14 de octubre de 2013

SIETE MÁSCARAS: MEMORIAS DE UN DÍA EN VENECIA






I. HUNDIMIENTO


porque el espejo era el mismo en todas partes, 
y yo era siempre otro, otro…

en el movedizo y ruidoso escenario del mundo, los añicos doloridos de nuestro sueño efímero (el mío, el tuyo, el de ellos, todos) representaban un drama que nadie buscaba entender

mi rostro, hecho jirones,
flota en el agua sombría del canal;
debajo está (lo sé) oculta mi cara…
debajo de mi cara, mirándome, mi máscara
llena de espanto, se hunde y desfigura...




II. VACILACIÓN


En la herradura blanca
de la ventana,
y en el balcón,
al borde del vacío,
algún presagio envuelve
su seda púrpura

¿Qué secreto profundo guarda el velo?
Tu corazón recóndito, mujer,
tus ojos turcos,
la golondrina trémula, aterrada,
de tu mirada:

Socorro,
vacila y sí;
Socorro,
vacila y no…
                                                
… con mi puño en el remo;
donde el canal se estrecha,
el agua desanuda
rastros de seda negra
y golondrina púrpura…
En mi silente barca,
pacientemente
la espero…




III. TRES MÚSICOS


Cruza el Puente su lánguido quebranto de cadenas. En ese otro tiempo, que miden los pesados grillos y el hierro, el encapuchado atisba, como detenido en un recuerdo dichoso, los cristales del último crepúsculo. ¿Tanto dolía, tanto, tener que renunciar al sol?...

Son la escolta un carcelero borracho, un perro viejo y tres músicos. Para alegrar el calabozo de su vigilia postrera hasta la vecindad del alba, van ahí el Pierrot flautista, Arlequino con tiorba y el Monaco con su fe:

“Porto iette de sparviere,
soneglianno nel mio gire”[1]

¿Qué más encubren sus máscaras impunes? ¿Qué acallan con su canto, qué no dicen?

“… nova danza ce pó odire
 chi sta appresso a mia stazzone…”

¿Tanto costaba, tanto, tener que renunciar a la luna? Alguien dormirá tranquilo en Venecia desde mañana. Encapuchado silencioso, ¿cuál será el asesino que espiará tu muerte desde el disfraz?

“Que farai, fra Iacovone’?
Ei venuto al paragone…”




IV. BARCAROLA


Nos hundimos,
irremediablemente
nos inundan los filos de un espejo frenético y oscuro.

Ya nuestro hueco herido
se vacía
de las muecas del mundo,
mascarada moribunda y cruel,
cháchara y reflejos,
                                                   mientras pasan las góndolas…




V. DESPEDIDA
                                           

        
Yo mercadeaba en Esmirna en los buenos tiempos; como presunto judío conocedor de sedas y de alumbre hice fortuna.
Dice un mutilado papiro hallado en la iglesia de Ikara que dos beduinos me vieron en Bizancio salir de una mujer hermosa que no tenía noticia alguna de Jesucristo.
Recuerdo mis años felices de muchacho, entregado a los desafíos nocturnos y la alegre luz de un altivo villorrio de Constantinopla.
Increíblemente, pasé por hasisín ismaelita entre los mercenarios anónimos de un submarino ruso hundido, al ceder la última guerra, frente a la costa de la huraña Menoría…
Hace ya mucho que dejé mis ganas de vivir entre los senos cobrizos de una mujer de Taormina, los únicos ojos humanos que conocieron, creo, mi rostro verdadero. Ahora quiero irme; y a mi barbero, ese ardiente efebo veneciano que mi brasa cansada y mi corazón sin edad cautivaron no sé por qué, le diré “adiós” esta noche…
Mi sombra apresurada y mis atuendos se enredan con las palomas al esquivar las habladurías de la Piazza San Marco. Soy libre, y hoy no me confunde el opio; ni los fantasmas seguros del tarot pueden ya tatuar mi destino. El mar que  agita perlas y esmeraldas en Estambul se ocupará de lo que va quedando de mí.
Nunca, nunca se sabe.




VI. UOMO FERITO


el sueño te ha vencido,
fatal y agazapado como el alba,
te va volviendo ajeno,
húngaro que consuelas con tu violín lloroso
la disfrazada soledad de otros sobre el puente…
quítate el antifaz,
uomo ferito[2]
nada puede esconder el que se duerme,
y el misterioso abrazo de la noche que acaba
nos va dejando huérfanos…

quítate el antifaz,
si añoras la ceniza de otra lluvia gris,
si te duele el destrozo
de la luna embestida por las góndolas,
si anhelas el exilio azul dove si ascota
l’uomo che é solo con se,
descúbreme quién eres, recio húngaro,
que acaso seamos dos,
que acaso seamos uno…




VII. JUSTICIA  POÉTICA



Pasaron unos minutos antes de que acudieran en su auxilio; había caído a un lado de la silla…[3]
Mientras tanto, desprendido del ruidoso grupo de muchachos, fingiendo distraerse de la neblina y sus barcas, Tadzio, más rubio que nunca, se aproximó furtivo al cuerpo de Aschenbach, exánime en la arena.
En cuclillas, le dijo algo en voz alta. Entonces, bien cerciorado, Tadzio extendió su mano izquierda sin el menor temblor. Lo más fácil fue el reloj de oro derramado de la cintura; lo demás lo resolvió el mismo apuro de hurgarle los bolsillos y hacerse de unos cuantos francos suizos tan como caídos del cielo en estos tiempos duros, duros…





LAS DOS CARÁTULAS


No te rías, lector, ¿qué te divierte?
                          Los histriones huyeron del espejo.
       Y la séptima máscara es la Muerte,
                                                 y nuestro rostro, su fugaz reflejo…






GUSTAVO ARITTO








[1] Estos versos y los que siguen en italiano pertenecen a Jacopone da Todi, poeta franciscano encarcelado por el Papa Bonifacio VIII en 1298: “Llevo grilletes de gavilán / suenan cuando deambulo… / danza nueva que puede oír / quien está cerca de mi morada.” Más abajo: “¿Qué haréis, fray Jacopone? / Habéis llegado a la prueba…”
[2] “Hombre herido”: G. Ungaretti, La Pietá”; más abajo, del mismo poema: “… donde se escucha /  el hombre que está solo consigo…”.
[3] Tomado de las líneas finales de Der Tod in Venedig  (La muerte en Venecia), de Th. Mann.

Texto incluido en LA ESPIRAL DE FUEGO. Siete palimpsestos del caos, Bs. As., 2008




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