26 de abril de 2015

EL SONIDO QUE NOS CREA (V): La lira y la voz de Pitágoras



Monocordio de Pitágoras





Semblanza del gran Iniciado de Samos
extraída de


Porfirio
(233-304 d. C.):

VIDA DE PITÁGORAS



“Siendo así que narró Diógenes[1] con exactitud los hechos referentes a su condición de filósofo en sus Hechos increíbles más allá de Tule, yo decidí no omitirlos en modo alguno. Dice, pues, que Mnesarco, que por su origen era un tirreno de los que colonizaron Lemnos, Imbros y Esciros, y que desde su lugar de residencia visitaba muchas ciudades y recorría muchas comarcas, se encontró en una ocasión con un tierno niño que estaba tumbado al pie de un álamo grande y frondoso. Observó que, boca arriba, dirigía su vista al cielo, hacia el sol, sin parpadear, y que se había metido en la boca una caña delgada y fina, a modo de flauta. Contempló con admiración que se alimentaba del rocío que goteaba del álamo y lo cogió en brazos, suponiendo que, en cierto modo, era divino el origen del niño.” [§ 10]

[…]

“Poniendo sus pies en Creta, entre los iniciados de Morgo, se dirigió a uno de los Dáctilos Ideos[2], por quienes también fue purificado con una piedra tocada por el rayo, tendido boca abajo, desde el alba, junto al mar, y, por la noche, junto a un río, adornado con los mechones de un carnero negro. Y bajó a la llamada cueva del Ida con la lana negra; allí pasó tres veces los rituales nueve días y ofreció un sacrificio a Zeus. Contempló también el sitial que se le preparaba cada año y un epigrama sobre su tumba con estas palabras: ‘Pitágoras a Zeus.’ Su comienzo es el siguiente:

Aquí yace, tras su muerte, Zan, a quien suelen llamar Zeus[3].

Una vez que desembarcó en Italia y se encontró en Trotona, cuenta Dicearco que, por haber llegado como hombre tan viajero e importante y, en consonancia con su propia naturaleza, por verse agraciado por la fortuna – ya que era liberal y elevado en su modo de ser y tenía muchísimo atractivo personal y encanto, por su voz, por su carácter y por todos los otros aspectos -, influyó en esa ciudad de tal modo que cautivó al consejo de los ancianos con su rica y amena charla; a su vez, a instancias de los magistrados, elaboró exhortaciones juveniles para los muchachos. Y, después, lo hizo para los niños que acudían juntos a las escuelas. […] Por lo demás, lo que decía a los que con él convivían ni siquiera uno solo puede manifestarlo con certeza, porque se daba un silencio ritual entre ellos.” [§ 17-19]

[…]

“En Tarento vio a un buey que, en un enorme pastizal, daba cuenta de unas matas de habas; se acercó al pastor y le sugirió al pastor que le dijera al buey que respetara las habas. El pastor, bromeando, le respondió que no sabía hablar en la lengua de los bueyes. Se acercó Pitágoras y le susurró al toro, al oído, que no sólo se alejara de las habas en aquel momento, sino que en lo sucesivo no las tocara. En Tarento, por el templo de Hera, permaneció mucho tiempo un buey viejo, el llamado “buey sagrado”, que comía los alimentaos que le ofrecían los visitantes. Se cuenta que se ocupaba con sus discípulos casualmente Pitágoras, en Olimpia, de los augurios, de los símbolos y de las señales por las que se manifiesta Zeus, y un águila que sobre volaba el lugar descendió adonde estaban; la acarició y de nuevo la dejó ir, porque son mensajes de los dioses lo mismo[4] que, entre los hombres, los que reciben su afecto. En otra ocasión, poniéndose junto a unos pescadores, en tanto su red arrastraba del fondo un gran copo, predijo la cantidad de peces que estaban recogiendo, precisando el número. Los hombres se comprometieron a hacer lo que se les ordenara si su predicción se cumplía; Pitágoras les pidió, a su vez, que dejaran vivos a los peces, después de contarlos con exactitud. Y lo más sorprendente es que ningún pez pereció, al permanecer fuera del agua, durante todo el tiempo que duró el recuento en su presencia.
A la mayoría de las personas con que se relacionaba les recordaba la vida pasada que sus almas habían experimentado antaño, antes de vincularse al cuerpo que tenían. Y con pruebas irrefutables se declaraba a sí mismo la reencarnación de Euforbo, el hijo de Pañito, y, especialmente, celebraba y cantaba cadenciosamente con la lira aquellos versos de Homero:

y sus cabellos, semejantes a los de las gracias, se mancharon de sangre,
y sus rizos, que estaban sujetos con ceñidores de oro y plata.
Y cual frondoso plantón de olivo que, plantado por un hombre
en apartado lugar, donde brota en abundancia el agua,
crece hermoso, y lo sacuden corrientes de toda
clase de vientos, y de flores blancas se cubre;
mas, de repente, se presenta un ventarrón, acompañado de fuerte
tormenta, lo arranca de su hoyo y lo tiende en tierra;
así también, al hijo de Pántoo, a Euforbo, de robusta lanza armado,
el atrida Menéalo, tras darle muerte, lo despojó de su armadura.[5]


[…]

Afirmaban que, en otra ocasión, cuando pasaba el río Cáucaso con muchos de sus discípulos, le dirigió a éste la palabra. Y el río le respondió: ‘Salve, Pitágoras’[6]. Y casi todos aseguran que, en un único y mismo día, tanto en Metapunte, de Italia, como en Tauromento, de Sicilia, se había entrevistado y conversado cara a cara con los discípulos de uno y otro sitio, siendo así que mediaban, por tierra y por mar, muchísimos [estadios][7] que ni siquiera se recorrían en bastantes días.” [§ 24-27]

[…]

“Con sus cadencias rítmicas, sus cánticos y sus ensalmos mitigaba los padecimientos psíquicos y corporales. Estos procedimientos los desarrollaba para sus discípulos, pero, particularmente, escuchaba la armonía del universo, porque comprendía la armonía universal de las esferas y de los astros que en ella se mueven, y que no la percibimos por la pequeñez de nuestra naturaleza. Y con estas palabras lo atestigua Empédocles, cuando dice:

Había entre ellos un varón, poseedor de sólidos conocimientos,
y dominador de toda clase de actos, especialmente de los sensatos,
que, naturalmente, había logrado la grandísima riqueza de la 
                                                                                           [inteligencia.
Porque, cada vez que con toda ella efectuaba una tentativa,
fácilmente veía cada uno de los seres existentes, en su detalle,
en diez o en veinte generaciones humanas.

En efecto, las expresiones ‘sólidos’, ‘veía cada uno de los seres existentes’, ‘riqueza de inteligencia’ y otras semejantes son un indicio revelador de la selecta y singularmente crítica capacidad organizativa [de Pitágoras][8], por encima de otros, en el ámbito de la vista, el oído y el pensamiento. Por lo demás, las voces de los siete planetas, la [de la esfera] de los fijos y, además de ésta, la [de la esfera] de encima de nosotros, llamada entre ellos[9], por otro lado, ‘antitierra’, había asegurado que eran las nueve Musas. A la mezcla, sinfonía y, por así decirlo, atadura de todas ellas[10], llamaba Mnemósine, de la que cada una era parte y efluvio de un eterno increado. Al exponer sus hábitos cotidianos, Diógenes dice que a todos aconsejaba regir la ambición y la vanidad, que contribuyen particularmente a la envidia, y evitar las reuniones masivas. En efecto, desde el alba ocupaba su tiempo conversando en el umbral de su casa, acompasando su voz a la lira y cantando algunos peanes antiguos de Teletas[11]. Entonaba también los versos de Homero y Hesíodo que, estimaba, suavizaban el alma. Y practicaba ciertas danzas que creía proporcionaban al cuerpo agilidad y salud. Sus paseos no los hacía acompañado de muchas personas, por el hecho de que pudiera provocar envidia, sino con dos o tres, por los santuarios o bosques sagrados, escogiendo los lugares más tranquilos y más bellos. Apreciaba extraordinariamente a sus amigos, y fue el primero que declaró que los asuntos de los amigos eran comunes y que el amigo era la réplica de uno mismo[12]. Y si estaban sanos, pasaba su tiempo con ellos; si se encontraban enfermos del cuerpo, los cuidaba, y si sus lesiones eran psíquicas les daba ánimos, como decíamos, a unos, con conjuros y ensalmos, a otros, con la música. También tenía para las enfermedades somáticas cánticos guerreros; al entonarlos, restablecía a los enfermos. Había otros que provocaban el olvido del dolor, calmaban los arrebatos de cólera y eliminaban los deseos absurdos.” [§ 30-33]

[…]

“Pero no admitía el placer populachero y marrullero[13], sino el firme, serio y exento de calumnia. Porque es doble la variedad de placeres: aquellos, por un lado, que obtienen su complacencia en el vientre y en los placeres eróticos, a través del lujo, [que][14] equiparaba a los cantos homicidas de las sirenas; por otro, los que se sustentan en las cosas bellas y justas, necesarios para la vida, placenteros, a la vez y de inmediato, y que no comportan la posibilidad de arrepentimiento ante una contingencia futura, y de los que, afirmaba, se parecían a una armonía musical.” [§ 39]

[…]

“Hablaba también, en un tono misterioso, valiéndose de símbolos, de ciertos aspectos que Aristóteles, precisamente, los ha señalado con profusión. Como, por ejemplo, el llamar al mar lágrimas, a las Osas manos de Rea, a la Pléyade lira de las Musas y a los planetas perros de Perséfone. Y del ruido que se producía al ser golpeado el bronce, decía que era la voz de algún demon encerrada en él. Había también otra clase de símbolos, del tipo siguiente: … no llevar las imágenes de los dioses en los anillos, esto es, no tener ni representar a la multitud, sobre los dioses, opiniones y palabras corrientes o manifiestas; ofrecer a los dioses libaciones solamente por el asa de las copas[15], porque de ello se infería honrarlos y celebrarlos con música, pues ésta penetra a través de los oídos…” [§ 41-42]

[…]

“Practicaba una filosofía cuyo objetivo era preservar y liberar de determinadas trabas y ataduras a la mente que se nos ha asignado, sin la que, en modo alguno, nada sensato ni auténtico se puede conocer ni percibir, sea cual sea el sentido que utilicemos. Porque la mente por sí misma ‘todo lo ve y todo lo oye; lo demás es sordo y ciego’[16].
Y una vez que se encuentra purificada, hay que proporcionarle algo que le sea útil. Y esto es lo que él procuraba, en su discurrir de medios: en primer lugar, la conducía suavemente a la contemplación de los seres incorpóreos, eternos y de su misma raza[17], que permanecen idénticos y sin alteración, avanzando después, poco a poco, por temor a que, perturbada por un cambio repentino e imprevisto, se desanimara y se cansara en virtud de la alimentación tan nociva y duradera que había recibido. Por consiguiente, a causa de las ciencias y especulaciones que tienen lugar en la frontera de los cuerpos y de los incorpóreos [en una dimensión triple en cuanto cuerpos, pero sin resistencia en cuanto incorpóreos][18], se ejercitó poco a poco en los seres reales, conduciendo con habilidad técnica los ojos del alma, desde los seres corpóreos que jamás se mantienen idénticos, ni siquiera en una mínima cantidad, hasta la adquisición de su alimento. Por ello, introduciéndolos en la contemplación de las auténticas realidades, hacía dichosos a los hombres. Así, pues, el ejercicio de las matemáticas había sido aceptado en su sistema.
El estudio de los números, como asegura, entre otros, Moderato de Cádiz[19], que reúne once libros, muy atinadamente, las opiniones particulares de los escritores, se emprendió por la siguiente razón. Al no poder, dice, transmitir de palabra con claridad las primeras formas y los primeros principios, a causa de la dificultad de concebirlos y de expresarlos, se aplicaron a los números por la claridad de su enseñanza, imitando de ese modo a los geómetras y a los maestros de escuela. Porque, como éstos, en su intento por transmitir el significado de las letras y estas mismas letras, recurrieron a los caracteres del alfabeto, diciendo que estos caracteres son las letras en lo que respecta al comienzo de una enseñanza; después, sin embargo, enseñan que esos caracteres no son letras, sino que representan un concepto, a través de ellos, de las auténticas letras[20]; y también los geómetras, al no poder representar con la palabra las formas corpóreas, se aplican al dibujo de las figuras, diciendo que el triángulo es esto, pero sin querer que ello sea lo que cae bajo la vista, sino lo que tiene determinada característica, y, en base a ello, sostienen su concepción del triángulo; así también los pitagóricos hicieron lo mismo: como no podían explicar por la palabra las formas incorpóreas y los primeros principios, se aplicaron a la demostración por medio de los números. Y así, llamaron ‘uno’ a la razón de la unidad, de la identidad, de la igualdad, y a la causa del acuerdo y simpatía del universo y de la conservación de lo que se mantiene en una identidad inmutable…” [§ 46-49]




De PORFIRIO, Vida de Pitágoras [con Vida de Plotino; y ‘ORFEO’, Argonáuticas e Himnos órficos], Planeta DeAgostini, Madrid, 1998, Colección Los Clásicos de Grecia y Roma, según la edición original de Editorial Gredos (Biblioteca Clásica), 1987-1992. Traducción del griego y notas: Miguel Periago Lorente.



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[1] Antonio Diógenes, autor de relatos de viajes y de aventuras. Vivió hacia el año 100 de nuestra Era y es uno de los más importantes narradores griegos de la época imperial; sólo se conoce un fragmento de su obra, recogido por Focio, Biblioteca, 166.

2 Cf. C. A. Lobeck, Aglaophamus, Königsberg, 1829, págs. 1179-1180. Para la purificación en el orfismo y pitagorismo, cf. R. Parker, Miasma: Pollution and Purification in Early Greek Religión, Oxford, 1985, págs. 292 y sigs.

3  Para Calímaco, Himnos I 8, la tumba de referencia era una superchería de los cretenses. En cuanto al nombre de Zan por Zeus, hay testimonios de que Ferecides de Siro lo utiliza para una de las deidades supremas originarias de su cosmogonía.

4 Hay en el original griego un ‘attai que dejaría la traducción así: mensajes de los dioses y voces suyas para los hombres que de ellos reciben su afecto”. He creído más congruente con el sentido general del párrafo, aceptar la lección hai autaí, en cuyo caso no hay que pensar en unas águilas que, aparte de transmitir los mensaje de los dioses, encarnan también sus voces. Más lógico parece que se debe entender que su función de mensajeras es análoga a la de los mortales que reciben el afecto de los dioses, tal como queda la traducción.

5 Ilíada, XVII 51-60.

6 No tiene sentido que este hecho se relacione con el río Cáucaso. Puede tratarse de una confusión por Casas, riachuelo que pasaba por Metapunte.

7 No figura en el texto. Lo introdujo el filósofo Holstein, tomándolo de Jamblico.

8 Elimina Nauck (cuyas referncias aluden a su edición de las obras de Porfirio, en Porphyrü opuscula selecta, Teubner, Leipzig, 1866… Evidentemente, su inclusión no se ve necesaria para la comprensión del texto.

9 Debe entenderse “los pitagóricos” […].

10 Las Musas, evidentemente.

11 Poeta natural de Gortina, en Creta, y radicado en Esparta. Floreció en el siglo VII a. C. y su obra ha desaparecido casi por completo.

12 Literalmente, “otro de sí mismo” (‘állon heautón).

13 El término griego goeteutikén [¿?] viene a significar algo así como “por malas artes”, “a base de superchería, de charlatanería”; de ahí el calificativo de “marrullero” que propongo como traducción.

14 Conjetura del filólogo Nauck, útil para el sentido y la concordancia sintáctica.

15 Esto es, cogiendo las copas por su asa, para verter el contenido.

16 Célebre fragmento de Epicarmo [fr. 12 de Diels-Kranz]. Cf . Porfirio, De abstinentia I 41 y III 21.

17 Homophýlon, en griego. Cf. Platón, Fedón 78c5, donde se expresa un parentesco entre la mente y lo divino.

18 La edición de “Les Belles Lettres” conservan el somáton (= de los cuerpos) original, que presenta también el texto de Jámblico. No veo necesaria la corrección somatikón (= de los corpóreos) de Nauck.

19 Contemporáneo de Nerón, parece que ejerció una gran influencia en Jámblico y Porfirio. Intentó conciliar el platonismo y el neopitagorismo, en el sentido de que su simbología de los números, que presentaba al “Uno” como fundamento teológico de su sistema, se hallaba muy próxima al platonismo tardío.

20 Alude, sin dura, al hecho de que las letras con su sonido y el concurso de unas con otras dan lugar a las palabras.




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La Música
del Macrocosmos y del Microcosmos humano



“El aspecto cosmológico de los conceptos musicales no es una característica solo de China. Se hallan correspondencias similares en India, en los países islámicos, en Grecia antigua y hasta en el Medievo cristiano. Las estaciones, los meses, los días, las horas, los planetas, las partes del cuerpo humano, los humores, las enfermedades, los elementos y hasta la visión del mismo cosmos repetida en una eterna armonía de las esferas.
Hay pasajes bíblicos que parecen estar inspirados en la idea de la armonía cósmica. Pero muestran al máximo una tendencia a admitir la idea a través de la concepción general de que ‘toda la tierra’ debe cantar al Señor y ‘proclamar su gloria entre las naciones, su maravillosa obra entre los pueblos’. Pasa una relación lógica entre el Salmo 96:12 donde ‘todos los árboles y el bosque rebosaron de contento delante del Señor’. Y Filón en su Vida de Moisés exclama ‘Oh Señor, las estrellas, unidas a formar un coro, ¿son capaces de entonar un canto digno de ti?’ 12 El nexo es constituido en aquella demanda que se halla en el Libro de Job:13:  ‘¿Dónde estabas tú cuando las estrellas de la mañana cantaron juntas?´
El Libro de Job es considerado tardío; el mismo Job vivió en el tiempo del exilio Babilonio (VI a.C.). Por otra parte Filón atribuye a los Caldeos la idea de la armonía cósmica. Es por lo tanto más probable que la armonía de las esferas desarrollada de más antiguas coordinaciones cosmológicas, hallara su forma final en Babilonia, y de ahí se difundiera entre los hebreos, entre los griegos, e incluso entre los egipcios.
Una distinción no debe ser descuidada: la armonía de las esferas difiere fundamentalmente de la teoría original de la coordinación. Ésta última establecía que cada planeta estaba en relación a otro, como cierta altura sonora estaba en relación a otra; la armonía de las estrellas significa una cosa totalmente distinta: los planetas, o mejor dicho las esferas, suenan verdaderamente, aunque son sonidos imperceptibles.
En ninguna de las dos formas la idea de una interdependencia funcional de realidad musical y no musical resulta evidente, ni puede ser originada espontáneamente en cada país del Pacífico al Mediterráneo.
Entonces, ¿dónde y cuándo tomó vida? No lo sabemos. La mejor vía, aquella que se remonta a los testimonios más antiguos, se dirigen menos a las fuentes asiáticas, que no estamos en condición de datar por espacio de un milenio. Por demás, los textos egipcios, sumerios, babilónicos, asirios y persas no tocan este tema (lo que no demuestra que las caracterizaciones cosmológicas fueran desconocidas).”

[…]

“Aristóteles en un largo párrafo sobre música en su Política, acepta la división de las melodías según su ethos, asignando a cada clase su especial harmonia. Pero oponiéndose a principios no liberales, él agrega que no se debe juzgar su valor por puntos de vista preconcebidos; la música debe ser estudiada con la intención de (a) educación (b) purificación y (c) goce intelectual, distracción y recreación. ‘Algunas personas’, continúa, ‘caen en un frenesí religioso y les vemos liberarse con el uso de melodías místicas, las cuales llevan curas y purificaciones al alma’. Justo aquí estamos en el centro de lo que los griegos llamaban katharsis o curación por medio de la purificación. Aristóteles dice en la Política 8:1340b, 8 que las personas insanamente transportadas por el “entusiasmo” ‘escuchan las entusiastas melodías que intoxican sus almas y son vueltos atrás una y otra vez en sí mismos, así la catarsis tiene exactamente el lugar de una cura médica’.
Werner y Sonne llamaron a esto un ‘tratamiento fundamentalmente homeopático’. Por otra parte el tratamiento alopático busca aliviar a los maniáticos haciendo ‘sobre sus desorganizadas almas la impresión de la magia numérica y del orden cósmico, y por lo tanto, en cierto sentido concordándolo a las proporciones del universo’.
La cura de los males corporales es menos mencionada, aunque no fueron del todo insólitas. Ateneo declara expresamente que las ‘personas sujetas a la ciática debían ser liberadas de sus ataques si uno tocaba la flauta en la armonía frigia sobre la parte doliente’ 31. Ni debemos olvidar que los himnos fueron en origen un encantamiento contra males y muerte.
La intoxicación y la cura por medio de la música se encuentran entre los numerosos residuos de primitivismo de la vida espiritual de los griegos. El doble poder de la música de calmar como de agitar el pensamiento, era entendido, en el periodo clásico de la civilización helena, como elemento capaz de influir en las cualidades morales de la nación.
Esta reforzaba o debilitaba el carácter, creaba el bien y el mal, el orden y la anarquía, la paz y la inquietud. En el siglo IX a.C. el músico Taleto fue designado para asistir a Licurgo, el legislador espartano; durante la guerra civil el oráculo délfico aconsejó llamar al compositor Terpandro para poder pacificar la ciudad; en Atenas, Platón exhortaba a los tutores de su estado ideal a fundar la república sobre la música.
Estas ideas no eran del todo helénicas; habían existido en China y en Egipto antes de llegar a Grecia. Pero era una característica griega (aunque egipcia en sus inicios) el organizarlas en un sistema pedagógico. Para Platón, la práctica de la música era educacional, paideía. Y por lo tanto el entrenamiento musical, vocal e instrumental debía ser obligatorio, y lo fue a larga escala: cada ciudadano de Arcadia fue obligado a estudiar música desde la primer infancia a los treinta años; la música tenía preferencia sobre la gramática en las escuelas espartanas, y hasta el final un poeta como Luciano todavía reclamaba que la música debía ser primera materia en la educación, y la aritmética solamente la segunda. Sobre la idea de preferir la música como objeto educativo, Platón ciertamente la dedujo de autoridades más antiguas.
En el siglo V a.C. Herodoto refiere que los niños egipcios no tenían permitido aprender música a la ciega; solo la buena música estaba permitida y eran los sacerdotes los que decidían cual era la buena música. En el mismo orden de ideas los niños griegos comenzaban por los Himnos más antiguos y en algunos casos llegaban hasta la música contemporánea; las melodías cacofónicas eran evitadas, mientras que las aptas para templar el carácter tenían predominancia.”



Tomado de Curt Sachs, La música en el Mundo Antiguo. Oriente y Occidente, III. El Asia Oriental, 1. “Características generales”; V. Grecia y Roma, 9. “Salud y curación”.  Edición electrónica, sin datos de lugar ni traductor, trad. de la versión italiana, Florencia, 1981.



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Aspectos de la música en la Grecia antigua,
a propósito de la tradición pitagórica


“Entre los griegos, el uso preponderante de lo que llamamos música se daba en conjunción con la poesía y la danza. ‘La palabra música  (mousiké) tenía, en el mundo antiguo, dos significados diferentes: uno amplio, el otro estrecho. En el sentido amplio significó la totalidad de la cultura intelectual o literaria, en tanto opuesta a la cultura de las habilidades físicas, agrupadas bajo el término gimnasia… En su sentido estrecho, mousiké es sinónimo aproximado de nuestra palabra derivada de ella; pero los antiguos incluían en el concepto ‘música’… los movimientos de danza que acompañaban el canto, y el texto poético mismo’ (Theodor Reinach, Musica, en trad. de A. Mendel – n. del autor).
La historia de la música en la Grecia antigua está, pues, entretejida con mitos que las hilachas de verdad histórica sólo pueden ser desenmarañadas con dificultad… Nuestro conocimiento de esta música – fragmentaria como es – abarca unos nueve siglos (ca. s. VII a. C – s. II d. C.), y es, por lo tanto, importante tener in mente que su naturaleza debe haber cambiado de época en época, y que ninguna descripción fácil de fase alguna del arte es pasible de ser aplicada al período entero.
La figura concreta más temprana en emerger del sombrío pasado musical personificado por el mítico Olimpo es el citarista Terpander de Lesbos (ca. 675 a. C). Tenemos noticia de que fue convocado a Esparta, por orden del oráculo de Delfos, a fin de pacificar disputas con el estado. Se lo considera el fundador de la música griega clásica y se le atribuye, entre otras cosas, el haber incrementado las secciones del nomos [= medida, norma, ley] citaródico hasta el santificado número de siete (cf. pág. 6, además, las siete puertas de Tebas, los – en cierta época -  siete planetas, etc.). El nomos era una manera cantada en contraste con una recitación, y parece haber erigido un repertorio de ‘regulaciones’, tipos melódicos y rítmicos fundamentales que podrían ser introducidos por los músicos como algo más o menos nuevo… El término se aplicó también a producciones nuevas. Éstas no tenían todas una forma musical común, pero la división en un número definido de ‘movimientos’ era esencial.”

[…]

“Entre los neoplatónicos que se refirieron a la música estaban Plotino (205-270 d. C.), su pupilo Porfirio (233-304 d. C.), cuyo comentario a la Harmonia de Ptolomeo ha sido ya mencionado, y Proclos (412-485 d. C.), los tres asociados a Alejandría, y al sirio Jámblico († ca. 330 d. C.), quien estudió con Porfirio en Roma. Plotino, al igual que Platón y Aristóteles, atribuyó una importancia considerable a la música como influencia moral, pero difirió de ellos al estimar su eficacia más desde el punto de vista religioso y menos desde el político. Lo Bello, según él, purifica el alma y la conduce por grados a la contemplación del Bien. En su filosofía, la música tenía un poder mágico capaz, ateniéndose a su naturaleza, de llevarlo a uno tanto hacia el bien como al mal. De algún modo, ella semeja la oración.

‘La melodía de un encantamiento, un grito cargado de significado… tienen también un… poder sobre el alma… , configurándola con la fuerza de… sonidos trágicos – pues es al alma falta de razón, no la voluntad o la sabiduría, la que es seducida por la música, forma ésta de brujería que no plantea pregunta alguna, cuyo hechizo, en verdad, es bienvenido. … Del mismo modo ocurre con las oraciones; … los poderes que responden a encantamientos no actúan a voluntad. … La oración es respondida por el mero hecho de que aquella parte y la otra parte [la del Todo] están plasmadas en un mismo tono como una cuerda musical que, sujeta de un extremo, vibra también en el otro. Frecuentemente, además, la sonoridad de una de las cuerdas activa lo que podría pasar por una percepción en la otra, resultado de estar en armonía y afinadas según una escala musical; ahora, si la vibración de una lira afecta a otra en virtud de la simpatía existente entre ambas, entonces sin duda en el Todo – aun cuando esté constituido por contrarios – debe haber un sistema melódico, ya que él contiene sus unísonos también; y su contenido total, pese a aquellos contrarios, es de un conjunto de afinidades.’ [Todos los suspensivos del autor]

Porfirio, aunque un defensor del paganismo y un violento opositor al cristianismo, llegó a ejercer una influencia decisiva sobre los Padres de la Iglesia. Ardiente defensor del ascetismo, desaprobaba el placer sensual proporcionado por la música y colocó los espectáculos dramáticos y la danza, junto con su música, dentro de la misma clase que las carreras de caballos. Proclo, en tanto complaciente con el simbolismo neo-pitagórico, tuvo sobre la música una mirada mucho más cercana a la de Plotino. Poniendo el acento en los atributos mágicos del arte, vindicó la música que podía poner a los hombres en contacto con lo divino, y al igual que Porfirio, mostró su desaprobación por la música proveniente de la escena. Jámblico sostuvo ideas bastante similares, creyendo que cada uno de los demonios – es decir, los espíritus que servían de intermediarios entre la suprema divinidad y los hombres – tenían su canto especial propio y podían ser contactados mediante su ejecución.”



Extraído de Gustave Reese, Music in the Middle Ages (With an Introduction on the Music of Ancient Times) [Música en la Edad Media (Con una Introducción sobre la Música en la Antigüedad)], Introduction: 2. Greece and Rome [Introducción: 2. Grecia y Roma]; J. M. Dent & Sons LTD., London, 1941. [Versión castellana de estos pasajes: G. Aritto]






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