17 de noviembre de 2013

EL AMO Y EL ESCLAVO







“Vbi dies redditus […] corpus inventum integrum inlaesum opertumque ut fuerat indutus: habitus corporis quiescenti quam defuncto similior.”
                         
 Plinio El Joven, Epistolae – Ad Tacitum [1]
                                                             


                                                                               A Marguerite Yourcenar


¿Estás ahí aún, quieto fantasma de cemento blanco? Mueca y horror, tienes hoy la forma intacta de tu antiguo vacío. ¿Qué indecibles monedas guardaba ese cofre, ese al que te aferras igual que un niño a su juguete? Nunca saldrás de tu suntuoso templo grávido de murales. Nunca tomarás el último baño: ya los pétalos no flotan en la espuma adulona ni abunda la acaricia de la esponja lasciva. ¿Dónde está el suave vapor que abultaban, sin quejarse, los pezones y los racimos rojos, el plátano y el vino depravado de Ísmaros?...  Sólo tú y tu tesoro se han quedado. Que escapen de Pompeya los que no tienen nada que perder. A tu hado no pueden sepultarlo las piedras que afila el Vesubio en la fosa oscuro del cielo.

¿No oyes por momentos a lo lejos, traído de repente por el austro, un dulce aulos [2]? ¿No sientes en la piel la hélice de aquella música que te sanaba de todos tus dolores? Es tu esclavo sin nombre, el africano de pletóricos huevos de arcilla, ese que te imploró la libertad cuando cundía el trueno y tú dijiste, “No”, y “No –le repetiste-, siempre serás mío…”. Pero más allá de la encía cambiante del mar, el desierto que sella la serpiente con su danza lo devolvió a su sol amado, a sus noches alucinadas de naranjos. Porque la lluvia encendida de carbón hizo añicos tu voz y él no quiso entender, y se mezcló entre los remos de una nave que furtivamente huyó…

Estás aún ahí, rico señor de Pompeya, en tu eterno vacío de cemento blanco. ¿Qué aprietas en tu mano, acaudalado siervo de la nada, en esa engreída alcancía que ya no te soltará jamás? Nadie librará a tus ojos sin mirada de su espanto final. Nadie apagará el entreabierto grito de tu boca amordazada… Sin embargo, escucha, escucha el ir y el venir del caliente austro, donde suena el aulos del hombre que creíste tuyo, y era, en secreto, como la arena, del viento sin cadenas.




 GUSTAVO ARITTO







[1] “Cuando volvió la luz del día […] se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver.” De las Epístolas, VI, 16, una de las dos cartas en que el joven Plinio describe la aterradora erupción del Vesubio, aquel 24 de agosto del 79.

[2] La típica flauta griega de dos tubos.




Texto incluido en LA ESPIRAL DE FUEGO. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008.









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