los aspectos más diversos, y eso prueba que hace desaparecer las preocupaciones esenciales del género humano.


Ciudad sumergida


Yo dije ya que el Mito de la ciudad engullida representaba, entre los celtas, el mito fundamental del origen[viii]. Y este mito toma cuerpo en una leyenda que todo el mundo conocía más o menos bien, la leyenda de la Ciudad de Ys, esparcida por toda la Bretaña armoricana, y de la cual encontramos variantes significativas en los otros territorios de tradición céltica, en especial en Irlanda y en País de Gales. Es pues a partir de esta leyenda, y de sus dos variantes principales, que podemos esbozar un análisis en profundidad del mito de la mujer engullida.

[…]

Hemos partido del Mito de la Ciudad de Ys, pero no sin razón. En el comienzo era el agua, en el final habrá el agua. Hemos intentado seguir a Dahud-Ahés[ix] en todas sus metamorfosis y en todos sus reparos, ya que es la Hembra de los Rostros innombrables. De la Ciudad de Ys a la Isla de Avalon pasando por la caverna del dragón, no hay más que la distancia de una imagen a otra. En todas las transposiciones de un mismo mito, donde se revela siempre la misma estructura de pensamiento, surge evidente la certeza de que ‘el orden del símbolo no puede ser considerado más como constituido por el hombre sino como el constituyente’ (Jacques Lacan). Al estudiar cómo el hombre ha soñado a la mujer, cómo la ha engullido, y por qué lo ha hecho, se devela la realidad profunda del ser humano. Pero como lo hace notar Claude Lévi-Strauss, el símbolo que se desarrolla en los mitos no es nunca absoluto: si todo está dicho, no queda de ello nada que haya que comprender. Al final de la magnífica epopeya irlandesa de el Galanteo de Etain[x], cuando el rey Eochaidh quiso reencontrarse con su mujer Etain raptada – aunque consintiéndolo, lo cual cambia todo – por el dios Midir, quien se la llevó consigo al universo maravilloso del sidh[xi],  ordena excavar todos los oteros de Irlanda. Pero, como consecuencia de un ardid de Midir, aquél no recupera a su mujer, tan sólo a otra que adoptó la apariencia de Etain. Esta conclusión es significativa. El hombre, el macho, una vez que ha perdido a la mujer, comienza a comprender lo que ella era y  lo que representaba. Demasiado tarde, desgraciadamente, pues entretanto, otras imágenes se interponen entre lo Real objetivo y el hombre. ‘La verdad está en un vaivén entre los que la dicen’ (Jacques Lacan) y es por cierto difícil de asir. Acaso la solución resida en el redescubrimiento del lenguaje del inicio, ‘estructura primera del inconsciente’ (Jean Lacroix). Pero, esta estructura primera, ¿dónde se halla exactamente? Bajo las olas del Mar, la Ciudad de Ys está siempre allí, con la princesa sumergida: el que, el día del surgimiento de Ys, oiga primero sonar la campana, ése poseerá el reino en su totalidad, y a Dahud-Ahés por añadidura. Sin embargo, ¿dónde queda la real ciudad de Ys? ¿Por encima o por debajo? Cuando se contempla el reflejo de una ciudad o de un bosque sobre las aguas de un lago, de un río o de un mar, ¿se está acaso alguna vez seguro de que la realidad se halla al margen o que se la observa? Si el mito de la Princesa engullida arroja una cierta sospecha sobre el vínculo establecido después de siglos en lo que se refiere a la oposición entre muerte y Vida, en virtud del hecho de que ilustra la angustia de las zonas fronterizas entre el sueño y la realidad, el estado de vigilia, uno está por derecho propio en condiciones de preguntarse si ello no significa también la impotencia del hombre a elegir. Y en su imaginación adulterada por siglos de estructuras aberrantes en tanto formuladas únicamente en nombre de la masculinidad, la Princesa, que él [= el hombre] reprimió conscientemente en los bajo-fondos de su inconsciente, retorna más bella y más fuerte que nunca en la imagen de una Diosa que él no debería haber dejado jamás de adorar.” (Parte II: Exploración del Mito. I. La Princesa engullida, págs. 61-63 y 108-109)
  
[…]



LEYES MASCULINAS Y AMOR ABSOLUTO FEMENINO


Tristán e Isolda


“Las mujeres no fueron nunca ‘sujetos a un costado del hombre’, sino ‘objetos de intercambio como la moneda de la cual en muchas sociedades ellas llevan el nombre’. Esta reflexión de Claude Lévy-Strauss[xii] es la constatación de un estado de hecho extendido en el mundo entero. Sin embargo, damos en ver, al estudiar los Mitos que nos legó la Tradición céltica, que este estado de hecho no se ha correspondido siempre a un estado de espíritu, ya que hubo hombres y mujeres, en el curso de las edades, a favor de la idea de que la Mujer era nada más que un objeto y que urgía rectificar una situación que se volvía por mucho intolerable, material así como psicológica e incluso lógicamente.  
En rigor, la Sociedad céltica concedió a las mujeres un lugar que aquellas no tenían en la mayoría de las otras sociedades contemporáneas. Tenían ellas la posibilidad de participar de una cierta vida política, de una cierta vida religiosa; podían poseer bienes, incluso siendo casadas (pero bajo condiciones de fortuna); podían reinar; podían decidir libremente la elección de un hombre; podían divorciarse, y en caso de abandono del marido o del hombre sobornador, tenían el derecho de reclamar una alta indemnización.
Pero guardémonos de concluir que la Mujer celta vivía en un verdadero paraíso. Ya que las leyes que la favorecían, y de esto encontramos la prueba en los códigos de leyes galos, bretones e irlandeses; esas leyes fueron, a pesar de todo, hechas por hombres que vivían en una sociedad de estructuras androcráticas, lo que llamamos, de forma más cómoda (y justificada) una sociedad paternalista. Por consecuencia, esas leyes aspiraban a mantener a las mujeres en un marco liberal dentro del cual no pudiesen molestar a la masa de individuos varones que protegían para sí el poder efectivo. Empero, todo ocurre como si los celtas hubiesen estado obligados a guardar ciertos elementos de antiguas estructuras, siendo la influencia moral de las mujeres conservada entre ellos como demasiado poderosa. No se libra uno fácilmente de usos, y es probable que a los celtas les haya tomado más tiempo que a los otros pueblos librarse de usos heredados de sociedades ginecocráticas que los habían precedido. Con todo, se trata claramente de un marco liberal, concebido y preparado por legisladores varones, que respetaban lo más posible los usos teóricos, pero que debían arreglárselas para reducir su importancia práctica… (Parte III: Teorías. [Introito], págs. 357-358)

[…]

“Si el matrimonio es una cosa, si la sexualidad es de eso otra cosa diferente, existe además un elemento primordial de la vida psicológica que afecta de cerca de la mujer: el Amor, sentimiento noble por excelencia, irreductible a la razón y a todas sus secuelas, leyes, reglamentos y moral tanto religiosa como laica…
[…]
Este amor, que llamamos sublime, total, libre, etc., está hecho de mil elementos diversos, en los cuales la sexualidad es lo menos importante… Se trata de un sentimiento, y el sentimiento escapa, en realidad, a todo control, a toda clasificación. La mujer, gracias a su intuición, a su sensibilidad, lo comprende inconscientemente, naturalmente… Y cuando la mujer, decepcionada del amor humano, experimenta la necesidad de dirigir este amor a una cosa u otra, de ideal y de perfecto, ella se vuelve mística. Cuántas plegarias de religiosas son himnos de amor, y a veces tremendamente sensuales, destinados a un dios que es Todo Amor, Toda Perfección, Toda Belleza.
Sin embargo, todo eso representa un desequilibrio, una insatisfacción, una frustración. Existen, afortunadamente, leyendas que, de una manera fantasmagórica, como los sueños, restituyen la plenitud del amor. Son, por decirlo así, las ‘utopías’ del Amor, las esperanzas de una humanidad que busca conciliar la existencia necesaria en el seno de una sociedad y la libertad de amar. Los mitos célticos están en este sentido entre los más bellos y significativos. Nos enseñan verdaderamente el Amor sublime, el Amor total, incluso si los héroes de leyenda tienen un destino triste. Ellos intentaron sacudir el yugo, son llevados lo más lejos posible. Sin embargo, su fracaso no es necesariamente el fracaso del Amor.
[…]
A primera vista, el estudio de los textos célticos permitiría responder que la fidelidad en amor no existe, al menos en el sentido en que lo entendemos hoy…
A decir verdad, la noción céltica de fidelidad es particularmente relativa. Se trata, ante todo, de una fidelidad a un ser de elección, que es realmente el ser que se ha elegido libremente, a quien se ama de amor, por decirlo así, absoluto. Las relaciones temporarias o pasajeras pueden entonces explicarse por un simple deseo de orden sexual, o bien aun más por una búsqueda afectiva de naturaleza diferente del lazo que une a la pareja primordial…
El amor sublime, absoluto, es, no obstante, por naturaleza totalmente altruista, ya que apunta a la felicidad del Otro. El amor no es solamente la satisfacción egoísta de los instintos, es el reemplazo de esos instintos propios por los instintos del otro, es la penetración directa, no sólo dentro del cuerpo del otro, sino dentro de todo su psiquismo, dentro de toda su afectividad. El Amor conduce a través del Otro, o a través de los Otros, de lo contrario, no es sino pasión egoísta y posesiva. Es aun algo que nuestros moralistas pudibundos deberían aprender en la juventud, en vez de cultivar con delicias los instintos vulgares de la posesión. Todo el amor occidental está tergiversado por esta visión estrecha, debida en el origen a motivos tanto sociales como mágicos. En efecto, la primordial preocupación de la sociedad paternalista fue la de evitar el tipo de relación tripartita que rompía el equilibrio de la célula básica, lo que se traduce en los hechos en la vigilancia y la posesión de la mujer por el hombre. Psicológicamente se produjo el fenómeno inverso: la posesión del hombre por la mujer, cuando, en realidad, aquélla no era previsible. La práctica de la poligamia y la del concubinato legal lo prueba. Pero a esta primera preocupación se une otra que no es despreciable: aun si nos resulta superada y estúpida: siendo la mujer el ‘crisol receptivo’, es peligroso exponerla a recibir los influjos más o menos mágicos provenientes de un tercero, para no hablar de peligros de fecundación de origen externo.
[…]
Pues se trata de un Amor Loco. El Amor visto por los celtas no tiene necesidad de ser reinventado. Existe. Pero como el resto, ha sido ocultado. Basta con reactualizarlo, tal como aparecía en ciertos textos literarios que datan de una época en que se sabía todavía que ‘el amor recíproco, tal como yo lo encaro, es un dispositivo de espejos que me arrojan de vuelta, desde los miles de ángulos que puede  lo desconocido tomar por mí, la imagen fiel de la que yo amo, siempre más asombrosa adivinación de mi propio deseo y más dorada que vida’ [André Breton, L’Amour Fou (el amor loco)].” (Parte III: Teorías. IV. L’Amour, págs. 397-404)




Extraído de Jean Markale, La femme Celte (la mujer celta), Paris, Payot, 1973. Textos correspondientes a: Avant-Propos / Introcuction; Premiére Partie: La femme dans les sociétés celtiques, II. Le cadre juridique; Deuxiéme Partie: Exploration du Mythe, I. La Princesse Engloutie; Troisiéme Partie: Théories, [Preface = Introito], IV. L’Amour. Traducción del francés de estos pasajes, para uso exclusivo en este blog digital: G. Aritto / 2015. Existe, publicada recientemente por la Editorial MRA Ediciones / Colección Aurum, una versión española del libro (Barcelona 2005 / 2008), aunque en la misma no aparece la Sección Théories (final, en la francesa que yo manejo), y que incluye, en cambio, A modo de conclusión: La Mujer Sol (378 págs.). No he podido dar con el dato del / de la traductor(a). Confieso desconocer por completo esta versión castellana.



Jean Markale
(París, 1928 - Auray, 2008)





[i] “Hijo, entré en un establecimiento religioso enteramente consagrado a la adoración de la Virgen – una verdadera idolatría marial. Sentí el carácter patriarcal y opresivo de la Religión, pero al mismo tiempo el culto a la Virgen al que nos ofrecimos aportó una parte de compensación, como un elemento confortante.” [Kate Millett, La Politique du Mále (la política del macho), p. 134] (N del A)
[ii] El sistema de filiación matrilineal existió durante mucho tiempo en el seno de ciertos pueblos, en particular en los natchez de América, cuyo nombre es célebre gracias a Chateaubriand […] (N del A)
[iii] Ver J. Markale, Les Celtes (los celtas), págs. 215-217. (N del A)
[iv] Cf. mi estudio sobre Santa Brígida de Kildare, Cahiers du Pays de Baud (cuadernos de los territorios de Baud), Baud (Morbihan), 1971, n° 3. (N del A)
[v] Ver J. Markale, L’Épopée celtique d’Irlande (la epopeya céltica de Irlanda), Payot, Paris, 1971, págs. 88 y 141. (N del A)
[vi]  Ver J. M., L’Épopée celtique en Bretagne (la epopeya céltica en Bretaña, Payot, Paris, 1971, pág. 182. Ver asimismo la educación del joven Lancelot (o Lanzarote) del Lago a cargo del hada Viviane (la Dama del Lago) en los Romances de la Mesa Redonda. (N del A)
[vii] [Markale se explaya aquí en “quelques particularités du droit celtique cencernant la femme” (algunas particularidades del derecho céltico concernientes a la mujer), pasando revista a casos de derecho de propiedad, herencia, posesión, extranjería, etc., procedentes de la historia irlandesa. He decidido eliminar esta nota, cuya ausencia no afecta la comprensión ni las resonancias connotativas del pasaje vertido arriba. – G. A.]
[viii] Ver J. Markale, Les Celtes, págs. 19-43.  (N del A)
[ix] Trátase de la princesa heredera del mítico reino de Ys, quien, a despecho de su padre Gradlon y de la conversión de éste a la fe cristiana, fue juzgada – en palabras de Markale - “pécheresse” (pecadora) e “impudique” (impúdica), y consecuentemente condenada a ir a parar al abismo infernal. (G. A.)
[x] Ver J. Markale, L´´Epopée celtique d’Irlande, págs. 43-55. (N del A)
[xi] Como se ha aclarado y expuesto in extenso ya en numerosos escritos publicados en este blog, Sidh(e) es el nombre en gaélico con el que en Irlanda se conoce la esfera inframundana de realidad sutil habitada por los seres feéricos (esto es, las hadas y los devas-elementales de la Naturaleza). (G. A.)
[xii] Les Structures élémentaires de la Parenté (las estructuras elementales del parentesco). (N del A)


La imagen titulada "Ciudad sumergida", bajo derechos de autor del sitio: http://newsplusnotes.blogspot.com.ar/



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