4 de septiembre de 2015

EN UN CLARO DEL BOSQUE CELTA (VIII): EL RELATO "MÁGICO" Y LOS MAGOS DE LA MEMORIA






La narración-de-historias mágica


Por

R. J. Stewart

  

Los orígenes y las tradiciones de los cuentos mágicos


Una de las más duraderas e importantes tradiciones mágicas es la de la narración-de-historias [story-telling], no obstante, es la menos representada en el reavivamiento del siglo XX de las artes y disciplinas ocultas o esotéricas, posiblemente porque es la menos entendida. La narración-de-historias mágica deriva de artes espirituales primitivas extremadamente antiguas, las cuales originalmente expresaron lo que el hombre entendía de la creación de los mundos. En pocas palabras, podríamos decir que los cuentos mágicos[i] son un eco humano colectivo de la historia de todo lo viviente; ciertos ciclos de relatos y epopeyas sagrados que derivan de esta historia primitiva estuvieron activos en la cultura Occidental hasta tiempos muy recientes, mientras que en el Este y en muchas remotas áreas del planeta tradiciones semejantes aún florecen.
Debido al vasto flujo de entretenimiento para la fantasía [fantasy entertainment] tanto en los libros como en los medios [masivos], las modernas culturas materialistas consideran cada vez más la narración de historias como ‘mera ficción’; incluso las más remotas sociedades humanas tienen ahora acceso a la radio y la televisión, y la alfabetización o su carencia no es más relevante como factor de la transformación cultural. Así, lo que fue una vez materia de tradición mágica y sagrada es ahora fácilmente suplantado y trivializado. Vale la pena enfatizar que esta trivialización es tan negativa y efectiva para el sofisticado individuo en una sociedad altamente material y mecanizada, como lo es para la tribu primitiva y aislada.
El tejido de cuentos fue de la mayor importancia para nuestros ancestros, no meramente para la educación y la preservación de la información, por muy importante que fueran, sino además para la transformación mágica. Es a este nivel que podemos reivindicar las tradiciones basadas en la narración de historias para el moderno desarrollo interno, ya que esta rama del arte mágico es cosa muy pasada de término para un reavivamiento investido de poder.
No tenemos que retroceder a un romántico pseudo-pasado cómodo, ni incluso en un pasado histórico real pero distante, a fin de hallar tradiciones mágicas con narración de historias. Tales tradiciones están todavía activas en áreas relativamente aisladas de Europa, y son mantenidas por pueblos nativos de América y Australia. En las sociedades occidentales encontramos que hay ejemplos bien documentados de ciclos de historias y epopeyas heroicas provenientes de la cultura céltica, no sólo en la literatura medieval (aunque ésta preservó muchos cuentos importantes) sino también en el siglo XX. Las tradiciones modernas de narración de historias y narraciones míticas extensas procedentes de varios países europeos, tales como Escocia, Irlanda, Finlandia y algunas otras regiones escandinavas y mediterráneas, son harto conocidas. Como semejantes ejemplos occidentales son de una relevancia directa para nuestro tema, las usaremos como nuestra fuente principal de discusión inicial, antes de movernos hacia adentro del proceso mágico creativo mismo, pero debería tenerse in mente que tienen aquéllos muchos activos paralelos orientales tradicionales incólumes que están intactos.
Antes de seguir adelante, debemos enfatizar que las historias y los ciclos de historias y epopeyas mágicos tradicionales no están conectados, en modo alguno, con la fantasía ni la ficción ‘mágica’ modernas: aun cuando un escritor haya tomado prestados conscientemente motivos y símbolos de tradiciones genuinas, esto no es garantía de que el trabajo resultante tendrá inevitablemente acceso a niveles mágicos y transformadores de la tradición original.



Los cuentos mágicos definidos


¿Qué es, pues, un cuento mágico? ¿En qué difiere de cualquier historia inspirada o de ingeniosa fantasía? A esta pregunta difícil pero no imposible de responder podríamos añadir: ¿qué rol, si lo hay, puede jugar la narración de historias mágica en la cultura materialista moderna, según lo hizo en el pasado y lo hace aún en remotas regiones y sociedades? La primera pregunta se puede responder en términos bastante precisos, pero la segunda se puede responder sólo a través de la experiencia, no importa qué teoría, métodos de práctica i ejemplos se puedan ofrecer en una página impresa o en un libro exploratorio de este tipo.
Los cuentos mágicos emergen originariamente, y fueron preservados dentro, de tradiciones orales. Esto no implica que semejantes cuentos no hayan sido nunca puestos por escrito, ya que un gran número de ellos fueron registrados, con frecuencia en la medida en que iban quedando fuera de la circulación masiva. La literatura artúrica de la Edad Media es un ejemplo típico de una práctica de registro y una expansión tales de la tradición oral, aunque podemos fácilmente perder de vista la materia original en sus complejos desarrollos literarios. Las sagas míticas y heroicas de Irlanda son otro ejemplo, y se contaron todavía en situaciones de reunión comunitaria muchos siglos después de que los cronistas monásticos las fijaron por primera vez por escrito. Parece probable, en el caso de las tradiciones orales irlandesa y escocesa, que los cuentos fueron conservados intactos a través de la sola memoria; en otras palabras, no fueron extraídos de ninguna de las ahora muy conocidas y traducidas fuentes monásticas, pues éstas permanecieron sin traducir y olvidadas hasta el mismísimo siglo XIX.
Gales produjo un notable ciclo de historias, gran parte del cual parece haberse perdido, conocido como el Mabinogion, término que, como hemos visto, significa, tomado en general, ‘aventuras de juventud’. Este tema mágico y espiritual de las aventuras juveniles es de vital importancia en todo el mundo.
Así, podemos definir un relato mágico por haber sido fijado firmemente dentro de una tradición. Esta es una regla importante, si se la acepta, ya que permite deshacerse del grueso de la ficción y la fantasía modernas, incluyendo muchas obras que pretenden ser mágicas. Curiosamente, sin embargo, no se deshace de toda esa materia y puede incluir muchos elementos raros, tales como ciertos libros cómicos enormemente populares que parecen conservar, acaso inconscientemente, algunas de las antiguas tradiciones de narración de historias.


The Mountain of Marvels
(Retold from The Mabinogion)

(La montaña de los prodigios
- Contado de nuevo de El Mabinogion-)

Por Suzanne Hankins

Los cuentos mágicos perdurables, esos que fueron parte de tradiciones largas en el tiempo, orgánicas, colectivas, de narración de historias y conservación, fueron ejercicios de la imaginación cuidadosamente formalizados y estilizados. Se los juntó en conjuntos estrictos aunque flexibles y ofrecieron material para hombres, mujeres y niños de todas las edades. Ciertos ciclos o tipos de cuento parece haber tenido funciones grupales especiales, según sabemos gracias a la antropología comparada, pero este aspecto de la narración de historias no es directamente relevante para nuestro asunto principal, que tiene más que ver con la imaginación y la consciencia alerta[ii] que con la evolución o los hábitos sociales. Más aun, muchas de las conclusiones reduccionistas de la antropología y la psicología en conexión con el saber tradicional en todo el mundo pueden someterse a la crítica, y lo que parece ser sexual o cumpliendo roles dentro del grupo de pares, dramas, relatos y la semejanza con un estudiante universitario salido de la ciudad  y entrenado psicológicamente bien puede formar parte de tradiciones mágicas y espirituales orgánicas más amplias; el bosque es, así, ignorado mientras se clasifican en categorías los montes aislados de árboles.

[…]


Aspectos únicos de la tradición de narración de historias



La narración-de-historias mágica está en relación más íntima con las disciplinas de la gran magia o las tradiciones religiosas que con ningún ejercicio psicoterapéutico, empero, no participa por completo de ninguna de esas dos funciones, mientras que satisface los propósitos de ambas. Posee varios niveles de acción potencial: puede resultar terapéutica o simplemente educativa y reafirmadora para los oyentes, a la vez que altamente dotada de poder para el narrador. Aquellos que deseen trabajar con la imaginería tradicional pueden, como se ha demostrado repetidamente en las interpretaciones modernas, encontrarse con que guarda muchas llaves hacia una consciencia más profunda. Este concepto de llaves hacia niveles de consciencia más profundos y más potentes exige una consideración adicional, ya que se da de modo levemente diferente en el contexto de la narración-de-historias mágica respecto del de la meditación directa, la oración o la magia ritual.
Podemos aproximarnos al poder inherente de los cuentos mágicos desde un punto de vista histórico o cultural, pero debe hacerse hincapié en que esto es válido sólo como fundamento, y no como una tesis estadística o puramente histórica o académica. En la narración-de-historias tradicional, la cual es la base de cualquier redesarrollo moderno de los cuentos mágicos, el narrador vuelve a contar material procedente de niveles y fuentes culturales antiguos. Éstos pueden haber sido conservados durante muchos siglos mediante el tema, el motivo, el carácter, la imaginería, el lenguaje arcaico real, la poesía y las frases.[iii] Una mixtura de material contemporáneo con estratos más antiguos en el repertorio tradicional de un narrador-de-historias no resta, de cualquier forma, nada a la asombrosa conservación del saber y la lengua antiguos; en efecto, aquella enfatiza la cualidad sagrada inherente de un saber semejante, de que permanece en alta estima y perdurable mientras que las materias contemporáneas van y vienen con cada generación.



El poder del lenguaje


En Irlanda o en las Islas Occidentales de Escocia, podemos hallar ejemplos de narradores-de-historias del siglo XX que recitaban largas sagas de la era heroico-pagana celta, llegadas de boca en boca a través de muchas generaciones. Tales ciclos de historias finalmente se desvanecen cuando una lengua antigua, en este caso el gaélico, se ve reemplazada por una cultura dominante. En efecto, existe una importante conexión entre la lengua y la narración-de-historias: las  implicancias y conectivos armoniosos[iv] sutiles de los cuentos mágicos tradicionales con frecuencia no sobreviven a la traducción, y por cierto no sobreviven a los cambios a gran escala dentro de una comunidad. ‘The Creation of the World’ (la creación del mundo), que es la base fundamental de todos los cuentos mágicos, y ‘The History of the Land and Its Inhabitants’  (la historia del territorio y sus habitantes), el cual es el desarrollo y la unificación poética de tales cuentos, pueden expresarse plenamente sólo en las lenguas originales del pueblo que generó y conservó sus versiones específicas de los cuentos.


El viaje de Bran (Castillos)

Por Alan Lee

Este concepto vital lo hallamos corrompido en el uso popular y salvajemente inapropiado del hebreo en la literatura oculta, aun cuando la gran mayoría de los escritores ocultistas no fueron hablantes de hebreo ni de origen judío. En la literatura que enfrenta el tratamiento de técnicas mágicas, el concepto clave de una lengua sagrada, conocido de todos los pueblos de todas partes, se ha vuelto, a partir de finales del siglo XVII, confuso gracias a la ortodoxia y el condicionamiento religiosos, confusión que acabó en la lamentable ignorancia de las tradiciones mágicas y espirituales, orgánicas o de corpus esotéricos nativos. Esta confusión es particularmente evidente en textos esotéricos o mágicos de escritores europeos de los siglos XIX y XX, donde el hebreo erróneamente concebido o mal entendido [misconceived and ill-understood Hebrew] fue libremente mezclado con el egipcio (por entonces en un extremo nivel de difusión), el inglés, el francés y ocasionalmente otras lenguas.
Incluso en el tardío siglo XX, existe una tendencia bizarra a inferir – incorrectamente – que Occidente no posee tradiciones espirituales que no sea el cristianismo ortodoxo, y que toda exploración interior profunda ha de importarse de otras culturas.
Toda esta penosa situación nos lleva a la conclusión de que, si en efecto hemos de usar hoy día la lengua y la narración-de-historias de un modo investido de poder, debemos tener la certeza de que empleamos lenguas que son una parte auténtica de lo más hondo de nuestras vidas [a true part of our innermost lives]. Así, hay un fuerte justificativo espiritual, mágico y psicológico en el uso del inglés para los pueblos de habla inglesa, en vez de un vuelo fantástico hacia el superficialmente asimilado hebreo, el sánscrito, el tibetano u otras lenguas, tan a menudo usadas como un tipo de vocabulario técnico trivialmente elitista de simbolismo, dialéctica espiritual o mística, más que de misticismo.[v]
Resumiendo, nuestra lengua nativa posee la más alta potencia y el mayor grado de potencial, no importa cuál pueda ser ésta. El material traducido desde lenguas diferentes puede, no obstante, preservar imágenes, conceptos y visiones internas poderosos; semejantes potencias son, por supuesto, universales antes que lingüísticas, nacionales o raciales. Como se ha tratado más arriba, matices sutiles procedentes de tradiciones específicas pueden, desafortunadamente, perderse en la traducción; éste es un asunto definitivamente diferente de la pérdida de remisiones culturales o la simple mala-interpretación, y está relacionado con las raíces profundas del lenguaje dentro de la consciencia.



Los niveles profundos de la narración-de-historias mágica


Las tradiciones orales, que se ahondan en las raíces de una tribu o en el pasado nacional y en la red de relaciones colectivas con la tierra [land], están bien testimoniadas por académicos de todo el mundo, y no son, en modo alguno, raras o insólitas. Todo pueblo conservó, en una época, un estanque natural tal de poesía, imaginería, saber, historia y conocimiento ancestrales. En efecto, en las culturas no alfabetizadas, que viven en íntimo contacto con el entorno, cuentos así fueron la suma totalizadora de identidad, sabiduría y visión interior para el grupo tribal nacional colectivo o el familiar. En ciertos casos individuales, los del mago consagrado, el hombre o la mujer sabios, o el vidente, semejantes tradiciones fueron investidas de poder a niveles aun más profundos mediante disciplinas especiales; sin embargo, más significativo resulta que esas artes emplearan justamente los mismos símbolos que los cuentos y los poemas tradicionales. En otras palabras, se ha dado en reconocer que las llaves[vi] hacia el poder interior eran propiedad común de todos, y no, de manera alguna, un secreto reservado o exclusivo.
Volvemos a encontrar este concepto en las religiones de misterios del mundo antiguo, entre las cuales los bien conocidos mitos o cuentos eran redefinidos y se hacía de ellos los sujetos del drama o la iniciación ritual. Pese a la especialización y la revelación, el material fundacional era parte de la consciencia común – una leyenda, un héroe, un grupo de dioses y diosas. La membresía a un misterio revelaba niveles esotéricos o más hondos de un mito o una religión, y obraban en dirección a transformaciones profundas usando símbolos de mitos así de un modo investido de poder.
Es importante darse cuenta de que los cuentos tradicionales surgen simultáneamente tanto de niveles primitivos de la cultura y niveles profundos de la consciencia. Dicho a la ligera, pareciera que cuanto más lejos viajamos hacia atrás en el tiempo (en una historia), más nos ahondamos dentro de la imaginación y la consciencia alerta ancestrales. Éste es un cuadro muy diferente del punto de vista fáctico de la Historia, aunque los cuentos antiguos conserven, en una forma semejante a un sueño, muchos asuntos que han sido corroborados en términos de la Historia académica o la arqueología.



Cuentos sagrados, tradición bárdica y tarot


Hoy en las culturas orientales se dice que las bendiciones se ganan recitando o escuchando ciertos poemas épicos sagrados. La misma cualidad de otorgar bendición se asociaba, de modo consciente, a ciertos cuentos irlandeses primitivos, y está claramente descripta y vindicada en textos monásticos, en los cuales se preservaron cuentos paganos, por monjes y escribas católicos ortodoxos[vii], a pesar de su inherente santidad tradicional. Tales extensos cuentos se ocupan siempre de la creación del mundo o de los mundos, y de las aventuras de sus habitantes, quienes abarcaban desde dioses a héroes, humanos y animales.
Un patrón similar se encuentra en Vita Merlini del siglo XII, que conserva un complejo ciclo de creación y aventuras tejido en torno a Merlín, extraído, en parte, de tradiciones bárdicas galesas y bretonas, por Geoffrey de Monmouth. El tarot, que al parecer salió a la luz por vez primera en la forma de cartas ilustradas en Italia durante el Renacimiento, está, verosímilmente, bosquejado a partir de una narración-de-historias o un ciclo bárdico tales de imágenes que tratan de la creación y de aventuras transformadoras. Cuentos bendecidos como esos se hallan originariamente en todos los territorios, pero ahora han virtualmente muerto en la civilización occidental. Entonces, si hemos de  reinstaurar la narración-de-cuentos o la producción-de-cuentos [magical tale-telling or tale-generation] mágicas, éstas deberán cumplir con ciertos requisitos básicos: primero, deben emplear una lengua viva y no estar rellenas de vocabulario falso o exótico, y, segundo, deberán cumplir con el rol mágico de las tradiciones orales virtualmente perdidas de manera adecuada a la cultura moderna.
Por raro que parezca, el tarot cumplimentó ciertos aspectos de aquel rol cuando apareció por primera vez como mazo regular de barajas con imágenes, las cuales se utilizaron para la narración-de-historias en el sur de Europa durante varios siglos. Hoy día hay un notable reavivamiento del tarot, mucho del cual es trivial, limitado y absurdo; en este reavivamiento, la narración-de-historias se ve, una vez más, enlazada al tarot. Si un ciclo tradicional de símbolos, situaciones y personajes de la mítica narración-de-historias fuese la fuente del tarot, como parece muy probable, entonces, ese tarot ofrece una significativa ruta que retrocede hacia aquel modo creativo primitivo de consciencia.




Sin embargo, debemos estar de veras hastiados de usar el tarot para ejercicios triviales de prueba y error al reunir relatos ‘simbólicos’ sin significado alguno, del mismo modo que debemos tener cuidado de no prostituir el enorme potencial del tarot en la práctica tosca, inmadura de predicción del destino. En este contexto de las tradiciones del tarot y de la narración-de-historias europea, podríamos hacer hincapié en que los antiguos narradores no tiraban meramente cartas y hablaban a través de o improvisaban a partir de las imágenes que aparecían. Cada baraja o combinación actuaba como disparador, o a veces como diseño mnemónico, para porciones de un vasto repertorio oral ya firmemente establecido en el interior de la memoria y la imaginación del narrador-de-historias. Quizás el paralelo más conocido podrían ser los antiguos poemas épicos de la Ilíada y la Odisea, atribuidos a Homero, en los cuales fueron reunidos muchos cuentos [tales], motivos e imágenes separados a partir del mito y la leyenda tradicional por un poeta maestro.


[…]


Bardo, poetas y el poder y el arte de la memoria


Un proceso similar al de los ‘alfabetos’ mágicos, pero menos definido y controlado, era usado por los narradores-de-historias. Esto puede ser una de las razones de su prodigiosa, casi increíble, memoria, ya que a menudo tenían enormes repertorios y podían recitar cuentos que duraban horas o incluso días, y recordar perfectamente una historia que había sido oída sólo una vez, y recontarla con precisión muchos años después. De semejantes hazañas de la memoria dan fe suficiente académicos, recolectores e investigadores de la tradición. Sin embargo, ¿son hazañas de la memoria en el sentido moderno, donde tienen que acumularse datos en un orden y luego trabajar a fin de lograr replicar ese orden en patrones verbales y conscientes? Indudablemente son de una naturaleza diferente.
Un ejemplo podría ayudarnos a considerar este nexo entre visualización y memoria, y cómo se aplica al poder transformador inherente a la narración-de-historias mágica. Un grabador magnetofónico fabricado por la Escuela de Estudios Escoceses (School of Scotish Studies), entrevistando a un anciano narrador-de-historias gaélico, define con claridad su método mnemotécnico. Él dice (en gaélico) que él recuerda los cuentos porque los ve como cuadros sobre la pared – en otras palabras, como una serie de imágenes proyectadas y conectadas. Las imágenes le permiten regenerar las palabras asociadas a cada imagen. Más aun, él había aprendido los cuentos escuchando, cuando era joven, a un narrador-de-historias y vibrando[viii] con las imágenes, los cuadros sobre la pared. No bien (re)conoció los cuadros, las palabras llegaron automáticamente, como si no pudiesen separarse una de otra.
Es de interés advertir que el narrador-de-historias gaélico proyectaba las imágenes ‘sobre la pared’, dado que es ésta precisamente una de las antiguas técnicas impartidas dentro de las escuelas mágicas y meditativas, donde el uso de paredes, espejos o los utensilios mágicos, el disco o el escudo, se emplean todos para brindar un campo a las energías imaginativas para volverse definidas y activas. Debemos recordar que ejemplos tales de la traición popular son orgánicos e inocentes; no hay ninguna cuestión de los narradores que sea parte del así llamado movimiento ‘oculto’. No obstante esto, en algunas localidades sería razonable sugerir que ellos eran los últimos remanentes de una antigua casta de bardos, en particular porque la narración-de-cuentos y el canto-de-los-baladistas [tale-telling and ballad-singing] circulaban en familias específicas por muchas generaciones. Los bardos, a su vez, fueron en su origen una orden dentro del sacerdocio pagano de los druidas. En Irlanda, Escocia y algunos países europeos nórdicos, esta definición de un rol especial para el poeta y recitador del saber tradicional se conservó bien entrado el siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Se notó una unidad orgánica de parte de los cantores-de-balada de Gran Bretaña y EEUU [America, sic] a través del folclore y los recolectores de canciones folclóricas del siglo XIX y comienzos del XX; los cantores afirmaron repetidamente que la música y las extensas historias de las baladas eran inseparables, y que conocer la una era conocer las otras. Lo mismo se encuentra frecuentemente en el aprendizaje de danzas tradicionales: conocer la música es conocer los pasos de danza. Esto es claramente ‘remembranza’ de un tipo muy diferente del que usualmente emplea la educación; y la unificación o la fusión armoniosa de las imágenes, la música, los pasos de danza y así todo lo demás está demasiado generalizada y suficientemente testimoniada como para ser pasada por alto como un mero problema de la educación pobre o la falta de habilidad explicativa de parte de los ignorantes participantes.
Los aspectos visuales de la tradición oral, que se enlazan íntimamente a la imaginería mágica, con tan numerosos personajes sacados de la antigua religión y temas ancestrales profundos, apenas si han sido estudiados en absoluto. Hay muchas resonancias del arte clásico de la memoria, formalizado por los antiguos y conservado en una gran cantidad de textos escolásticos medievales. Un análisis detallado de este arte se encuentra en el libro de Frances Yates The Art of Memory (el arte de la memoria – London, 1959), y existen sin duda algunas conexiones entre tradiciones de memoria inmensa en la narración-de-historias y un perdido arte clásico que originariamente puede haber salido de los templos del mundo pagano. Los remanentes de este sistema parecen haber sido dirigidos hacia la oratoria, pero éste sugiere de muchas maneras un origen más profundo.
Sin embargo, nosotros no estamos hablando de la destreza de un orador consciente: más bien estamos enfrentándonos a una tradición orgánica arraigada en la magia primitiva. Las imágenes no están presentes meramente como ayuda-memoria sino que son imágenes mágicas, imbuidas de poder, de dioses, diosas, héroes, aventuras, otros mundos y otras dimensiones, y criaturas misteriosas. Es en este nivel que la narración-de-historias mágica puede ser reinstaurada para la moderna expansión de la consciencia.”





Parágrafos (completos) extraídos de R. J. Stewart and Robin Williamson, Celtic Bards, Celtic Druids (bardos celtas, druidas celtas), Blandford, London, 1999; Appendix One: Magical Story-Telling (Apéndice I: la narración-de-historias mágica), p. 134-139. Traducción del inglés y notas, para su exclusiva publicación en este blog: G. Aritto / 2015. (Los parágrafos del Apéndice I eliminados en esta versión son los siguientes: Magical Tales, Visualization and Therapy; Magical Tales and Collective Consciousness; Modern Magical Tales, e Images, Visualization and Ritual)


Ilustración del relato
Fair, Brown and Trembling
(protorrelato celto-irlandés de Cenicienta)

Por John Batten
(para la colección original de J. Jacobs)




[i] Stewart no parece necesitar aquí atenerse a las distinciones teóricas entre los textos narrativos que conocemos como “relatos” (por caso, short-stories, en inglés; récits, en francés) y “cuentos” (respectivamente, tales, côntes). Esa diferenciación tipológica – de orden formal, no del perfil ficcional - del género narrativo breve entraña toda una tradición constantemente revisada, explorada y ensayada en Occidente. Sus modelos prototípicos son medievales y surgieron en prosa con la misma naturalidad que en verso. Sus raíces últimas, sin embargo, hay que buscarlas, como casi todas las raíces de lo cultivado en el seno de la civilización europea, en Oriente (el Lejano lo mismo que el Próximo). Su descripción racionalizada y programática se la debemos, ante todo, a E. Allan Poe y sus falaces leyes de composición (violadas devotamente por él mismo), luego afortunadamente retomadas y transformadas por el genio de A. Chéjov, cuya intervención intelectual y creadora abriría, aunque muchos hayan preferido pasarlo por alto, el delicado camino hacia las versiones hiperintelectualizadas del género en la primera mitad del siglo XX, especialmente a partir de Ficciones, de J. L. Borges, como una premonición casi “semiológica” de los predicamentos y prácticas escriturales posmodernos. Sintetizando: de poco o nada le sirve acá a Stewart adherir al canon que impuso las categorías de “clásico”, “moderno” y “posmoderno” a esa dicotomía de cuento vs relato que, sí, encierra, no obstante, cuestiones, muy profundas y sutiles, de fondo, de materia y, sobre todo, de relación con el lenguaje como un fin en sí mismo. Tal vez nuestro ensayista sabe que esas problemáticas son consubstanciales a los más antiguos textos narrativos de la prodigiosa imaginación de los pueblos celtas. Por otra parte, me siento inclinado a pensar que aquél utiliza la conocida fórmula “story-telling” así, connotando el proceso dinámico que encierra el fenómeno, con una percepción interna decididamente oral (como enseguida va a dejarlo claro), de ahí que, aun a riesgo de sobreinterpretarlo, podríamos traducir “narrativa oral”, y todos lo entenderíamos. (Y acaso me sea más afín la denominación común “contador de historias” para el inglés story-teller que la de “narrador de historias” que estoy usando en mi versión castellana.) Una perplejidad crítica similar afectó durante mucho tiempo (si es que no sigue haciéndolo hoy) las aproximaciones y especulaciones de la teoría literaria en torno a los modos de producción y de recepción de los géneros llamados “romance” – que para algunos nunca existió como tal - y “novela” (en particular en el ámbito del castellano, que no logró reflejar valores distintivos para lo que, por ejemplo, en inglés y en italiano, se acepta sin confusión alguna como “romance” / “romanzo” y “novel” / “novella”), y suele apelarse al drástico tratamiento que les dio G. Boccaccio – y posteriormente Cervantes, quien inequívocamente llama siempre estoria a la materia de su Don Quijote, jamás novela  – para reconocer su forma, su naturaleza compositiva, su cosmovisión en el magma de la narrativa contemporánea, heredera de aquel “Renacimiento” de limitado sesgo greco-romano.

[ii] “… our main theme, which is one of imagination and awareness rather than social development or custom”: no está de más volver sobre los valores respectivos de los términos próximos consciousness / awareness en lengua inglesa. Quizás su relación sea de orden metonímico más que de dos sustancias de categorías distintas, es decir, la segunda podría sentirse, en gran medida, como un aspecto dinámico y activo de la primera. Ambas aceptan sin recelo su traducción por “consciencia”, con la salvedad de encerrar o no ese matiz tan “acuariano” que distingue “conciencia” como mero (receptáculo de) conocimiento, de “consciencia”  como el proceso revelador asociado. Lo mismo la fenomenología de Husserl que la de J. Krishnamurti concluyen que la consciencia es siempre consciencia de algo, que su misma entidad es intencional y afecta la naturaleza de lo que llamamos “realidad” y su relación con el individuo sensitivo-pensante que “observa” lo que se da, tal vez sólo virtualmente, “afuera”. Yo me inclinaría a describir “awareness” como la incesante actividad de la propia “consciencia”, desenvolviéndose – incluso para examinarse a sí misma - a despecho del cambio, el tiempo y las apariencias.

[iii] Stewart juega aquí con la competencia del lector en teoría del texto literario (o del texto en general). Distinguir, definir, reconocer temamotivo (que él escribe, además, en singular: motif)… carácter (también en singular, un concepto que a mí se me dispersa en vaguedad en este contexto)… no es una tarea tan sencilla ni llana. La Retórica clásica, la Teoría Literaria tradicional, la Semiología y la Lingüística (y la Sociolingüística) aplicadas a los procesos de producción / recepción textual se disputan su discernimiento y valorización. Sin embargo, tengo muy claro que el autor – ante todo un “Mago blanco”, un explorador del cosmos sutil del sonido y un hermeneuta - puede prescindir de todo ello para echar luz sobre los tesoros ocultos que él alumbra y comparte como pocos.

[iv] No es improbable que Stewart haya elegido aquí usar la expresión “harmonic connectives”  con el beneficio de sus eventuales connotaciones musicales, algo así como decir “elementos conectivos entre armónicos”, como quiera que “harmonic(s)”  mantiene casi siempre su valor sustantivo en inglés (“el / los armónico(s)”). No sería de extrañar, tratándose de alguien con una concepción profundamente “sonorista” (“fónica”, si se prefiere) del origen y la expresión simbólica del arte. De todos modos, no dejan de ser puras lucubraciones de quien está traduciendo su escrito.

[v] Stewart – un heterodoxo sin ambages - se ha ganado, incluso entre sus lectores más entusiastas, algunos reparos en lo atinente a actitudes y pronunciamientos - siempre vehementes, fieles a su naturaleza – que parecen, por un lado, alejarlo, envuelto en un halo ambiguamente antisemita, de la tradición cabalística dominante y masificada en Occidente, y, por otro, poner en evidencia una mentalidad marcadamente “britano-céntrica”. Después de perderme dichosamente en las páginas de cuatro de sus libros (de tres de ellos – éste incluido – he vertido fragmentos en este blog), ninguno de esos reparos me resultan objetivamente sostenibles. Salvo que no podamos terminar de aceptar, en lo que hace específicamente al orbe de las culturas célticas, el fulgor y el misterio supremos que sobreabundan en el patrimonio guardado (y, lo que es más importante, constantemente reavivado) en las Islas Británicas (esto es, los suelos y los cielos de Inglaterra, País de Gales, Escocia, Irlanda y las Islas de su entorno). Salvo, quizás también, que le tengamos tanto miedo aún, con respecto a la Ciencia de los subversivos místicos segregados por el judaísmo, a la Doxa fijada por la obscena Matrix “espiritual”, mental, emocional y sexual-alimentaria que viene manipulándonos, controlándonos, condicionándonos hasta el sometimiento desde hace dos mil… cuatro mil… diez mil años.

[vi] Nada me impide verter aquí el término inglés “keys” como “llaves”, en vez de su sugestivo doblete evolutivo castellano “claves”. 

[vii] Entiéndase “ortodoxos” como contrastando con “heterodoxos”, no por su pertenencia a la Iglesia Cristiana (Ortodoxa) de Oriente.

[viii] No es, creo, irrelevante, en el entorno de este racconto, que nuestro autor defina con el verbo inglés “attune” (literalmente, ‘bring into harmony or agreement with’ = entrar en armonía o acuerdo afín con) el acto del informante de conectarse… armonizar… compenetrarsevibrar… con las imágenes, equivalentes estos en castellano plenos de connotaciones psíquicas y metafísicas. Acaso la expresión de Stewart, “attuning the images, the pictures upon the wall”, encierra el trabajoso misterio de la disolución del ego y de ese proceso de “consubstanciación” que elimina toda distinción profunda entre el Observador y Lo Observado, tornándolos una misma y única “realidad”: ¿se habría vuelto el narrador gaélico pura “memoria colectiva”, un espontáneo configurador que había aprendido a deponer toda intención “personal”, a contemplar la minúscula y movediza región del Universo que debía manifestarse y obrar su magia, sin preconceptos, ideas previas, elecciones ni fines?... La inmensidad que subyace a la creación (también la artística) respira – la siento – en las entrelíneas de este pasaje, mucho más jugoso de lo que, en principio, parece.


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