29 de octubre de 2013

EL POEMA COMO ENIGMA (II): LA ÚLTIMA CICATRIZ DE SAMUEL BECKETT






Comment dire


de 
Samuel Beckett



folie -

folie que de -

que de -

comment dire -

folie que de ce -

depuis -

folie depuis ce -
va -
folie va ce -
ce -
comment dire -
ceci -
ce cesi -
ceci ci -
folie donné tout ce -
vu-
folie vu tout ce ceci-ci que de -
que de -
comment dire -
voir -
entrevoir -
croire entrevoir -
folie que de vauloi cruire entrevoir quoi où -
où -
comment dire -
là -
là-bas -
loin -
loin là là -bas 
à peine -
loin là là-bas i peine quoi -
quoi -
comment dire -
vu tout ceci -
tout ce ceci-ci -
folie que de voir quoi -
entrevoir -
croire entrevoir -
vouloir croire entrevoir -
loin là là-bas - a peine quoi -
quoi -
comment dire – 
comment dire -













What is the word

(Versión original del autor en inglés)


                                                     

folly for to –
for to –
what is the word –
folly from this –
all this –
folly from all this –
given –
folly given all this –
seeing –
folly seeing all this –
this –
what is the word –
this this –
this this here –
all this this here –
folly given all this –
seeing –
folly seeing all this this here –
for to –
what is the word –
see –
glimpse –
seem to glimpse –
need to seem to glimpse –
folly for to need to seem to glimpse –
what –
what is the word –
and where –
folly for to need to seem to glimpse –
what where –
where –
what is the word –
there –
over there –
away over there –
afar –
afar away over there
afaint-
afaint afar away over there what –
what –
what is the word –
seeing all this –
all this this –
all this this here –
folly for to see what –
glimpse –
seem to glimpse –
need to seem to glimpse –
afaint afar away over there what –
folly for to need to seem to glimpse –
afaint afar away over there what –
what –
what is the word –

what is the word



¤¤¤¤¤



[Dos versiones castellanas]




Teatre Kaddish

[Dir.: Pau Bou]





Cómo decir



locura -
locura de -
de -
cómo decir –
locura de lo -
desde -
locura desde lo -
dado –
locura
dado lo de -
visto –
locura visto lo -
lo –
cómo decir –
esto -
este esto –
esto de aquí -
todo este esto de aquí -
locura dado todo lo -
visto -
locura visto todo este esto de aquí de -
de –
cómo decir -
ver –
entrever –
creer entrever –
querer creer entrever -
locura de querer creer entrever qué -
qué -
cómo decir –
y dónde –
de querer creer entrever qué dónde –
dónde –
cómo decir -
allá –
allá lejos -
lejos –
lejos allá allá lejos -
apenas–
lejos allá allá lejos apenas qué –
qué –
cómo decir –
visto todo esto -
todo esto esto de aquí –
locura de ver qué–
entrever –
creer  entrever –
querer creer entrever -
lejos allá allá abajo apenas qué–
locura de querer creer entrever en ello 
qué -
qué–
cómo decir -
cómo decir



(Traducción de Jenaro Talens)









REFLEXIONES 
SOBRE EL POEMA Y EL POETA



Cómo decir lo Otro


Por
Norma Garza Saldívar



“La última obra de Samuel Beckett es justamente este poema escrito originalmente en francés: Comment dire, What is the Word en su versión inglesa o Cómo decir en la española, de un Beckett octogenario en su pequeña habitación de un asilo, donde pasó sus últimos días para morir en 1989. Quizá, como han dicho algunos, este poema aparece, con la distancia de los años, como una especie de testamento literario que sintetiza el germen de su obra entera; otros, en cambio, ven este poema sin ningún carácter testamentario, mostrando solamente ‘las dudas preafásicas de un anciano’. Sin embargo, no es indiferente que se trate de un texto poético, pues como ha escrito Jenaro Talens, en su introducción a la Obra poética completa, Beckett ‘no es un novelista o dramaturgo que en determinada época de su vida escribió poesía, sino es esencialmente un poeta que ha utilizado los diferentes géneros literarios para expresarse’.

El título del poema, ya en sí mismo recoge la pregunta fundamental inscrita, de algún modo, en todos sus textos: ¿cómo decir?, o cómo plantear la relación entre lo visual y lo verbal; entre mirada y palabra como el sello constante de la creación beckettiana (Carriedo, 2006). El cómo decir de Beckett, la voz poética de su visión del mundo, vislumbra las palabras como señales de fractura de la representación de su decir acerca de lo que ve o cree entrever.

[…]

Pero, como escribe Platón en un fragmento de su Teeteto: ‘nada es jamás sino que está en proceso de llegar a ser. (...) y en vías de hacerse, destruirse o alterarse...’, (las cursivas son mías). Hay una relación intrínseca entre la escritura y la ‘nada’, como si el decir se abriera en ese espacio amplio entre una y otra, como escribe Claudio Magris: ‘es posible que escribir signifique rellenar los espacios en blanco de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas’ (Magris, 1997:276, las cursivas son mías). Mientras que el mismo Beckett agrega: ‘mi propia lengua cada vez se me antoja más un velo que ha de rasgarse para acceder a las cosas –o a la Nada– que haya tras él. [...] Como no es posible eliminar la lengua de golpe y porrazo (...) [habrá que] abrir en ella un agujero tras otro hasta que lo que acecha detrás, sea algo, sea nada, comience a rezumar y a filtrarse. No se me ocurre que el escritor de hoy en día pueda fijarse una meta más alta (...) ¿Existe alguna razón por la cual la terrible materialidad de la superficie que encostra la palabra no se preste a su disolución?’ (Beckett, 2004:34, las cursivas son mías).

[…]


Formas inasibles, inaprensibles como restos desperdigados, y, sin embargo, palabras que nombran lo que todavía no es; quizá por ello, Beckett deja la última consigna: la de seguirnos preguntando sobre el cómo decir aquello que aparece pero a la vez se ausenta, aquello que, al final, da forma a la experiencia de la escritura y se despliega como existencia. En efecto, como afirma George Steiner: ‘los silencios, las demencias, los suicidios de buen número de grandes escritores proclaman en rigor, una experiencia de los límites últimos del lenguaje’ (2001: 370).Límites del cómo decir y en esos límites encontrar la falta, las grietas que fracturan el mundo del sentido, y que ponen en cuestión la relación entre palabra y realidad. Porque entre una y otra se abre el abismo donde habita el silencio, la falta, la ruina, la huella, y en ese distanciamiento se da la posibilidad de la escritura. Pero nuevamente, ¿cómo decir todo eso?, quizá sólo cancelando los reclamos de identidad, de unidad; sólo enrareciendo esas identidades que buscan un sentido; sólo intensificando el desarraigo y diluyendo así las verosimilitudes y las certezas.

Beckett busca en las ruinas del lenguaje, en las huellas del tiempo, o en su propia vejez. Vejez que Claudio Magris califica como ‘exuberancia caótica’; exuberancia quizá de experiencias y acontecimientos, de imágenes y palabras, de espacio y tiempo acumulados, y, por otro lado, la vejez como carencia, limitación, derrumbe, demencia y olvido. Según Radomir Konstantinovic, uno de sus amigos íntimos, el olvido era para Beckett lo que la memoria para Proust, pero quizá no para olvidarse de su conocimiento y su historia, de su experiencia y su mundo, de la condición humana, sino justamente para hacerse cargo de ese olvido, como de algún modo también lo hizo Benjamin, con respecto a lo que la modernidad había desechado y olvidado; pero también para hacerse cargo de ese lenguaje olvidado, gastado y aprisionado, “contaminado” ya no por lo Otro, sino por la recurrente mirada a lo mismo que tiende a reducir todo a una lógica identitataria.

Una mismidad en la que el sí mismo ‘nunca es en sí mismo ni idéntico a sí mismo’; como explica Derrida, la alteridad está pensada como la ‘presencia-ausente’ del otro en mí. Es esto lo que desestabiliza y pone en cuestión; lo que la experiencia poética recoge en el ‘cómo decir’ de Beckett y en la condición misma de su finitud, de su saberse cercano a la muerte, al final, al silencio al que también nos remite su mismo cómo decir.

Por ello, ‘la exigencia ética del silencio atraviesa como una constante a todos aquellos –poetas, filósofos, místicos y escritores— que enfrentados al universo laberíntico del lenguaje, y al proceso casi irreversible de su degradación en una época que ha trivializado el sentido de las palabras, no pueden sino hacerse cargo de un vacío que rodea a la cultura moderna’. (Forster, 1991:101). Vacío que se ahonda con la explotación desmedida de la información, y el olvido cada vez mayor de la narración, como ya lo había previsto Benjamin en su ensayo El narrador. Olvido que anunciaba el fracaso de la humanidad cuando los soldados de la primera guerra mundial regresaban empobrecidos de experiencias; insertos más bien en el vacío no del ‘cómo decir’, sino del ya no decir, ya no recordar, ya no tener algo memorable para contar, silenciados por la barbarie y la violencia. ¿Será que, como dice Gadamer, la modernidad la podamos pensar como la pérdida de lo sagrado, la pérdida de un cierto tipo de experiencia poética, y por ello el gran desamparo del que hablaba Beckett sobre sus propios personajes? Desamparo que muestra de algún modo los desechos y los escombros del ser y su sentido, no para regodearse en la nada de una postura nihilista sino para mostrar esa estrecha relación con el lenguaje, o mejor esa síntesis entre palabra y ser, a veces de personajes mutilados no sólo del cuerpo sino de la palabra, como figuras sombrías entre los márgenes del silencio y la periferia de su decir, en busca de su propia condición humana, pero en el centro de la indigencia moral que caracteriza también a la modernidad.

Visión desencantada del mundo que en su decir nos muestra, a la manera de Walter Benjamin, los desechos, los olvidos, los restos: ‘no tengo nada que decir. Sólo que mostrar. No me apropiaré de ninguna formulación profunda, no hurtaré nada valioso. Pero los harapos, los desechos: ésos no los quiero describir, sino mostrar’. (2007:854). Los desechos en este poema no se refieren tanto a lo que a su paso ha dejado, o ha olvidado el progreso o el proyecto civilizatorio de la modernidad, lo que realmente interesaba a Benjamin, sino a todo aquello que se ha quedado en la demasiada cercanía de las palabras a la realidad; como si se pudiera decir lo que se ve, representar, si fuera así la pregunta del cómo decir, sería totalmente irrelevante.

[…]”




Referencias bibliográficas:


BENJAMIN, Walter (2007): El libro de los pasajes. Akal, Madrid.
CARRIEDO, Lourdes: “Samuel Beckett: Cómo decir la imposible
imagen”, Thélème. Revista Complutense de Estudios Franceses, 2006, 21, 49-62.
DELEUZE, Pilles ( 2005): La isla desierta. Pre-textos, Valencia.
FORSTER, Ricardo (1991): El ensayo como filosofía. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.
MAGRIS, Claudio (1997): Microcosmos. Anagrama, Barcelona.
STEINER, George (2001): Después de Babel. Fondo de Cultura Económica, México.


Fuente: Revista Contratiempo – Dir. Zenda Liendivit /  http://www.revistacontratiempo.com.ar









De


Más allá del criterio de género

El ‘Arte poética’ de Samuel Beckett



Por

Mary Lyndon




“’Comment dire’ reproduce el título del poema que fue el último texto publicado de Beckett y, a la vez, conlleva implícitamente la conquista durante toda una vida de le mot juste de la que fue su máxima expresión. Al mismo tiempo, a un nivel más de todos los días, evoca el rutinario dilema del hablante no nativo y más agudamente el traductor (vale recordar que Beckett fue ambas cosas, en lo que al francés respecta) en tanto él o ella está ocupado/a en el pasaje entre las lengua nativa y no nativa, y fue el reconocer este último punto lo que a su vez me llevó a preguntarme cómo uno podría decir ‘Comment lire, comment dire Beckett’ en inglés.

[…]

Visto con esta perspectiva, lo que Badiou (1) llamó el poema estrófico, con sus características vacilaciones, repeticiones, correcciones y ajustes, no sólo marca el giro desde la abstracción filosófica a la estética, del explicar al nombrar el evento. Ello no hace más que dar testimonio poderoso de la persistente presencia de la práctica de traducción (su emblema ‘comment dire’) en la producción literaria de Beckett, en la que asume gradualmente la función de un tropo. Habida cuenta de que un tropo es un giro frásico, y conociendo el role de las expresiones idiomáticas o ‘tournures’ en la práctica escritural de Beckett, podemos, consecuentemente, añadir una glosa al ‘poema estrófico’ de Badiou recordando que ‘estrofa’ refería originariamente a la vuelta [o giro] dada[/o] por el coro de la tragedia griega mientras cantaba. Así, podríamos decir que fue el ‘giro’ de Beckett al francés, más o menos equiparable a su giro distanciador de la filosofía, que lo hizo poeta.


Yo comencé con la frase ‘Comment dire’, pero, como hemos visto, ‘Comment dire’ fue efectivamente su última palabra de su texto final escrito en francés poco antes de su muerte en 1989, un título que él tradujo ‘what is the word’. ‘Comment dire’ / ‘What is the word’, the ‘inexplicable bombshell perfection’ (‘inexplicable perfección de bomba’) - para adoptar la frase de Beckett – de esta versión es tal que no nos sorprende que le haya llevado toda una vida lograrla. He llegado a pensar que su descubrimiento (o redescubrimiento) puede rastrearse hasta la muy repetida pregunta del anglófono estudiante de francés: ‘Quel est le mot pour…?’, una traducción literal del inglés, ‘What is the Word for…?’.

El evolucionar desde ‘Quel est le mot…’ a ‘Comment dire…’ ya indica una desarrollada comprensión del francés y, más importante aun, una inclinación a intentar probar con él. Un cortar el cordón umbilical con la lengua madre que puede resultar alternativamente aterrador o enaltecedor. Beckett, el brillante estudiante de lenguas, se habría aprovechado con júbilo del ‘comment dire’, imagino, sin ser consciente de que la expresión se volvería a la vez el emblema de su arte poética (percepción de Badiou), y la huella, la reliquia sagrada de la práctica de traducción que la fomentó (defendida en este ensayo).

[…]”



(1) Alain Badiou, Beckett: L´Increvable désir (Beckett: El ansia indestructible), Hachette, Paris, 1995.

Título original: Beyond the criterion of genre: Samuel Beckett’s ‘Art Poetica’, publicado en Samuel Beckett today / Aujourd’hui, vol. 8, 1999, pp 59-64 – Editions Rodopi B. V.  Fuente autorizada: www. jstor.org. Traducción de los pasajes del inglés: G. Aritto (2013, sólo para este blog).






Henry Hayden,
Blue Landscape



Dos aproximaciones


de

Laura Cerrato





“Samuel Beckett escribió Comment dire, su último poema, en 1988, aproximadamente un año antes de morir, mientras se recuperaba de una caída, provocada aparentemente por un Parkinson no sintomático, e intentaba mejorar sus facultades motrices y de habla, seriamente afectadas. ‘Comment dire’ es un enunciado literal y metafórico a la vez. Literal, en tanto la pregunta por cómo decir alude directamente a las aporías de la enfermedad. Metafórico, en la medida en que esa enfermedad es la metáfora de la condición humana, imposibilitada de terminar de expresar aquello que cree vislumbrar u oír. No por azar, uno de sus últimos textos narrativos, de 1981, se titula, precisamente, Mal vu mal dit (Mal visto mal dicho).

El análisis de los manuscritos de Comment dire revela uno de los procesos de composición propios de Samuel Beckett. No se trata, como uno hubiera podido sospechar, después de los ejemplos ya vistos, de escribir un texto más o menos articulado y, a continuación, ir quitando los nexos o elementos sobrantes, hasta reducirlo a un mero balbuceo. Ese procedimiento, sin la cuota de balbuceo pero sí de paulatina condensación y elipsis, es lo que se desprende del examen de los manuscritos y notas para Mirlitonnades. Pero, significativamente, y dadas las especiales circunstancias en que Beckett lo compone, en este último poema el tema del poema revela precisamente su propio recorrido genético. O, si se quiere, el poema sobre el balbuceo recurre precisamente al balbuceo como su forma de escritura Las correcciones y alteraciones han sido más bien en el sentido de tratar de clarificar y dar carta de ciudadanía a ese balbuceo, como forma de dejar constancia de la ‘literaturidad’ o sea, el derecho a estatuto literario de aquello que intenta decir lo indecible por medio de la indecibilidad. Al mismo tiempo, se trata de un intento de alcanzar un cierto grado de articulación allí donde el lenguaje y aun la capacidad física para la escritura están en falta.”





Tomado de "Administración del caos. Síntesis del balbuceo", de la sección 'Comment dire': La búsqueda del lenguaje perdido, en Génesis de la poética de Samuel Beckett (Apuntes para una teoría de la despalabra), Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 1999.





Y de


Un Beckett
para este fin de milenio




“El asunto de la contemporaneidad o actualidad de Beckett me recuerda un simposio en Londres, congregado para decidir si Shakespeare, como había declarado Jan Kott en la década de los ’60, era todavía nuestro contemporáneo. La respuesta casi unánime había sido , a pesar de la negativa del propio Kott, quien, decepcionado, encontraba a este mundo demasiado materialista para que Shakespeare encajara en él.

Con Beckett lo que sucede es que, por más negativa que sea la situación por la que el mundo esté pasando, siempre tendrá algo que decirle. Y tal vez, cuanto más negativo la situación, mejor. Pensemos en la puesta de Godot, hecha por Susan Sontag en Sarajevo, bajo las bombas. Pensemos en los convictos de San Quintín y su reacción ante esa misma obra. O lo que dijera el propio Kott, acerca de Polonia: cuando queremos entretenimiento y fantasía hacemos Brecha; para el realismo y lo serio, recurrimos a Beckett.

[…]

Porque si el desenlace del mundo y la vida humana es incontestablemente un desenlace de fracaso y frustración, hagamos del fracaso una de las bellas artes, hagamos del fracaso nuestra única forma de excelencia, nuestra estética más afín con la época que nos toca vivir. El hombre – ‘ese experimento fallido’ -, como solía decir Roberto Juarroz, sólo puede mejorar en aquello que es realmente su patrimonio; es decir, la caída, el fracaso, la desintegración.  ‘Ser artista es fracasar como nadie osa fracasar’, dijo Beckett en Three Dialogues with Georges Duthuit (Revista Disjecta, 1983, p. 145). Y agregaba: ‘[…] el fracaso es el mundo [del artista] y el apartarse del fracaso es desertar, es arte y artesanía, es tareas domésticas o vivir’. (Disjecta, ib.)

‘Prueba de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.’, nos dice en Worstward Ho. Trabajemos con la consciencia de nuestra precariedad, de que nuestros materiales están agotados, proponía ya Beckett en los años 30, adelantándose a lo que John Barth repetiría como uno de los rasgos definitorios de la postmodernidad en su trabajo La literatura del agotamiento.

Porque no se trata de una escritura que declare su fracaso, sino de una escritura que se construye alrededor de ese fracaso con con un lenguaje que es también impotencia y fracaso. No el lenguaje apoteótico y triunfante que Beckett admiraba en Joyce, sino un lenguaje que se des-palabra, que se encamina hacia el menos.

[…]

Un lenguaje que debe ser violentado y desgarrado para que muestre si hay algo detrás – y resignarnos si no hay nada -. ‘Signifique quien pueda’, dijo Beckett. Escribir – decía – es un de-velamiento sin fin, velo tras velo, un develamiento hacia lo no-develable […], hacia la nada, hacia la cosa nuevamente’. La cosa nuevamente, ¿acaso lo no recuperable, de lo que el lenguaje necesariamente tuvo que alejarnos para que el hombre aprendiera a pensar? ¿Cómo la palabra olla y el objeto olla de Watt?

También este escamoteo del significado último es un rasgo de la postmodernidad. Se trata de no caer en las trampas de las totalizaciones y los absolutos, sino entregarse a la seducción de lo pequeño y relativo. La estética minimalista fluye por toda la obra de Samuel Beckett, no sólo en el teatro y la narrativa, sino también en su poesía, que es mucho menos conocida. Beckett siempre se manifestó adverso a lo que caracteriza a nuestro siglo [XX], ‘la obsesión y el rechazo de lo poco’, actitud de la cual nos precipitamos – dice irónicamente – ‘hacia los prestigios del todo y de la nada’, y rescata en cambio, en uno de sus pintores favoritos, Henri Hayden, ‘ese extraño orden de cosas, hecho de orden en pocas cosas, de cosas en poco orden’.

En este sentido, lo que Cioran dijo de su actitud ante la obra literaria en ‘Quelques rencontres’ es aplicable a su vida en general: nada de abstracciones, generalizaciones o sistematizaciones. ‘Si se le pregunta por una pieza, no se detendrá en el fondo, en el significado, pero sí en la representación, en la interpretación, de la que se imagina los más mínimos detalles, minuto a minuto; yo diría que segundo a segundo’. La vida es un cúmulo de experiencias fragmentarias que no pueden ordenarse ni estructurarse porque nuestro propio yo no puede hacerlo.

[…]

Si la humanidad ha perdido sus puntos de referencia externos (creencias, ideologías, valores), ¿cómo podemos pretender la simulación de que nuestro yo tan solo queda incólume? A esta clara visión escéptica Beckett enfrenta una actitud estoica. No hay cómo no tener ilusiones para no caer en la desesperanza.

Un mundo a-referencial, que por eso mismo percibimos mal (mal vu), fragmentado por nuestra percepción y nuestro lenguaje. Esa cualidad de incompleto, amputado, fragmentado, es uno de los rasgos de la obra de Beckett, y contribuye a esa fragmentación su uso de los mass media, desde el simple grabador de Krapp o la última cinta o el ojo de la cámara en Film, o las posibilidades de la TV, y, sobre todo, de la radio, en esas extrañas piezas llamadas Borradores para radio I y II, Palabras y música, Cascando.

¿Qué me llevaría entonces para este fin de milenio? Buscaría más bien entre las obras breves del final, lo que me habla más directamente a mí, en tanto individuo, de mi soledad, de la locura que nos cerca, de los ritos cotidianos que nos dan la ilusión de salvarnos, de la palabra que, a pesar del vaciamiento de significado ql que ha sido sometida, es lo único que nos liga todavía a nosotros mismos. Y de la palabra, pero no como fulgurante despliegue de fuegos de artificio, sino como interminable e irrealizable periplo hacia el silencio.”



Conferencia publicada en Beckettiana – Cuadernos del Seminario Beckett, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, n° 6, 1997. (Se han eliminado las notas bibliográficas.)




S. Beckett y Henri Hayden



¤¤¤¤¤



Comment dire y yo


Al final de la tarde del jueves 4 de noviembre de 1999, en el metálico pub Beckett del barrio de Palermo Viejo, en Buenos Aires, mi vida recibiría, sin imaginarlo yo ni en lo más remoto, una revelación por igual terrífica y compasiva, es decir, hondamente “catártica”. Laura Cerrato compartía con nosotros la aparición de su libro Génesis de la poética de Samuel Beckett, volumen de crítica genética de la poesía del autor irlandés, con una sección, además, sobre su obra dramática a cargo de Lucas Margarit. Se leyó, en medio de una atmósfera electrizada por el intelecto, el poema Comment dire, en sus versiones francesa e inglesa originales, a las que siguió una interpretación, por cierto inaugural en esta región del planeta, del texto en castellano, debido asimismo a Cerrato. Y fue justamente la voz del actor Miguel Guerberof lo que produjo, imbuida de una arrolladora vehemencia, el milagro, una de esas rarísimas “epifanías” que, a pesar del mismo Beckett, el Gustavo de hoy puede volver a vivir, bajo el denso y enrarecido influjo de catorce años, sin menguar en un ápice aquella volcánica emoción de hielo. No se trata de la memoria – un rígido cadáver al que rendimos un culto lleno de miedos -; nada más lejos de la cinta magnetofónica que devolvía al decrépito Krapp de su pieza en un acto el proyecto prefabricado de su propia vida, la tautológica profecía que nunca se cumple porque nadie es el mismo individuo bajo el cielo de dos días diferentes. Ni re-cordar ni volver a vivir: experimentar, simplemente, de nuevo, gracia que nos concede el arte sin previsiones ni expectativas, caprichosamente escindido del orden “natural” por la cultura. Era entonces la voz, pero no había “Sujeto”; era sólo lenguaje cuestionándose a sí mismo, reclamando, en el fondo, al silencio algo que decir. No decir nada es esencialmente distinto de decir la nada. Acaso casi dos décadas de hegemonía emocional eliotiana había cedido su poder al hechizo de un puñado de añicos verbales arrojados al aire. Sonido, ante todo sonido. La energía del “caosmos” – para evocar un genial oxímoron de Joyce – vibrando entre los estertores cartesianos que por fin me habían permitido perder la Razón… Pero, para mi melancolía, esos jadeos truncados también me decían que la muerte es el mejor antídoto contra la irresistible enfermedad de sentir.

Sospecho que fue fruto de aquella noche finisecular mi compulsivo viaje a Londres, donde transcurrió para mí el verano europeo del año 2000. Ya no pude alojarme en la tierra yerma intuida por T. S. Eliot en esa cosmópolis ochenta años antes. El mito (y sobre todo el del lenguaje, que le es endémico, cuya fragmentada continuidad siempre nos remite al Origen) había sido expoliado de sus númenes; ni siquiera ruinas quedaban en pie para recostarme, porque también las ruinas reclamaban un nombre. En ni vacía perplejidad un solo gemido sufría detrás las máscaras de Ulises volviéndose Nadie delante de la pupila atrofiada de Polifemo, y Dante acosando a Adán por recuperar aunque más no fuese una sílaba de la lengua con la que se había entendido con Dios, y Calibán, utilizando la lengua que había infectado su carne sólo para insultar a su amo acabado y sin utopías… Todos eran en mí el mismo y único Fracaso. Y de ese patético Fracaso surgió, de vuelta ya en mi refugio de Adrogué, el que se convertiría, ocho años más tarde, en el corazón inaudible de mi libro La espiral de fuego. Es el largo y sinuoso texto que titulé El desertor, y que, no por casualidad ni por compromiso (hechos ambos del todo extraños a mí), sino con convicción fervorosa, a Laura Cerrato. Una herida abierta, me atrevo a decir, antes que un poema; o mejor, una cicatriz rogando olvidar y ser olvidada. Su excusa literaria, digámosle así, es el drama espeluznante de una momia que aprovecha el desbordamiento de las cloacas londinenses para escapar del Museo Británico rumbo a su tumba fetal en el desierto egipcio. Poco o nada más afín al Beckett que tocó entonces mi centro que ese testamento sin tierra ni herederos surgido, igual que un desgarro, a la luz y la sombra del abismal hiperparadigma planetario de la Descomposición, y sabemos que algo lleva en sí de tumba, según parece, el étimo latino de la palabra “compositum” (si no, preguntarle al apóstol Santiago sobre su Compostela…). La gran putrefacción y la promesa; hay que asumir el horrendo Hexagrama 18 del I Ching, El trabajo sobre lo corrompido  (tan del mundo que hoy se extingue, y tan de la Argentina que prefiere seguir sobreviviéndose), y probar el sabor de los gusanos de la escudilla para sanarnos del karma que somos y nos es. Sin darme cuenta (o sea, sin querer darme cuenta), el largo sueño forjado por la era de Piscis se había despedido de mí para siempre. Otra vez, un poeta se quedaba a solas con las palabras; otra vez, aceptaba su destino de tener que no decir, ayudar al lenguaje a recobrar la Nada del silencio. El problema, la condena insoportable, es, sin embargo, que, según nos lo desdijo nuestro irlandés demencial, el silencio no existe. 

Unos versos de Roberto Juarroz – de su Segunda Poesía Vertical, 20 - viven como epígrafe de mi composición El desertor a la que acabo de referirme; dicen así:


“Si alguien,
cayendo de sí mismo en sí mismo,
manotea para sostenerse de sí
y encuentra entre él y él
una puerta que lleva a otra parte, feliz de él y de él,
pues ha encontrado su borrador más antiguo,
su primera copia.”




GUSTAVO ARITTO


- octubre de 2013 -









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