29 de abril de 2015

EL SONIDO QUE NOS CREA (VI): LA MÚSICA DE APOLO, EL SANADOR





“Resulta muy particular observar la relevancia con que para la comprensión griega una figura divina emerge de los restantes dioses. Nosotros sabemos que los griegos adoraban a diversos dioses. Estos dioses eran la imagen refleja, la proyección de aquellas Entidades originadas en el paso por los planetas del ulterior Jesús nathánico con el Cristo dentro de sí.
Ellos lo visualizaban a sí cuando elevaban su mirada hacia las lejanías cósmicas, cuando penetraban con ella en el éter de la luz, y así con toda razón declararon a Júpiter –no al externo, sino al verdadero, interior, espiritual- como su origen, cuando mencionaban a Zeus. Así se expresaban cuando mencionaban a Palas Atenea, a Artemisa y así también a los diversos dioses planetarios que eran la sombra de aquello que hemos señalado. Pero en esta manera de ver a los distintos dioses, uno cobraba especial relevancia: la figura de Apolo. La figura de Apolo destacaba en una forma singular. ¿Qué vieron los griegos en Apolo?

Nosotros los conoceremos si dirigimos nuestra mirada hacia el Parnaso y la fuente Castalia. En el Oeste de ella se abre como una garganta en la tierra sobre la cual los griegos levantaron un templo. ¿Por qué? De esa garganta anteriormente fluían ciertos vapores, que cuando las corrientes de aire eran las adecuadas, se enroscaban cual un dragón en derredor de la montaña. Los griegos imaginaban a Apolo lanzando sus flechas contra el dragón, que en forma de fuertes vapores se alzaba desde esa garganta. Allí, en el Apolo griego se nos presenta San Jorge arrojando sus flechas contra el dragón, pero como si fuera su sombra terrestre Y cuando él venció al dragón Pitón, allí se edificó un templo, y en vez del Pitón vemos que los vapores se desplazaban en el alma de la Pythia; ahora entonces los griegos imaginaban que el los vapores salvajes del dragón vivía Apolo en su interior, el que profetiza por medio de los oráculos, por boca de la Pythia. Y los griegos, ese pueblo consciente de sí mismo, ascienden por los escalones anímicos que ellos mismos habían preparado y reciben por la boca de la Pythia que se halla compenetrada por loa vapores del dragón, aquello que Apolo tenía que expresar. Esto quiere decir que Apolo vive en la sangre del dragón e impregna a los hombres con esa sabiduría que ellos buscan en la fuente Castalia. Y este sitio se convierte en un lugar de reunión para los juegos y las festividades más sagradas. ¿Por qué Apolo pudo realizar esto? ¿Quién es Apolo? Él realiza lo que fluye de la sangre del dragón como sabiduría, solamente desde la Primavera hasta el Otoño. Llegado el Otoño, se encamina hacia su antiquísima morada primordial, hacia el norte, hacia el territorio de Hiperbórea. Su partida se festeja como despedida, puesto que Apolo se va. En la Primavera, cuando llega del norte, subyace una profunda sabiduría. El Sol físico se dirige al sur, pero en lo espiritual siempre es lo opuesto. Con esto se quiere señalar que Apolo tiene que ver con el Sol, Apolo es aquel ser cuasi angelical del cual hemos hablado: una sombra, una proyección dentro del alma griega, del Ser angelical que actuaba efectivamente en las postrimerías de la época atlante y que fue compenetrado anímicamente por el Cristo. La proyección en el alma griega del Ángel compenetrado anímicamente por el Cristo, es Apolo, el cual expresa sabiduría a los griegos por boca de la Pythia. Y esta sabiduría apolínica fue de una suma importancia para los griegos. Se guiaron por ella en todos sus asuntos más importantes o al tener que adoptar ésta o aquella medida. Anímicamente bien preparados en sus almas, en situaciones difíciles en la vida, ellos se dirigían una y otra vez hacia Apolo, y se dejaban profetizar por la Pythia que estaba animada por los vapores en los que vivía Apolo. Y Esculapio, el curador, para los griegos es hijo de Apolo. El dios curador es Apolo: ‘curador’. La atenuación de Aquel Ángel en el cual alguna vez habitó el Cristo, en la Tierra o para la Tierra se convierte en un curador. Porque Apolo nunca fue una figura físicamente encarnada, sino que actuaba por intermedio de los elementos terrenales.


Y el dios de las musas, y ante todo el dios del canto y el arte musical, es Apolo. ¿Por qué lo es? Porque él utiliza lo que resuena en el canto y en el arte de los instrumentos de cuerda, para poner orden en aquello que sin esto –el conjunto del pensar, sentir y querer- entraría en el caos. Nosotros siempre tenemos que tener presente que en Apolo, todo esto es una proyección de aquello que había sucedido hacia el final de la época atlante. En ese tiempo, desde las alturas espirituales todavía afluía algo en las almas humanas que tenía un débil eco en el arte musical que los griegos practicaban bajo la protección del dios Apolo. Los griegos eran conscientes de que su arte musical solamente era el reflejo terrestre de aquel antiguo arte que en las alturas practicaba ese Ser Angelical que estaba compenetrado por el Cristo, para así poder alcanzar la armonía del pensar, sentir y querer. Ellos no lo expresaron así, sólo en sus misterios se sabía de qué se trataba. En los Misterios Apolínicos se decía: una excelsa Entidad divina alguna vez compenetró a un Ser de la jerarquía de los Ángeles. Esto condujo a la armonía del pensar, el sentir y el querer, y un reflejo de ello es el arte de las musas, especialmente el arte apolínico, por ejemplo, aquel arte musical que tiene su expresión en el sonido de las cuerdas. No se consideraba apolínico aquello que se manifestaba a través de instrumentos tales como la flauta, o sea de viento. Aquello que no apela tanto a los elementos, como son los instrumentos de viento, y que necesita un manejo manual por parte del hombre, es lo que resuena en las cuerdas de Apolo; a esto los griegos lo denominaron ‘el efecto musical que brinda armonía en el alma’. Y de esos hombres que no expresan inclinación ni aprecio por este arte musical de Apolo, los griegos decían, conscientes de todo lo ya mencionado, que en su cuerpo físico de hecho presentan un signo que demuestra su apatía hacia el principio apolínico, ellos demuestran en él que han quedado retenidos atávicamente en un escalón anterior.[1] Es extraño que cuando nació un hombre con orejas excesivamente largas –era el Rey Midas- los griegos decían: éste nació con orejas de burro, porque antes de llegar al mundo, él no se expuso adecuadamente a los efectos que alguna vez arribaron al mundo por medio de Aquel Ser cuasi angelical que fue compenetrado por el Cristo. Por eso ellos decían: como tiene orejas de burro prefiere los instrumentos de viento a los de cuerda. Y cuando cierta vez nació un niño que carecía de piel –en la mitología se lo conoce bajo el nombre de Marsyas el desollado- decían: esto ocurrió porque antes de su nacimiento no prestó la debida atención a aquello que manaba del Ser cuasi angelical. Esto surge por la observación oculta.[2]

[…]

… ¿Qué significa en verdad Apolo? No la silueta de sombra que los griegos veneraron después, sino ¿qué es en verdad Apolo? Como ser divino es el Ser que hizo fluir, desde los mundos superiores, las fuerzas sanadoras del alma, paralizando de ese modo las luciférico-ahrimánicas[3]. Esto también causó en el cuerpo humano un accionar conjunto de cerebro, respiración, pulmón, laringe y corazón, que son la proyección de esa acción conjunta expresada en el canto. Porque la correcta acción conjunta de cerebro, respiración, órganos del habla y corazón, es la expresión física para una correcta acción conjunta del pensar, sentir y querer. El curador, el divino curador es Apolo. Hemos visto sus tres escalas evolutivas, y también sabemos que el curador sobre el cual se basa Apolo, nació en la Tierra y los hombres lo llaman Jesús, que traducido a nuestro idioma significa: ‘El que cura a través de Dios’. Es el Jesús nathánico quien cura a través de Dios, Jehoschua Jesús.”



Tomado de Rudolf Steiner, La búsqueda del Santo Grial, Conferencia III, Bs. As. Editorial Antroposófica, 2004 (1ra ed.). Traducción del alemán: Carlos Friedenreich.






[1] No estoy seguro de poder comprender del todo esta conclusión de Steiner. Lo que creo, sí, poder arriesgar es que en los márgenes de toda esta tan original y universalista exposición en torno del sincretismo mítico asegurado por la figura de Apolo, late y reclama sus derechos a la vida el censurado orbe natural cuyo centro de sentido fue el mito de Orfeo-Diónisos, también vinculado entrañablemente con la simbología crística. Ha sido gracias a la tradición autoritaria sellada por Homero y Hesíodo (y traicionada por el iniciado Platón) por lo que Occidente quedó “retenido atávicamente” (para usar las propias palabras del gran ocultista austrohúngaro) al orden y el esplendor de la polis civilizadora, su nomos y sus valores hegemónicos de Verdad (como des-ocultamiento), de Bondad (amarrada a la suprema Idea del Bien) y de Belleza (en tanto reflejo de la medida, esto es, de la proporción y la jerarquía). Hay que recurrir a la mística primitiva, al anti-olímpico orden instintual del irrepetible genio de Esquilo para dar con  algo de luz que alumbre esta zona de sombra; F. Nietzsche, por afuera de la tradición secreta, lo supo desde muy joven. (G. A.)

[2] Steiner alude aquí a su propio y prestigiado don de acceder a los Registros del Akasha a fin de recibir información interdimensional de forma intuitiva y más allá de las funciones normales de la mente concreta inmersa en el orden material. (G. A.)

[3] El autor trata en detalle, en conferencias previas incluidas en este mismo volumen, acerca de las figuras de Lucifer y Arhimán, adalides de las fuerzas involutivas desatadas contra la consumación del Plan Divino para la humanidad en la Tierra. (G. A.)


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