6 de mayo de 2012

TAOÍSMO Y SUFISMO: DOS GEMAS DEL MISMO DIAMANTE




 
“No hay quien llegue a avisarle a un grano de trigo que llegó su momento de brotar; por estar entregado a las leyes que regulan su desarrollo, él germina espontáneamente. Sólo el hombre nunca sabe la hora de proseguir o detenerse, en qué dirección el destino lo llama, y si la senda que tomó es su verdadero camino.”

    J. Trigueirinho, Historia escrita en los Espejos


Toshihiko Izutsu


"La transformación interna del hombre"



"La Existencia, que siempre y en todas partes ha sido el tema central para innumerables filósofos, puede ser abordada y captada en diferentes niveles. La actitud aristotélica representa, al respecto, la postura exactamente opuesta a la de los filósofos taoístas y sufíes. Para Aristóteles, la Existencia significa, ante todo, la existencia de ‘cosas’ individuales en el plano concreto de la ‘realidad’ fenoménica. Su filosofía parte de la experiencia corriente de la Existencia, compartida por todos los hombres en el nivel del sentido común. Sin embargo, para un Ibn ‘Arabi o un Zhuangzi, estas ‘cosas’ experimentadas por una mente corriente en el plano físico no son más que un sueño o son de naturaleza onírica. Desde su punto de vista, las ‘cosas’ captadas en este nivel, si bien son, en el fondo, formas fenoménicas de lo Absoluto y, como tales, son la Existencia, no revelan la profundidad metafísica real de ésta. Y una ontología fundada en dicha experiencia no alcanza más que la superficie de las ‘cosas’ y no su estructura ni la base misma de su Existencia. Un filósofo de este tipo permanece en el plano del ‘ser  mundanal’ (nas’ a dunyawiyya), por usar la terminología de Ibn ‘Arabi. Carece de la ‘vista espiritual’ (‘ayn al-basirah) o, como dice Zhuangzi, del ‘brillo que ilumina’ (ming), absolutamente necesarios para penetrar más profundamente en el misterio de la Existencia. Si quiere conseguir esa ‘vista’, el hombre debe experimentar un renacer espiritual y transferirse del ‘ser mundanal’ al ‘ser ultramundano’ (nas’ a ujrawiyya).
[…]
… Ibn ‘Arabi habla de ‘autoaniquilación’ (faná’), y Zhuangzi de ‘sentarse en el olvido’ (zwo wang). Las palabras mismas, ‘aniquilación’ y ‘olvido’, indican claramente una misma idea, la misma que se encuentra  latente en la ‘purificación de la Mente’ o lo que Zhuangzi llama ‘ayuno’ espiritual.
… Tanto en el taoísmo como en el sufismo, la ‘purificación’ consiste, en pocas palabras, en que el hombre se desprenda de todos los deseos y cese la actividad de la Razón. Dicho de otro modo, se trata de la anulación completa de su ‘ego’ como sujeto empírico de las actividades de la Razón y de los deseos. La anulación del Ego empírico desemboca en la aparición de un nuevo Ego, el Ego cósmico, que, en el taoísmo, se considera unificado por completo con lo Absoluto en su actividad creativa y, en el caso de Ibn ‘Arabi, está u7nificado con lo Absoluto hasta el límite de lo posible. 
Quizás lo más interesante de este tema, desde la perspectiva comparativa, sea la cuestión de las ‘fases’ de la ‘purificación’, ya que tanto Ibn ‘Arabi como Zhuangzi distinguen tres etapas básicas en este proceso. Ambos sistemas difieren en detalles, pero coinciden en lo principal.
Empezaremos por recapitular la tesis de Zhuangzi. Según él, la primera fase consiste en ‘sacar el mundo de la Mente’, es decir, olvidar la existencia del mundo objetivo. Dado que el mundo ‘objetivo’ se encuentra, por naturaleza, relativamente lejos de la Mente, resulta relativamente fácil al hombre borrarlo de su consciencia a través de la contemplación.
La segunda fase consiste en ‘sacar las cosas de la Mente’, o sea borrar de la consciencia las cosas familiares que rodean al hombre en su vida cotidiana. En esta etapa, el mundo desaparece por completo de la consciencia.
La tercera fase consiste en ‘olvidar la Vida’, es decir, la vida de uno o su existencia personal. El ‘ego’ queda de este modo destruido, y el mundo, tanto exterior como interior, desaparece de la consciencia. Anulado el ‘ego’, el ojo interno del hombre se abre, y el brillo de la ‘iluminación’ atraviesa súbitamente la oscuridad de la noche espiritual. Esto marca el nacimiento de un nuevo Ego en el hombre, que se encuentra entonces en el Eterno Ahora, fuera de los límites del espacio y del tiempo. También se encuentra ‘más allá de la Vida y de la Muerte’, lo que equivale a decir que está unificado con todas las cosas, y todas las cosas son ‘una’ en su ‘ausencia de consciencia’.  En dicho estado espiritual, una Serenidad o Calma reina sobre todo. Y, en esta serenidad cósmica, lejos de la agitación y la confusión que reinan en el mundo sensible, el hombre disfruta unificándose e identificándose con el proceso de la Transmutación universal de las diez mil cosas.
Ibn ‘Arabi, que, como acabo de indicar, también divide el proceso en tres fases, ofrece una versión marcadamente islámica de la ‘purificación’ espiritual. La primera es la ‘aniquilación de los atributos’. En ella, el hombre anula todos sus atributos ‘humanos’ y adopta en su lugar los Atributos divinos.
La segunda fase consiste en que el hombre anula su propia ‘esencia’ y toma consciencia de su unidad con la Esencia divina. En este punto se completa el fenómeno de la ‘autoaniquilación’ en el sentido estricto de la palabra. Esta fase corresponde a la primera mitad de la tercera fase de Zhuangzi, en que el hombre abandona su ‘ego’.
En la tercera fase, según Ibn ‘Arabi, el hombre recupera el ‘yo’ que acaba de aniquilar, aunque no en las mismas condiciones anteriores, sino en el seno de la Esencia divina… Habiendo perdido su vida, encuentra otra Vida en la unificación con la Realidad divina. En la terminología técnica del sufismo, este proceso se conoce como la ‘autosubsistencia’ (baqá).
La tercera fase corresponde a la última parte de la tercera etapa según la división que hace Zhuangzi del proceso. El hombre ve ahora todas las cosas fenoménicas mezclándose unas con otras y fundiéndose en el ilimitado océano de la Vida divina. Esta consciencia o, para ser más exactos, supraconsciencia, se encuentra en la más extrema proximidad posible respecto a la Consciencia divina en la fase previa a su división en infinidad de determinaciones y formas particulares. De modo natural, se sume en un profundo silencio, y una extraordinaria Tranquilidad reina sobre su Mente concentrada.
Cabe mencionar otro importante punto en relación con el tema de la ‘purificación’. El proceso de ‘autoaniquilación’ o ‘autopurificación’ debe dirigirse hacia el núcleo más profundo de la existencia humana, lo cual va claramente en contra de los movimientos corrientes de la Mente. La actividad de ésta se caracteriza normalmente por su tendencia centrífuga. La Mente tiene una tendencia natural a ‘salir’ al mundo exterior en busca de objetos externos. Para ‘purificarse’, esta tendencia natural debe tomar la dirección opuesta. La ‘purificación’ sólo puede ser realizada por un hombre ‘introverso’. Ibn ‘Arabi lo expresa a través de la célebre Tradición: ‘Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor’, a la que corresponde, en la filosofía taoísta, la frase de Laozi: ‘Quien conoce a los demás [o sea los objetos externos] es un hombre perspicaz, pero quien se conoce a sí mismo es un hombre ‘iluminado’’.
[…]
Cuando la ‘purificación’ de la Mente se produce y el hombre se convierte en Vacío metafísico, olvidando el interior y el exterior de sí mismo, puede experimentar lo que los sabios taoístas llaman la ‘iluminación’ (ming), e Ibn ‘Arabi, la ‘revelación’ (kasf). O el ‘saber inmediato’ (dawq). Es característico tanto de la ‘iluminación’ como de la ‘revelación (o el ‘saber’) el hecho de que, una vez realizada esta última fase, las ‘cosas’ eliminadas de la consciencia en el proceso de ‘purificación’ vuelven de nuevo, completamente transformadas, a la Mente, que es entonces un espejo impoluto y bruñido, el Espejo Misterioso (xuan lan), como lo llama Laozi. Sucede así que el grado máximo de intuición metafísica no es el de quienes presencian sólo lo Absoluto, olvidando por completo el aspecto fenoménico. La ‘revelación’ suprema, según Ibn ‘Arabi, es la de quienes ven las criaturas y lo Absoluto como dos facetas de una misma Realidad o, en otras palabras, que ven todo como una Realidad que se diversifica constante e incesantemente, de acuerdo con diversos aspectos y relaciones, siendo ‘una en Esencia y ‘todo’ en lo referente a los Nombres.
[…]
La cosmovisión filosófica de un Ibn ‘Arabi, un Laozi o un Zhuangzi es producto de este estado espiritual ‘anormal’. Es una ontología porque se trata de una visión filosófica de la Existencia. Pero es una ontología extraordinaria porque la visión de la Existencia que implica dista mucho de ser ordinaria.”


(Extracto del libro Sufismo y taoísmo, Vol. II: Laozi y Zhuangzi, Madrid, Ediciones Siruela, 2004. El pasaje corresponde a la Parte III: Conclusión - Reflexión comparativa. Traducción de Anne-Héléne Suárez Girard)







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